CAPÍTULO 1: EL ERMITAÑO
La criatura no superaba el tamaño de un puño. Tenía la apariencia de un pequeño roedor de las marismas, con un pelaje denso y nacarado que brillaba con sutiles destellos iridiscentes, bajo lo limites en la penumbra del Páramo de Oxido y la vegetación de Umbrías de Candor. Avanzaba a saltitos cortos, olisqueando el suelo húmedo con curiosidad, ajeno al peligro que se arrastraba entre las raíces muertas.
Allí, abriéndose paso como un parásito silencioso, goteaba un líquido espeso, negro y brillante que brotaba del suelo.
El pequeño animal se detuvo ante el rastro oscuro. Estiró el hocico, atraído por el brillo aceitoso, y lamió una sola gota. Al instante, el líquido pareció cobrar vida propia. La sustancia negra se expandió como una red de venas palpitantes bajo su piel nacarada. El roedor soltó un chillido sordo, ahogado, mientras su cuerpo comenzaba a deformarse violentamente. Las patas se alargaron, rompiendo sus propias articulaciones para curvarse en garras afiladas; el pelaje brillante cayó a jirones, sustituido por una costra oscura y agrietada de la que supuraba humo gris. Sus ojos, antes claros, se encendieron en un rojo rabioso.
En menos de un minuto, la inocencia del bosque había sido devorada. La anomalía tenía un nuevo espécimen. La brecha avanzaba silenciosamente.
A varios kilómetros de allí, al abrigo de las montañas que marcaban el fin de las Umbrías de Candor, la vida se abría paso de una forma muy distinta.
La casa cueva de Silván era un caos perfectamente organizado. Las paredes de roca natural se mezclaban con planchas de chatarra soldada, vigas de madera vieja y masilla de barro que aislaba el frío. Una bombilla parpadeante, alimentada por una batería recuperada, iluminaba la habitación principal. En la pared central se extendía un enorme mapa del Válago cubierto de anotaciones a mano, rutas tachadas y chinchetas rojas concentradas alrededor del Páramo de Óxido.
Al lado del mapa, medio oculta por cables y componentes electrónicos desarmados, colgaba una vieja fotografía. En ella aparecía un Silván mucho más joven, de unos dieciséis años, con el rostro sucio de hollín, flanqueado por un hombre robusto de mirada noble y sonrisa cansada. Ambos portaban una pequeña capsula en el lado izquierdo del pecho y a sus hombros, unas diminutas criaturas de aspecto amigable y ojos vidriosos posaban con gestos cómicos.
Silván, que ahora cargaba con veinticuatro años y una espalda curtida por la soledad, ajustó los cables del último sensor de movimiento. Estaba terminando de colocar las alarmas perimetrales alrededor de la cueva; en un mundo rodeado por la brecha, la paranoia era la única garantía de despertar vivo. Encontró una chocolatina vieja en un rincón, le dio un mordisco rápido y se guardó el resto en el bolsillo táctico. Acto seguido, cogió la cápsula metálica — su bióvulo — y la ajustó con un clic magnético a las correas de su pecho.
—Venga, bicho. Hora de moverse —dijo Silván sin levantar la voz.
De entre una pila de mantas térmicas asomó una cabecita esponjosa y adorable. Mico estiró sus patitas cortas y emitió un ronroneo suave. Con la agilidad de una ardilla, el pequeño Lumen corrió por el suelo y se deslizó al interior de la burbuja transparente del pecho de Silván, asomando sus enormes ojos curiosos a través del cristal.
Pocos minutos después, el silencio de la montaña se rompió con el rugido rítmico y pesado de una motocicleta modificada. Silván aceleró, adentrándose en la densidad de las Umbrías de Candor.
El viaje fue una coreografía de reflejos. El bosque selva era un tapiz de colores luminiscentes y flora extraordinaria: plantas gigantescas que brillaban con luz propia y árboles cuyas raíces parecían respirar. Silván sorteó con destreza los movimientos de criaturas colosales que se movían entre la maleza; herbívoros del tamaño de edificios de tres plantas que ignoraban al motorista mientras este se deslizaba hacia los límites de la vegetación, buscando un camino más despejado.
