Capítulo 1: Etherea
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz azulada que se filtraba desde la persiana bajada y el reflejo del teléfono en la mesilla. Tumbado en la cama, me dejaba arrastrar por videos sin sentido, desplazando con el pulgar, sin mirar realmente nada, sin que nada me importara.
La puerta se abrió suavemente. Mi madre apareció con un plato de comida y un pequeño paquete envuelto con cuidado. —Te quiero —dijo, dejando el plato en la mesa junto al paquete—. Come algo, por favor.
—Gracias —respondí con voz apenas audible—.
Me senté en mi mesa, encendí el ordenador y vi el trailer de un juego recién lanzado, Etherea. Prometía un mundo con NPCs indistinguibles de personas reales, historias que cada jugador escribiría por sí mismo. Normalmente, cosas así me daban igual. Miré los colores, las imágenes, los personajes… y simplemente cerré la pestaña.
Durante horas seguí viendo cosas sin sentido hasta que, por impulso, coloqué la consola de VR sobre la mesa. Comencé un juego de ritmo y, sorprendentemente, estaba consiguiendo una puntuación alta. No parecía que fuera a parar.
Pero entonces, mi rodilla falló. Perdí la partida, caí al suelo con sudor frío en la frente y un dolor agudo en la pierna derecha. —Es obvio que esto iba a pasar —murmuré en voz baja.
Apagué la consola y, con resignación, dije: —Mejor abrir el paquete, no vaya a ser que sea algo que se pudra.
Dentro encontré un sistema de realidad virtual completamente nuevo. El instructivo solo decía que me pusiera el casco y me tumbara en la cama al encenderlo. No había otra indicación. Junto al dispositivo, había una nota:
“Pol, deja de dar pena y ven a pelear. ID 893045”
Miré la nota con desconcierto. Al final estaba firmado: Luko, mi amigo. No entendía ni el precio ni el esfuerzo que implicaba aquel regalo, pero había un indicio claro de familiaridad, el juego incluía una simple demostración para hacer duelos.
Sin pensarlo demasiado, busqué el ID y envié la solicitud de duelo. Luko contestó casi de inmediato: —Venga, vamos a darle una por los viejos tiempos, ¿eh?
—¿Cuánto te ha costado todo esto? —pregunté, dudando.
—Cállate y pelea —fue su única respuesta.
Protesté:—Ni siquiera sé si puedo mover la pierna sin que me falle.
Luko explicó, con paciencia, cómo funcionaba la consola:
—Funciona con control mental, el casco lee las señales eléctricas del cerebro para mover el personaje, sin exigir esfuerzo físico real. Sentí un atisbo de esperanza, aunque la desconfianza seguía ahí.
El sparring comenzó. Me acribillaba a golpes mientras evitaba usar la pierna derecha. Pero, cuando estuve a punto de recibir el golpe final, vi un pequeño hueco, un espacio minúsculo, y reaccioné instintivamente, esquivé y respondí con un counter que contó como un golpe crítico. Miré mi pierna con incredulidad. Luko mientras tanto me golpeó una última vez, derrotándome, y desconecté sin decir palabra.
Lucas en ese momento no entendía cómo Pol había reaccionado tan rápido… luego lo comprendió. No era simple reacción, sabía que vendría. Recordé el nivel que tenía Pol antes: la lectura de movimientos, los patrones, la capacidad de anticipar hasta los huecos más pequeños.
—En un sitio donde el cuerpo no es un límite… puede ser un monstruo.
Al salir de la consola, intenté dar un izquierdazo. Mi pierna derecha de apoyo falló y caí al suelo con un grito de dolor.
Por primera vez en meses, sonreí. Pero fue solo un instante. Comprendí la gravedad de mi lesión, el valor del regalo, lo que le debía a Luko y mi propia incapacidad de interactuar con otros más allá de mi madre.
Decidí dejar de lado la consola. No podía soportar que esto me recordara lo que había perdido, lo que ya no podía alcanzar.
Una semana después, mi madre apareció nuevamente con otro paquete. Esta vez lo recibí con una mezcla de temor y culpa, no había tocado el primer regalo, ¿qué podría ser esto? Lo abrí y encontré un juego, Etherea, acompañado de otra nota:
“Disfruta de este juego. Está hecho para ti. Créeme.”
Los primeros días no pude tocarlo. Todo en mí decía que debía jugarlo, que se lo debía a Luko, pero la idea de tratar con otras personas me paralizaba. Sabía que no era un simple juego de campaña: era multijugador, era contacto, era responsabilidad y decisión.
Después de unos días de reflexión, finalmente decidí entrar.
Me puse el casco de VR y un suave zumbido llenó mis oídos. Una luz azulada envolvió mi visión, difuminando los contornos de mi habitación hasta que todo desapareció. Me encontré flotando en una cámara limpia, blanca, donde paneles holográficos surgían frente a mí.
Un menú gigante, translúcido y flotante, pedía la personalización de personaje. Comencé a mover las manos, con simples gestos seleccionaba cuerpo, rostro, altura, complexión. Elegí un personaje similar a mí, pelo negro largo, alto y con una complexión delgada, solo que algo más musculado y menos delgado que en realidad.
Luego llegó la selección de clase. Frente a mí tenía decenas de opciones, con hologramas mostrando siluetas realizando movimientos característicos. Después de valorar qué clase me iría mejor, llegué a cinco candidatos:
Acróbata: agilidad pura, combos aéreos, patadas y evasión.
Salvaje: fuerza bruta, resistencia y capacidad de absorber daño; atacar sin preocuparse por la defensa.
Pugilista: estilo boxeo tradicional, combos de manos, sin habilidades de patadas, muy ágil y golpeo fuerte.
Monje: clase física que combina ataque y rol de soporte, con buffs y habilidades de autoapoyo. Menos ágil, más tanky.
Ninja: sigilo y armas cortas, uso estratégico de habilidades para evitar enemigos o sorprenderlos.
No quería depender de armas, ya que no quería tener que repararlas ni arriesgarme a perderlas. La idea del monje me llamó la atención: podía recibir y mitigar daño, protegerme, y aprender habilidades de soporte para mí mismo, ya que no tenía intención de jugar con más gente.
Tras varios minutos pensando, mi decisión se cristalizó: monje.
“Más seguro. Más autónomo. Y si no juego con nadie… al menos puedo apoyarme a mí mismo. Sí, sacrifico la habilidad de sigilo del ninja, pero el monje es sin duda la mejor opción para jugar solo.”
Al confirmar mi elección, un breve destello de luz me envolvió y el mundo frente a mí comenzó a materializarse: un pueblo pequeño, calles empedradas, NPCs caminando, interactuando entre sí. La libertad de un mundo vivo me hizo sentir miedo; intenté esconderme lo más rápido que pude, pero en ese instante una figura alta e imponente se me acercó: —Buenas tardes, soy Arthur, el entrenador de caballeros de Lucierna. Por la insignia que llevas en el pecho, asumo que eres un aventurero.








