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Aldearan, el despertar en la caída

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Summary

Nera Casar, princesa de Zadalia, huye de su propio reino guiada por una visión que nadie más puede ver: la destrucción inevitable de todo lo que conoce. A su lado, la única persona en la que confía es Dess, su guardaespaldas y mejor amiga desde la infancia. Pero ninguna visión la preparó para lo que cayó del cielo aquella noche. Él no tiene nombre, ni recuerdos, ni la más mínima idea de las reglas que rigen el mundo mortal. Solo tiene una fuerza imposible, una curiosidad sin límites y una manera de mirar que hace que nadie a su alrededor vuelva a ser el mismo. Nera lo llama Mel. El resto del mundo, sin saberlo todavía, se prepara para desearlo. Advertencia de contenido (+18) Esta historia contiene lenguaje explícito, violencia, y escenas sexuales explícitas entre personajes adultos. Todos los personajes que participan en contenido sexual son mayores de edad. Recomendado exclusivamente para lectores de 18 años en adelante. Soy un autor independiente y joven, sin acceso a un ilustrador profesional en esta etapa del proyecto, así que la portada de esta novela fue generada con inteligencia artificial. Me hubiera encantado poder encargarle este trabajo a un artista humano desde el día uno, y espero poder hacerlo más adelante si el proyecto crece. Gracias por entender y por darle una oportunidad a la historia de todos modos.

Genre
Erotica
Author
Pescado
Status
8h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El bosque se extendía ante ellas como una masa espesa y húmeda de árboles, raíces y ramas entrelazadas, tan cerrada en algunos sectores que apenas dejaba pasar la luz del cielo. Nera avanzaba con cuidado detrás de Dess, apartando con una mano las ramas que se cruzaban en el camino mientras intentaba no perder de vista a su compañera. El viaje había dejado señales visibles en ambas: la ropa de viaje estaba cubierta de polvo y pequeñas manchas de humedad, el cabello de Nera había perdido parte de su orden y algunos mechones blancos se le pegaban al rostro. Aun así, la princesa conservaba una presencia difícil de ignorar. Su piel oscura contrastaba con el blanco de su cabello y con los tonos apagados de las prendas que había escogido para el camino, mientras que su cuerpo alto y atlético, de movimientos firmes y seguros, revelaba que no era una mujer acostumbrada a depender exclusivamente de quienes la protegían.

Dess, unos pasos por delante, parecía mucho menos preocupada por su aspecto. Su atención estaba puesta en todo lo que las rodeaba. Era un poco más baja que Nera y tenía una complexión esbelta, con rasgos ligeramente felinos que se hacían más evidentes cada vez que afinaba el oído o tensaba el rostro para concentrarse. Vestía como correspondía a alguien que había pasado buena parte de su vida ejerciendo como guardaespaldas: prendas resistentes y ajustadas al cuerpo para no entorpecer sus movimientos, protección suficiente para soportar un combate y el armamento dispuesto de manera que pudiera utilizarlo rápidamente. No caminaba como alguien que simplemente atravesaba un bosque, sino como alguien que esperaba que algo pudiera atacarlas desde cualquier dirección.

Fue ella quien notó primero el cambio en el paisaje.

—Estamos cerca.

Nera levantó la mirada y siguió la dirección que Dess señalaba. Los árboles comenzaron a separarse hasta revelar un claro amplio, irregular y cubierto de restos antiguos. La diferencia con el resto del bosque resultaba demasiado evidente para pasar desapercibida. Allí donde antes había vegetación, ahora aparecía una extensión de tierra desnuda, piedras cubiertas de musgo y fragmentos de construcciones que parecían haber permanecido abandonados durante muchísimo tiempo. Parte de un muro sobresalía del suelo en un extremo, mientras que varias columnas rotas se encontraban esparcidas entre los restos. Al fondo se levantaba una torre vieja y deteriorada, todavía lo bastante alta como para dominar el claro, aunque algunas secciones de su estructura habían cedido hacía mucho tiempo.

