Academia Edels Wood
Academia Edels Wood.
—¿Por qué la escuela es tan ¡enorme!?
«La escuela es tan inmensa. Solo su altura supera con creces los veintidós metros, pero, haciendo cálculos, debe tener cinco o seis pisos. El estilo es neogótico o, quizá, victoriano; es como si sus espigas apuntaran al sol y, junto con su techo a dos aguas, pareciera un castillo clásico. Todas sus formas parecen rayos de sol.»
«¿Eso acaso no es? ¡Sí, lo es! Los muros son de piedra labrada. Desde que llegué a esta ciudad, todos los edificios tienen un detalle excepcional, y este es el mayor de ellos. El gobierno ha invertido demasiado en este último tiempo en escuelas como estas. Creo que solo existen catorce en todo el país, aunque algunas son privadas.»
«¿Por qué la tiendita de al lado se ve mejor que mi casa?»
El mural de cristal que está arriba de la entrada es como si proyectara la luz sobre mi rostro. Aparte de eso, hay dos torres más altas que el edificio en sí. Ahora que lo pienso, parecía muy pequeño desde afuera, con tantos árboles alrededor; escuché que las escuelas de este tipo necesitan estar alejadas por más de 150 metros a la redonda.
¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!
—¡Ay, maldición! ¡Mis oídos!
«¿A quién le ocurre poner una campana enorme en un edificio del siglo XIX?... Ya entendí.»
«Pues, ¿qué hora es?»
—Nah, ¿para qué me preocupo si son las 7:45 de la mañana…?
(Confundió la manecilla pequeña con la grande. En realidad, eran las 9:39).
—¡Voy casi dos horas tarde! ¡Si no llego, me van a matar! O peor, me expulsan.
Caminó tan rápido como pudo hacia las dos pesadas puertas de roble y las abrió con desesperación para entrar al pasillo, sin saber dónde ni con quién debía ir.
«¿Ir a dónde y preguntarle a quién? Justo al lado de… diablos.»
Sin notarlo, alguien tocó su hombro de forma tan suave que apenas fue perceptible por el cambio de la brisa.
—Disculpe —dijo un hombre de gran estatura, con barba y cabello de color rojizo—. ¿Necesita ayuda para llegar a algún lugar?
—¡Buen día! Sí, necesito ayuda. Necesito llegar a la dirección, por favor. Es que voy demasiado tarde —respondió él, con expresión de cansancio.
—Claro que sí, sígueme por aquí. —Mientras los dos caminaban, se encontraban rodeados de decoración acorde con la estética de la escuela. A medida que avanzaban, el pasillo terminaba para dar paso a otro aún más grande. Cientos de casilleros se encontraban ahora cerca de las paredes, pero estas seguían siendo igual de espaciosas que antes. La luz del exterior podía percibirse allí; los cristales del techo, al igual que las lámparas, iluminaban los pasillos del mismo color que el sol, como si fueran tragaluces. Ahora había puertas con pequeñas ventanas que dejaban ver los salones y, con ellos, a otros alumnos en clase, con uniformes elegantes, pero extrañamente diferentes entre sí en detalles. El pasillo conectó con una gran sala de color azul y con un diseño cristalino, no solo por el candelabro de color celeste, sino por las columnas de cristal, como si hubieran nacido de esa forma.
—Y dime, tú eres de nuevo ingreso, ¿no es verdad?
—Sí —respondió con una expresión de pesimismo.
—No quería llegar tarde, pero la ciudad es muy grande para mí.
—Así fue para mí al inicio, pero te acostumbras, créeme. —Su rostro era muy amable, e incluso el salón creaba un contraste con su saco de color verde lago, su rostro blanco y su cabello rojo.
El sonido de las aves y los árboles agitándose por el viento podía escucharse todavía.
De un momento a otro, se escuchó una puerta rechinar como un suelo de madera viejo. Una voz salió de la puerta, en dirección a los dos.
—Buen día, pueden pasar. Disculpa la demora —dijo la voz de una mujer amable, como si ya supiera de su llegada e incluso el motivo.
—¿Ella sabía que veníamos? —preguntó el chico.
