𝐺𝑒𝑛𝑢𝑖𝑛𝑎 ☆
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• 23 de septiembre, 1296 d. C.(Universo Núm. 2)•
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La noche había cubierto por completo las calles del reino. La luna llena apenas lograba atravesar las nubes que se desplazaban lentamente sobre el cielo, dejando pequeñas franjas de luz plateada sobre los tejados y los caminos de piedra.
A esas horas, las calles estaban prácticamente desiertas.
Solo podían escucharse los pasos apresurados de dos personas que avanzaban por uno de los caminos menos transitados de la ciudad.
—De verdad... ¿tenemos que dejarla aquí? —preguntó una joven mujer de cabellos negros, caminando detrás de su pareja—. Es nuestra hija, Itami. No podemos abandonarla así como así... y menos en un reino como este.
Su voz temblaba, no únicamente por el frío de la madrugada, sino por el miedo.
Itami caminaba unos pasos delante de ella. Era un joven de aspecto cansado, vestido con ropas oscuras y una capa que cubría parcialmente su rostro. Entre sus brazos llevaba a una pequeña bebé de apenas tres meses de nacida.
La pequeña dormía plácidamente, completamente ajena a lo que ocurría a su alrededor.
—Lo sé... —respondió él después de unos segundos.
Bajó la mirada hacia la bebé.
—Créeme, Kurushimi. Sé perfectamente lo que estamos haciendo.
—Entonces, ¿por qué seguimos adelante?
Itami se detuvo, por un instante ninguno de los dos dijo nada.El joven contempló a su hija mientras acomodaba con cuidado la manta que cubría su pequeño cuerpo.
—Porque si nos quedamos, podrían encontrarla.
Kurushimi apretó los labios.
—Podemos escondernos.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No lo sé...
—Exactamente.
Itami levantó la mirada hacia ella.
—Nuestros padres no van a detenerse, Kurushimi. Ya lo sabes.
Aquellas palabras hicieron que la joven desviara la mirada.Ambos sabían perfectamente a qué se refería.
Desde que su relación había salido a la luz, sus familias habían convertido aquella historia de amor en un conflicto.
La familia de Itami, perteneciente a una posición mucho más elevada dentro de la sociedad, jamás había aceptado a Kurushimi.
Para ellos, no importaba cuánto se quisieran, no importaba que hubieran permanecido juntos durante años, no importaba que estuvieran esperando una hija. Kurushimi había nacido en una familia humilde, era una mujer de baja cuna.
Y para la familia de Itami, aquello era suficiente para convertirla en una vergüenza.
—Tu padre dijo que yo estaba arruinando el apellido de vuestra familia... —murmuró Kurushimi.
—No vuelvas a escucharlos.
—También dijeron que nuestra hija cargaría con mi sangre.
Itami cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquella conversación, las palabras de sus padres todavía resonaban en su cabeza.
“Una mujer como ella no puede formar parte de nuestra familia.”
“Si decides continuar con esta relación, dejarás de ser nuestro hijo.”
“Y esa niña no tendrá derecho a llevar nuestro nombre.”
No habían sido simples amenazas, habían intentado separarlos por todos los medios posibles.
Primero fueron las discusiones.
Después las prohibiciones.
Luego los hombres enviados para vigilar los movimientos de Itami.
Y finalmente, las amenazas.
Itami sabía que ya no podían seguir viviendo como hasta entonces.
—No quiero que nuestra hija crezca escuchando que no vale nada por haber nacido de ti —dijo él con la voz entrecortada—. No quiero que algún día llegue a pensar que fue un error.
Kurushimi sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.
—Ella no es un error...
—Lo sé.
—Entonces no la dejes.
Itami volvió a guardar silencio, aquellas palabras le dolieron más de lo que quería admitir. Sentía la desconfianza de su amada y con justa razón, ambos corrían el riesgo de morir lejos de su niña y dejarla sola en este mundo, sin la posibilidad de explicar el por qué de sus decisiones.
—No la estoy dejando para siempre.
Se acercó a Kurushimi y tomó una de sus manos.
—Vamos a volver por ella.
—¿Lo prometes?
—Te lo prometo.