Su objetivo de la mañana era un viejo supermercado de la era previa a la brecha, una estructura de hormigón semiderruida y devorada por las enredaderas. Encima de los toldos inflados por el agua de la lluvia que descansa sobre ellos, el letrero de Ecos Shopping que apenas sostenía la letra “g”, parpadeaba aún.
- Este tiene corriente. Puede que encontremos buen material y comida en buen estado – Mico hizo señas entusiasmado – No sé si habrá bollitos rellenos, Mico. De cualquier modo ya te atiborraste la semana pasada.
Silván caminaba entre los pasillos oxidados, revisando las latas de comida caducada y metiendo todo lo que aún servía dentro de un maletín de transporte. Mico, que había salido de la cápsula para estirar las patas, saltó sobre un estante volcado y comenzó a agitar sus manitas con desesperación, emitiendo ruiditos agudos mientras señalaba un cartel descolorido de bollitos rellenos.
Silván lo miró de reojo, imperturbable.
—Te comiste todos los de la semana pasada, Mico, te lo dije. No quedan. Busca otra cosa.
El Lumen infló los mofletes, cruzó sus pequeños brazos y emitió un siseo bajo, rumiando y maliciando en su idioma de sonidos para hacerle saber su descontento.
De repente, un crujido metálico resonó al fondo del establecimiento.
El enfado de Mico desapareció al instante. Sus orejas se pegaron a la cabeza y, de un salto limpio, se ocultó detrás de un paquete de cereales desteñido.
Silván reaccionó por puro instinto. Sus ojos se afilaron. Su mano derecha descendió hacia su espalda y desenvainó su arma: un machete pesado, más grande de lo habitual, con el filo mellado por el uso, pero mortalmente afilado.
—Mico, ven —susurró, extendiendo el brazo izquierdo.
El pequeño Lumen salió corriendo a toda prisa por la manga de la chaqueta de cuero de Silván hasta apostarse en su hombro. Desde la cobertura de los estantes, ambos miraron hacia la enorme cristalera rota del escaparate.
Afuera, justo al lado de donde había dejado estacionada la motocicleta, se alzaba una criatura de tres metros de altura. Su cuerpo parecía sacado de una pesadilla: tenía la anatomía de un insecto acorazado con decenas de patas articuladas y una boca enorme y circular plagada de hileras de dientes de sierra que se descolgaba como un columpio hasta el suelo. De sus mandíbulas goteaba un hilillo de brea negra.
Silván se ajustó el maletín a la espalda con un movimiento seco.
—A la cápsula, Mico. Ya.
El Lumen no protestó esta vez. Se deslizó al interior del bióvulo en su pecho. En cuanto el conector hizo contacto, Mico comenzó a brillar con una luz azul intenso. Esa energía fluyó de inmediato por el brazo de Silván, extendiéndose hasta el metal del machete, que empezó a emitir un zumbido eléctrico, rodeado de destellos centelleantes.
El monstruo insectiforme captó la fluctuación de energía. Con un chillido estridente que reventó los pocos cristales que quedaban sanos, atravesó el escaparate corriendo directamente hacia el joven.
Silván flexionó las piernas y dio un gran salto, colocándose en lo alto de uno de los estantes metálicos. La bestia, ciega de rabia, embistió la base de la estructura para derribarlo. El estante cedió con un crujido espantoso, provocando un efecto dominó que empezó a tirar las estanterías contiguas una tras otra. Silván mantuvo equilibrio; corrió a toda velocidad sobre las estructuras tambaleantes, saltando de una a otra mientras el suelo se convertía en una trampa de metal retorcido.
La criatura rodeó los pasillos a una velocidad endiablada para cortarle el paso. Al ver que se le echaba encima, Silván volvió a saltar hacia el espacio abierto, rodando por el suelo cerca de la salida de emergencia, justo donde estaba la moto.
Al embestir la cristalera del escaparate la bestia rompió la tela de los toldos, empapándose del agua que cayó rápidamente por el suelo de hormigón, formando un gran charco que llegó hasta sus pies.
