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Planos caoticamente prefectos

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Summary

Amaris está intentando sobrevivir a la carrera de Arquitectura, a su costumbre de dejar todo para último momento y al caos permanente de su vida cotidiana. Leo, unos años mayor y a punto de cerrar su propia etapa universitaria, tampoco tiene demasiado claro qué viene después. Sus caminos se cruzan por casualidad en el buffet de la universidad, alrededor de una mesa que, por distintos motivos, ambos consideran suya. Lo que empieza como un encuentro bastante poco convencional entre dos desconocidos se convierte poco a poco en una relación difícil de definir. Entre cafés, entregas, amigos, discusiones y encuentros cada vez menos casuales, Amaris y Leo empiezan a formar parte de la vida del otro sin darse cuenta de cuándo ocurrió.

Status
8 mins ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Capítulo 1

La vida de Amaris funcionaba gracias a una serie de decisiones cuestionables que, por alguna razón, nunca terminaban de explotar en un caos absoluto y su departamento era la prueba de ello.

Era un dos ambiente pequeño en la ciudad La Plata que, en teoría, estaba pensado para una sola persona pero que Amaris logró convertirlo, en la cueva de una estudiante de arquitectura, una librería de libros usados y una selva tropical en miniatura.

El color blanco de las paredes apenas se logra ver y no porque estuvieran manchadas sino porque estaban casi en su totalidad cubiertas. Había croquis pegados con cinta de papel, planos impresos, fotografías de distintas casas y edificios, notas escritas en Post-its de colores. Algunas cosas llevaban semanas ahí, otras meses y algunas Amaría no estaba segura de que fueran de este año. Un Post-its particularmente viejo decía “comprar focos para la cocina”. Ella sospechaba que llevaba más tiempo en esa pared que cualquier cosa del departamento.

Los muebles tampoco se salvaban. Sobre la mesa descansaban varias maquetas a medio terminar, repartida en dos sillas una pila de ropa que no recordaba si estaba limpia a sucia seguramente ambas cosas. Y sobre una tercera silla, una combinación de ambas cosas que ya no pertenecía claramente a ninguna categoría. La cocina no estaba mejor. Había dos ollas dentro de la pileta, que no estaban lavadas, pero tampoco estaban sucias. Amaris las había llenado con agua cuando terminó de cocinar y según su lógica, eso significaba que el problema ya estaba parcialmente resuelto. Lo resolvería por completo cuando volviera a necesitarlas. Tal vez mañana, tal vez la semana siguiente, era una cuestión entre ella y el destino.

Las únicas cosas que parecían realmente felices dentro del departamento eran las plantas. Había plantas sobre la biblioteca, plantas junto a las ventanas, plantas sobre las repisas, plantas que colgaban del techo, plantas que ella recordaba haber comprado y otras que no recordaba de dónde habían salido. No entendía cómo seguían vivas, apenas lograba mantenerse viva ella misma. Sin embargo, allí estaban verdes, frondosas y prosperando. Como si se alimentarán directamente del caos que había creado.

Un movimiento sobre el respaldo del sofá llamó su atención. Tanatos abrió un ojo. El enorme gato naranja observó la habitación con la expresión solemne de un emperador romano juzgando a sus súbditos. Luego bostezó, se estiró y decidió moverse y ocupar exactamente el plano que ella necesitaba revisar esa mañana. —Por supuesto —murmuró ella. Tanatos ignoró la crítica. Era un gato de pelo largo, exageradamente esponjoso y peligrosamente convencido de que todo lo que existía dentro del departamento le pertenecía. Lo que incluía la cama, el sofá, la mesa, los apuntes y aparentemente toda superficie suficiente para que él se sentará o acostara. Y ella solo era su sirvienta que lo alimentaba, le limpiaba el arenero y le compraba juguetes. Amaris intentó recuperar el plano, Tanatos colocó una pata encima y se miraron intensamente hasta que ella decidió que Tanatos ganaba.