Nera se detuvo en el límite de la vegetación. Había algo en aquel lugar que le provocaba una incomodidad difícil de explicar, una sensación que no provenía de un peligro visible sino de la impresión persistente de que algo estaba esperando. No sabía qué era ni podía señalar un punto concreto del claro, pero cuanto más observaba las ruinas, más difícil le resultaba ignorar aquella sensación.

Dess se agachó y apoyó una mano sobre la tierra.

—No avances todavía.

Nera obedeció. Dess cerró los ojos y permaneció inmóvil durante unos segundos, concentrándose en las vibraciones que llegaban desde el suelo. Después golpeó ligeramente la superficie con los nudillos y esperó antes de repetir el movimiento unos centímetros más adelante.

—Hay partes huecas.

—¿Tan cerca de la superficie?

—En algunos lugares, sí. —Dess recorrió el terreno con la mirada—. No parece que todo el claro vaya a hundirse, pero hay zonas que no soportarían demasiado peso.

Se incorporó y comenzó a avanzar, probando cuidadosamente cada lugar antes de continuar. Nera siguió sus indicaciones y evitó las zonas que Dess señalaba como inestables. La princesa llevaba varios días siguiendo aquel rastro y, pese a todo lo que habían encontrado durante el camino, todavía no tenía una respuesta clara sobre aquello que buscaban.

—Sigues sin decirme exactamente qué estamos haciendo aquí —dijo Dess mientras examinaba otro tramo de terreno.

—Estamos siguiendo el rastro de quienes van a destruir el reino.

Dess levantó la cabeza y la miró de reojo.

—Eso ya me lo dijiste.

—Porque sigue siendo cierto.

—No es una respuesta.

Nera permaneció en silencio durante unos instantes. No tenía sentido fingir seguridad delante de Dess. Era su guardaespaldas, pero también su amiga, y probablemente la persona que mejor sabía reconocer cuándo Nera estaba ocultando algo.

—No sé qué buscamos —admitió finalmente—. Solo sé que este lugar forma parte del camino que estamos siguiendo.

Dess dejó escapar el aire lentamente.

—¿Y cómo sabes que debemos seguirlo?

Nera volvió a mirar las ruinas. Había intentado explicárselo a sí misma muchas veces y nunca había encontrado una respuesta satisfactoria. Era una certeza que no podía justificar con pruebas concretas, una sensación que había ido creciendo hasta convertirse en algo imposible de ignorar.

—No puedo explicarlo. Siento que algo va a ocurrir, y tengo la impresión de que, si no encontramos lo que buscamos, será demasiado tarde.

Dess la observó durante unos segundos antes de volver a mirar alrededor.

—¿Tienes miedo?

Nera tardó en contestar.

—Sí.

La respuesta fue suficiente para que Dess dejara de insistir. Conocía a Nera demasiado bien como para no entender lo que significaba aquella confesión. La princesa no acostumbraba admitir sus temores con facilidad, y mucho menos cuando todavía no sabía exactamente qué los había provocado.

Dess continuó examinando el terreno, pero apenas unos segundos después su expresión cambió. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia un lado y su cuerpo se tensó mientras prestaba atención a un sonido que Nera todavía no había percibido.

—Nos están rodeando.

Nera se volvió.

Al principio no vio nada. Después comenzaron a aparecer figuras entre los árboles que rodeaban el claro. Una, luego otra, y otra más, hasta que quince soldados del reino quedaron distribuidos alrededor de ellas. Todos portaban armas y llevaban la indumentaria propia de los caballeros enviados para perseguir a alguien. El hombre que parecía dirigirlos avanzó unos pasos, manteniendo la lanza en una posición preparada.

—Princesa Nera.

Dess se colocó delante de ella de inmediato.

El líder fijó la mirada en la Nith.

—Apártate.

—No.

—Has ayudado a la princesa a escapar. Has abandonado tu puesto y ahora estás protegiéndola de quienes tienen autoridad para devolverla al reino. Eso es traición.