La mujer lo miró fijamente. Quería creerle. Necesitaba creerle. Era su pareja al final del dia, el padre de su hija, su único pilar ahora.
—Entonces... ¿dónde iremos?
Itami volvió a mirar los alrededores.
—Primero tenemos que salir del territorio del reino. Después encontraremos un lugar donde podamos escondernos y empezar de nuevo.
—¿Y ella?
—Estará a salvo mientras tanto.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque conozco a la persona que puede cuidarla.
Los dos continuaron caminando.
Avanzaron algunas calles más hasta llegar a una zona mucho más silenciosa de la ciudad. Allí, entre varias construcciones antiguas, se encontraba un edificio de piedra oscura de tamaño considerable, algunas ventanas estaban iluminadas tenuemente por velas.
Sobre la entrada había un pequeño símbolo religioso.
Kurushimi se detuvo.
—Este lugar...no me da buena espina.
Itami la miró.
—Es un orfanato.
—¿Y si la maltratan?
—No lo harán.
—¿Y si abusan de ella? ¿Y si alguien intenta llevársela? ¿Y si...?
—Ey, ey... calma.
Itami colocó una mano sobre su hombro.
—Conozco a la dueña, es una vieja amiga mía. Confío en ella.
Kurushimi observó el edificio con cierta desconfianza.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Un silencio incómodo se apoderó de ambos.
Finalmente, Itami entregó a la pequeña Melody a Kurushimi.
La joven madre la tomó entre sus brazos y la observó durante unos segundos.
La bebé continuaba dormida, tan tranquila, tan inocente. Como si el mundo se hubiera detenido para contemplarla bajo la luz de la luna.
Kurushimi acarició lentamente su mejilla.
—Melody...
La pequeña movió ligeramente la nariz, pero no despertó.
—Perdóname.
Una lágrima cayó sobre la manta.
—No quería que tu primer recuerdo fuera de nosotros alejándonos de ti.
Itami apartó la mirada, no quería llorar, no podía permitírselo. Al menos no todavía.
Se acercaron a la puerta.
Itami levantó la mano y golpeó suavemente.
Toc.
Toc.
Toc.
Pasaron algunos segundos con cierta tensión, finalmente, la puerta se abrió, detras del marco de la puerta una mujer algo mayor que ellos apareció al otro lado. Vestía una túnica blanca y sostenía una pequeña vela.
Todavía parecía estar medio dormida.
—¿Eh...?
La mujer frotó sus ojos. Parecía extrañada debido a la interrupción a mitad de la noche, después de ajustar su visibilidad contempla con cansancio a la jóven pareja hasta que logra reconocer al hombre.
—¿Itami? ¿Eres tú? ¿Qué haces a estas horas de la noche y lejos de tu hogar?
Entonces vio a Kurushimi, y después a la pequeña bebé que descansaba en sus brazos.
La expresión de la mujer cambió inmediatamente.
—Y... ¿qué es eso?
Itami tragó saliva.
—Akir...
La mujer miró a la bebé.
—¿Esa bebé... es tuya?
Itami bajó ligeramente la cabeza.
—Sí.
Akir permaneció en silencio.
—Nuestra —corrigió Kurushimi suavemente.
Akir los observó durante varios segundos, después abrió completamente la puerta.
—Entren. Hace demasiado frío para hablar de esto aquí afuera.
Ambos entraron.
El interior del orfanato estaba apenas iluminado por unas cuantas velas. El aire era más cálido que afuera, aunque todavía podía sentirse el frío de la madrugada.
Akir cerró la puerta.
—A ver...
La mujer dejó la vela sobre una pequeña mesa.
—Expliquen qué está ocurriendo.
Itami y Kurushimi intercambiaron miradas.
Finalmente, él comenzó a hablar.
Les explicó todo: la relación prohibida, el rechazo de ambas familias, las diferencias de clase, la persecución, las amenazas.
Y, sobre todo, el miedo de que sus familias descubrieran que tenían una hija.
Akir escuchó atentamente.
No interrumpió.
Cuando Itami terminó, la mujer permaneció callada durante unos segundos, era consciente de los problemas que causaba la diferencia de estatus, pero no sabía los extremos a los que podían llegar algunas familias.