—Gato del infierno— murmuró para sí misma.

Pri observó al gato unos segundos más y Tanatos devolvió la mirada aún más intensa. Era una de esas discusiones silenciosas que ambos mantenían varias veces por semana y que ninguno pensaba ceder. Pri intentó nuevamente tirar suavemente del plano y Tanatos aumentó el peso de su pata de manera casi ofensiva.

—Vos sabés que necesito eso.

El gato parpadeó.

—Perfecto gracias por tu colaboración. Cuando tu abuelo pregunté como me esta llendo le voy a decir que será un milagro si apruebo.

Tanatos volvió a cerrar los ojos cuando la negociación había terminado. Pri terminó sacando un plano de las correcciones anteriores de una pila.

Mientras caminaba hacia la cocina solo pensaba que necesitaba café. No era un deseo, era una necesidad para poder sobrevivir. La cafetera estaba en el mismo lugar sobre la mesada desde que se mudo. No sabría como vivir sin ella, era su más fiel amiga desde que empezó la carrera. Mientras esperaba que el café estuviera listo, abrió la heladera y la contempló durante unos segundos esperando que por arte de magia apareciera algo comestible y no sobras o pan viejo. Se resignó después de darse cuenta que eso no sucedería. Así que fue tomó un Post-its y escribió “IR AL SUPERMERCADO” para la Amaris del futuro. Aunque la Amaris del futuro ya tenía suficientes problemas.

Minutos después, ya con una taza en la mano y la mochila medio preparada, recorrió el departamento buscando las cosas que le faltaba de su check list que tenía para no olvidarse nada. Aunque seguro algo se olvidaría.

Reglas ✔️

Cuaderno ✔️

Pendrive ✔️

Auriculares ✔️

Billetera ✔️

Llaves. ……

Las llaves tardaron siete minutos. Un nuevo récord personal. Finalmente aparecieron debajo de un libro que llevaba tres días buscando. Amaria decidió no cuestionar la lógica del universo, simplemente aceptó la victoria. Antes de salir revisó la hora hizo cuentas mentales, volvió a hacerlas y llegó a la conclusión de que técnicamente no llegaba tan tarde. Lo cual, para sus estándares, equivalía a llegar temprano.

—Volvé a destruir algo mientras no estoy y olvídate del pollito por una semana —le dijo a Tánatos como si el gato le entendiera.

El gato levantó una oreja que ella interpretó esto como una despedida. Cuando cerró la puerta detrás de ella, el departamento quedó en silencio. Bueno tan silencioso como podía estar un lugar habitado por una criatura llamada como la deidad encargada de escoltar las almas hacia el Inframundo cuando llega su hora en la mitología griega. Cinco segundos después se escuchó algo caer dentro. Amaris ya estaba caminando hacia el ascensor y decidió que no quería saber qué había sido.

Apenas salió del edificio, el aire fresco de la mañana terminó de despertarla. Acomodó la mochila sobre un hombro y comenzó a caminar. Podría haber tomado un colectivo lo hacía la mayoría del tiempo, pero cuando no iba apurada que era rara vez prefería caminar.

El trayecto hasta la facultad tomaba entre veinte y veinticinco minutos dependiendo de cuántas veces se distrajera en el camino. Y considerando que se distraía con facilidad, el tiempo variaba bastante.

La ciudad de La Plata fue una de las pocas decisiones importantes de su vida de las que nunca se había arrepentido. Venía de un pueblo pequeño donde siempre había sentido que nunca terminaba de encajar. No era que hubiera sido infeliz, simplemente nunca había encontrado su lugar. Las calles parecían demasiado conocidas, las personas demasiado familiares, todo el mundo sabía la vida de todos y después de un tiempo eso comenzaba a sentirse como una camisa demasiado ajustada.