Dess apretó la mandíbula.

—No voy a entregarla.

El hombre soltó una risa seca.

—Claro que no. Una Nith siempre termina defendiendo a los suyos.

Nera vio cómo la expresión de Dess se endurecía. No necesitaba preguntarle qué había provocado aquella reacción; conocía perfectamente el peso de aquella palabra pronunciada de esa manera.

—Dess —dijo Nera en voz baja.

—Estoy bien.

El líder volvió a levantar la lanza.

—Entréguense y quizá podamos resolver esto sin—

El suelo se quebró debajo de ellos.

La superficie cedió de golpe y varios soldados desaparecieron entre la tierra y los restos de las antiguas construcciones. El ruido fue ensordecedor. Las piedras enterradas se desprendieron unas de otras, la tierra se abrió y una parte considerable del claro se hundió, revelando una cavidad profunda llena de escombros. Los hombres que se encontraban en esa zona apenas tuvieron tiempo de reaccionar antes de caer junto con fragmentos de muros y columnas antiguas.

Nera retrocedió instintivamente mientras Dess la sujetaba del brazo y la alejaba del borde. Solo seis soldados consiguieron permanecer sobre el terreno que todavía resistía. El resto había desaparecido en el agujero.

—¡Fue ella! —gritó el líder mientras señalaba a Dess—. ¡Lo hiciste tú!

—No fui yo.

Antes de que pudiera continuar, la vieja torre comenzó a estremecerse.

Una grieta recorrió parte de uno de sus muros y varias piedras cayeron desde lo alto. Los soldados levantaron la cabeza y comprendieron demasiado tarde que el hundimiento del terreno había afectado también a los cimientos de la construcción.

—¡Muévanse! —ordenó Dess.

Ella tiró de Nera y ambas comenzaron a correr hacia una zona más estable. Dess avanzaba con cuidado incluso mientras escapaba, utilizando sus sentidos para encontrar los lugares donde la tierra todavía podía soportar su peso. Nera la siguió y, mientras pasaba junto a una zona particularmente inestable, extendió discretamente una mano hacia el suelo. Las raíces enterradas se movieron bajo la superficie y reforzaron la tierra lo suficiente para impedir que cediera en el momento en que ambas la atravesaban.

Los soldados restantes se recuperaron y tres de ellos fueron directamente contra Dess. El primero lanzó una estocada que ella esquivó inclinándose hacia un lado; aprovechó el movimiento para golpearle el brazo y obligarlo a perder el equilibrio. Nera tomó entonces el asta de su lanza y tiró con fuerza, ayudando a Dess a desarmarlo antes de que pudiera recuperarse.

—Gracias —dijo Dess.

—Después.

El segundo soldado atacó desde el costado. Dess retrocedió y volvió a sentir bajo sus pies el terreno irregular. Una parte del suelo estaba hueca y otra presentaba una ligera pendiente hacia el agujero que acababa de abrirse. Podía utilizarlo a su favor, pero necesitaba esperar el momento adecuado. El tercer soldado ya se estaba acercando cuando algo pasó muy por encima de ellos.

Nadie lo vio al principio.

Muy lejos, por encima del bosque, una figura descendía desde el cielo.

Era un hombre joven, adulto, de apariencia completamente desconocida para todos los que se encontraban abajo. Su cuerpo caía a una velocidad cada vez mayor, aunque no parecía experimentar ningún temor. El viento se arremolinaba alrededor de él, cambiando de dirección a medida que descendía, y durante un momento pareció como si el propio cielo se negara a dejarlo caer sin antes reconocer su presencia.

El desconocido abrió los ojos.

No sabía dónde estaba.

Tampoco parecía particularmente preocupado por ello.

Miró las nubes que lo rodeaban y luego extendió los brazos hacia ellas con una expresión de genuina curiosidad. Su ropa era sencilla, formada por prendas de aspecto extraño pero práctico, sin adornos que permitieran asociarlo con una posición social determinada. Las telas se agitaban con violencia a su alrededor mientras seguía descendiendo, pero él parecía más interesado en lo que veía que en la velocidad de su caída.

