Customize readability
Aa

Un angel para tu soledad (La historia de Santiago)

All Rights Reserved ©

Summary

Santiago carga sobre las espaldas un hogar que sostiene a fuerza de horas extras y silencio. Sabe que el hilo siempre se corta por lo más delgado y que para los pibes como él no hay red de contención. Cuando el cuerpo dice basta y las puertas del taller se cierran de golpe, solo queda bancar los trapos, esquivar la intemperie y buscar un refugio donde resguardar a los suyos.

Genre
Drama
Author
Prisicat27
Status
8h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Parque Patricios, Buenos Aires.

Una chica de pelo largo entró corriendo a una de las torres del monoblock. Subió las escaleras a prisa hasta el quinto piso, como queriendo escapar de su destino. Al llegar, caminó hasta el fondo del pasillo, donde estaba su departamento, y sacó las llaves con manos temblorosas. En el apuro, se le cayó la pequeña bolsa de la farmacia con una caja adentro.

Recogió la bolsa y la escondió en la cartera de lona que siempre llevaba con ella. No quería mostrársela a su hermano.

Cuando abrió la puerta, el silencio absoluto la dejó sin aliento. Ahí estaba él: un muchacho de unos veintipico, flaco , de pelo medio largo y ondulado, de ojos claros y cejas gruesas sentado a la mesa del living, concentrado en hacer cálculos para llegar a fin de mes. Él no la notó, pero ella sí a él. Se le estrujó el corazón. Santiago era toda su familia, y ella iba a complicarle un poco más la existencia. Pero debía decírselo. Se acercó despacio y reconoció que su hermano ya estaba sobrepasando el límite de su exigencia laboral. Sobre la mesa, el chico tenía un almanaque donde anotaba las horas extras que pensaba pedir y, en un cuaderno gastado y sucio de grasa de motor, escribía los bonos y presentismos acumulados. Santiago había planeado entregar su vida completa lo que quedaba del mes y la mitad del otro para que no les faltara nada. No era una decisión sabia, ya que tenía asma crónica desde los trece años, pero no había otra opción: ella todavía no conseguía trabajo para ayudarlo.

—Santi... —se acercó un poco más, tocándole el hombro suavemente.

—Ah... hola, Mili, ¿dónde estabas? Ya casi es de noche... —la miró con los ojos cansados y ojeras profundas por tanta cuenta y por la tos que no lo dejaba dormir tranquilo—. Che, ¿qué te pasó? Tenés toda la cara manchada de esa cosa negra que te ponés en los ojos.

Milagros lo vio, no pudo evitar abrazarlo y se largó a llorar. Santiago se asustó al no entender qué le pasaba.

—Che, Milagros, ¿qué te pasó? No me asustes —se puso nervioso ante el llanto de la única persona que le importaba en el mundo.

—¡Santi, perdón! —gritó ella sin poder verlo a la cara, temblando y deseando con toda el alma no tener que contarle aquello que la avergonzaba.

—¿Te afanaron el celular que te compré hace poco? —sospechó Santiago, aunque no creía que su hermana lloraría tanto por un teléfono de dos pesos.

—No, Santi. No me vas a perdonar lo que hice... Yo... yo pensé que... —susurró Milagros apenas frenando las lágrimas que empezaban a mojar el buzo de Santiago, ese que no se sacaba nunca aunque hiciera un calor del infierno en el departamento de dos ambientes.

—Pero decime qué te pasa, Mili, no puede ser tan... —dijo Santiago intentando tranquilizarla.

—Estoy embarazada —soltó Milagros, interrumpiéndolo y mirándolo a los ojos.

—...malo —completó el muchacho.

Santiago se puso pálido. Más pálido de lo que habitualmente era. Un tono azulado empezó a colorear sus labios y se le acentuaron las ojeras. Se congeló en la silla y el pecho empezó a silbarle peligrosamente. Milagros conocía bien ese silbido: se levantó, corrió a la mesa donde estaba el inhalador y se lo puso en la boca, dándole una dosis que el cuerpo del muchacho recibió como una patada. El medicamento le aceleró el corazón pero le abrió un poco los bronquios. Cerró los ojos con cierto alivio, aunque todavía sentía que la sangre se le bajaba a los pies a velocidad de vértigo.

Se hizo el silencio. Afuera se escuchaba la cumbia de un vecino molesto. Milagros guardó silencio hasta que Santiago volvió a parpadear, saliendo del shock inicial.

—Mili... pero... ¿el padre? ¿El pelotudo de Martín...? —susurró Santiago.

—No, Santi. Ese hijo de puta se fue hace una semana al Sur. No va a volver —dijo Milagros con bronca, recordando cómo el maldito novio en quien confió le dijo que se iba por un trabajo apenas ella sospechó el embarazo.

Santiago la miró. Después le miró la panza, en la que aún no se notaba nada. Tragó saliva y el pecho le volvió a silbar.

—Ya sé, Santi. La cagué. Me cagué la vida, te cagué la vida... Fui una boluda por creerle —Milagros se miró la panza y se odió a sí misma.

—Ese hijo de puta... me las va a pagar cuando lo vea, ¡si es que alguna vez me lo encuentro! Yo te decía, Mili, que tengas cuidado, que ese tipo se me hacía un chanta... ¡y no me hacías caso, hermana, no me hacías caso! —se levantó repentinamente gesticulando desesperado, caminando en círculos—. Milagros, no tenemos dinero. Voy a hacer horas extras, a buscar un trabajo de fin de semana, no sé, para llegar a fin de mes, pero por favor...

—Ya sé, Santi, yo sé que entregás la vida en la fábrica, por eso sé que te hago mierda con esto... Voy a arreglarlo, conozco una chica que es amiga de... —Milagros empezó a llorar de nuevo, asustada por lo que se le venía encima. Sentía que había traicionado a su hermano y solo conocía una forma de reparar el desastre.