La Plata había sido distinta desde el primer día. Era más grande, más ruidosa, más impredecible, era solo MÁS, y para su sorpresa eso le encantaba. Mientras avanzaba por la Avenida 1, observo el movimiento habitual de la mañana. Estudiantes caminando unos carpetas bajo el brazo o tablero pesados que seguro eran de arquitectura, otros con los ambos blanco inconfundibles de la universidad de odontología y otros con las largas batas blancas obviamente de medicina. Personas esperando el colectivo, ciclistas esquivando peatones que no le tenían nada de miedo a la muerte y autos avanzando lentamente entre semáforos. La ciudad ya estaba despierta y a Amaris eso le encantaba sentirse parte de ese movimiento caótico pero a su vez perfecto.

Amaba los edificios altos que aparecían entre los árboles, los balcones llenos de plantas, las fachadas antiguas que sobrevivían entre construcciones más modernas. Especialmente aquellas con detalles neoclásicos, columnas, molduras, cornisas. Elementos que muchas personas ni siquiera notaban pero ella sí, era incapaz de no hacerlo. A veces levantaba la vista para observar algún edificio interesante y terminaba chocando con un cable o una señal de tránsito y eso había ocurrido más veces de las que estaba dispuesta a admitir.

Continuó caminando mientras el sol comenzaba a filtrarse entre las copas de los árboles y los edificios. Por un momento se permitió disfrutar simplemente del recorrido, sin pensar en entregas, sin pensar en fechas y sin pensar en todas las cosas que todavía debería hacer. Era una sensación extraña porque normalmente su cabeza funcionaba a la velocidad de una tormenta. Pero la ciudad tenía ese efecto sobre ella que la obligaba a bajar un poco el ritmo o al menos lo intentaba.

Cuando finalmente divisó los edificios de la universidad, aceleró el paso. Ya podía imaginar exactamente dónde iba a sentarse en el buffet donde la mayoría de los alumnos iban a estudiar. En la mesa de la esquina que según ella era la mejor de toda la sala. Era de las más cómodas al ser una de las pocas que tenía sillones en vez de sillas y al contar con una ubicación ideal. no se encontraba lejos del mostrador para comprar café y sobre todo alejada de los que solo iban a conversar que se sentaban al otro lado en mesas más chicas y la más alejada de las del centro que solían elegir los grandes grupos. No le molestaba estar rodeada de gente, pero prefería no sentirse observada mientras trabajaba. Aquella mesa le daba una pequeña sensación de refugio. Un rincón tranquilo dentro del caos universitario y con un poco de suerte, todavía estaría libre.

La biblioteca ya estaba bastante más llena de lo que Amaris esperaba, lo cual no era raro. Los estudiantes de arquitectura parecían tener un radar especial para detectar enchufes libres y mesas grandes y ambos recursos eran escasos en las aulas. Así que por lo general todos venían al buffet. Apenas cruzó la puerta, el olor familiar a papel, café y fotocopias le dio la bienvenida.

Había personas estudiando en silencio o fingiendo estudiar mientras miraban el celular. Grupos discutiendo entregas, alguien dormido sobre sus apuntes, otro peleándose con una impresora. Un día completamente normal en la universidad y en el buffet. Pri recorrió la sala con la mirada buscando la única cosa que le interesaba, su mesa ideal.

Primera fila ocupada, no le importaba tampoco le gustaba mucho sentarse en esas. Segunda fila también pero en el caso de arquitectura ya empezaba a notarse más. Las mesas del centro estaban llenas de estudiantes trabajando en grupos demasiado grandes para el tamaño de las mesas. Unas chicas estaban construyendo una maqueta, otros parecía estar calculando algo con la expresión de quien acaba de descubrir una nueva forma de sufrimiento. Entonces la vio.

La mesa, su mesa, la de la esquina, la mejor mesa de todo el lugar. Y estaba vacía, era una pequeña victoria en medio de una semana complicada y caótica. Amaris aceleró ligeramente el paso, no quería tentar a la poca suerte que tenía. En la universidad las mesas buenas desaparecían con una velocidad sorprendente.

