La Puerta Que No Existía
La primera vez que Alma Serrano vio la habitación 307, eran las 2:17 de la madrugada.
Recordaría aquella hora durante el resto de su vida.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario exactamente a las 2:17, sino porque, desde aquella noche, el número quedó grabado en su memoria como una advertencia.
307.
Tres números dorados sobre una puerta de madera oscura.
Una puerta que, según los registros del hotel, nunca había existido.
Pero aquella noche Alma todavía no lo sabía.
El Hotel Belladonna llevaba más de 70 años en el centro de la ciudad. Era un edificio antiguo, elegante y ligeramente decadente, de esos lugares que alguna vez habían sido símbolo de lujo y que, con el paso de los años, habían aprendido a esconder sus grietas detrás de alfombras gruesas, lámparas de cristal y paredes cubiertas de fotografías antiguas.
Alma llevaba trabajando allí poco más de seis meses.
No era el empleo de sus sueños, pero pagaba bien y, sobre todo, le permitía ahorrar para mudarse a un departamento propio.
Trabajaba principalmente en el turno nocturno.
Le gustaba la noche.
Había algo tranquilizador en los pasillos vacíos, en el sonido lejano de los ascensores y en aquella sensación de que, mientras todos dormían, el mundo finalmente dejaba de exigirle cosas.
Aquella madrugada había sido particularmente tranquila.
Demasiado tranquila.
Alma estaba detrás del mostrador de recepción revisando las reservas del día siguiente cuando escuchó el sonido de una campana.
Levantó la cabeza.
Nadie estaba frente al mostrador.
Frunció el ceño.
—Qué extraño...
Miró las cámaras de seguridad.
El vestíbulo estaba vacío.
La puerta principal permanecía cerrada.
Los ascensores estaban detenidos en el tercer piso.
Alma revisó el reloj de la computadora.
2:13 a. m.
Volvió a escuchar la campana.
Esta vez procedía del fondo del vestíbulo.
Era una pequeña campana de servicio que se encontraba sobre un escritorio antiguo, junto a un teléfono que casi nadie utilizaba.
Alma se levantó.
—¿Hay alguien ahí?
Nadie respondió.
Caminó lentamente hasta el escritorio.
La campana todavía estaba vibrando.
Alma la observó durante unos segundos.
Después miró hacia el pasillo que conducía a los ascensores.
Una de las puertas estaba abierta.
El ascensor del lado izquierdo.
Las luces del interior parpadeaban.
Alma suspiró.
—Genial.
Pensó que probablemente algún huésped había pulsado el botón y se había marchado.
Tomó las llaves maestras y caminó hacia el ascensor.
El edificio tenía tres pisos para huéspedes.
Las habitaciones terminaban oficialmente en el número 306.
Eso era algo que Alma sabía perfectamente.
El tercer piso comenzaba con la 301 y terminaba con la 306.
Nada más.
Pulsó el botón.
Las puertas se cerraron.
El ascensor comenzó a subir.
Cuando llegó al tercer piso, se abrieron con un suave sonido metálico.
Alma salió.
El pasillo estaba vacío.
Las luces amarillentas del techo iluminaban una alfombra roja que parecía extenderse interminablemente.
A la derecha estaban las habitaciones 301, 302 y 303.
A la izquierda, 304, 305 y 306.
Todo estaba exactamente como debía.
Alma caminó hasta el final del pasillo.
Entonces escuchó algo.
Un ruido leve.
Como el roce de una puerta.
Se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Al fondo había una sección del pasillo que nunca había notado antes.
No podía explicar por qué.
Había estado allí cientos de veces.
Conocía aquel piso.
Pero ahora, entre la habitación 306 y una pared que siempre había creído lisa, había un pequeño corredor.
Alma parpadeó.
—No...
Se acercó.
Cada paso hizo que la alfombra crujiera bajo sus zapatos.
El corredor era estrecho.
Las luces eran más débiles.
Y al final había una puerta.
Una puerta de madera negra.
Alma se quedó inmóvil.
Sobre ella había una pequeña placa dorada.
Sintió que el estómago se le cerraba.
307.
Durante unos segundos simplemente la contempló.
