Chapter 1
Capítulo 1
El eco de una vida
A los treinta años, sentía que estaba viviendo varias vidas al mismo tiempo.
Estaba la vida que intentaba construir.
La vida que se me estaba desarmando.
Y estaba aquella otra, mucho más silenciosa, que seguía viviendo dentro de mí desde que tenía veintiún años.
La de Damián.
Mi hermano murió cuando yo tenía veintiuno.
Habían pasado nueve años y todavía había momentos en que mi cabeza se negaba a entenderlo.
A veces podía hablar de él con cierta normalidad. Contar una anécdota, recordar alguna de sus canciones, incluso reírme de alguna tontería que había hecho, pero otras veces bastaba una canción.
Una voz.
Un olor.
Una habitación demasiado silenciosa.
Y volvía a tener veintiún años, volvía a ser su hermana menor, volvía a tener la certeza absurda de que, si abría una puerta, él podía estar al otro lado.
Después de su muerte, mi mamá cambió.
No fue de un día para otro. Al menos, yo no lo recuerdo así.
Fue más bien como ver una casa deteriorarse lentamente.
Primero aparecieron pequeñas grietas.
Después comenzaron a caerse partes enteras.
Empezó a tomar decisiones impulsivas, a relacionarse con personas mucho más jóvenes que ella, a hacer cosas que antes jamás habría hecho. Incluso se cortó el pelo casi al ras, algo que ella jamás habria pensado en hacer.
Mi papá intentó mantenerse a su lado. La familia en general. Pero llegó un momento en que ellos ya no parecían estar luchando por lo mismo.
Ahora se estaban separando.
Y aunque nadie lo decía directamente, yo sabía que la muerte de Damián había dejado algo roto entre ellos. Quizás entre todos nosotros.
Yo tampoco había salido ilesa, pero había encontrado algo que me ayudó a seguir, la música.
No había sido así al principio.
Al principio, la música me dolía.
Después comenzó a salvarme.
A los veinticinco años escribí una canción, se llamaba El eco de tu voz.
La escribí en una época en la que todavía me costaba levantarme de la cama algunos días. No sabía exactamente qué estaba haciendo cuando empecé a escribirla. Solo tenía una melodía dando vueltas en mi cabeza y una necesidad enorme de decir algo que no sabía decir de otra manera.
Terminó convirtiéndose en una de las canciones más importantes de mi vida.
Tres años después, a los veintisiete, la canté por primera vez en aquel antiguo recinto el cual habiamos sido invitados con la banda. Era un lugar extraño. Por fuera parecía una institución vieja, casi universitaria. Por dentro tenía pasillos enormes, salones que parecían no utilizarse y una arquitectura que siempre me resultaba difícil describir.
Aquella presentación debería haber sido solamente eso.
Una presentación.
Canté El eco de tu voz frente a un pequeño público.
Recuerdo haber sentido los nervios habituales.
Recuerdo las luces.
Recuerdo el micrófono entre mis manos.
Y recuerdo que, después, ocurrió algo que nunca pude explicar. Dos personas desaparecieron. No las conocía. No sabía quiénes eran. Tampoco entendía qué había pasado realmente. Pero lo claro es que ese día la presentación se vio marcada por un suceso que nadie hubiese deseado, la empatía era evidente, sin embargo, me parecía una situación que a pesar de estar en el mismo lugar e instancia, no investigue demasiado quienes habían desaparecido porque no lo relacionaba conmigo.
Con el tiempo, esa desaparición pasó a ser parte de muchas sin tener alguna explicación. Quedó en la memoria de sus familias solamente.
A los treinta años volví al mismo recinto. Despues de aquel día no dejamos de frecuentar actos musicales y ya hoy nos tocaba interpretar nuestras canciones en un lugar que ya conociamos.
Esta vez Tomás estaba conmigo.