—Así que quieren dejar a la niña aquí.
—Solo temporalmente —respondió Kurushimi rápidamente—. Volveremos por ella cuando la situación se calme.
—¿Y por qué no se la llevan con ustedes?
La joven bajó la mirada.
—Era nuestro plan inicial, madam.
Mientras hablaba, Itami comenzó a sacar algunas provisiones de una bolsa.
—Pero llevar a nuestra hija con nosotros podría ponerla en peligro. Si nos encuentran, ella será lo primero que utilizarán para obligarnos a regresar, o en el peor de los casos...
Kurushimi abrazó con más fuerza a Melody.
—No queremos arriesgarla.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Y...usted es nuestra única opción, no podemos confiar en nadie más ahora.
Akir observó a la joven.
—¿Y esperan que simplemente la cuide hasta que puedan regresar?
—Sí.
—¿Y si no regresan?
Itami levantó la mirada, esa misma pregunta se habian hecho antes, y aun asi que congeló por un momento.
—Regresaremos —respondió finalmente.
Akir no contestó.
Solo los observó.
Entonces Kurushimi se acercó lentamente, sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Por favor...no sabemos qué más hacer.
La mujer respiró profundamente, tomó su taza de té y bebió un pequeño sorbo, ciertamente podría meterse en un problema y arriesgar este lugar, pero en el peor de los casos, esta niña terminará muerta.
Después de reflexionar, dejó la taza sobre la mesa.
—Bien.
Kurushimi levantó la mirada.
—¿De verdad?
—Los ayudaré.
La joven soltó un pequeño suspiro de alivio.
Akir tomó algunos documentos y los colocó sobre la mesa.
—Pero necesito que firmen una autorización. Si la niña queda bajo mi cuidado, debo tener constancia de ello.
Itami tomó la pluma y firmó, después lo hizo Kurushimi.
Akir tomó los documentos.
—Y si la pequeña pregunta por ustedes, ¿qué voy a decirle?
Itami guardó silencio.
Finalmente respondió:
—Dígale la verdad.
Kurushimi lo miró sorprendida.
—Si algún día pregunta quiénes somos, dígale que somos sus padres —continuó Itami—. Y si quiere buscarnos...
Hizo una pausa.
—Ayúdela.
Akir levantó ligeramente una ceja.
—¿Están seguros?
—Sí.
Itami terminó de guardar la última provisión.
—Nos estaremos comunicando mediante cartas.
Kurushimi asintió.
—No desapareceremos.
Aquella frase salió con seguridad.
Aunque en el fondo de su corazón existía un miedo que ninguno de los dos quería admitir.
Kurushimi extendió los brazos hacia Akir.
—Su nombre es Melody.
Akir recibió a la bebé cuidadosamente.
—Melody...
La pequeña continuaba dormida.
—Melody Zenitram.
Akir observó el rostro de la niña.
—También dejamos algunos datos personales. Todo está escrito aquí.
Le entregó una hoja.
Akir comenzó a leerla.
Pero había una pequeña frase escrita al final, una frase diferente al resto. La tinta parecía más tenue, como si hubiese sido escrita apresuradamente.
“Si no logramos regresar o comunicarnos, por favor, proteja a Melody por nosotros.”
Akir levantó lentamente la mirada.
Itami evitó sus ojos.
Kurushimi ya estaba llorando.
—Tengan cuidado allá afuera —dijo Akir.
Itami asintió.
Kurushimi se acercó una última vez.
Besó la frente de Melody.
—Mi luz, espero que crezcas sana...te amamos.
Después miró a Itami.
Él también se acercó y acarició suavemente la cabeza de su hija.
—Papá volverá por ti.
Ninguno quería separarse.
Pero finalmente lo hicieron.
La puerta se abrió, el frío de la madrugada volvió a entrar al edificio. Itami tomó la mano de Kurushimi y ambos salieron, antes de que la puerta se cerrara Kurushimi volteó por última vez.
Sus ojos se encontraron con los de Akir.
La mujer entendió inmediatamente lo que aquella mirada significaba.
Cuídala.
La puerta se cerró.