—Claro. Olvidé presentarme, pero mi nombre es Douglas Voulge y, si tengo el gusto, seré tu profesor —exclamó el hombre mientras daba un paso hacia delante para indicarle con el brazo la puerta.
«¿Mi profesor? ¡¡Ahora pensará que soy un vago por llegar dos horas tarde!!»
Entró al lugar para percatarse de un cuarto lleno de trofeos por el lado derecho, en una vitrina que llegaba casi al techo. Una mesa de roble con un detalle excepcional y acabados muy prolijos, algo desgastada por el tiempo, he de decir.
Tres personas se encontraban presentes en el cuarto, sus siluetas iluminadas por la luz de los cristales y el reflejo del sol. Ahora eran cinco en el lugar.
—Le doy la bienvenida por parte de la Academia Edels Wood —dijo un hombre ya mayor, sentado detrás de la mesa; parecía tener unos cincuenta y tres años, de cabello y barba grisáceos, casi blanquecinos, junto con un saco de un color café aún más oscuro que la mesa.
—Las personas a mi lado son el profesor Lincoln Lime Sugar…
Respondió un hombre alto y de gran amabilidad: —Es un gran gusto tenerte con nosotros.
—Y la profesora a mi derecha, Morgana Anima Gaya—
Es una maestra joven con ropa holgada junto con una falda larga y sandalias, cabello de color rubio apagado y lentes redondos.
—Es una lástima, creí que entraría medio segundo antes… —Su cara reflejaba desilusión.
Pareció percatarse de su comentario para retractarse.
—¡Una disculpa! Es un gusto conocerte.
Tomó fuerzas mientras se sostenía de la esquina y el hombre tras la mesa se levantaba.
—Y mi nombre es Caldwell Abacus Cuneus. Como puedo ver, ya conoció a nuestro profesor Douglas Voulge.
«No sé qué responder, sus rostros, su ropa, todo parece increíble; ¿Ellos sabían que yo llegaría tarde?»
—Chico, ¿te pasó algo? —preguntó Douglas, arqueando una ceja.
—Sí, estoy bien, solo me desorienté por un momento —respondió tan rápido como pudo.
—Es un gusto conocerlos y ¡discúlpenme por la demora! —dijo de manera enérgica y preocupada.
El director respondió con una sonrisa, a la par de los demás profesores.
—Bien, esperamos que sea de tu agrado la escuela y, cualquier cosa que necesites, no dudes en buscarnos. Douglas, ¿podrías llevarlo al Taller de Confección?
—Será un gusto— respondió con serenidad.
Lo guio mientras abría la puerta, junto con la despedida de los profesores.
Mientras caminaban de regreso al pasillo y daban vueltas, solo un pensamiento entró por su mente…
«¿Qué se supone que fue eso?»
«Esa es la magia de predicción. Pudieron saber cuándo llegaría a la escuela, no solo por lo que dijo la profesora, sino porque el profesor Douglas estaba en la entrada y fue directamente a mí. Los profesores en la sala no tenían uniformes, al menos no uno reglamentario; y el director…»
—Ya llegamos al Taller de Confección —dijo el profesor, abriendo la puerta para mostrar el lugar.
Desde la entrada podían escucharse las máquinas de coser y verse las telas siendo arrastradas por el aire en una gran espiral; pantalones, zapatos, camisas y sacos eran confeccionados en pocos minutos.
El ruido de las máquinas a todo motor, planchando, cortando y confeccionando, era lo único que se podía distinguir.
Junto a esto, también podían escucharse dos voces discutiendo.
El profesor Douglas tenía un timbre algo antiguo e hizo resonar unas pequeñas campanitas que se encontraban en cada una de las columnas de madera, en ambos pisos del taller.
—¡En un momento! —dijo un hombre, mientras la mayoría de las máquinas se detenían para dar paso a la calma.
—Si eres tú de nuevo, te juro que tendrás una bolsa de basura en vez de uniforme si lo rompiste de… —Su voz se detuvo de golpe al notar que un profesor estaba presente.
Ignorando todo lo dicho, el profesor Douglas respondió:
—Charles, no parece muy ocupado. ¿Le parecería ayudar a nuestro nuevo alumno de hoy?
