Capítulo 1 — La chica de Londres
Mia Bennett odiaba las despedidas.
También odiaba los aeropuertos, dormir sentada y que su hermano ocupara siempre el apoyabrazos como si existiera una cláusula legal que dijera que le pertenecía.
—Estás invadiendo mi espacio —murmuró sin levantar la mirada del libro.
Hardin ni siquiera se movió.
—Es territorio neutral.
—Tu codo está literalmente encima de mí.
—Conquista territorial.
Mia cerró el libro y lo miró.
—Voy a llamar a papá.
Hardin giró la cabeza.
—¿A cuál?
—A ambos.
Eso consiguió que él retirara el brazo.
—Manipuladora.
—Funciona.
Mia volvió hacia la ventanilla.
Debajo de ellos, Seúl comenzaba a aparecer entre las nubes.
Edificios interminables. Carreteras. Puentes. Una ciudad enorme extendiéndose bajo el avión.
Suspiró.
Hardin se quitó un audífono.
—¿Estás nerviosa?
—No.
—Mia.
Ella siguió mirando hacia afuera.
—Un poco.
Hardin dejó de bromear.
—Vamos a estar bien.
—Tú vas a estar bien. Podrían dejarte en medio de un país desconocido y en dos días tendrías amigos.
—Tengo carisma.
—Tienes cero vergüenza.
—También ayuda.
Mia soltó una pequeña risa.
Hardin siempre había sido así.
Seguro.
Impulsivo.
Intenso.
Mientras ella pensaba demasiado antes de hablar, él hablaba primero y después decidía si había sido buena idea.
Eran hermanos de sangre y habían permanecido juntos incluso después de perder a sus padres cuando eran pequeños.
Durante un tiempo, el mayor miedo de Mia no había sido quedarse sin padres.
Había sido que la separaran de Hardin.
Nunca ocurrió.
Dos hombres británicos los adoptaron juntos y les dieron una familia completamente nueva. No intentaron reemplazar a quienes habían perdido. Simplemente los amaron.
Y para Mia, eso había sido suficiente.
Ahora uno de sus padres había recibido una oportunidad laboral en Corea del Sur.
Y ahí estaban.
A miles de kilómetros de Londres.
Hardin miró nuevamente por la ventana.
—Por lo menos se ve increíble.
—Desde arriba todo se ve bonito.
—Optimista como siempre.
Mia apoyó la frente contra el cristal.
—Solo espero no odiarlo.
Hardin la miró.
—Y si lo odias, yo lo odiaré contigo.
Mia sonrió.
—Qué considerado.
—Soy un hermano excepcional.
—Eres insoportable.
—También.
El avión comenzó a descender.
Mia volvió a mirar la ciudad.
Todavía no lo sabía, pero en algún lugar ahí abajo estaba el chico que iba a cambiar su vida para siempre.
Y no necesariamente para bien.
Dos semanas después, Mia estaba frente al espejo de su habitación intentando decidir si su flequillo era una tragedia.
—Está demasiado corto.
Jesse, la novia de Hardin, estaba sentada sobre la cama.
—No está corto.
Mia volvió a acomodarlo.
Su cabello rojo caía en ondas largas por toda su espalda. El flequillo recto terminaba justo por encima de sus cejas y hacía que sus ojos azules resaltaran todavía más.
—Parezco de doce.
—Pareces preciosa.
—Tú tienes que decir eso.
—No tengo ninguna obligación.
Mia la miró a través del espejo.
Jesse levantó una ceja.
—Además, tu problema mañana no va a ser el flequillo.
—Gracias. Muy tranquilizador.
—Tu problema va a ser que medio colegio va a mirarte.
Mia palideció.
—Eso era exactamente lo que no quería escuchar.
Jesse rio.
—No porque seas extranjera.
Mia se giró.
—Entonces?
Jesse hizo un gesto señalándola completa.
—Porque mírate.
Mia rodó los ojos.
—Buenas noches, Jesse.
—¿Qué dije?
—Fuera.
Jesse se levantó riéndose.
Antes de cerrar la puerta, volvió a asomar la cabeza.
—Vas a estar bien.
Mia sonrió.
—Espero.
—Y si alguien te molesta, Hardin probablemente provoque un incidente diplomático.
Mia dejó escapar una risa.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
La mañana siguiente comenzó mal.
Mia perdió el autobús.
Derramó café sobre una de sus medias.
Entró por la puerta equivocada.
Y cuando finalmente encontró su sala, la clase ya había empezado.
La profesora levantó la mirada.
Veintitantos estudiantes hicieron exactamente lo mismo.
Perfecto.
Mia sintió deseos de desaparecer.
—Tú debes ser Mia Bennett.
—Sí. Lo siento. Me perdí.
La profesora sonrió.
—No te preocupes. Pasa.
Mia caminó hacia adelante sintiendo todas las miradas sobre ella.
Su uniforme era prácticamente igual al de las demás chicas, pero se sentía disfrazada.
—Mia viene de Londres —explicó la profesora— y estará estudiando con nosotros durante este año. Espero que todos la ayuden a adaptarse.
Mia inclinó ligeramente la cabeza.