Melody Zenitram quedó bajo el cuidado de Akir, y sus padres desaparecieron en la oscuridad de aquella noche.
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• 6 años después •
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—¡Melody! ¡Bájate de ahí! ¡Te vas a lastimar!
—¡Ya voy!
Una pequeña de seis años se encontraba trepada en uno de los árboles del patio del orfanato.Tenía cabellos oscuros, grandes ojos negros y una tez pálida.
Su rostro reflejaba una inocencia casi absoluta.
—¡Melody, no bajes de un salto! —insistió Akir.
—¡No pasa nada!
—¡Eso dices siempre!
Junto a ella se encontraba Sāino, una niña de cabellos café claro, pequeños ojos café oscuro y tez aperlada.
Su expresión normalmente era bastante seria, un claro contraste de su amiga.
—Melody, creo que Akir tiene razón.
—¡Pero tú también estabas subiendo!
—Sí, pero yo no soy quien está a punto de caerse.
Melody soltó una pequeña risa.
Ambas habían crecido juntas, eran prácticamente inseparables.
A veces incluso escapaban del edificio para explorar los alrededores, aunque nunca permanecían fuera más de cinco minutos antes de que Akir lograra encontrarlas.
Aquel día no era diferente.
Las dos habían convertido el árbol en una especie de competencia.
—¡Yo llegué más alto! —presumió Melody.
—¡Porque empezaste antes, eso no cuenta!
Akir suspiró.
—Las dos van a bajar ahora mismo.
Pese a que objetaron inicialmente, al final ambas obedecieron.Akir tomó las manos de las pequeñas y las condujo nuevamente hacia el interior.
—Bueno, ya que decidieron casi matarme del susto antes del almuerzo...
Las niñas rieron.
—Hoy comeremos pollo con mantequilla.
—¡Yeei!
Melody levantó los brazos.
—¿Podemos adelantarnos?
Akir sonrió.
—Está bien.
—¡Wujuu! ¡Vamos, Sāino!
—¡Espérame!
Las dos salieron corriendo.
Akir las observó alejarse, poco a poco, su sonrisa desapareció.Entonces recordó el sobre que llevaba escondido entre las mangas de su túnica.
Lo sacó.
Había llegado aquella misma mañana junto con el resto de la correspondencia, no tenía remitente, tampoco una dirección clara.
Akir sintió un pequeño nudo en el estómago.
Lo abrió.
Dentro encontró una hoja arrugada y ligeramente manchada, comenzó a leer el contenido.
“¿Cómo ha estado, señora Akir?
Espero que esté gozando de buena salud. Quería enviarle esta carta desde hace unos meses, pero por algunas cosas que pasaron no pude hacerlo.
En el sobre hay algo de dinero. Es para nuestra hija, junto con una pulsera de plata. También es para ella.
Esperamos que no esté siendo una molestia para usted y que esté creciendo como una niña feliz.
Atte. I.”
Akir permaneció inmóvil.
Por primera vez en varios meses sintió alivio.
Había estado pensando lo peor debido a los conflictos que habían comenzado a surgir entre los distintos reinos y pueblos, pero aquella carta demostraba que, al menos por el momento, Itami seguía con vida.
Guardó nuevamente la carta.
Después volvió al comedor.
Todos los niños estaban sentados, algunos comían, otros conversaban y algunos aprovechaban cualquier descuido para jugar.
Melody estaba concentrada haciendo garabatos sobre una hoja que le había entregado una de las trabajadoras.
De pronto...
Tin, tin...
Una pequeña campana de cobre comenzó a sonar.
El comedor quedó en silencio.
Akir tomó la palabra.
—Si ya terminaron de comer, es hora de comenzar con los quehaceres.
Los niños prestaron atención.
—Niñas, ayúdenme con la limpieza de los utensilios de la cocina. Niños, ustedes limpiarán las habitaciones. El sótano queda fuera de sus tareas.
Todos asintieron.
—¿Entendido?
—¡Sí, señora Akir!
Los niños comenzaron a levantarse.
Sin embargo, Melody permaneció cerca de la mujer.
—Akir...
—¿Sí, cariño?
La pequeña juntó las manos.
—Tengo una duda.
Akir se agachó para quedar a su altura.
