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Carnivallium esto, Carnivallium lo otro.
La verdad, me tienen podrido.
No es que no respete el arte ni todo lo que tenemos aquí. Sería bastante estúpido de mi parte decir algo así después de pasar años estudiándolo. Pero estamos en el maldito 2026 y seguimos hablando de lo que fuimos como si eso bastara para seguir llamándonos la ciudad del arte.
Las restricciones tampoco ayudan. Todo tiene que ser correcto, presentable, digerible. Puedes experimentar, claro, siempre que tu experimento no incomode demasiado a nadie.
Qué emocionante.
Me gradué hace poco del conservatorio y, por alguna ironía que todavía me causa gracia, mi trabajo oficial no tiene absolutamente nada que ver con la música.
Mi nombre es Tomer Drent.
Soy el verdugo de Carnivallium.
Sí, verdugo. No pongas esa cara, imbécil.
Mi estatura tuvo bastante que ver con que la seguridad de la ciudad se fijara en mí. Soy enorme, sé seguir instrucciones y aparentemente eso constituye un currículum bastante convincente cuando necesitas a alguien para ejecutar personas.
Carnivallium conserva la pena de muerte como máximo castigo penal. No para cualquier idiota que robe una tienda o le rompa la nariz a alguien, obviamente. Se reserva para crímenes extremos.
Cuando la sentencia queda firme, el condenado termina conmigo.
No decido quién muere. Tampoco me interesa hacerlo.
Recibo un nombre, una sentencia, instrucciones y una montaña de papeleo que siempre parece pesar más que la persona a la que voy a ejecutar.
Culpable sentenciado.
Revisión.
Documentación.
Preparación.
Ejecución pública o privada.
Fin.
Supongo que la mayoría lo encuentra desagradable.
Yo encuentro que tiene ritmo.
Al final es una coreografía, ¿no?
Hay una secuencia. Una espera. Movimientos que se repiten. Otros que jamás vuelven a ocurrir exactamente igual. Silencios. Sonidos. Una culminación.
Empecé a dibujarlos por eso.
No soy un gran dibujante. Tampoco quiero serlo.
Mis trazos son simples, casi infantiles. Un círculo. Dos puntos. Líneas para brazos y piernas. Unas cuantas hojas bastan para registrar una ejecución completa.
Tengo una pila sobre mi escritorio ahora mismo.
Paso la primera.
El condenado entra.
Segunda.
Camina.
Tercera.
Se detiene.
Cuarta.
Yo aparezco.
Quinta.
Levanto el brazo.
Si las pasas suficientemente rápido, los dibujos se mueven.
Eso sí me gusta.
A veces los acompaño con música.
Mi especialidad es el psychedelic trance. No porque esté de moda ni porque necesite ponerme hasta el culo de algo para disfrutarlo. Me fascina su construcción. Repetición, capas, variaciones diminutas, sonidos que aparecen y desaparecen hasta que el cerebro empieza a anticiparlos.
Orden disfrazado de caos.
O caos perfectamente organizado.
Depende de qué tan pretencioso quieras ponerte.
En mi caso, estudié demasiado para fingir que no me importa la diferencia.
Mi trabajo también tiene ciertas normas después de una ejecución. El cuerpo pasa primero por evaluación médica. Si existen órganos aprovechables para donación, recibo instrucciones precisas sobre lo que no debo dañar.
El resto queda bajo disposiciones bastante particulares de Carnivallium.
Las familias pierden determinados derechos sobre los restos de quienes reciben la pena máxima.
Y yo tengo permiso para reutilizar lo reutilizable.
La primera vez que vi una columna vertebral preparada sobre una mesa pensé en muchas cosas.
La mayoría probablemente no fueron las que habría pensado una persona normal.
Pensé en tensión.
Resonancia.
Estructura.
Cuerdas.
Me tomó bastante tiempo conseguir que aquello produjera algo que pudiera llamar instrumento sin insultar todos mis años en el conservatorio. Una columna no se convierte mágicamente en música porque un imbécil le ponga cuerdas encima.
Hay que tratarla.
Medirla.
Prepararla.
Equilibrarla.
Construir alrededor de ella.
La primera sonaba como mierda.
La segunda también.
La tercera…
Bueno.
La tercera todavía está conmigo.
Miré hacia un rincón del estudio. Apenas podía distinguirla en la oscuridad. Me gusta trabajar así. Una luz tenue cerca de la computadora y nada más. Si necesito ver algo, lo acerco. No entiendo por qué todo el mundo parece tenerle miedo a no iluminar cada puto rincón de una habitación.