—Hola.
Algunos respondieron.
Otros simplemente continuaron observándola.
La profesora señaló un asiento vacío.
—Puedes sentarte junto a Yuna.
Una chica coreana de cabello oscuro levantó la mano.
—Aquí.
Mia caminó rápidamente hacia ella.
Apenas se sentó, Yuna se inclinó un poco.
—Tu coreano es bueno.
Mia sonrió.
—Gracias.
—Pensé que no hablarías nada.
—Eso habría sido bastante problemático.
Yuna rio bajito.
—Me caes bien.
Mia la miró sorprendida.
—Llevamos treinta segundos hablando.
—Tengo buen instinto.
Por primera vez aquella mañana, Mia se relajó.
El colegio era enorme.
Piscina.
Gimnasio.
Biblioteca de tres pisos.
Laboratorios.
Salas de música.
Estudios de arte.
Incluso un pequeño teatro.
—¿Todos aquí son millonarios? —preguntó Mia durante el almuerzo.
Yuna casi se atragantó.
—No.
Mia observó alrededor.
—Parece.
—Algunos solamente son hijos de diplomáticos.
—Ah, muchísimo más normal.
Yuna se rio.
De repente cambió la expresión.
Miró por encima del hombro de Mia.
—Ahí está.
—¿Quién?
—Kang Seo-jun.
Mia comenzó a girarse.
Yuna la tomó del brazo.
—No mires tan obvio.
—Ahora obviamente voy a mirar.
Se giró.
Un grupo de chicos acababa de entrar en la cafetería.
Uno de ellos llamó inmediatamente su atención.
Alto.
Cabello negro.
Uniforme impecable, aunque llevaba la corbata ligeramente suelta.
No parecía estar intentando llamar la atención de nadie.
Precisamente por eso todo el mundo parecía mirarlo.
—¿Cuál es? —preguntó Mia.
Yuna la miró horrorizada.
—¿En serio?
—Soy nueva.
—El del medio.
Mia volvió a mirarlo.
—Ah.
Yuna esperó algo más.
—¿“Ah”?
—¿Qué quieres que diga?
—No sé. La mayoría deja de respirar.
Mia tomó su bebida.
—Es guapo.
—¿Guapo?
—Sí.
—Mia, ese hombre es prácticamente una institución nacional en este colegio.
Mia se rio.
—Estás exagerando.
—Su familia controla medio país.
—Eso sí es una exageración.
—No tanta.
Mia volvió a mirarlo.
En ese instante, Seo-jun levantó los ojos.
Sus miradas se encontraron.
Mia apartó la vista inmediatamente.
Yuna abrió los ojos.
—Te vio.
—No importa.
—Te vio mirándolo.
—Yuna.
—Esto se pone interesante.
—No está pasando absolutamente nada.
—Todavía.
Mia negó con la cabeza.
Horas después, descubrió que su primer día todavía podía empeorar.
Salió de la sala de arte cargando demasiadas cosas.
Una carpeta.
Tres cuadernos.
Un estuche.
Su teléfono.
Una botella de agua.
—Esto es ridículo —murmuró.
Intentó acomodar el teléfono.
Alguien pasó demasiado cerca y golpeó su hombro.
Todo cayó.
La botella rodó varios metros.
Los lápices se dispersaron por el suelo.
Mia cerró los ojos.
Fantástico.
—Lo siento —dijo una voz femenina.
El tono no sonaba arrepentido.
Mia se agachó.
—No importa.
Escuchó una risa.
—Deberías mirar por dónde caminas.
Mia levantó la cabeza.
Tres chicas permanecían frente a ella.
Reconoció a una de ellas.
Había estado cerca durante el almuerzo.
Mia respiró profundamente.
—Lo tendré presente.
Volvió a recoger sus cosas.
Una de las chicas tocó uno de sus lápices con el zapato y lo empujó todavía más lejos.
Mia levantó la mirada.
—¿Puedes no hacer eso?
—¿Hacer qué?
—Sabes perfectamente qué.
La sonrisa de la chica desapareció un poco.
—Tienes carácter.
—Estoy intentando recoger mis cosas.
—Quizás en Londres sea normal hablar así.
Mia se puso de pie.
—¿Así cómo?
—Como si fueras mejor que los demás.
Mia la miró con verdadera confusión.
—No sé ni quién eres.
Alguien soltó una carcajada detrás de ellas.
La chica se puso roja.
Entonces una voz masculina habló.
—Déjala tranquila.
El pasillo quedó extrañamente silencioso.
Mia giró.
Era él.
El chico de la cafetería.
Kang Seo-jun.
Se acercó sin prisa.
La actitud de las chicas cambió inmediatamente.
—Seo-jun, solo estábamos hablando.
—No parecía.
—Fue un accidente.
Seo-jun miró las cosas de Mia dispersas por el suelo.
—Claro.
Se agachó.
Mia lo observó sorprendida.
Seo-jun comenzó a recoger los lápices.
—No tienes que hacer eso.
—Ya estoy haciéndolo.
Mia se agachó también.
Durante unos segundos recogieron todo en silencio.
Seo-jun tomó uno de sus cuadernos.
