El niño del bosque
La tarde estaba despejada.
El sol iluminaba los extensos árboles de los Bosques del Sur y, como ocurría casi todos los días, el aire permanecía seco y cálido. En aquella región las lluvias eran poco frecuentes. Los habitantes de Sagel estaban acostumbrados a trabajar bajo cielos despejados y a aprovechar cada hora de luz antes de que la noche cubriera el bosque.
Pero aquel día algo había cambiado.
Primero fueron los animales.
Los pájaros abandonaron los árboles casi al mismo tiempo. Los pequeños mamíferos corrieron entre los arbustos sin detenerse y hasta los insectos parecían haber desaparecido.
Después llegaron las nubes.
El cielo comenzó a oscurecerse lentamente.
No era una tormenta.
Era algo diferente.
El aire se había vuelto pesado.
Había demasiado maná.
Nadie sabía exactamente qué significaba aquello, pero todos los seres capaces de percibirlo lo habían sentido.
Algo había aparecido.
O quizá algo había despertado.
En los Bosques del Sur, aquello solo podía significar una cosa:
un desequilibrio.
Thomas observó el cielo desde la ventana de su humilde casa.
Suspiró.
—Adiós a la cacería...
Había planeado salir aquella tarde en busca de jabalíes, pero con las nubes cubriendo el sol, tendría que olvidarse de ello.
Los jabalíes de los Bosques del Sur eran criaturas especialmente sensibles al maná. Durante el día absorbían parte de la energía mágica del ambiente y, por esa razón, solían ser mucho más activos mientras había luz.
Cazar uno después del anochecer no era imposible.
Solo era una excelente manera de terminar muerto.
Thomas se apartó de la ventana.
Fue entonces cuando escuchó algo.
Un sonido débil.
Un llanto.
Frunció el ceño.
Esperó unos segundos.
Otra vez.
Un bebé.
—¿Escuchaste eso, Martha?
Desde otra habitación llegó la voz de su esposa.
—Lo siento, cariño. No escucho nada. Estoy bañando a los niños.
Thomas volvió a mirar hacia la ventana.
El llanto volvió a escucharse.
Esta vez más claro.
Más fuerte.
Un bebé estaba llorando en algún lugar del bosque.
Thomas permaneció inmóvil durante unos segundos.
No tenía sentido.
La ciudad principal estaba a unos veinte kilómetros de allí. Su vecino más cercano vivía a siete kilómetros.
No había ninguna razón para que un recién nacido estuviera solo en los Bosques del Sur.
Mucho menos cerca de su casa.
—Tengo que revisar.
Thomas tomó su equipamiento básico de cazador.
Una espada corta.
Un pequeño cuchillo.
Algunas provisiones.
Y salió.
El camino hacia el llanto era sencillo.
El bosque estaba demasiado silencioso.
Normalmente, incluso en los lugares más apartados, Thomas podía escuchar pájaros, insectos o animales moviéndose entre la vegetación.
Ahora apenas se escuchaba el viento.
Las nubes habían cubierto por completo el sol y los árboles bloqueaban la poca luz que quedaba.
Thomas avanzó con cuidado.
Entrar solo a un bosque cuando la luz comenzaba a desaparecer era una de esas reglas que nadie necesitaba escribir.
Los aventureros las aprendían.
Los cazadores las heredaban.
Y los idiotas las ignoraban.
La oscuridad era el momento perfecto para convertirse en la cena de alguna criatura.
Thomas conocía demasiado bien aquella regla.
Su familia llevaba generaciones cazando en los Bosques del Sur. Su padre le había enseñado a moverse sin hacer ruido, a reconocer huellas, a identificar criaturas y, sobre todo, a saber cuándo correr.
También había heredado conocimientos mágicos.
No era un gran mago.
Nunca había pretendido serlo.
Pero conocía algunas técnicas que habían pasado de generación en generación entre los cazadores de su familia.
Entre ellas estaba el sigilo.
Una magia sencilla.
Pero extremadamente útil.
Thomas continuó avanzando.
El llanto se escuchaba cada vez más cerca.
Hasta que finalmente lo encontró.
Entre las raíces de un enorme árbol había un pequeño bulto cubierto por una tela.
Thomas abrió los ojos.
—Imposible...
Se acercó lentamente.
Era un bebé.
Un recién nacido.
Solo.
En medio del bosque.
—No puede haber un bebé aquí...
Thomas miró alrededor.
Nada.
Ni una persona.
Ni huellas.
Ni una carreta.
Ni siquiera una señal de que alguien hubiera estado allí.
—¿Quién te dejó aquí?
El bebé continuó llorando.
Thomas dio un paso hacia él.
Entonces escuchó un gruñido.
Se quedó quieto.
Otro.
Después otro.
Thomas giró lentamente la cabeza.
Cinco pares de ojos brillaban entre los árboles.
Lobos aulladores.
Una manada.
Y no habían venido por él.
Habían escuchado al bebé.
Thomas sintió un escalofrío.
Los lobos todavía no habían detectado su presencia.
Su magia de sigilo estaba activa.
Podía permanecer frente a ellos sin ser descubierto.
Thomas miró al bebé.
Después miró a los lobos.
Cinco contra uno.
No era una pelea que quisiera tener.
Mucho menos por un niño que ni siquiera conocía.
Ya tenía dos hijos que alimentar.
Los tiempos eran difíciles.
Una boca más significaba menos comida para los demás.
Thomas apretó los dientes.
Retrocedió lentamente.
Un paso.
Otro.
Entonces el bebé lloró con más fuerza.
Thomas cerró los ojos.
—Mierda...