Tomás era una de esas personas que habían llegado a mi vida sin hacer demasiado ruido y, cuando quise darme cuenta, ya formaba parte de todo. Vivíamos juntos.
Era reservado, algo tímido y bastante malo para decir lo que sentía con palabras.
Pero lo conocía. Sabía que cuando estaba nervioso se tocaba el mentón.
Sabía que desviaba la mirada cuando no encontraba qué decir.
Sabía que podía pasar horas concentrado en alguna cosa y olvidarse completamente del mundo.
Y sabía que me quería. Quizás por eso nuestra vida no era perfecta. Pero era nuestra.
Habíamos llegado un poco antes de la presentación.
Yo estaba nerviosa, no por cantar, eso ya no me ponía tan nerviosa como antes.
Era el lugar.
Desde que habíamos llegado tenía una sensación extraña en el pecho.
Tomás estaba sentado a mi lado, mirando distraídamente el escenario.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —preguntó.
Lo miré.
—¿Cantar?
—Volver aquí. —respondió él.
Sonreí un poco.
—No sabía que estabas tan pendiente. —bromeaba sin más con él, porque sabía sobre sus respuestas. Ya conocía la brillante atención que Tomás me colocaba cuando le contaba mis cosas.
—Estoy siempre pendiente.—sonríe.
—No parece. —bromeo.
Se tocó el mentón. Lo hacía cuando no sabía cómo responderme.
Sonreí.
—Eso.
—¿Qué?
—Eso que haces.
—¿Qué hago?
—Te tocas el mentón cuando estás nervioso.
Bajó la mano inmediatamente.
—No estoy nervioso.
—Claro.
Me miró de reojo.
—Tú estás nerviosa.
—Un poquito.
—Entonces estamos iguales.
Me reí.
Por unos segundos nos quedamos en silencio.
Miré nuevamente el escenario.
—Es raro volver.
—¿Por la canción?
Negué con la cabeza.
—Por todo.
Tomás esperó.
—A veces pienso que debería haber dejado esa canción atrás.
—¿Por qué?
Me encogí de hombros.
—Porque nació de una época que ya pasó.
—Pero tú sigues cantándola.
—Sí.
—Entonces quizás no quedó atrás.
Lo miré.
No sabía qué responder.
Tomás nunca decía demasiadas cosas.
Pero cuando lo hacía, algunas se quedaban conmigo durante días.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije.
—¿Qué?
—Que todavía pienso en Damián cuando la canto.
Tomás bajó la mirada.
—Eso no tiene nada de malo.
—Han pasado nueve años.
—¿Y?
—Debería haberlo superado.
Tomás negó con la cabeza.
—No creo que a las personas se las supere.
Lo miré.
—¿Entonces qué se hace?
Pensó unos segundos.
—Aprendes a vivir con el espacio que dejaron.
Sentí un nudo en la garganta.
—Qué profundo.
—No te acostumbres.—reímos juntos.
Después apoyó su mano sobre la mía.
—Además, si hoy quieres cantar esa canción, cántala.
—¿Aunque me ponga triste?
—Aunque te pongas triste.
—¿Y si me pongo demasiado triste?
—Entonces después nos vamos.
Lo miré.
—¿A dónde?
—A cualquier parte.
—¿Cualquier parte?
—Sí.
—¿Y si quiero irme lejos?
Tomás sonrió.
—Nos vamos lejos.
Lo miré durante unos segundos.
Había algo tranquilizador en esa respuesta.
Como si realmente fuera tan sencillo.
Como si mientras estuviéramos juntos pudiéramos irnos a cualquier parte.
—Te amo —le dije.
Tomás pareció sorprenderse un poco.
—¿Ahora?
—Ahora.
Desvió los ojos y volvió a tocarse el mentón.
Me reí.
—Mira. Otra vez.
—Cállate.
—Te pusiste nervioso.
—Un poco.
Apoyé mi cabeza en su hombro.
—Gracias por venir conmigo.
—Siempre voy a venir contigo.