—¡Claro que sí! No se preocupe, solo déjelo en mis manos —respondió con expresión de absoluta vergüenza.
—Volveré en unas horas. Buen día —concluyó el profesor, cerrando la puerta tras su partida.
—¡Te volvió a pasar, Charles, jajaja! —Una risa burlesca pudo escucharse al fondo; era la de una mujer.
—¡Tú guarda silencio, Jeanne! —Su voz reflejaba vergüenza y cierta humillación.
Charles se volvió hacia el chico que tenía enfrente y preguntó:
—Bien, ¿quién eres tú?
—Buenos días, mi nombre es Sun… —Fue interrumpido por el señor.
—No, muchacho, no me refiero a eso. ¿Quién eres tú? Ven, acércate.
—Ya vas a empezar de nuevo, ¿verdad? —dijo la mujer detrás de todos esos retazos.
—Solo tengo curiosidad, además de que, tarde o temprano, volverá aquí.
Pronto, el hombre empezó a examinar cada uno de los detalles en la vestimenta del chico, desde lo más básico hasta los mínimos detalles del cosido de su ropa, pasando por su calzado y levantándole los brazos para observarla con mayor profundidad. Parecía una curiosidad que solo un niño podría expresar.
—¿Qué estás escuchando en el cassette? —preguntó con cierto desconcierto.
—Oh, se me olvidó que lo traía conmigo, es Band on the Run —respondió con felicidad.
«Ahora que lo pienso, se me acabaron las baterías en el camino hacia aquí».
—Ya veo. Prefiero The Mess, pero también es buena —dijo con cierto agrado.
—Chico, si aprecias tu tiempo, no le preguntes por su canción favorita, por favor. No quiero volver a saber de ella en toda mi vida —su voz parecía cansada, pero burlesca a la vez.
—¡Let the Sunshine es la obra más grande, el himno del rock psicodélico que existe en este mundo! —Sonaba demasiado apasionado para ser solo un comentario.
—Bien, creo que te adaptarás muy bien al estilo de la escuela, pero no dudo que vengas seguido; de hecho, creo que deberías hacerlo. Tu combinación es buena: zapatos de plataforma negros y redondeados junto con un pantalón del mismo color, un chaleco con una costura rústica en la zona izquierda de la axila y camisa formal blanca. El pantalón tiene tres centímetros de más y el chaleco es un poco grande, así que no deja ver la hebilla junto con los accesorios metálicos. Tus pulseras y reloj combinan bien por el plateado. Tu collar de conchas es lindo, pero algo largo, así que al ponértelo sobra algo de cuerda atrás. Pero algo que combina bien por su color y estilo es el maletín que tienes; da una estética elegante, incluyendo…
—¡Solo dale un uniforme y ya! Cuando él quiera cambios, entonces vendrá —lo decía con molestia y cierto cansancio.
—Está bien, solo déjame trabajar por un momento, Dios. Bueno, como puedes escuchar, ella es la loca de mi hermana Jeanne, y yo soy Charles. Ambos somos gemelos, solo que yo soy el más carismático. Ya tomé tus medidas; solo dame diez minutos y tendrás tu uniforme a la medida, ¿okey?
El chico asintió con incredulidad.
«¿Cómo es posible que un uniforme desde cero y con tantos detalles quede listo en solo diez minutos?»
Ya habían pasado siete minutos de los diez prometidos. El ruido de las máquinas tejiendo y de las tijeras cortando la tela era tan relajante que hasta olvidó lo ocurrido en la dirección, junto con lo que podría avecinarse.
La voz del señor Charles apareció con afán de entretenimiento:
—Y dime, ¿qué te ha parecido la escuela hasta ahora?
—Me parece increíblemente interesante, solo que… —se detuvo al recordar algo.
—Oh, te refieres a lo que suele hacer la profesora Morgana, ¿verdad? Ella suele predecir la hora de llegada de los nuevos alumnos que entran poco después del año escolar para que un profesor los reciba en la entrada. No te preocupes, es completamente normal, pero he de decir que no eres el primero en asustarse.