Viendo la oportunidad, el chico dio un paso atrás para salir del agua. Levantó el machete cargado de electricidad y lo clavó con fuerza contra el suelo inundado.
La descarga fue instantánea. La corriente azulada viajó a través del agua con un chasquido ensordecedor, impactando directamente en las patas de la criatura. El insecto gigante se sacudió violentamente, emitiendo un chirrido de dolor mientras el voltaje lo paralizaba por completo.
Aprovechando los valiosos segundos de ventaja, saltó sobre la moto, encendió el motor con una patada al pedal y salió disparado del supermercado, levantando una nube de polvo. El monstruo, recuperándose de la descarga, comenzó a perseguirlo por el camino despejado, ganando terreno con sus múltiples patas.
Sin embargo, el estruendo de la persecución despertó algo peor. De la ladera alta del camino, una mole inmensa de roca viva y musgo —una criatura rocosa del páramo— se desprendió y cayó pesadamente sobre el bicho, aplastándolo por completo en un estallido de caparazón y brea negra.
Silván miró por el retrovisor, apretando los dientes al ver la polvareda. La mole de piedra había caído a escasos metros de su rueda trasera. Mico puso los ojos en blanco y se desmayó dentro de la capsula.
De vuelta en la seguridad de su casa cueva, descargó el maletín sobre la mesa de trabajo para revisar el botín. Mientras clasificaba las piezas electrónicas y los filtros, notó un peso extra. Mico había salido de la cápsula y se encontraba fuertemente abrazado a un paquete de bollitos de crema que había logrado rescatar en el último segundo.
Silván suspiró, frotándose la sien.
—Mico, no puedes quedarte con eso. Tenemos que vendérselos a Pacoco. Necesitamos cada moneda para conseguir el material que falta para el rastreador. Es la única forma de encontrar a Radko.
Mico apretó el paquete contra su pecho esponjoso, entornó los ojos y emitió un siseo obstinado. Se dio la vuelta y, con paso digno, se marchó a refugiarse dentro de su árbol agujero, el espacio hueco que Silván le había acondicionado en la pared de la cueva.
—Eres un caprichoso y un mal compañero —le espetó, aunque en el fondo le hacía gracia su tozudez. Guardó el resto de los artículos recuperados en la mochila—. En fin... A ver qué me da Pacoco por esto.
Sondeando el bosque de Umbrías camino al ultramarinos Buena Ventura, de la comunidad Este, Silván se detuvo. Subiendo sus gafas de motorista observó un animal que conocía pero que nunca había visto. Al avanzar, aquel corcel de rasgos serpentinos destellaba como un mosaico viviente; sus escamas, superpuestas con el orden perfecto de un pez, poseían la dureza y el brillo metálico del caparazón de un escarabajo, mientras que la hierba a su paso cobraba una vida súbita y vigorosa allí donde caía el rocío de su aliento. Era un Jinete de los Prados. El Jinete se acercó a una criatura que yacía en el suelo, al impregnarlo con su saliva, la pequeña criatura comenzó a sufrir unos espasmos, hasta que por fin se levantó y corrió para perderse en la espesura del bosque. Silván contemplaba curioso, no estaba lejos, el Jinete se percató y se deslizó hacía él, quien retrocedió un poco con la moto. El Jinete le acercó el hocico para olerlo, Silván levantó su mano para acariciarlo, a Mico se le hicieron los ojos aun más grandes, el animal retrocedió un poco pero rápidamente pegó su hocico a la mano. Luego tan rápido como hizo su aparición corrió veloz por la frondosidad perdiándose entre la maleza. Hacía tiempo que no hacía un contacto tan intimo con una criatura. Arrancó la moto para regresar al camino.
Pacoco había traído nuevos aparatos y piezas para Silván, pero nada le servía para su propósito. Pacoco le informó que en la comunidad Norte, Verak, podría conocer algo sobre el paradero de su padre, e incluso ella tendría más suerte encontrando lo que buscaba. Hacía mucho tiempo que no visitaba la parte Norte, pero siendo Verak, merecería la pena. Silván cogió algunas cosas más y se marchó.