No sabía que esas palabras iban a quedarse conmigo de una manera completamente distinta después.
En ese momento solo sonreí.
Me quedé unos segundos apoyada en él.
Después escuché que estaban preparando el escenario.
Era hora.
Me levanté.
Tomás me tomó suavemente de la mano antes de que me alejara.
—Alma.
Me giré.
—¿Sí?
Parecía querer decir algo.
Lo vi mover los ojos hacia un lado y luego hacia el otro.
Otra vez estaba nervioso.
—Te amo.
Soltó mi mano.
Sonreí, y sentí que todo estaría bien si él estaba conmigo. Pero la sensación extraña que tenía en mi interior, no me abandonaba.
Y caminé hacia el escenario.
Sin saber que esa sería la última vez que Tomás me vería.
Sin saber que, después de esa canción, mi vida dejaría de pertenecer al lugar y al tiempo que conocía.
Sin saber que aquellas palabras —Te amo— iba a convertirse en una de las cosas que más desearía escuchar.
Subí al escenario.
Tomé el micrófono.
Respiré profundamente.
Y comenzó El eco de tu voz.
No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó antes de que llegara mi turno.
Lo que sí recuerdo es la sensación que tuve cuando subí al escenario.
Era como si el lugar me reclamara de una manera que no podía explicar.
Miré las paredes.
El techo.
Las luces.
Y durante un instante tuve la impresión de que estaba por ir a un lugar extraño.
Entonces comenzó la canción.
El eco de tu voz.
Respiré profundamente.
Y canté.
Al principio todo fue normal.
Hasta que escuché otra melodía.
Muy baja.
Muy lejos.
Era solo una guitarra.
Me detuve apenas un segundo.
No porque hubiera olvidado la canción.
Porque alguien más estaba tocando exactamente la misma melodía.
No entendía de dónde venía.
Continué cantando.
Pero mientras avanzaba, la sensación se hacía más fuerte.
Era El eco de tu voz.
La misma melodía.
En otro lugar del edificio.
Cuando terminé, aplaudieron.
Yo apenas escuché los aplausos.
Busqué con la mirada de dónde había venido aquel sonido.
Entonces la vi.
Una puerta.
No recordaba haberla visto antes.
Estaba al fondo de uno de los pasillos.
No parecía especial.
Y, sin embargo, sentí una incomodidad difícil de explicar.
Tomás se acercó y me preguntó si estaba bien.
Le dije que sí.
Probablemente mentí.
Necesitaba ir al baño. Me alejé del lugar.
Caminé por uno de los pasillos intentando convencerme de que estaba exagerando.
Llegué al baño.
Entré.
Me miré al espejo.
Respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
Intenté tranquilizarme.
Entonces escuché pasos.
Me giré, y había una mujer detrás de mí, muy extraña que ocultaba su rostro.
No la había visto entrar.
Era elegante. Demasiado elegante para aquel lugar.
Me miró directamente.
Yo retrocedí.
—¿Quién es usted?
No respondió.
Se acercó.
Me tomó de ambos brazos. Poseía mucha fuerza. Fue imposible soltarme de ella.
Sentí sus dedos clavarse en mi piel. Me conducía hacia el interior del recinto en donde había escaleras, era como un lugar central que realizan reuniones.
—No digas nada.
Fue lo último que escuché antes de que todo ocurriera demasiado rápido.
Me empujó.
Caí.
Mi cuerpo golpeó los escalones.
Intenté sujetarme de algo.
No pude.
Todo empezó a dar vueltas.
Y mientras caía, volví a escuchar la melodía.
El eco de tu voz.
Esta vez mucho más cerca.
Como si alguien estuviera tocándola detrás de una puerta.
Intenté abrir los ojos.
Intenté gritar.
Pero la oscuridad llegó antes.
Y lo último que pensé fue que aquella canción no debería haber estado allí.
Después, todo se oscureció.