—¿Qué sucede?
—Sé que todavía soy pequeña, pero... ¿puedo acompañarte al sótano?
La expresión de Akir cambió ligeramente.
—Melody...
—Sé que no sé limpiar muy bien, pero puedo aprender.
La niña bajó la mirada.
—Es que... no me gusta ir con las demás niñas.
—¿Por qué?
Melody tardó unos segundos en responder.
—Son malas conmigo.
Akir frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—No sé.
Melody comenzó a jugar con sus propios dedos.
—Dicen que recibo más atención que ellas.
Akir permaneció en silencio.
—Dicen que me consientes.
La mujer suspiró.
—Melody, yo no te consiento.
—Pero...
—Solo estoy cumpliendo una promesa.
La pequeña levantó la mirada.
—¿Qué promesa?
Akir dudó.
—Una que hice hace mucho tiempo.
Melody no entendió.
Pero tampoco insistió.
Akir tomó su mano.
—Ven.
La pequeña sonrió.
—¿Puedo ir contigo?
—Sí.
La mujer la levantó entre sus brazos.
—Quizá encuentres algo que te guste.
—¡Yeei!
Mientras caminaban por el largo pasillo, Melody sonreía.
Pero detrás de ellas, algunas niñas observaban en silencio.
Una de ellas apretó los dientes.
—Otra vez...
—¿Qué?
—La señora Akir vuelve a llevarse a Melody.
—Siempre hace lo mismo.
Las miradas de las niñas siguieron a Melody hasta que desapareció por el pasillo.
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Las llaves tintinearon.
Akir abrió la puerta del sótano.
Ñeeeeec...
La puerta rechinó.
Melody bajó algunos escalones dando pequeños saltos.
—¡Despacio! —la reprendió Akir—. Un mal salto puede hacer que te rompas algo.
—Estoy bien.
—Eso dicen todos antes de caerse.
Una vez abajo, el polvo acumulado durante varios días comenzó a levantarse.
—Cof, cof...
Melody se cubrió la nariz.
—¡Ahh! ¡Pensé que era broma! ¡Hay polvo hasta en mi nariz!
—Te lo advertí.
Akir cubrió parte de su rostro con la manga.
Encendió una vela y comenzó a prender las demás que colgaban de las paredes.
La oscuridad desapareció poco a poco.
—Bien. Primero necesito traer algo para quitar el polvo.
Akir señaló hacia las escaleras.
—¿Puedes traerme el plumero?
—¡Sí!
Melody corrió escaleras arriba.
Regresó poco después con un palo cubierto de plumas de gallina.
—Aquí está.
—Muy bien.
—¿Empiezo?
—Sí.
Melody comenzó a limpiar algunas sillas, después utilizó una de ellas para alcanzar una mesa.
Akir observó cómo trabajaba.
—Ten cuidado de no subirte demasiado.
—¡Sí!
La pequeña continuó limpiando, e vez en cuando estornudaba pero no parecía importarle.
Poco después, Akir regresó con una cubeta metálica llena hasta la mitad de agua jabonosa y un trapeador.
—Los lugares altos los limpiaré yo. Ya puedes sentarte.
Melody obedeció.
Mientras Akir limpiaba, la pequeña comenzó a observar los estantes.
Había libros, papeles, joyas, cartas, objetos antiguos.
—Vaya...
—¿Qué pasa?
—Hay muchas cosas aquí.
—Tiene sentido, el sótano también es un almacén.
—¿Y por qué no podemos bajar?
Akir continuó limpiando.
—Porque hay cosas importantes. Podrían romper algo o lastimarse.
Melody señaló una colección de libros.
—¿Y esos?
—Cuentos y algunos textos.
—¿Puedo leerlos?
Akir la miró.
—No.
—¿Por qué?
—Algunos hablan de cosas que todavía no necesitas conocer.
Melody cruzó los brazos.
—Si no los leo, nunca voy a entenderlos.
Akir soltó una pequeña risa.
—Tienes razón.
—Entonces...
—Pero no significa que vayas a leerlos todos.
Melody sonrió.
—¡Sabía que podía convencerte!
—No te emociones pequeña.