- Tengo nuevas existencias de papel parea tus cuadernos – Silván asintió – Perfecto – Pacoco se lo empaquetó con lo demás. – ?¿Alguna chuchería para el bióvulo? – Mico lo miró con desdén al oír eso. Silván cogió el paquete pagó y salió sin mediar palabra. – Hasta luego – se despidió Pacoco, la presencia de Silván siempre le ponía tenso aunque nunca daba problemas.
Mico corrió hacia su cama árbol en cuanto llegaron a la cueva y abrazó su bollito relleno. Silván cogió un recipiente de fideos con verduras y lo calentó en el termo. Se dispuso a hacer calculos y a tachar fechas y lugares. Cambió las chinchetas del mapa. La radio comenzó a hacer ruidos. Se sirvió los fideos rápido, y resintonizó la frecuencia. Se escuchaba una voz muy tenue pero familiar. No solía usar la frecuencia de comunicación, pero esa voz parecía ser muy insistente.
– ¡Silván! – dijo la voz – Aquí Varek, de la comunidad Norte – Silván lo pensó un rato antes de cogerla. Sorbió sus fideos, se limpió la boca con la mano y le dio al comunicador.
- Aquí Silván – no le gustaba ni un pelo pero quizá mereciese la pena.
- Pacoco me ha dicho que está buscando un rastreador genómico… pues puedo conseguirte uno y más información que puede interesarte de nuestro amigo en común. Pásate dentro de una semana por aquí. Corto y cambio. – Varek perdió la señal.
- ¿Qué te parece bicho? – dirigiéndose a Mico que aun estaba abrazado a su bollito. – Parece que por fin la suerte se pone de nuestro lado.
Un chirrido metálico rasgó el silencio del amanecer mientras ajustaba el pestillo de la vitrina blindada. Con manos agrietadas por el polvo, recolocó los cartuchos de agua purificada en la fila delantera, asegurándose de que el sensor de calor de la estantería no activara la alarma de robo antes de tiempo. Pasó un trapo sucio por el mostrador, quitando la fina capa de arena que el desierto siempre lograba colar por las rendijas, y alineó tres latas oxidadas de raciones sintéticas con la precisión de quien no tiene otra cosa en el mundo. Acto seguido, revisó la presión del aire de las torretas automáticas del porche; el dial apenas rozaba la zona verde, suficiente para un día normal. Justo cuando su mano iba a accionar la palanca que levantaba el portón de hierro para abrir al público, un rugido sordo y vibrante hizo temblar el suelo calcinado. Afuera, cinco motocicletas de diseño militar y un vehículo de reconocimiento pesado acababan de estacionarse, levantando una densa nube de polvo gris. Pertenecían a un grupo de mimetizantes. La líder, una mujer de mirada afilada, traje de motera de cuero ceñido con un cuervo dibujado en su chaqueta y melena corta con un llamativo mechón de color morado, entró en el local haciendo sonar sus botas contra la madera.
- Ho-hola Kira, no os esperaba hasta la semana que viene – Pacoco colocó tembloroso una caja de chicles largos sobre el mostrador. Kira cogió uno, lo desenvolvió la tira y se lo metió en la boca dando bocados hasta gastarlo. Se apoyó en el mostrador, ignorando la mirada intimidada de los pocos lugareños que compraban allí, y fijó sus ojos en el tendero, haciendo que su pompa de chicle explotará a poco centímetros de él y asustando a los pocos clientes que andaban por allí.
—Busco un guía, Pacoco —dijo Kira, con voz firme—. Alguien que conozca el Páramo de Óxido como la palma de su mano. Necesitamos recuperar un cargamento valioso que perdimos allí, y mis chicos no controlan esa zona.
Pacoco se limpió las manos sudorosas en el delantal y asintió lentamente.
—Bueno... solo hay un hombre capaz de meterse ahí y volver para contarlo. Se llama Silván. Es un mimetizante ermitaño. Siempre me consigue todo lo que le pido, sin un solo fallo. Es el mejor en lo suyo, conoce cada rincón y, además, se le dan bien las criaturas.
Kira arqueó una ceja, mostrando un interés inmediato. Jamás había oído hablar de ningún mimetizante operando solo en ese sector.