No podía hacerlo.
Podía marcharse.
Podía fingir que nunca había escuchado aquel llanto.
Pero no podía vivir con eso.
Se giró.
Desenvainó la espada.
Los lobos se acercaron.
Cinco metros.
Tres.
Dos.
Uno.
El primero saltó.
Thomas reaccionó.
Su espada atravesó la cabeza del animal antes de que pudiera llegar al bebé.
La sangre cayó sobre la tela.
Los otros cuatro lobos se abalanzaron inmediatamente.
Thomas apenas tuvo tiempo de bloquear el siguiente ataque.
Una garra atravesó parte de su ropa.
El tercero logró morderle el brazo.
Thomas gritó.
—¡Fuera!
Empujó al animal con todas sus fuerzas y clavó la espada en su pecho.
Dos.
Pero los otros tres ya estaban encima de él.
Uno mordió su pierna.
Otro desgarró su hombro.
Thomas cayó de rodillas.
La sangre comenzó a cubrir el suelo.
Cinco contra uno.
Había sido una estupidez.
Pero ahora no podía retroceder.
No mientras el bebé estuviera allí.
Thomas miró de reojo al recién nacido.
Seguía llorando.
—No puedo morir aquí...
Su respiración se volvió pesada.
Necesitaba pensar.
Entonces recordó una de las técnicas que había aprendido de su padre.
Magia de humo.
Una técnica sencilla utilizada por los cazadores para escapar de situaciones peligrosas.
Thomas levantó una mano.
—En la luz y en las sombras... invoco sobre mí... Humen.
La magia comenzó a reunirse.
Pero Thomas estaba demasiado herido.
Su concentración era débil.
El hechizo tardó más de lo normal.
Los lobos volvieron a lanzarse sobre él.
—¡Vamos...!
El humo apareció.
Una nube espesa cubrió el lugar.
Los lobos perdieron de vista a su presa.
Thomas aprovechó el instante.
Corrió hacia el bebé, lo tomó entre sus brazos y activó nuevamente su magia de sigilo.
Los lobos gruñeron y atacaron el lugar donde él había estado.
Pero no encontraron nada.
Thomas ya estaba corriendo.
Cuando llegó a la casa, apenas podía mantenerse en pie.
Martha salió de la habitación al escuchar la puerta.
—¡Dios, Thomas! ¿Qué te sucedió? ¡Te estaba buscando desde hace rato!
Thomas dejó caer su equipo.
—Los lobos...
Martha se acercó rápidamente.
—¿Los lobos? Estás cubierto de sangre.
—No es toda mía.
Martha lo miró con preocupación.
—Siéntate.
Thomas obedeció.
Martha colocó las manos sobre sus heridas.
Cerró los ojos.
—Que la bendición de la tierra y los dioses me acompañe. Que me concedan su fuerza y fortaleza. Permítanme sanar a los heridos y devolverlos sanos a sus hogares.
Una luz tenue apareció entre sus manos.
La magia recorrió las heridas de Thomas.
La sangre comenzó a detenerse.
Los cortes se cerraron poco a poco.
Cuando terminó, Martha respiró profundamente.
—Eso debería bastar.
Thomas estaba agotado.
Pero entonces ambos escucharon un sonido.
Un llanto.
Martha levantó la mirada.
—¿Qué es eso?
Thomas miró el pequeño bulto que todavía sostenía entre sus brazos.
—Lo encontré en el bosque.
Martha se quedó inmóvil.
—¿Encontraste... un bebé?
Thomas asintió.
Martha se acercó.
El recién nacido estaba cubierto de sangre.
Durante un instante, su expresión cambió.
—¡Está herido!
—No.
Thomas negó con la cabeza.
—La sangre no es suya.
Martha tomó al bebé con cuidado y comenzó a limpiar su rostro con una tela húmeda.
Poco a poco, la sangre desapareció.
No tenía heridas.
Ni una sola.
El bebé simplemente lloraba.
Martha lo observó en silencio.
Era pequeño.
Demasiado pequeño.
—¿Dónde lo encontraste?
—En el bosque. Solo.
—¿Solo?
—Había cinco lobos.
Martha abrió los ojos.
—¿Cinco?
Thomas asintió.
—Llegaron por el llanto.
Martha miró al bebé.
Después miró a su esposo.
—¿Y sus padres?
Thomas negó con la cabeza.
—No había nadie.
El silencio llenó la habitación.
Los dos sabían lo que aquello significaba.
Dos hijos.
Una familia que apenas conseguía mantenerse.
Un invierno que se acercaba.
Y ahora un tercero.
Martha bajó la mirada.
El bebé dejó de llorar.
Por primera vez desde que lo había encontrado, abrió los ojos.
Thomas lo observó.
Había algo extraño en aquella mirada.
No sabía qué era.
Probablemente solo estaba imaginándolo.
—Tenemos que llevarlo a Sagel —dijo Martha finalmente—. Mañana iremos a buscar ayuda.
Thomas asintió.
—Sí.
Martha miró nuevamente al niño.
—Esta noche se queda con nosotros.
Thomas no respondió.
Afuera, las nubes seguían cubriendo el cielo.
Y muy lejos de allí, en lugares donde hombres y mujeres capaces de percibir el maná observaban el fenómeno, la energía que había aparecido aquella tarde todavía seguía expandiéndose.
Nadie sabía qué había ocurrido.
Nadie sabía qué había llegado a Eldara.
Nadie sabía quién era aquel niño.
Y nadie podía imaginar que, en aquella humilde casa de los Bosques del Sur, acababa de comenzar una historia que cambiaría el mundo.