Akir señaló algunos libros de portadas gruesas.
—Primero te enseñaré lo básico de la religión católica.
—Eso me basta.
La pequeña sonrió triunfante.
Akir no pudo evitar reír.
Y durante las siguientes horas, ambas permanecieron juntas.Limpiaron, ordenaron, revisaron libros, encontraron dibujos antiguos y algunas cartas que Melody encontró particularmente interesantes.
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Casi dos horas después, ambas salieron del sótano con una caja llena de libros, dibujos y algunos papeles.
Melody estaba fascinada.
Akir, por su parte, comenzaría a darle pequeñas clases de religión.
La niña se marchó poco después para buscar a Sāino.
Pero no llegó demasiado lejos. Al doblar uno de los pasillos se encontró con un grupo de cinco niñas, todas eran mayores que ella, y todas la estaban mirando como si hubiera cometido algún crimen.
Melody se detuvo, reconocía perfectamente aquellas miradas.
—Vaya, vaya...
Una de ellas sonrió.
—Pero si es la pequeña Melody.
Otra soltó una pequeña risa.
—¿Nos extrañabas, enana?
Melody bajó ligeramente la mirada.
—No quiero problemas con ustedes, déjenme pasar.
Intentó avanzar, pero una de las niñas se interpuso.
—¿Adónde vas?
—Voy a buscar a Sāino.
—¿Otra vez?
—Sí...
Alyssa, la mayor del grupo, dio un paso adelante. Tenía doce años y destacaba por su altura de 1.57 m, un contraste muy notorio sobre el 1.34 m de Melody.
—Siempre estás corriendo con ella.
Melody no respondió.
—Y siempre estás con la señora Akir de un lado a otro, como una plaga pegada a ella.
La pequeña levantó la mirada.
—Ella solo me deja ayudarla.
Alyssa soltó una risa.
—Claro.
—No estoy haciendo nada malo.
—Ese es el problema.
Melody frunció el ceño.
—¿Qué?
Alyssa se acercó.
—Que nunca haces nada y aun así recibes todo.
Las demás niñas comenzaron a rodearla.
—La señora Akir te lleva al sótano, te da cosas distintas a nosotros, te deja estar con ella en su cuarto, te trata como si fueras especial.
Melody comenzó a retroceder.
—No es verdad...
—¿Ah, no?
Alyssa se acercó todavía más.
—Entonces dime, ¿por qué a ti sí te deja hacer cosas que nosotras no podemos?
Melody no supo qué responder.
—No lo sé.
—Exactamente.
Alyssa sonrió.
—Ni siquiera sabes por qué te favorece.
Melody comenzó a sentir miedo.
—Yo no le pedí nada.
—Pero lo recibes.
Una de las niñas la empujó ligeramente.
Melody tropezó, dejando caer lo que traía consigo.
—Oigan...
—¿Qué?
—No quiero problemas, podemos...
—Demasiado tarde.
Las cinco niñas la rodearon.
Melody sintió que su corazón comenzaba a acelerarse.
—P-podemos hablarlo...
Alyssa levantó una mano.
—¿Sabes qué es lo peor?
Melody no respondió.
—Que ni siquiera eres especial.
Silencio.
—Solo eres la favorita de una mujer que no sabe tratar a todos por igual.
Melody sintió un nudo en la garganta.
—No...
—Sí.
Una de las niñas tomó uno de sus brazos.
Otra sujetó el otro.
—¡Suéltenme!
Melody comenzó a forcejear.
—¡Déjenme!
Pero eran demasiado fuertes para una niña de solo 6 años.
—¡No me lastimen otra vez!
Alyssa dio el primer golpe.
Melody soltó un pequeño quejido.
—¡Por favor...!
Otro golpe.
Después otro.
La pequeña intentó protegerse, pero las niñas no se detenían ni la soltaban.
Alyssa tomó un palo de madera roto que estaba cerca de ellas.
—Quizá esto te haga entender.
Melody abrió los ojos.
—No...
El golpe llegó.
La pequeña sintió un fuerte dolor, seguido de un hilo de sangre que apareció en la comisura de sus labios.
—¡Ya basta!
Pero nadie escuchó, al contrario, los golpes continuaron sin pausa.