—No. Milagros, ni se te ocurra —Santiago se dio vuelta, le agarró las manos con fuerza a su hermana y le dijo en voz baja, con la voz tomada por el asma y la determinación—: Milagros, te juro por nuestra madre, que está con el Barba, que a tu pibe no le va a faltar nada. Esa criatura va a venir al mundo y vos vas a ser la mejor madre del mundo. Yo te apoyo. Si el hijo de puta de Martín no se hace cargo, yo sí. Lo vamos a criar juntos.

—Santiago, dejate de joder, ¿sabés lo que es criar un hijo? Vos te la pasás trabajando hasta en tus horas de sueño, estás enfermo... si te exigís más, te vas a matar —Mili quiso hacerse la fuerte para no seguir llorando como una magdalena, pero la mirada firme de su hermano mayor no admitía réplica. Si Santiago decía que se haría cargo, lo haría. Y a ella le tocaba cuidarlo a él y cuidar a su sobrino.

Los meses siguientes fueron una montaña rusa para los hermanos. Milagros buscó trabajo en varios locales cerca del departamento. Primero trabajó acomodando verduras en una verdulería sobre la calle Rioja, pero cuando su embarazo cursaba los tres meses, el esfuerzo de moverse de un lado a otro solo le provocaba náuseas y mareos. Después cuidó a una anciana vecina en el mismo monoblock, pero el cansancio del embarazo, sumado a los desvelos por la tos de su hermano, hacía que se quedara dormida mientras le cebaba mates por las tardes.

—Milagros, mejor quedate en el departamento. En serio. No me voy tranquilo a la fábrica si vos estás dando vueltas por ahí. ¡¿Mirá si te pasa algo y yo no sé dónde carajos estás?! —le dijo una madrugada Santiago cuando ella le contó que la anciana le repetía los chismes una y otra vez, perjurando que presentía que iba a ser una nena.

—Ay, Santi, no exagerés. Tengo el celular; cualquier cosa te marco y ya, no seas fatalista —desestimó Milagros mientras se acariciaba la panza, distraída.

Pero Santi era de todo, y también un poco brujo. Pocos días después, unos dolores extraños hicieron que Milagros despertara una tarde sola en su habitación. Santiago trabajaba en la maderera y no regresaba hasta después de hacer las horas extras, casi a la medianoche.

La chica de pelo largo se levantó despacio, trató de conservar la calma y caminó un poco. Sentía la panza dura y, por un momento, creyó que su bebé no se movía. Le agarró el pánico más puro. Corrió a la cama y buscó el celular con las manos temblorosas. Marcó varias veces a números equivocados por los nervios, colgó a toda prisa y finalmente acertó con el de Santiago.

—Ey, Mili, ¿qué pasó? ¿Todo bien? —respondió Santiago al otro lado de la línea, entre el ruido de las sierras circulares y los gritos de sus compañeros.

—San... Santiago, vení ya... no siento al bebé... ¡no siento a mi bebé! —le gritó Milagros con la voz tomada por las lágrimas y la angustia.

Del otro lado de la línea se hizo un silencio de muerte. Milagros esperó y rogó que Santiago tuviera su inhalador cerca y no se hubiera desmayado. Después de unos segundos que parecieron una eternidad, la voz de su hermano volvió:

—Quedate ahí, no te muevas. Ya voy —y cortó.

El tiempo que tardó Santiago en llegar a la casa se le hizo una tortura a Milagros. La encontró sentada en el piso, temblando y abrazando su panza con desesperación. El muchacho la ayudó a sentarse sobre el colchón y la revisó rápidamente para comprobar que no hubiera manchas de sangre. Él no sabía de embarazos, pero suponía que la ausencia de sangre era un buen signo. Sin consultarlo con nadie, le puso una campera sobre los hombros y la empujó a la calle para ir a la guardia del hospital.

Llegaron a la guardia del Hospital Materno Infantil Ramón Sardá. Santiago, con los nervios a flor de piel, pidió una camilla, un médico obstetra y el quirófano, todo en una misma oración. Milagros contenía las lágrimas e intentaba tranquilizar a su hermano, que gritaba y se agitaba buscando más aire para sus pulmones para seguir gritando.

Finalmente salió una doctora y, con voz tranquila, llamó a Milagros. Ella caminó despacito y entró al consultorio. Santiago la seguía como su sombra. Ambos se sentaron. Milagros explicó todo lo que le había pasado y la doctora le pidió que se subiera a la camilla para examinarle la panza. Santiago, desde la silla, no dejaba de mover las piernas mientras miraba con horror las láminas sobre el parto colgadas en la pared frente a él. Sintió que el pecho le silbaba una vez más y tuvo que recurrir al inhalador.

—Milagros, me gustaría hacerte una prueba para confirmar mi diagnóstico —dijo la doctora con voz suave y tranquilizadora.

Milagros sintió que la médica le bromeaba, pero no dijo nada y aceptó el chocolate que le ofrecía. Lo comió con desconfianza mientras la profesional le sonreía con calidez.

La reacción fue inmediata. El bebé se estiró dando una patada que Milagros y la doctora notaron claramente. Santiago no vio esa primera reacción porque estaba de espaldas buscando aire y rezando fragmentos de oraciones católicas que no decía desde los ocho años. Salió de su trance al escuchar la risa aliviada de su hermana. Se dio vuelta para verla y notó en la panza grande la marca clara de un piecito. La impresión fue tan grande que todo se le volvió negro, y solo llegó a escuchar el ruido de su propio cuerpo golpeando contra el piso frío del consultorio.

Let Prisicat27 know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog