La bufanda blanca
Era el último día de invierno. El ruido vibrante del radiador descompuesto se colaba por mis oídos y el aire frio me quemaba la nariz. Pasé mis dedos rígidos por el marco de madera y bajé la ventana mal cerrada, soltando un largo suspiro que levantó una pequeña nube de vapor. En los últimos días, escucho la voz nerviosa de mi madre casi a diario, tartamudea cosas sobre las facturas, y aunque nunca me dice nada, el hecho de que hayamos pasado todo el invierno sin calefacción me da una idea de lo que ocurre.
Mi padre se fue hace medio año, se casó con otra mujer y se mudó a Francia. Era una linda señorita, alta y elegante, pero con un pésimo gusto para escoger labiales, el rojo no era su color. Mi hermana mayor también se fue, se mudó con su novia dos meses después de mi papá, y mi madre, quedó devastada.
Ahora somos pobres.
Si bien la pobreza era algo que me esperaba, no imaginé que estaría usando zapatillas desgastadas tan pronto. Tampoco imaginé ver el rostro ojeroso de mi madre cada mañana. Mucho menos imaginé dormir con cinco mantas y tres pares de calcetines por el frio. Es ridículo lo mucho que puede bajar la calidad de vida cuando vives con un solo padre, pero no es su culpa. Mi mamá fue ama de casa hasta hace solo seis meses, como no pasó la universidad ni tiene experiencia laboral, nadie quiere contratarla a largo plazo y tampoco desean pagarle más que lo mínimo.
Tal vez hubiera sido buena idea demandar a mi padre por unos cuantos dólares antes de que corriera a un hotel de lujo en Paris.
Fuimos lentos.
Me coloqué una sudadera azul y una bufanda que posiblemente me quitaría a medio camino, pero si salía sin ella mi madre de seguro me gritaría. Me coloqué mis audífonos y me apresuré a poner mi lista de “Canciones para correr por la plaza y parecer un deportista sexy” y luego bajé las escaleras. Mi madre, Milén, estaba sentada en una silla del comedor, cabizbaja y con el ceño fruncido mientras miraba unos papeles que no tardó en esconder en cuanto me escuchó llegar.
—¿Ya te vas? —se acercó y me acomodó la bufanda —. ¿Volverás a dejar el celular? Se que solo necesitas el reproductor, pero no estaría de más que lo llevaras.
—Me distrae.
—Si, a tu padre le pasaba lo mismo —soltó por lo bajo y el silencio invadió la habitación—. Llamaré a Melissa más tarde. ¿Espero a que regreses?
—No.
—De acuerdo, ten cuidado ahí fuera.
Me limité a asentir y luego subí el volumen de la música. Mi mamá es alguien amable, siempre lo fue, a veces me gustaría ser más comunicativo con ella, al menos agradezco que tenga a una hija afectiva como Melissa. Yo salí igual de seco que mi familia paterna. Una total desgracia, espero nunca ser tan malnacido como ellos.
Como ya empezaba a pasar el frio, las personas se acumulaban con más frecuencia en la calle. Corrí un par de horas por el parque central, que estaba rodeado por un montón de gente con niños. Cualquier otro día, no le hubiera prestado atención, pero justo en ese momento uno de esos humanos chiquitos decidió que era buena idea atravesarse en mi camino. Por supuesto que no lo vi. Salió de repente en medio de la acera y se quedó parado, como si ser arrastrado por un hombre universitario fuera su mejor plan en los siete años de vida que llevaba. Se me enredó en las piernas y en un intento por no perder los dientes contra el pavimento lo revolqué cinco pasos más adelante.
Yo no perdí ningún diente, él, por desgracia, perdió dos, los dos de enfrente.
—¡Mire como dejó a mi hijo, usted, jovencito! —los gritos no tardaron en aparecer —. ¡Debería demandarlo por los dientes que perdió!
—Fue su culpa.
—¡¿Cómo dice?! ¡Mi hijo quedó desdentado! ¡¿Acaso cree que sus dientes valen más que los de mi hijo?!
—A mí no me vuelven a crecer.
—¡¡¡Usted!!!
Subí el volumen del reproductor de manera disimulada y me limité a observar como su cara se volvía cada vez más roja y su boca se abría como la de una pantera con hambre. Mi concentración enseguida se desvió a un grano de frijol negro que tenía pegado en un diente. Se parecía a su hijo.
—¡Tú, pequeño hijo de perra! —gritó tan alto que la escuché a través de la música.
Tan dulce y femenina.
Me gritó por un rato más hasta que se hartó y por fin pude irme. Sin duda mi actividad favorita de la mañana. Decidí tomar otro camino, solo por esa vez. La calle turística estaba bastante concurrida, a pesar de ser las ocho de la mañana. Habían un montón de jóvenes bien vestidos, una anciana paseando a su perro y una chica que al parecer se puso demasiado rubor esa mañana, o tal vez fue intencional, quien sabe.