El buffet tenía algo que siempre le había gustado, el caos de los estudiantes entrando, saliendo, estudiando o simplemente pasando el rato. El silencio siempre le había resultado incómodo para estudiar y en este lugar había suficiente ruido como para no sentirse sola pero no tanto como para ser abrumador. Además le gustaba más el café de este lugar y tenían una gran variedad de cosas dulces y saladas para comer.

Llegó hasta ella y dejó la mochila sobre un extremo del sillon, después el tablero contra una tapa de la mesa y después de dejar lo más pesado dejó que el caos explotara. Saco la computadora, su cuaderno de bocetos y algunos apuntes, luego más apuntes y planos sueltos y finalmente una pila de hojas que ni siquiera estaba segura de necesitar, pero que por las dudas era mejor tenerlas.

La mesa era enorme como para seis personas pero pensada para grupos de estudiantes de arquitectura que parecían incapaces de trabajar en menos de dos metros cuadrados. Y aun así, en menos de un minuto Amaris había logrado expandirse hasta ocupar más del ochenta por ciento de ella.

Se sentó, encendió la computadora, sacó un lápiz, lo apoyó sobre la mesa, lo volvió a guardar y lo volvió a sacar. Abrió un cuaderno, cerró el cuaderno, tomó un sorbo del café que había traído y por primera vez en toda la mañana sintió que las cosas empezaban a acomodarse al menos un poco.

Abrió uno de sus planos, luego otro, después varias ventanas en su computadora. A los pocos minutos ya estaba completamente inmersa en lo que hacía. Tan concentrada que dejó de prestar atención al resto del mundo. Y por eso no notó algo, algo muy importante.

Era un vaso térmico de café olvidado en un extremo de la mesa, una libreta negra y una mochila sobre el sillón contrario, apoyada cuidadosamente en la pared. Objetos que llevaban allí bastante más tiempo que ella. Objetos pertenecientes a alguien que, en ese preciso momento, estaba haciendo una fila innecesariamente larga para comprar café, al otro lado de la sala. Que estaba a punto de regresar y encontrarse con es hermoso y perfecto caos que Amaris había creado


Leo cruzó las puertas del buffet unos veinte minutos antes de lo habitual, no porque fuera especialmente responsable. Bueno, sí lo era, pero esa no era la razón. Simplemente había aprendido que si quería trabajar en paz tenía que llegar antes que los estudiantes de primeros años. Especialmente los de arquitectura, eran capaces de ocupar una mesa para seis personas con una velocidad impresionante y después defenderla como si fuera territorio nacional. Mientras avanzaba entre los estantes saludó a varias personas. No porque fuera particularmente sociable, pero después de pasar años entre los mismos edificios, talleres, bibliotecas y entregas, uno terminaba reconociendo caras. Algunos le devolvieron el saludo, otros apenas levantaron la cabeza de sus apuntes y uno directamente estaba dormido sobre sus apuntes.

Leo decidió no juzgar, había estado ahí, más de una vez. A veces todavía le costaba creer que ya no era estudiante o bueno técnicamente estaba dejando de serlo. Después de tantos años la universidad terminaba convirtiéndose en una especie de segundo hogar. Uno extraño, lleno de estrés, cafeína y personas discutiendo durante cuarenta minutos sobre una línea en un plano. Pero un hogar al fin y al cabo.

Todavía seguía viniendo al buffet incluso cuando podría haber trabajado desde otro lugar. Su departamento era tranquilo, sin embargo, había algo en aquel lugar que le gustaba. Quizás era la rutina, quizás era la costumbre o quizás simplemente le resultaba imposible abandonar por completo los lugares donde había pasado gran parte de su vida. Mientras caminaba observó las mesas, muchas ya estaban ocupadas y otras comenzaban a llenarse, pero entonces la vio. La mesa de la esquina, o mejor dicho SU MESA, la mejor de todo el buffet. Grande, cómoda, con enchufes cerca y alejada del paso constante de personas. Y a pocos metros del café, una combinación prácticamente perfecta.

