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El Destino de la Luz I - El libro de Lythaen

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Summary

Tomo I: El Libro de Lythaen El Arco de Alina. En los márgenes del territorio humano, Alina ha aprendido a sobrevivir en un mundo en donde la Resonancia define el valor de las personas. Pero su mundo dará un vuelco cuando un lobo corrompido la ataque en el bosque, despertando en su interior algo debió permanecer dormido. Con la ayuda de la Tríada de Orandis comenzará a transitar el camino hacia una guerra contra fuerzas oscuras y desconocidas, descubriendo pronto que la venganza no es el único motor que la impulsa y que el destino del universo entero dependerá de lo que guarde en su propia alma.

Status
1h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Las botas de cuero de ciervo le pesaban, el barro que se pegaba dificultaba cada paso, y la bolsa que llevaba colgada sobre su hombro derecho tampoco ayudaba.

El vaho se volvía espeso frente a su rostro con cada respiración dificultosa. A su alrededor, los pájaros empezaban a entonar las primeras melodías del día, mientras que los rayos de lumen se filtraban poco a poco entre las ramas frondosas de los árboles.

Aún no se acostumbraba al aire helado y húmedo de esas horas. Ya no llevaba la cuenta de las veces que había tenido que recorrer aquel camino que bordeaba su hogar en el círculo exterior de la aldea Ravena y se internaba en el este, recto y sombrío en la espesura.

El viento gélido de Polaris se colaba por las capas de cuero y tela, penetrante y filoso. Mientras tiritaba, Alina dejaba atrás su destartalada pero cálida cabaña.

Debía revisar las trampas que había dejado preparadas la noche anterior. En los últimos días se había encontrado con muchas de ellas inutilizadas; los rastros de sangre negra y pelaje deteriorado que persistían daban a entender que criaturas corrompidas se habían dado un festín y las habían dañado en el proceso.

Estaban inquietas desde hacía lumbras; contrario a su habitual comportamiento, se acercaban más al territorio protegido por las defensas de los resonantes. El área segura para cazar había disminuido considerablemente. Aquello le preocupaba, ya que, si los animales corrompidos seguían apropiándose de sus presas, ellos no tendrían nada con qué comerciar y, como consecuencia, qué llevarse a la boca.

La vida desde que su madre, Kala, había fallecido le había resultado muy dura. Su padre, Jillyan, al que llamaba «Jill» desde que pronunció sus primeras palabras, en vez de «papá», siempre había sido quien se encargaba de la difícil tarea de cazar. Sin embargo, la partida de su madre lo había cambiado. Ya no lograba concentrarse lo suficiente para canalizar resonancia, y aquello suponía un grave problema, ya que toda su habilidad de rastreo y caza dependía de ello.

Alina tuvo que buscar una alternativa en los años posteriores. Ella no poseía resonancia que le facilitara las cosas, así que desde niña aprendió a valerse de su entorno y astucia. Había aprendido a atrapar a las pequeñas liebres escurridizas con trampas y artimañas, y de eso mismo debía valerse ahora que él era solo un cascarón.

La aldea también comenzaba a despertar. Los primeros aldeanos tomaban el camino principal y se dirigían al enclave donde estaban concentrados los puestos de comercio. Con algunos de ellos solía cruzarse todos los ascensos. Ya la reconocían desde la distancia por su brillante cabello rojizo anaranjado; cuando pasaban a su lado, le sonreían y le deseaban buena fortuna. Ella ni siquiera se sabía sus nombres, pero, a pesar de ser pequeña y de las circunstancias que habían llevado a sus habitantes allí, Ravena albergaba a personas muy amables.

En gran parte, la población estaba compuesta por humanos. Se habían visto obligados a llevar vidas sin las comodidades que podrían haber tenido en las grandes ciudades debido al mandato de exilio de los no resonantes. Otros, sin embargo, eran como ella, mestizos que habían diluido tanto la genética Seraem que habían nacido sin la capacidad de resonar, pero contaban, al menos, con mayor resistencia y longevidad que un ser humano corriente.

Estaba a punto de adentrarse en el sendero que llevaba al bosque cuando un grupo de sacerdotisas de Lumara, formado en fila, cruzó a su lado. Cada día, las solemnes mujeres se dirigían a un claro ubicado entre dos sauces gigantes y llevaban a cabo su ritual del alba.

Alina no entendía la fe que le profesaban a una diosa que había bendecido solo a unos pocos; y a ellas no les había tocado la mejor parte. Sin embargo, seguían venerándola. Las saludó cordialmente con un movimiento de cabeza, aunque estas no le prestaron ninguna atención. Siguió su camino, dejándolas atrás, inmersas en sus cánticos y oraciones.

La espesura la recibió con los brazos abiertos.

El frío allí dentro era aún más intenso que en el sendero, pero pronto entró en calor gracias al esfuerzo que le suponía sortear los arbustos bajos y los troncos caídos que se descomponían en el acolchado suelo. Los insectos huían despavoridos ante la poca destreza con la que ella se abría paso por la vegetación.

—Maldita bolsa roñosa —jadeó en una exhalación sonora mientras la apoyaba en la base de un gran árbol junto a su primer punto de caza. A pesar de que poseía una fuerza mayor a la de un humano promedio, en principio gracias a su genética mestiza, aún le costaba cargar con ese morral. Las trampas no eran algo cómodo de transportar, y sus bordes afilados se le incrustaban en la espalda a través de la esclavina de piel de ciervo que su madre le había confeccionado ya hacía tanto tiempo.