Me acerqué a una máquina expendedora y mientras me decidía por uno de los cafés las pisadas furiosas de una mujer resonaron a mis espaldas. Miré de reojo a lo que parecía ser una chica de unos veintitantos, vestía un traje lindo de invierno y unas orejeras afelpadas. Frente a ella un chico, no mucho mayor, aunque tenía un aspecto bastante desaliñado.
Se ve muy joven para ser un pordiosero.
La chica hablaba fuerte, pero no lo suficiente como para entenderla, así que me acerqué con discreción y paré la oreja. Se quejaba con una voz chillona bastante molesta y su entrecejo se contraía más y más con cada palabra. De seguro le saldrán arrugas pronto.
—¡Acepté darte otra oportunidad porque no eres tan feo, pero siempre te apareces con esas fachas horribles a todos lados! ¿Tienes idea de la vergüenza que siento cada que alguien me ve contigo?
Auch
—¡Puede que seas muy listo y todo, pero tu pésimo gusto te hace desagradable! —continuó — ¡No quiero tener nada más que ver contigo!
—Pero-
No le dio tiempo de hablar cuando le lanzó el jugo que estaba bebiendo a la cara. Se dio la vuelta y se alejó, dejándolo solo en medio de la calle y escurriendo líquido de su camisa de cuadros. Se dejó caer en la acera y soltó un suspiro largo. Su cuerpo temblaba. Se quitó los lentes y escondió la cabeza entre sus rodillas. En ese momento, me llegó el pensamiento de que se parecía al San Bernardo de Melissa. Un tipo enorme con esa apariencia tan triste, casi conseguía darme lástima. Fue entonces que escuché un sollozo.
No puede ser ¿Está llorando?
Me acerqué a él con cuidado y me agaché, quedando a su altura, aunque ni siquiera pareció notarme. Observé las puntas rojas de sus dedos y como tiritaba cada que sorbía por la nariz. Desprendía un ligero aroma a cerezas, tal vez el jugo. Pasé mis manos por la tela de mi bufanda y la desenrosqué, sintiendo como enseguida el frio quemaba mi cuello expuesto. Toqué su brazo con suavidad, solo un breve momento, y en cuanto alzó la cabeza, rodeé su cabeza con la bufanda. Me quedé unos segundos mirando su rostro. Tenía la boca ligeramente apretada como si intentara reprimir sus ganas de llorar. Sus rizos negros caían sobre los ojos azules cristalizados por las lágrimas y sus mejillas y orejas estaban enrojecidas por el claro esfuerzo de no dejarlas salir.
No pude evitar pensar algo fuera de lugar, pero era la primera vez que alguien se me hacía adorable mientras lloraba.
—Disculpa...—su voz salió temblorosa y con un ligero atisbo de nervios —¿Quién eres?
—Nadie —me levanté lo más rápido que pude, intentado recuperar la compostura.
—Bueno...yo...esto...—llevó sus manos a la bufanda, avergonzado.
¡Que lindo!
—Puedes dejártela —dije con el rostro serio.
—¿Qué? Pero...
—Hace frio.
—Yo... —dudó por unos segundos y luego suspiró —, se lo agradezco.
No dije nada. Asentí y el chico por fin se levantó de la acerca. Su cuerpo cubrió el mío por completo y tuve que alzar la cabeza para poder mirarlo. Se colocó esos lentes gruesos que llevaba antes y comenzó a mirar para todos lados mientras jugueteaba con el dobladillo de su camisa.
¡Santo Dios, es enorme!
—De casualidad...bueno...digo...si no es mucha molestia —tartamudeó — ¿Podría decirme su nombre?
¡Pero claro que si!
—Alan.
—Mucho gusto, Alan —sonrió ampliamente y sentí una punzada en el pecho —, yo soy Jason.
—Bueno.
¡¿Bueno?! ¡¿Eso es todo?!
—¿Usted vio lo de antes?
—Si.
—De verdad lo siento, no era mi intención hacer un escándalo, tampoco llorar en la calle.
—Puedes seguir llorando.
—¿Disculpa?
¿¡Pero que dices, Alan!? Me cacheteé mentalmente.
—No es nada.
—¿De acuerdo...? —soltó con confusión y el sonido de su celular interrumpió la plática. Miró la pantalla y luego apretó el botón de colgar —. Perdón, Alan, tendrá que disculparme, debo irme. Le devolveré su bufanda.
—No.
—¿No?
—No la quiero.
—¿Qué? pero es suya...
—No me gusta, te la regalo.
Solté y sin esperar respuesta salí corriendo de allí con el corazón a mil, dejando a un oso de peluche gigante solo y confundido en la calle. Tal vez no sea la persona más sociable del mundo, pero hasta yo se que me comporté de forma vergonzosa y huir fue mi último recurso.