Después sacó su teléfono.
Tomó una fotografía.
Luego otra.
Necesitaba demostrar que no estaba imaginándolo.
Se acercó un poco más.
La puerta estaba entreabierta.
Alma miró hacia ambos lados.
No había nadie.
—¿Hola?
Nada.
Empujó la puerta apenas unos centímetros.
El aire que salió de la habitación era frío.
Mucho más frío que el pasillo.
Alma sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
Encendió la linterna de su teléfono.
La habitación estaba completamente amueblada.
Una cama matrimonial.
Dos mesas de noche.
Un armario antiguo.
Un escritorio junto a la ventana.
Una lámpara encendida.
Y sobre la cama había una manta blanca cuidadosamente doblada.
Todo parecía limpio.
Perfectamente limpio.
Como si alguien hubiera preparado aquella habitación apenas unos minutos antes.
Alma dio un paso hacia el interior.
Entonces escuchó un sonido.
Toc.
Se quedó quieta.
Toc.
Venía del armario.
Alma retrocedió.
Su primera reacción fue salir corriendo.
Pero algo la detuvo.
Quizá la curiosidad.
Quizá el miedo.
O quizá aquella sensación inexplicable de que la habitación la había estado esperando.
Se acercó al armario.
Puso una mano sobre la manija.
La madera estaba helada.
Abrió.
Vacío.
No había nadie.
Solo una caja pequeña sobre el suelo.
Alma se agachó y la recogió.
Era una caja de madera oscura.
No tenía cerradura.
En la tapa había una inscripción.
A.S.
Alma dejó de respirar durante un instante.
Sus iniciales.
Alma Serrano.
—¿Qué demonios...?
Abrió la caja.
Dentro encontró una fotografía.
Una mujer joven aparecía sentada frente a la cámara.
Tenía el cabello oscuro y largo.
Los ojos claros.
Una expresión seria.
Alma no la conocía.
Pero había algo inquietantemente familiar en su rostro.
Debajo de la fotografía había un papel doblado.
Alma lo abrió.
Solo contenía una fecha.
21 DE SEPTIEMBRE DE 1998.
La fecha de su nacimiento.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza.
—Esto no puede ser...
Volvió a mirar la fotografía.
La mujer parecía tener unos 25 años.
Alma acercó la imagen a la luz.
Entonces vio algo en el fondo.
Una puerta.
La misma puerta negra.
La misma placa dorada.
307.
Alma soltó la fotografía.
Cayó al suelo.
Retrocedió.
De repente, la lámpara de la habitación se apagó.
Todo quedó completamente oscuro.
—¿Hola?
Nadie respondió.
Alma encendió la linterna del teléfono.
La puerta por la que había entrado estaba abierta.
Pero ahora había algo escrito en el interior.
Algo que antes no estaba allí.
Letras trazadas sobre la madera.
Alma acercó lentamente la luz.
Y leyó:
NO DEBISTE HABER VENIDO, ALMA.
Sintió que la sangre se le helaba.
Retrocedió hasta chocar con la cama.
Entonces escuchó una respiración.
No provenía del pasillo.
No provenía del armario.
Estaba detrás de ella.
Alma giró lentamente.
La cama estaba vacía.
Pero sobre la almohada había algo que no había visto antes.
Una segunda fotografía.
La tomó con manos temblorosas.
Y cuando vio la imagen, dejó escapar un pequeño grito.
Era ella.
Alma.
La fotografía mostraba a una niña de apenas unos meses de edad.
Estaba en brazos de una mujer.
La misma mujer de la primera fotografía.
En la parte inferior había una fecha escrita a mano:
21 DE SEPTIEMBRE DE 1998.
Alma sintió que las piernas le fallaban.
Porque ella conocía perfectamente a la mujer que aparecía sosteniéndola.
Era su madre.
La mujer que había muerto cuando Alma tenía 5 años.
Y detrás de ellas, claramente visible...
estaba la puerta de la habitación 307.
Alma levantó la mirada.
La puerta ya no estaba abierta.
Se había cerrado.
Y desde el otro lado alguien susurró:
—Por fin regresaste.






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