—¿Dónde lo encuentro?
—Es un ermitaño, te lo acabo de decir —insistió Pacoco, bajando la voz—. Si Silván no quiere que lo encuentren, no lo vas a encontrar. No es precisamente un tipo sociable. No puedo llamarlo ni enviarle un mensaje. Van a tener que esperar si quieren sus servicios, pero hoy es su día de visita. Suele venir a vender chatarra o a comprar suministros.
Kira intercambió una mirada con sus hombres y asintió.
—Esperaremos. Muchachos, atentos a la entrada.
Al caer la tarde, cuando el sol teñía las nubes de un tono anaranjado y sucio, el rugido pesado de un motor anunció la llegada del ermitaño.
La motocicleta de Silván se detuvo frente a la tienda. Al bajar, su estampa resultó imponente: un joven alto, de espaldas anchas, vestido con ropa de motorista desgastada por la intemperie y un pañuelo gris que le cubría la mitad inferior del rostro. Pero lo que hizo que Kira y todo su pelotón se tensaran no fue su tamaño.
Encima de su hombro, libre, sin cables ni estar encerrado en la cápsula del pecho, un pequeño Lumen de ojos brillantes observaba el entorno con curiosidad.
Silván entró en la tienda ignorando las miradas fijas del grupo armado. Caminó directo al mostrador y dejó caer su mercancía frente a Pacoco. El tendero abrió la bolsa y sus ojos se iluminaron al ver el contenido.
—¡Oh! ¿Bollitos de crema? Esto se va a vender como el oro por aquí, amigo.
Mico, desde el hombro del joven, comenzó a agitar su pequeña mano en el aire como si espantara moscas, emitiendo un gruñido indignado y cabreado por la venta de su tesoro.
—Ya, bicho. Cállate —le susurró Silván, apaciguándolo con un leve toque.
Kira se despegó de la pared y caminó hacia él, interponiéndose en su camino mientras él cogía unos filtros de aire de la estantería para comprarlos.
—Tú debes de ser Silván —dijo Kira, evaluándolo con la mirada—. Tengo un encargo para ti en el Páramo de Óxido. Pagamos bien. ¿Te apuntas?
Silván ni siquiera la miró. Cogió los artículos, pasó por su lado como si fuera invisible y se dirigió de nuevo al mostrador para pagarle a Pacoco. Kira, perdiendo la paciencia, lo agarró del brazo con fuerza.
El ermitaño se congeló. No se soltó, pero la tensión en sus hombros aumentó. Al ver el gesto, los cuatro hombres de Kira dieron un paso al frente, echando mano a las fundas de sus armas de filo. Pacoco se puso visiblemente nervioso, retrocediendo detrás de la caja.
Silván dejó los suministros sobre la madera. Con una lentitud exasperante, usó su mano libre para bajarse el pañuelo gris, descubriendo su rostro.
Kira contuvo el aliento por una fracción de segundo. El chico tenía las facciones duras, pero lo más impactante eran sus ojos: uno de un verde intenso, y el otro de un gris acero, oscuro como la tormenta.
Ambos sostuvieron la mirada en un duelo silencioso de voluntades. El sacó las monedas exactas, las dejó sobre el mostrador junto a Pacoco y recogió sus cosas sin quitarle el ojo de encima a Kira. Luego, se soltó de su agarre con un movimiento limpio y seco, dándole la espalda para caminar hacia la salida.
—¡Eh! ¡Te he hecho una pregunta!— le gritó Kira, furiosa por la falta de respeto de aquel paria.
El joven se detuvo justo en el umbral de la puerta y habló sin girarse.
— Cruce de las Tres Piedras. Medianoche —dijo con voz rasposa —. Si llegáis tarde, me marcho.
Kira observaba fijamente la silueta de Silván desvanecerse en el horizonte, envuelto en una estela de polvo abrasador.
— Jefa, su bióvulo — señaló Branko un tipo grandullón con barba, rapado y con tatuajes hasta en la cabeza.
— Lo sé — Kira estaba pensando, ese conector no era como los demás, y valdría mucho en el mercado negro. La cuestión era cómo hacerse con el. Pero tenía un plan.
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