Estaba abierto.
Se quedó mirando una página.
Mia extendió rápidamente la mano.
—Eso es privado.
Él levantó una ceja.
—¿Lo dibujaste tú?
Era una ilustración de Londres bajo la lluvia.
—Sí.
—Es bueno.
Mia tomó el cuaderno.
—Gracias.
Seo-jun recogió el último lápiz.
Se lo entregó.
—Creo que este es tuyo.
—Sí.
Ambos se pusieron de pie.
Las chicas ya se habían marchado.
Seo-jun señaló la carpeta.
—¿Necesitas ayuda?
—Puedo sola.
—Eso era bastante evidente.
Mia lo miró.
¿Se estaba burlando?
Seo-jun sonrió.
—Era una broma.
—No eres muy bueno.
Su sonrisa aumentó.
—Tampoco suelen decírmelo.
Mia acomodó sus cosas.
—Quizás deberían.
Seo-jun la observó durante un segundo.
Había algo divertido en su expresión.
Curioso.
—Eres la chica nueva.
—Excelente capacidad de observación.
—Londres.
—Sí.
—Mia.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Todo el colegio sabe tu nombre.
Mia hizo una mueca.
—Eso es aterrador.
Seo-jun rio.
Y durante una fracción de segundo, Mia entendió por qué Yuna había dicho que algunas chicas dejaban de respirar.
—Soy Seo-jun.
—Lo sé.
—Ah.
Mia sonrió.
—Todo el colegio sabe tu nombre.
Seo-jun inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces estamos empatados.
Mia comenzó a caminar.
—Gracias por ayudarme.
—Mia.
Se detuvo.
—¿Sí?
—¿De verdad no sabías quién era antes de hoy?
Ella pensó un momento.
—No.
Seo-jun pareció extrañamente satisfecho.
—Bien.
—¿Por qué?
Pero él ya empezaba a alejarse.
—Nos vemos mañana, chica de Londres.
Mia lo observó marcharse.
—Qué raro.
—No.
Mia casi saltó.
Yuna estaba detrás de ella.
—¡Dios! ¿Desde cuándo estás ahí?
—Desde “creo que este es tuyo”.
Mia cerró los ojos.
—No.
Yuna la agarró del brazo.
—Kang Seo-jun acaba de recoger tus lápices del suelo.
—Sí.
—Kang Seo-jun.
—Ya entendí.
—Y estaba sonriendo.
—La gente sonríe.
Yuna la miró con absoluta seriedad.
—Él no.
Mia comenzó a caminar.
Yuna la siguió.
—¿Qué te dijo?
—Nada.
—Mentirosa.
—Me ayudó.
—¿Y?
—Y nada.
—¿Te pidió tu número?
—No.
—¿Tu Instagram?
—No.
—¿Te invitó a alguna parte?
—No.
Yuna se quedó en silencio unos segundos.
Después sonrió.
—Esto va a ser interesante.
Mia negó con la cabeza.
—No va a pasar absolutamente nada.
Hardin esperaba afuera apoyado contra el automóvil.
Mia abrió la puerta del copiloto.
—¿Cómo te fue?
—Sobreviví.
—¿Alguien murió?
—Todavía no.
—Buen primer día.
Mia dejó la mochila atrás.
Entonces Hardin miró por encima de ella.
Su expresión cambió.
—¿Quién es ese?
Mia se giró.
Seo-jun estaba saliendo del edificio.
—Nadie.
Hardin la miró.
—Ese “nadie” te está mirando.
Mia volvió hacia Seo-jun.
Era verdad.
Él estaba parado junto a las escaleras hablando con otro chico, pero tenía los ojos puestos en ella.
Mia levantó una mano de forma incómoda.
Seo-jun hizo lo mismo.
Hardin frunció el ceño.
—Mia.
—¿Qué?
—¿Quién es?
Ella abrió la puerta.
—Kang Seo-jun.
Hardin volvió a mirarlo.
—No me gusta.
Mia se echó a reír.
—Ni siquiera lo conoces.
—Precisamente.
—Me ayudó hoy.
Hardin volvió la cabeza inmediatamente.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Mia.
—Se me cayeron unas cosas.
—¿Por qué?
—Hardin.
Él suspiró.
—Bien.
Mia subió al auto.
Hardin se quedó un segundo más mirando hacia la entrada.
Seo-jun seguía allí.
Las miradas de ambos hombres se encontraron.
Ninguno sonrió.
—¿Vienes? —preguntó Mia.
Hardin finalmente subió.
—Sí.
Arrancó.
Mia miró por el espejo lateral.
Seo-jun fue desapareciendo lentamente detrás de ellos.
Ella todavía pensaba que aquel encuentro no significaba nada.
Que Kang Seo-jun era simplemente un chico guapo que había aparecido en el momento indicado.
No sabía que aquella sería apenas la primera vez que él llegaría cuando estuviera en problemas.
Ni que, años después, recordaría aquel pasillo como el lugar donde comenzó todo.
Porque algunas historias empiezan con una declaración de amor.
La de ellos empezó con unos lápices esparcidos por el suelo.
Y un chico que decidió agacharse a recogerlos.