Entré por la puerta de mi casa jadeando y lo primero que vi fue a mi madre colgar el teléfono con el rostro abatido. Se sentó en una de las sillas del comedor, frotándose el puente de la nariz y luego me hizo una seña para que me sentara a su lado.
—Alan, hijo, tenemos que hablar.
—Escucho —me senté frente a ella.
—Hijo, han pasado muchas cosas y se que estos cambios han sido duros para todos —entrelazó sus dedos temblorosos—, y yo estoy muy agradecida contigo porque has entendido y afrontado con mucha madurez todo lo que está ocurriendo. Se que las cosas no están continuando con normalidad y la verdad es que esto es demasiado para mi sola. Yo...siento decirte esto, pero me temo que nos tendremos que mudar.
—¿Mudar?
—Ya no puedo mantener esta casa. Hice algunos números, es una buena casa, si la vendemos podremos comprar un departamento, algo pequeño, solo para nosotros —explicó con un hilo de voz —. No tienes que preocuparte por nada, Alan, yo...no importa que pase, me aseguraré de que mantengas tu beca en la universidad. Tú podrás cumplir tu sueño hijo, solo tendremos que apretarnos un poquito. Hay un lindo departamento cerca de tu escuela y con el dinero que quede podemos pagar tu beca. Prometo conseguir un mejor trabajo pronto, incluso si debo hacer horas extras, así que no debes asustarte. ¿Está bien?
Mi corazón se estrujó al escuchar las palabras de mi madre, no por el hecho de que debíamos dejar la casa, sino porque lucía aterrada de que la posibilidad de perder mi beca me afectara.
Si tan solo supiera que ella es más importante que eso.
Mi mamá siempre ha hecho lo posible para fuera a la universidad, puede ser porque ella no pudo. Aún así, siempre que le habla a los demás de mi sueño su rostro se le ilumina, dice que es feliz porque Melissa y yo tenemos algo que queremos más que nada, y yo estoy bien con verla feliz. Solo que ahora, ir a la escuela, llegar a los entrenamientos...todo se está convirtiendo en un problema para ella y pienso que sería mejor dejarlo y ponerme a trabajar. Mi mamá cree que el atletismo es lo más importante para mi, y lo fue, hasta hace seis meses. A veces me preocupa que ella piense que me voy a enojar su pierdo la beca por los problemas económicos.
—Hablé con tu entrenador, dice que no hay problema si nos retrasamos un poco con el pago...
Ver a mi madre más preocupada por mi colegiatura que por lo que vamos a comer mañana, hace que de verdad sienta ganas de llorar.
Cuanto me hubiera gustado decirle que todo que todo iba a salir bien.
—Está bien. ¿Cuándo nos vamos?
—¿Te parece bien el sábado? Así empezarás el nuevo semestre en el nuevo departamento.
—¿Tan rápido?
—¿No te parece bien? —la duda se apoderó de su rostro.
—Como prefieras.
Esa noche, la casa se sintió más vacía que de costumbre. La cena fue silenciosa, casi como si estuviera cenando solo y apenas intercambiamos palabras cuando mi madre se encerró en su cuarto. Me tiré en la cama, dejando que mis pies colgaran al suelo y la pantalla de mi teléfono se iluminó con el nombre de Melissa.
—Hola.
—¡Maldito mocoso! —el grito fue tan fuerte que tuve que alejar el celular de mi oído —. ¡Ya me dijo mamá que no quisiste hablar conmigo!
—Perdón —dije y la escuché soltar un suspiro de resignación.
—¿Y bien?
—¿“Y bien”, qué?
—¿Me vas a decir que pasa o voy a tener que adivinar como siempre?
—Supongo que ya sabes lo de vender la casa...
—Me lo dijo esta mañana, un hombre le hizo una buena oferta. Era bastante dinero.
Así que por eso la pudo vender tan rápido.
—Ya veo.
—Y por lo que escucho, estás triste porque no sabes que hacer, ¿verdad?
—¿Qué comes que adivinas?
—¿Has pensado mudarte al campus? —preguntó y seguido escuché la voz de otra mujer en el fondo —. Con tu beca no será difícil que te asignen una habitación.
—Ahora que lo dices...
—Pagar una sola renta será más sencillo para mamá, creo.
—Gracias, Melissa.
Colgué el teléfono sin darle tiempo de contestar y corrí a la habitación de mi madre. Toqué la puerta tres veces con fuerza, y otras dos veces más al notar que no contestaba. Cuando estaba a punto de llamar otra vez la puerta se abrió en un chirrido y el rostro cansado de mamá me miró con 23 años de arrepentimiento.
—¿Alan? ¿Qué pasa?
—Me mudaré a la Universidad.
Continuará