Una corriente de aire cambió su trayectoria y lo hizo girar lentamente.

Entonces vio la tierra.

El bosque se extendía bajo él en todas direcciones y, lejos de asustarlo, pareció despertar algo en su expresión. El desconocido sonrió y dejó que su cuerpo descendiera hacia el mundo que acababa de descubrir. La caída se hizo cada vez más rápida hasta que el aire rugió alrededor de él, pero su rostro permaneció tranquilo y, cuando finalmente llegó a las ruinas, el impacto hizo temblar todo el claro.

La tierra se levantó alrededor del lugar donde había caído y las piedras salieron despedidas, pero el suelo no volvió a hundirse. Al contrario, la presión del impacto compactó el terreno y terminó de acomodar los restos enterrados bajo la superficie, estabilizando de manera abrupta una zona que hasta hacía unos segundos amenazaba con desmoronarse.

Cuando el polvo comenzó a disiparse, el desconocido apareció entre los escombros sin una sola herida visible.

Los soldados habían quedado paralizados.

Nera y Dess también.

El muchacho levantó la cabeza y observó a todos con curiosidad. Parecía incapaz de comprender por qué aquellas personas lo miraban de semejante manera, así que decidió resolver la situación de la forma más sencilla que encontró.

—Hola.

El líder de los soldados fue el primero en reaccionar.

—¿Quién eres?

El desconocido pareció pensar en la pregunta, pero antes de que pudiera responder, el hombre volvió a dirigir la lanza hacia Dess.

—No importa quién seas. Esa mujer es una traidora.

Arremetió contra él.

La punta de la lanza impactó contra su pecho y se partió al instante. El desconocido bajó la mirada hacia el metal deformado y después volvió a mirar al hombre que acababa de atacarlo.

—Eso hace cosquillas.

El soldado retrocedió.

El desconocido se movió antes de que pudiera volver a atacar. El golpe que recibió el líder lo lanzó varios metros hacia atrás y desapareció entre los árboles. Los demás soldados intentaron reaccionar, pero ninguno consiguió acercarse lo suficiente. Uno fue levantado y arrojado contra un árbol, otro terminó contra los restos de la torre y un tercero salió despedido hacia la vegetación después de que el muchacho esquivara su ataque y utilizara su propio impulso para lanzarlo lejos.

Los soldados restantes dejaron de intentar combatir.

La torre terminó de ceder detrás de ellos y una parte de la estructura se desplomó con un estruendo que hizo que todos miraran hacia arriba. El desconocido, en cambio, observó el derrumbe durante un instante y después dirigió nuevamente la atención hacia Nera y Dess.

Antes de que cualquiera pudiera preguntarle qué pensaba hacer, las tomó a ambas.

Una mano rodeó la cintura de Nera y la otra sujetó a Dess por una pierna. El muchacho se elevó del suelo con ellas y abandonó el claro antes de que pudieran reaccionar.

—¡Suéltame! —gritó Dess, forcejeando.

Nera intentó mantener el equilibrio mientras el viento golpeaba su rostro y hacía que su cabello blanco se extendiera detrás de ella.

—¡Espera, Dess!

—¡¿Cómo quieres que espere?!

El desconocido las observó con absoluta tranquilidad mientras continuaba alejándose del lugar.

—¿Cómo se llaman?

La pregunta fue tan inesperada que ambas guardaron silencio durante un momento.

Nera lo miró de cerca.

Hasta entonces había intentado concentrarse en la situación, pero ahora que estaban lejos de los soldados y del derrumbe podía observarlo mejor. Su belleza no parecía pertenecer únicamente a sus facciones. Había algo en la totalidad de su presencia que hacía difícil fijar la atención en un solo detalle, como si su apariencia estuviera construida de una manera que el cerebro reconociera antes de poder comprenderla. No era simplemente hermoso; producía una impresión difícil de separar de la fascinación.