Sus brazos. Sus piernas. Su espalda.
El palo roto dejó heridas y moretones considerables en su piel.
Melody dejó de luchar, ya no tenía fuerzas para mantener de pie, sus piernas comenzaron a temblar por el dolor mientras su visión se volvió borrosa.
Hasta que finalmente cayó.
—¡Ahhh!
Un niño que pasaba por el pasillo se quedó completamente paralizado.
Había visto todo.
—¡Señora Akir!
Las niñas voltearon.
—¡Alyssa y sus amigas hirieron a otra niña!
Alyssa palideció.
—¡Maldito! ¡Corran!
Las cinco salieron corriendo. Melody permaneció en el suelo, su cuerpo dolía, quería llorar pero las lágrimas simplemente no salían.
El pequeño corrió hasta ella.
—¡Melody!
La ayudó a levantarse.
—Vamos.
La llevó lentamente hasta la habitación de Akir, cuando la mujer vio a la pequeña, soltó un grito.
—¡Oh, Dios mío!
Corrió hacia ella.
—¡Melody!
La tomó entre sus brazos y la recostó sobre su cama.
—¿Qué te hicieron?
Akir observó sus heridas.
Su rostro cambió, y dirigió su mirada a quién la trajo aquí.
—¿Viste quiénes fueron?
El niño asintió rápidamente.
—Sí.
—¿Quiénes?
—Alyssa y sus amigas.
Su expresión se volvió seria.
—Las mismas que lastimaron a mi amigo Jhonson.
Señaló hacia el pasillo.
—¡Se fueron al segundo piso!
Akir apretó los dientes.
—Gracias, Iker.
Después miró a Melody.
—Quédate aquí con ella.
—Sí.
Akir salió rápidamente de la habitación.
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Iker permaneció sentado junto a Melody.
Era un pequeño de tez pálida, cabellos cafés y ojos color almendra. Su carácter tranquilo y empático contrastaba completamente con el de las niñas que acababan de atacar a Melody.
La pequeña estaba mirando el techo sin decir nada. Las lágrimas finalmente comenzaron a aparecer.
Iker levantó una mano y le dio unas pequeñas palmaditas en la pierna tratando de animarla y de mantenerla despierta.
—¿Te encuentras bien?
Melody hizo una mueca.
—No hagas eso...
Iker retiró inmediatamente la mano.
—Lo siento.
Se quedó callado.
Después de unos segundos, preguntó:
—¿Por qué no escapaste?
Melody giró lentamente la cabeza, sus ojos estaban llenos de tristeza.
—Me habían rodeado, no tenia a donde huir.
Su voz temblaba.
—Tenía miedo...
Iker bajó la mirada.
—Ah...
Melody cerró lentamente los ojos.
—No podía moverme.
Su respiración comenzó a hacerse más lenta.
Iker la observó.
—Oye...despierta.
La pequeña ya estaba quedándose dormida.
—No te duermas...
Pero Melody cerró los ojos.
Iker suspiró, no trató de despertarla, solo permaneció sentado a su lado vigilando que nadie entrará a la habitación.
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Media hora después, Akir regresó.
Había encontrado a Alyssa y a las demás y las había castigado, dejándolas bajo llave en una de las habitaciones desocupadas lejos del resto de niños.
Después regresó a la habitación, la luz estaba apagada.
Akir abrió lentamente la puerta.
Observó el interior.
Melody dormía profundamente, Iker también se había quedado dormido. Estaba acostado a un lado de la pequeña, era evidente que estaba vigilándola hasta que el cansancio terminó por vencerlo.
Akir permaneció unos segundos en la puerta.
Miró a ambos.
Finalmente, suspiró.
No quería despertarlos.
Se acercó y acomodó cuidadosamente las mantas sobre los dos pequeños, después apagó la última vela.
La habitación quedó completamente a oscuras.
Afuera, la noche continuaba avanzando.
Y mientras Melody dormía, completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, una pequeña pulsera de plata permanecía guardada en el cajón de Akir.
Un objeto enviado por sus padres.
Un recordatorio de una promesa.
Una promesa que, seis años después, todavía seguía esperando cumplirse.
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