Volví al papeleo.
Firma.
Sello.
Otra firma.
Qué forma tan miserable de pasar una noche.
Miré nuevamente mis dibujos.
Los puse uno encima de otro.
Pasé las hojas con el pulgar.
El pequeño condenado caminó.
Yo aparecí detrás.
Lo volví a hacer.
Caminó otra vez.
Una idea empezó a molestarme.
Abrí la laptop.
Tenía una composición a medio terminar.
Un bajo constante comenzó a llenar el estudio.
Tum. Tum. Tum. Tum.
Pasé los dibujos.
No.
Demasiado rápido.
Bajé el ritmo.
Otra vez.
Tum. Tum. Tum. Tum.
El monigote caminó.
Sonreí.
—Ahora sí, carajo.
Últimamente intenté visitar varias sesiones de arte libre en los locales de la ciudad.
Pintura.
Escultura.
Música.
Teatro.
Fotografía.
Todo técnicamente correcto.
Todo cuidadosamente extraño.
Ese es el problema.
Si tienes que esforzarte para parecer extraño, probablemente no lo seas.
Una noche apareció un sujeto con lienzos hechos con piel de animal. Venía acompañado de su esposa. Ella tenía una forma particularmente incómoda de mirar todo lo relacionado con la piel.
Eso fue…
diferente.
Por fin.
No pienso darle a un extranjero el puto crédito de recordarle a Carnivallium cómo hacer arte interesante, pero al menos consiguió que dejara de mirar el reloj durante un rato.
Sí. No soporto demasiado a la gente de fuera.
Vienen buscando «el mejor arte del mundo».
Caminan por nuestras calles esperando encontrar una obra maestra detrás de cada puerta porque llevan siglos escuchando historias sobre Carnivallium.
Y después encuentran cosas normales.
No los culpo por decepcionarse.
Me molesta que tengan razón.
Si yo fuera regente, nada de esto pasaría.
Aunque probablemente duraría dos días en el cargo antes de mandar a medio consejo a la mierda.
Cada cosa, por bizarra que sea, puede convertirse en arte.
Pero hay que saber hacerla.
Lo grotesco sin intención solamente es basura.
Lo grotesco con técnica, estructura y propósito…
Eso es otra cosa.
Por eso aquella noche llevé mi equipo al Centro de Arte Independiente Experimental Velmort.
No anuncié gran cosa.
Una función experimental.
Nada más.
Colocamos una pantalla.
Mi laptop.
Controladores.
Sonido.
Y mis dibujos.
Varias personas empezaron a mirarme mientras preparaba todo.
Una chica susurró algo a su amigo.
Otro sacó el teléfono.
Dos tipos no dejaban de mirar mis guantes.
—¿Qué mierda miran?
Apartaron la vista.
Mucho mejor.
Agradezcan que descargo mi ira trabajando.
De lo contrario tendría que pisarle la cabeza a alguno de ustedes.
Apagaron las luces.
La pantalla quedó negra.
Puse las manos sobre los controles.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después apareció un pequeño círculo blanco.
Dos puntos negros.
Una línea torcida como cuerpo.
Alguien se rio.
El monigote comenzó a caminar.
Entró el primer golpe.
Tum.
Otro dibujo.
Tum.
Otro.
Tum.
El pequeño hombre avanzaba.
El ritmo empezó a crecer.
Una cuerda se incorporó a la composición.
No era sintetizada.
Nadie allí sabía de dónde provenía.
Todavía.
Las hojas pasaban cada vez más rápido y el monigote ya no parecía una sucesión de dibujos.
Corría.
La multitud dejó de hablar.
Subí el bajo.
El dibujo llegó al lugar de la ejecución.
Entonces aparecí yo.
O mi versión de mí.
Dos metros de líneas torcidas, corbata, guantes enormes y unos ojos hechos con dos círculos negros.
El ritmo cayó.
Silencio.
Y ejecuté al pequeño hombre.
La música regresó de golpe.
La multitud explotó.
Me quedé mirando.
No esperaba eso.
Algunos gritaban. Otros bailaban. Había teléfonos levantados por todas partes. Un grupo empezó a saltar siguiendo el ritmo mientras detrás de mí mis dibujos continuaban moviéndose.
Subí otra pista.
Respondieron todavía más fuerte.
Bueno.
Quizá Carnivallium no estaba tan muerta como pensaba.