Leo tenía una sonrisa de satisfacción al ver que la mesa estaba libre, por una vez la suerte parecía estar de su lado. Dejó su mochila en el final del sillón, después sacó la libreta negra y su la vaso térmico que llevaba casi todas partes lo cual era raro. Uno por que casi siempre iba bacio y dos por que en la costumbre argentina todo el mundo tomaba mate pero él siempre había prefirió el café. Aquello era suficiente para reservar el lugar o al menos eso pensó. Entonces miró hacia el puesto de café y la fila no era corta pero sabía que si esperaba más se empeora. No le tomaría más de diez minutos, quince como máximo, además ya se había terminado su primer café y un segundo no le caería nada mal así que tomó una decisión. Una decisión que más tarde consideraría uno de los peores errores estratégicos de toda la semana.

—Voy por un café y vuelvo.

Nadie lo escuchó, pero se sintió correcto decirlo y así, completamente ajeno a la tragedia que estaba a punto de desarrollarse, se dirigió hacia la cafetería. Pero ajeno a él, en algún punto de la ciudad universitaria, el destino ya estaba preparando a una estudiante de arquitectura, un tablero enorme, una computadora, cuatro kilos de apuntes y una capacidad casi sobrenatural para apropiarse de cualquier superficie disponible. La pobre mesa no tenía ninguna oportunidad frente a esa tormenta de caos a punto de explotar.

Cuando finalmente salió de la fila con un vaso de café lleno en una mano y tres medialunas recién salidas del horno en la otra, Leo sintió esa pequeña satisfacción que solo produce conseguir cafeína y azúcar antes de empezar a trabajar.

La mañana parecía ir bien. Sorprendentemente bien. Lo cual, en retrospectiva, debería haber sido una advertencia. Mientras regresaba comenzó a buscar con la mirada, la de la esquina, SU MESA. Todavía podía verla desde lejos, o al menos podía ver dónde debería estar, porque algo había cambiado.

Leo entrecerró los ojos, frunció ligeramente el ceño y disminuyó el paso. Había demasiadas cosas sobre la mesa, muchas más de las que recordaba haber dejado. Durante un instante pensó que algún grupo de estudiantes la había ocupado. No sería la primera vez. Pero a medida que se acercaba se dio cuenta de que no era un grupo, era una sola persona y de alguna manera había conseguido generar el mismo nivel de desorden que cinco estudiantes de arquitectura trabajando juntos. Planos desplegados, cuadernos abiertos, hojas apiladas, marcadores, lápices, lapiceras, notas adhesivas de colores, un tablero contra la mesa, una computadora portátil y una taza de café que parecía estar peligrosamente cerca de varios documentos importantes.

La escena tenía una energía extrañamente despreocupada, como si alguien hubiera todo lo de su departamento caótico y creativo, lo hubiera comprimido y lo hubiera transportado a una mesa del buffet. La creadora de aquel pequeño desastre era una chica, que debía tener unos veinte años, que estaba sentada en una posición que probablemente haría sufrir a cualquier traumatólogo. Una pierna doblada bajo su trasero y la otra apenas estaba apoyada en el suelo, el cuerpo inclinado hacia adelante y un lápiz atrapado entre los dientes que se movía ligeramente de un lado a otro mientras pensaba. Llevaba el pelo recogido en un rodete improvisado que parecía haber sido construido con más optimismo que técnica. Algunos mechones se habían escapado hacía tiempo y caían alrededor de su rostro sin ningún orden aparente. Pero ella parecía no notarlo, ni el pelo, ni la gente, ni el mundo entero. Estaba completamente concentrada, sus ojos iban del plano a la pantalla, de la pantalla a sus apuntes y de los apuntes de nuevo al plano. Como si estuviera resolviendo algo importante o peleándose con ello, probablemente ambas cosas.

