Chapter 1 El ratón biblioteca
El calor de julio era asfixiante, pero eso no impidió que el piquete se reuniera en la discoteca. Era un local cerrado, sin área de fumadores, por lo que el aire acondicionado luchaba en vano contra una nube densa de humo de cigarro y el sudor de decenas de cuerpos en movimiento.
El DJ, fiel a la costumbre de poner lo que funcionaba sin importar el año de estreno, hizo retumbar los bajos con un éxito de DLG. La pista era un cuadrado no oficial: el centro estaba reservado para los que querían exhibirse, mientras que el resto de los mortales se aglomeraba en los bordes.
En uno de esos bordes, cerca de la barra donde la climatización se sentía un poco más, Andrea se reía a carcajadas con Mariam y las otras muchachas del instituto. Como buenas becadas, no tardaron en adueñarse de su pedazo de pista cuando el DJ cambió a los Backstreet Boys, ejecutando de memoria la coreografía que habían ensayado hasta el cansancio en los pasillos del albergue.
Andrea tenía motivos de sobra para celebrar: acababa de firmar la boleta de otorgamiento de carrera. Había conseguido una plaza en Matemática Aplicada. No era Ingeniería de Sistemas —esa espina pensaba sacársela más adelante—, pero seguía siendo una victoria.
Además, la fiesta le venía bien para procesar su reciente mudanza. Volver a vivir a dos puertas de su primo Yankiel, "Yan", significaba recuperar su infancia. Desde niños habían sido imparables; Yan era de los que decía: "Quemamos el pueblo y después vemos dónde caen las cenizas". Lo que Andrea todavía no asimilaba del todo era que el barrio de su primo tenía sus propias reglas. Y su propio rey.
William De León llegó tarde, como siempre. Entró al local sin mirar a los lados, con la barbilla en alto, absolutamente seguro de que los ojos de la sala se estaban girando hacia él. Era un negro imponente, de facciones fuertes y una mirada pesada que no pedía permiso. Llevaba el pelo muy corto, con un degradado impecable y una línea fina rapada en el lateral que le daba un aire duro, de calle.
Las mujeres lo vacilaban descaradamente desde los bordes de la pista. Llevaba sus tenis Nike impecables, un pantalón de mezclilla a la medida y una camisa oscura, con un par de botones abiertos que dejaban a la vista una cadena con un crucifijo descansando sobre el pecho. No era exageradamente gruesa, pero en aquel lugar, llevar oro real ya marcaba una línea divisoria.
William saludó a un par de conocidos con un gesto de la mano, pero no se detuvo hasta llegar a la barra.
—Ponme lo mío —le dijo al cantinero.
El hombre asintió de inmediato y le destapó una cerveza fría. Mientras la mayoría de los grupos en la discoteca hacían ponina para compartir una botella de ron barato, William bebía cerveza y, a diferencia del resto, pagaba al irse. Eran los privilegios de ser quien era.
Con la botella en la mano, comenzó a caminar por el local. Era un pavo real sin plan fijo. Daba una vuelta, se detenía donde le convenía y, aunque solía andar solo, interactuaba con tanta gente que nadie lo notaba. Finalmente, divisó a Yan y se acercó a él.
Llevaba varios días escuchando que la prima de Yan se mudaba al barrio. En la zona había una regla no escrita: las hermanas de los socios no se tocaban. El código no mencionaba a las primas, un tecnicismo que ambos conocían perfectamente, pero William había decidido integrarse al grupo y, por el momento, respetaría la paz. Además, en su cabeza, la ecuación era sencilla: la "Einstein" de la familia debía ser un ratón de biblioteca, probablemente con espejuelos de fondo de botella y cero gracia social.
Definitivamente, no era su tipo.
William chocó los puños con Yan y recorrió el lugar con la mirada.
—¿Dónde está la homenajeada?
—La escandalosa de la bemba roja —respondió Yan, señalando hacia el grupo de muchachas cerca de la barra.
William se quedó quieto.
No había espejuelos. No había un ratón de biblioteca escondido detrás de un libro. Había una muchacha de pelo negro y rizado, con un cuerpo que no pedía disculpas por ocupar espacio, terminando una coreografía con una soltura envidiable. La observó durante un segundo más de lo necesario y sonrió de medio lado.
—Voy a felicitar a la mipri —dijo, dándole una palmada en el hombro a Yan—. Hay que ser cortés.
Yan lo miró de reojo.
—Compórtate.
—Como siempre.
William se abrió paso entre la gente. Caminaba como quien ya sabe que, tarde o temprano, todos terminan haciéndole espacio. Se detuvo frente a Andrea, lo bastante cerca como para que ella notara su perfume, pero no tanto como para obligarla a retroceder.
Andrea se giró hacia él. Sabía quién era, por supuesto. Era imposible no haber visto a William De León en el barrio. Era atractivo, eso no se podía negar, y lo notó al instante. De cerca, su presencia era aún más abrumadora, pero Andrea no iba a darle el gusto de intimidarse.
Al ver que él levantaba su cerveza con una sonrisa de lado, Andrea tomó una respiración profunda, casi imperceptible, para concentrarse.
—Felicidades, Einstein —dijo William—. Por la carrera.
Andrea le sostuvo la mirada con una tranquilidad pasmosa. Levantó su vaso de refresco, evaluándolo de arriba abajo en una fracción de segundo, desde la línea rapada en su cabeza hasta la cadena en su pecho.
—Ese era físico —respondió ella, con voz neutra—. No obstante, gracias.
William parpadeó. Esperaba un coqueteo, una risa nerviosa o la clase de mirada que estaba acostumbrado a recibir de las mujeres que lo vacilaban en la entrada. Andrea, sin embargo, devolvió el brindis con un leve asentimiento y se giró de nuevo hacia Mariam, retomando su conversación.
Lo trató como a un tipo cualquiera.
William se quedó allí un instante más. No era que ella no lo hubiera notado; lo había notado y, aun así, lo había ignorado. Andrea solo había decidido no convertirse en otra muchacha que se desarmaba porque el rey del barrio le sonriera.
Media hora después, William salió de la discoteca. Afuera lo esperaba la noche, un patio de tierra batida en las afueras de la ciudad y una pelea de perros que no convenía mencionar delante de cualquiera.
Mientras caminaba, el rostro de la prima de Yan volvió a cruzarle la cabeza. No era que le gustara. Era que no entendía por qué le había molestado tanto que ella no lo mirara.
Andrea no lo había mirado como las demás. Y él no estaba acostumbrado a eso.








