Capitulo 1: Cenizas & Acero
Es una mañana fría en la Ciudad de Tibixia. Se respira polvo, humo de leña y desesperación. El hambre tiene el mismo color que la armadura de la Guardia Real: un gris ceniza que lo devora todo.
El mercado está abarrotado, pero los puestos están casi vacíos: frutas arrugadas, granos contados y precios inflados. Jeguar, un joven mercader de diecisiete años, acomodó con cuidado la última cesta de rábanos sobre el tablón de madera. Eran pequeños, secos y tenían más tierra que sustancia, pero en esos días de escasez, aquello valía más que el oro para cualquiera que llevara dos días sin probar bocado.
A su alrededor, la miseria no daba tregua. Niños caminaban junto a sus madres sobándose las panzas, mientras los ancianos pesaban sus escasos monederos con abierta decepción.
De pronto, el murmullo de la multitud comenzó a apagarse, sofocado por el chocar rítmico y pesado del metal.
La gente abrió paso en silencio. Dos Guardias Reales avanzaban a través del callejón del mercado con paso firme, ostentando sus armaduras gris ceniza. Uno de ellos, un hombre alto de rostro curtido, avanzó sin molestarse en esquivar a la multitud. A su paso, embistió el hombro de una mujer que intentaba proteger a su hija.
La mujer trastabilló y dejó caer la pequeña bolsa de granos que llevaba en las manos. El grano se dispersó sobre la tierra sucia.
—¡Fíjate por dónde caminas, perra! —rugió el guardia.
Antes de que la madre pudiera disculparse, el hombre alzó la mano con guantelete y le asestó una bofetada que la hizo rodar por el suelo. La niña rompió a llorar, ahogando sus gemidos contra el vestido de su madre, quien solo se apresuró a abrazarla sin atreverse a levantar la vista.
A unos metros de distancia, Jeguar presenciaba la escena. Mantuvo la cabeza gacha, mirando de reojo, pero los nudillos se le pusieron blancos al apretar con fuerza el borde del tablón de madera. La rabia le quemaba la garganta como carbón encendido, pero apretó los dientes. Sabía cuál era el precio de hablar: el calabozo o algo peor.
Las pisadas metálicas se reanudaron. La sombra de los guardias se proyectó finalmente sobre la cesta de rábanos de su puesto.
—Vaya, vaya —dijo el mismo guardia, deteniéndose frente a Jeguar— Parece que hoy sí hay algo para el tributo de la corona.
Sin esperar respuesta, el guardia metió sus manos enguantadas en la cesta y comenzó a tomar los rábanos a puñados, guardándolos sin ningún disimulo en su morral de cuero. No dejó nada. Ni los ejemplares más pequeños ni los que estaban cubiertos de tierra sucia.
—Agradécele a la corona que te permitamos vender en su suelo, muchacho —dijo el guardia con una sonrisa burlona, tomando la cesta entera para llevársela.
Algo en la cabeza de Jeguar terminó de romperse. Era el trabajo de días, la comida de su propia mesa. Cegado por la desesperación, estiró los brazos y sujetó el borde del mimbre con fuerza.
—¡Es mía! —exclamó Jeguar, intentando arrebatársela.
La reacción del guardia fue inmediata. Con un movimiento rápido y brutal, le asestó un revés con el dorso de la mano armada. El impacto del metal del guantelete en el pómulo de Jeguar sonó como un chasquido seco. El joven cayó de rodillas sobre la tierra, con el rostro ardiendo y el sabor metálico de la sangre en la boca.
Con el forcejeo, la cesta se le escurrió de los dedos al guardia, cayendo al suelo y desparramando los pocos rábanos entre el polvo.
El hombre miró la comida pisoteada y luego fijó sus ojos en Jeguar con una frialdad cruel.
—Mira lo que has hecho, sabandija —dijo, apoyando la mano en la empuñadura de su arma— Has desperdiciado los recursos del rey. Ahora vas a tener que pagar por esto.
El sonido del acero al salir de la vaina resonó en toda la plaza. La multitud ahogó un grito y retrocedió en masa, dejando a Jeguar completamente solo.
Con la visión borrosa por el golpe y el corazón latiéndole en los oídos, Jeguar no lo pensó. Su mano derecha se arrastró a ciegas por la madera sucia del mostrador hasta encontrar lo único que le quedaba: el pequeño cuchillo de trinchado que usaba para cortar las verduras.
Apretó el mango de madera gastada y, levantándose despacio, le sostuvo la mirada al guardia.