Nera sintió una atracción inmediata que la desconcertó.

No era amor, porque ni siquiera sabía quién era. Tampoco era confianza. Su orgullo seguía intacto y sabía perfectamente que aquel desconocido acababa de levantarla del suelo y llevársela sin pedir permiso. Sin embargo, pese a todo eso, había algo en él que parecía encontrar exactamente aquello que podía atraerla, y su cuerpo reaccionaba a su cercanía con una rapidez que su razón no conseguía igualar.

—Nera Casar —respondió finalmente—. Soy la princesa del reino de Zadalia.

El desconocido repitió su nombre con una sonrisa.

—Nera.

Ella sintió un leve calor en las mejillas.

—¿Y tú? —preguntó.

El muchacho pareció quedarse pensando. Antes de que pudiera contestar, Dess volvió a reclamar su atención.

—¡También quiero que sepas que no me gusta nada que me lleves así!

Él la miró.

—¿Cómo te llamas?

Dess apretó los dientes.

—Psicópata.

El desconocido asintió con absoluta naturalidad.

—Psicópata.

—¡No es mi nombre!

—Eso dijiste.

Dess cerró los ojos un instante, claramente arrepentida de haberle respondido.

El muchacho descendió poco después y las dejó en un bosque completamente diferente. Allí los árboles estaban muertos y desnudos, sus ramas cubiertas de nieve. El suelo se extendía bajo una capa blanca que reflejaba la luz apagada del cielo, y entre las ramas secas podían verse pequeños frutos rojos que resaltaban de forma extraña contra el paisaje invernal.

Nera miró alrededor mientras recuperaba el equilibrio.

—¿Dónde estamos?

El desconocido no respondió. Parecía más interesado en observar el lugar que en explicar cómo habían llegado hasta allí. Después volvió a mirar a Dess, todavía intrigado por ella.

—Entonces tu nombre es Psicópata.

—No.

—Pero eso dijiste.

Nera no pudo evitar una pequeña sonrisa.

Dess la miró con indignación.

—No te rías.

El desconocido se acercó entonces a Nera. Ella permaneció en su lugar, aunque su cuerpo volvió a reaccionar antes de que pudiera decidir conscientemente qué quería hacer. El muchacho levantó una mano y apartó suavemente un mechón blanco que había quedado junto a su rostro.

—Eres muy bonita.

Nera sintió que el comentario la tomaba desprevenida. Había escuchado halagos durante toda su vida, pero ninguno había producido en ella una reacción semejante. Lo miró a los ojos y durante un instante tuvo la impresión de que todo lo demás se encontraba demasiado lejos.

Él se inclinó hacia ella y la besó.

Nera se quedó inmóvil durante un instante, sorprendida por la iniciativa. Sin embargo, aquella extraña atracción que había sentido desde el momento en que lo vio volvió a imponerse y terminó correspondiendo al beso. El desconocido apoyó una mano en su cintura y la otra recorrió suavemente su espalda, mientras Nera, todavía desconcertada por su propia reacción, se aferraba a él.

Dess observó la escena durante apenas unos segundos antes de intervenir.

—¡Oye!

Se acercó y lo empujó con ambas manos para separarlo de Nera. El desconocido apenas se movió. Dess volvió a empujarlo con mayor fuerza y obtuvo exactamente el mismo resultado.

Él la miró con curiosidad.

Dess sostuvo su mirada y frunció el ceño.

—Aléjate de ella.

Nera se llevó una mano a los labios mientras recuperaba el aliento. Seguía sin comprender qué era aquel hombre, de dónde había aparecido ni por qué parecía incapaz de reconocer el peligro, pero había una cosa que empezaba a resultarle imposible negar: desde el instante en que sus ojos se habían encontrado, algo dentro de ella había respondido a él de una manera que jamás había experimentado.

Y aquello apenas acababa de comenzar.

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