1 La noche que cambió todo
*13 de marzo de 2020: Mijas. 22:30*
Era una noche de regreso a casa para Enrich que acababa de salir del trabajo. Él trabajaba en una fábrica de comida a las afueras del pueblo y para regresar todos los días tomaba un bus.
Enrich, como siempre, despeinado y sudado del trabajo, tenía un presentimiento raro, pero no le dio mucha importancia.
Mientras el autobús avanzaba, miraba por la ventana, como la ciudad se quedaba atrás y el paisaje pasaba a campos verdes, algunas zonas estaban secas por la época de sequía y la falta de lluvias, pero otras zonas conservaban aquel verde que le enamoraba de su ciudad natal.
Tras media hora de viaje, el chico despeinado pulsó el timbre para que el bus parara en la próxima parada.
-Gracias, señor. ¡Que tenga buena noche!
Enrich bajó y caminó unos cinco minutos hasta su casa, que era una de las tantas casas blancas que tenía Mijas Pueblo. La gente ya estaba en sus casas por la hora que era y el frío que hacía.
Enrich corrió porque tenía frío y quería llegar a casa lo antes posible. A pesar del cansancio, aceleró el paso. El frío le había devuelto las pocas energías que le quedaban.
Tras llegar, sacó sus llaves del bolsillo y las introdujo en la cerradura. Como siempre, su casa estaba solitaria. Entró despacio y colgó las llaves en el pomo de la entrada principal.
Él tenía como rutina llamar a sus padres antes de meterse en la ducha y cenar.
En su terraza pequeña se sentó en una silla y cogió su teléfono para marcar el número de su madre, y al tercer tono su madre respondió.
-¡Hijo mío! ¿Cómo estás?
-preguntó su madre alegremente
-Bien, mamá, hoy no he tenido mucho trabajo, pero hace mucho frío en la calle. ¿Y tú, mamá?
-Bien, hijo mío, debes de estar cansado después de estar todo el día en la calle, así que a la cama, pero ya. Y recuerda comer bien, ¡que te vas a quedar en los huesos!
-Vale, mamá, mañana volveré a llamar -dijo Enrich entre risas.
Después de esa breve conversación, Enrich se metió en la ducha y al salir se puso su pijama infantil azul de dinosaurios, después de cenar una ensalada se metió en la cama y se fue a dormir temprano para mañana ir a trabajar, pero ¿quién diría que todo podía cambiar en cuestión de un día?
*14 de marzo del 2020 Mijas 07:35*
El despertador sonó y Enrich se levantó de la cama, se dirigió medio dormido a la cocina, puso la cafetera al fuego para hacerse su café matutino, mientras el agua hirvía y el café se hacía, se preparó rápido para salir a trabajar.
Tras haber terminado de prepararse en los doce minutos que tardaba el café en estar listo, se sirvió su café en su termo y salió de su casa hacia la parada del autobús.
Enrich se puso los auriculares y caminó despacio por el portal con la radio de fondo, pero la música se interrumpió por una noticia de última hora:
-Noticia de última hora: el presidente ha activado el estado de alarma en todo el país debido al nuevo virus que ha llegado. Todos los ciudadanos tendrán que mantenerse confinados durante quince días.
-Espera, ¿qué? ¿Y qué pasa con el trabajo? ¿Cómo pago las facturas? -se preguntó Enrich.
Enrich, viendo el panorama, regresó a su casa y se volvió a poner su pijama azul de dinosaurios, se sentó en el sofá y encendió el televisor para enterarse mejor de lo que estaba pasando en el mundo
-¿Qué estás hablando? No puede ser que tengamos que quedarnos todos encerrados en casa. Esto es preocupante -dijo en voz alta, aunque no le escuchara nadie.
Pasó el día de un lado para otro preocupado, apenas comió porque estaba inquieto, tenía miedo porque nadie sabía nada de lo que estaba pasando realmente y en los noticieros de todo el país solo pedían que la gente se quedara en sus casas y tomaran este confinamiento como una nueva realidad durante los próximos días o quizá meses.
El teléfono de Enrich sonó, era su madre y él cogió el teléfono rápido
-Dime, mamá, ¿estás bien?
-Bueno, estaba preocupada por ti, hijo. Para mí es normal pasar los días en casa, pero para ti...
-Bueno, es por la salud de todos. No tenemos otra opción -dijo Enrich con una sonrisa que parecía ocultar sus preocupaciones.
-Hijo mío, esto pasará rápido. Y ahora que estarás en casa, un consejo que te doy es que no descuadres tus horas de sueño.
Enrich se reía pensando que era un consejo ridículo y emitió un sonido de confirmación.
Tras una hora de conversación, los dos se despidieron y Enrich colgó el teléfono sin saber que esa sería la última vez que oiría la voz de su querida madre.
*14 de marzo de 2020. Mijas 23:00*
Enrich se fue a dormir después de cenar y miró por la ventana. La luna llena brillaba más que nunca e iluminaba con claridad aquellos campos verdes que observaba cuando viajaba en bus de vuelta a casa.
Pensó en todo lo que estaba ocurriendo, el nuevo virus, la pandemia. Después de un rato, cerró la persiana y se metió en la cama.
Una luz blanca iluminó todo el pueblo y pequeños rayos de luz entraron por la persiana, pero no le dio importancia. Se fue a dormir tranquilamente como si no hubiera ocurrido nada.
*15 de marzo de 2020. Mijas 09:45*
Enrich se levantó despreocupado y listo para enfrentar esta nueva realidad. Lo primero que hizo fue preparar su café sin prisas.
Al tener el café listo, encendió la televisión para ver las noticias, pero la cadena no tenía señal. Le extrañó porque la televisión funcionaba a todas horas. Cambió de canal muchas veces, pero era siempre lo mismo, estática gris que lo ponía más nervioso.
Decidió llamar a su madre para ver cómo estaba, pero nadie cogió el teléfono, lo que lo puso más nervioso aún. Así que caminó hacia la ventana, pero no se vio a nadie en su balcón.
-¿Qué se supone que está pasando? No entiendo nada ¿Por qué no responde nadie? -dijo preocupado.
Decidió gritar a ver si alguien respondía. Gritó tres veces a todo pulmón, pero nadie respondió, solo se escuchaban los perros de los vecinos ladrando nerviosos y otro llorando. Así que, aunque estaba prohibido, decidió salir a la calle.
Las calles estaban vacías. Las tiendas que deberían estar abiertas estaban cerradas. Coches por todos lados en mitad de la carretera pero sin nadie dentro. También había vehículos policiales en la rotonda de la entrada del pueblo, con las luces puestas, pero vacíos.
-¡Dios mío, por favor! ¡Dime que esto es solo un sueño! -dijo entre lágrimas, al borde de un ataque de ansiedad.
Recorrió todo el pueblo pero todo estaba igual, no había nadie, solo coches abandonados, por suerte encontró una tienda abierta pero vacía.
-¡Hola! ¡Hay alguien por aquí!
-(...)
-¡Oh, vamos! ¡Tiene huevos que ni las ratas me respondan!
Decidió esperar dos horas a ver si el dueño aparecía, pero fue inútil.
Enrich salió de la tienda y observó a su alrededor: coches abandonados, las calles vacías y algún que otro animal que pasaba corriendo. Pensó que era hora de salir a mirar fuera del pueblo.