NOTICIERO NOCTURNO DE CARNIVALLIUM
Aterradoramente refrescante.
Esas fueron las palabras que varios jóvenes utilizaron esta noche para describir la inesperada presentación realizada en el Centro de Arte Independiente Experimental Velmort.
Una combinación de animación artesanal, expresiones de lo grotesco y música electrónica psicodélica convirtió lo que debía ser una pequeña función experimental en uno de los acontecimientos culturales más comentados de la noche.
¿El autor?
Nada menos que el verdugo oficial de nuestra ciudad:
Tomer Drent.
El apellido tampoco ha pasado desapercibido.
Drent posee una evidente importancia dentro de la historia de Carnivallium, particularmente por la figura del implacable y controvertido Anton Drent. Siglos separan a ambos hombres, pero registros genealógicos sitúan al joven músico dentro de su descendencia.
Una asociación histórica que, aparentemente, no entusiasma demasiado al propio Tomer.
Consultado anteriormente sobre la importancia de su apellido, su respuesta fue considerablemente menos elegante de lo que podemos reproducir en este horario.
Su presentación, sin embargo, habla por sí misma.
Las redes sociales se llenaron en cuestión de horas de grabaciones realizadas por asistentes. Algunos fragmentos acumulan ya miles de reproducciones, mientras numerosos jóvenes piden una segunda función.
Varios intentaron acercarse personalmente al artista al finalizar el espectáculo.
Tampoco tuvieron demasiada suerte.
Entre las numerosas expresiones poco apropiadas utilizadas por nuestro honorable verdugo, una frase consiguió llamar especialmente la atención:
—No necesito que pasen siglos desde una tragedia para convertirla en un puto poema. Yo mismo hago un acto de muerte y puedo hacer con él el arte que se me dé la gana.
Lejos de espantar a quienes lo escuchaban, sus palabras provocaron todavía más euforia.
Pero la reacción de esta noche deja una pregunta mucho más grande que Tomer Drent.
Durante generaciones, Carnivallium ha intentado reconciliarse con una historia en la que belleza, violencia y arte estuvieron peligrosamente cerca unas de otras.
Esta noche, cientos de jóvenes parecen pedir que esa frontera vuelva a discutirse.
¿Está Carnivallium preparada para abrazar nuevamente lo bizarro como arte?
¿O estamos contemplando el comienzo de algo que creíamos haber dejado atrás?
Nuestro regente, Hernán Román, todavía no ha emitido declaraciones.
Por ahora, el público parece encantado.
Y, quizá más preocupante para algunos, ansioso por conocer más del talentoso y atroz verdugo de Carnivallium.
Julio apagó el televisor.
Permaneció sentado unos segundos.
Luego dejó el control sobre la mesa.
—Esta gente está mal de la cabeza.
Nadie respondió.
Los demás miembros del Consejo Moral seguían mirando la pantalla negra.
Julio señaló el aparato.
—Están celebrando una ejecución.
—Una representación —corrigió alguien.
Julio giró lentamente la cabeza.
—¿Perdón?
—Dije que técnicamente era una representación.
—Sé perfectamente lo que dijiste.
El hombre guardó silencio.
Julio se levantó.
—Tenemos normas por una razón. Tenemos límites por una razón. No puedes convertir la muerte de una persona en entretenimiento y esperar que la palabra arte vuelva aceptable cualquier cosa.
Una mujer al otro extremo de la mesa cruzó los brazos.
—Fue condenado legalmente.
—No estoy discutiendo la sentencia.
—Entonces, ¿qué estás discutiendo?
Julio miró otra vez el televisor apagado.
Recordó durante un instante al monigote caminando al ritmo de la música.
Tum. Tum. Tum. Tum.
Apretó la mandíbula.
—Lo que ocurre después.
Tomó una carpeta.
—Convocaré una reunión extraordinaria del Consejo. Y solicitaré hablar con el regente.
Caminó hacia la puerta.
—¿Por una sola función?
Julio se detuvo.
Miró por encima del hombro.
—Precisamente porque solamente fue una.
Salió.
El corredor estaba en silencio.
Avanzó unos metros.
Tum. Tum. Tum. Tum.
Julio se detuvo.
Frunció el ceño.
No había música.
Continuó caminando.
Después de unos segundos comenzó a marcar involuntariamente el ritmo con los dedos contra la carpeta.
Se dio cuenta.
Dejó de hacerlo inmediatamente.
—Mierda.
Y siguió caminando.







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