Leo se detuvo a unos metros de distancia y observó la escena unos segundos. Luego miró su mochila, su libreta y su vaso que todavía estaban donde los había dejado enterrados bajo una invasión cuidadosamente desorganizada. La desconocida había ocupado su mesa pero lo más impresionante era que parecía hacerlo con una absoluta falta de malicia. Como un gato que se sienta en tu silla y asume automáticamente que ahora le pertenece. Por alguna razón, ese pensamiento le resultó demasiado familiar y antes de que pudiera evitarlo, una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios. Porque la situación era molesta, sin duda, pero también era un poco ridícula y él siempre había tenido debilidad por las personas ridículamente concentradas.

Finalmente, Leo decidió que quedarse observando la situación no iba a resolver nada, así que avanzó los últimos pasos hasta la mesa. La chica seguía completamente absorbida por su trabajo, ni siquiera había notado su presencia. Leo apoyó el café sobre una esquina libre de la mesa, o al menos sobre la única esquina que todavía parecía libre y nada. Ni una reacción, probó aclararse la garganta y la chica levantó una mano sin mirarlo, como quien espanta una mosca o una interrupción y siguió escribiendo como si nada. Leo tuvo que contener una sonrisita.

—Disculpá...

—Mhm.

—Creo que estás en mi mesa.

Eso logró captar su atención, no mucha, pero si algo. La chica dejó de mover el lápiz entre los dientes y parpadeó una vez, después otra como si estuviera regresando lentamente desde algún rincón lejano de su cerebro. Finalmente levantó la vista, sus ojos fueron hacia él, después recorrió la mesa con la mirada hasta ver las cosas de éste y finalmente volvieron a él.

—Ah.— Durar unos segundos en silencio.

—Ah —repitió Leo.

—Bueno.

La chica volvió a mirar la mesa, observó el desastre que había creado, luego observó las pertenencias de Leo casi desaparecidas bajo sus apuntes y por primera vez pareció comprender la situación completa.

—Eso explica varias cosas.

—¿Varias?

—Pensé que la taza había aparecido espontáneamente.

Leo soltó una risa por la nariz muy leve y la chica pareció ligeramente ofendida por su propia conclusión.

—En mi defensa, estaba concentrada.

—Lo noté.

—Y la mesa estaba vacía.

Leo señaló sus cosas escondidas entre todo el caos de ella.

—Evidentemente no lo estaba.

Ella siguió la dirección de su dedo.

—Bueno... visualmente estaba bastante vacía.

—¿Visualmente?

—Hay distintos niveles de ocupación.

—¿Eso existe o te lo acabas de inventar?

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Leo apoyó una mano sobre el respaldo del sillón. Definitivamente era estudiante de arquitectura, nadie más discutía con tanta convicción algo tan absurdo. La chica suspiró, dejó el lápiz sobre el plano y se pasó una mano por el rodete mal hecho, empeorando aún más el en proceso.

—Mirá, llevo como veinte minutos peleándome con esto y si me decís que además le robé la mesa a alguien voy a sentir que el universo me está atacando personalmente.

—Técnicamente me la robaste.

—Qué palabra tan fea.

—¿Preferís “ocupación no autorizada”?

Por primera vez apareció una pequeña sonrisa en la cara de ella. Muy pequeñita, pero real.

—Eso suena mucho más profesional.

—Arquitectura tiene una extraña capacidad para hacer que cualquier cosa suene profesional.

—Tenés un buen punto.

Por primera vez desde que él había llegado, la tensión comenzó a desaparecer. Aunque el fastidio seguía ahí en su rostro pero no hacia Leo. Sino hacia el hecho de que parecía haber perdido una idea que estaba planteando antes que la interrumpieran. Y eso, Leo lo entendía, cuando le sucedía era casi como una tragedia.

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