—No, no me refiero a eso. Lo entendí algo rápido. Mi problema es que no hice ningún examen. ¿Cómo saben que tengo habilidades para esto? Hasta donde sé, la magia de predicción no puede hacer eso con solo ver a alguien.
—Ya veo. No te preocupes, no sé cómo funciona la academia exactamente, pero el examen de capacidades y aptitudes es después; además, cada escuela le hace una prueba al alumno elegido o becado antes de venir.
—Pero, si es una academia mágica, ¿no creen que sea raro hacer un examen después de ingresar? Sería confiar en otra escuela. No tiene sentido.
Respondiéndose a sí mismo, añadió:
—No, el examen ya se hizo. Algo común en la mecano-magia es el uso de cristales para crear aparatos mágicos. Una de las capacidades de los cristales es convertir la magia residual en luz. Bajo esta premisa, podría decirse que los cristales en los pasillos funcionan como detectores de presencia mágica.
—Eso funcionaría, niño, si es que el profesor Douglas fuera no mágico. Él te guio en todo momento, ¿lo recuerdas?
Algo nervioso, respondió:
—¿Pero y si ocultó su presencia? Es un profesor, así que debe tener demasiado control de su flujo.
—Supongo que es cierto… Pero no le des importancia, niño. Llegaste a la mejor academia que puede haber en magia y deberías aprovecharlo.
La voz de su hermana gemela resonó en el taller:
—La mejor… que acepte becados por el gobierno.
—Sí, sí, eso también —se notaba cierto cansancio al responder.
—Bien, el uniforme está listo. Si quieres, puedes probártelo ahora mismo; bueno, de hecho, debes.
Era un uniforme de color azul marino, con gran detalle en los acabados; la entretela tenía el escudo de la academia en color dorado, un pantalón de color negro con zapatos muy similares a los que él ya utilizaba, pero con una mayor calidad y cuidado, y una camisa blanca de manga larga.
—Como ves, no es muy diferente a lo que usas, solo que ahora tiene un saco. Yo te recomendaría seguir usando el chaleco y tu corbata, porque combina bien con tu… —se interrumpió a sí mismo.
—¿No me digas que le cambiaste el color al uniforme? Era uno normal y ya. ¡Déjalo decidir!
El chico caminó hacia uno de los vestidores y observó cada una de las prendas mientras se cambiaba. Salió del vestidor ya listo y se miró al espejo.
—A él le fascina, solo mira su cara.
La cara del chico reflejaba fascinación.
«¡Wow! El detalle del saco es increíble, el estilo y el acabado son imposibles de creer para tan solo diez minutos. Incluso pueden tardar semanas en hacer algo que se le compare».
La señorita Jeanne se abrió camino con intriga, pasando por cada una de las máquinas hasta llegar al lugar.
—Bueno, se ve bien, pero tampoco para dejarlo mudo.
—Bien, niño, entonces, ¿qué te pareció?
—¡Es increíble! Me encanta el color, los detalles en la confección son increíbles. No creo que se pueda hacer algo así… Esta es la magia de la confección.
—Bueno, me gusta pensar que yo le doy el toque «mágico» a ello.
—¿Qué magia le vas a estar dando? Si esa es la magia de confección. No es muy valorada, pero si alguien necesita ayuda, ahí estamos.
—Sí, la mayoría de los que nos dedicamos a este tipo de magia trabajamos en talleres como este y, si no es el caso, entonces somos diseñadores. No olvides usar tu maletín; da un toque elegante y formal.
—¡Muchísimas gracias por su ayuda!
—No hay de qué, niño. Cualquier modificación que quieras, ven… solo conmigo. Si está Jeanne, vuelve después.
—Grosero.
De pronto, se escucharon las pequeñas campanitas del timbre.
—Disculpen por la interrupción, pero ¿se encuentra todo listo? —dijo el profesor Douglas, ahora en la entrada del taller.
—Quedó todo listo, profesor Douglas.
—Bien, si ese es el caso, entonces no hay tiempo que perder. ¿Me acompañaría, si es muy amable? —dijo el profesor, abriendo la puerta.
Asintió y caminó con dirección al pasillo.
—¡Muchas gracias, señor Charles y señorita Jeanne!
Al unísono, saludaron en son de despedida.