Entre protestas terminó de sacar una de las cinco que debía reemplazar. Se trataba de una estructura de hierro con afiladas púas; si algún animal pisaba su centro y activaba el mecanismo, no podría liberarse.

El día anterior se había encontrado con una escena que le había quitado el apetito por el resto del día. Al parecer, bestias corrompidas se habían ensañado con un ciervo que había quedado atrapado en un lazo de horca. Suponía que lo habían encontrado aún vivo, ya que la sangre que se había esparcido hasta lo alto del árbol no podría haber llegado hasta allí a menos que el pobre animal aún hubiera estado agonizando.

Se lamentaba en lo profundo de su ser por ello. Se sentía muy culpable por haber provocado tal sufrimiento a un ser tan indefenso. No quería tener que recurrir a esos métodos para cazar, pero las veces que había intentado hacerlo con un arco y flechas como su padre, había terminado perdiendo de vista a las presas. En más de una ocasión, habían escapado con una flecha clavada, los pobrecillos.

Si bien practicaba ocasionalmente contra los objetivos pintados en la pared del granero de su amigo Ronald, las flechas eran un lujo que no podía costear simplemente para practicar.

Ya había reemplazado dos cebos, pero la mañana avanzaba rápidamente y recorrer todos los puntos le había tomado más tiempo del necesario. La lluvia de la noche anterior había convertido el lugar en un pantanal.

Sus muslos protestaban por la pesadez del terreno lodoso. El recorrido se le estaba haciendo eterno. Entre una trampa y la otra debía haber al menos mil pasos, y la distancia en ese tupido bosque era toda una odisea.

El crujir repentino de las ramas tiradas en el suelo la sobresaltó. Se dio vuelta rápidamente para comprobar el perímetro, pero no vio nada más que hierbas y bajos arbustos meciéndose con el viento otoñal.

«Habrá sido una liebre».

Cuando se agachó nuevamente para tomar la alforja que había dejado caer, escuchó claramente, esta vez, las pisadas apresuradas de algo que arremetía contra ella y el hueco gruñido de una fiera salvaje. Apenas le dio tiempo a reaccionar.

La criatura salió de los matorrales a su costado y la tumbó al suelo con una fuerza que le quitó todo el aire de los pulmones. El lobo se le subió encima y empezó a forcejear salvajemente, sacudiéndola con violencia mientras intentaba llegar a su cuello. Alina logró anteponer el brazo, y el animal le hundió sus afilados colmillos a través de capas de cuero y tela. Se percató horrorizada de que no era un lobo normal, sino uno corrompido.

Estaba arrinconada; sabía que no había nadie en kilómetros capaz de escucharla si gritaba, así que se guardó los sollozos que amenazaban con subirle por la garganta, reunió todo el valor que no sabía que guardaba e intentó llegar con la mano libre al cuchillo de despellejar que llevaba en la bota.

El sudor le perlaba la frente por el esfuerzo de mantener el hocico babeante lejos de sus puntos vitales, y el dolor que sentía por el brazo que estaba siendo desgarrado le comenzaba a nublar la vista.

Con cada sacudida se le incrustaban más los colmillos. Debía actuar rápido.

Con el cuchillo por fin en su poder, lo empuñó con todas sus fuerzas y lo dirigió directo al cuello de la bestia.

Lo clavó tan profundamente que pensó que entraría parte de su mano tras el arma. La criatura dejó de forcejear en el acto y cayó a su costado, con los ojos huecos apagados y abiertos de par en par, llevándose su brazo aún aprisionado en el proceso. Ahogando un grito de dolor, se mordió los labios y sacó como pudo el cuchillo del cuello del lobo.

Lo que observó la dejó aún más estupefacta.

El filo no tenía ni una sola gota de sangre podrida; una delgada capa de aire condensado con diminutas partículas doradas y brillantes lo cubría completamente.

Se quedó observando aquello por unos segundos hasta que, después de un parpadeo, había desaparecido.

Aún abrumada por lo que acababa de vivir, no fue capaz de procesar lo que sus ojos habían contemplado. Con la mente despejada encontraría una explicación, pero ahora debía lograr ponerse en pie antes de que la adrenalina abandonara su cuerpo y ella se convirtiera nuevamente en presa.

Tomó el hocico y metió los dedos entre los dientes, intentando liberar el brazo de la mordida. Gimió de dolor cuando por fin cedió.

Necesitó de toda su concentración para volver a tragar la bilis que le subió por la garganta.

Las piernas le flaquearon cuando, una vez erguida, contempló al animal que casi había acabado con su vida. Los lobos comunes que ella cazaba no tenían esa envergadura, así que este debía tener tantos años como ella.

Era una lástima.

Tenía a sus pies una presa enorme, pero no podía aprovechar ni un solo trozo a causa de la corrupción que lo pudría de dentro hacia afuera.

Comprobó rápidamente su estado general y, al notar que solo tenía la herida sangrante del brazo, algunos rasguños y un par de costillas resentidas por el peso y el forcejeo. Tomó el cuchillo que ya no poseía ningún efecto extraño, y con él se rasgó parte de la túnica de lino y envolvió el brazo con ella.

Una vez que escondió la bolsa de trampas y cebos entre los arbustos emprendió dificultosamente la vuelta a su cabaña. No iba a poder cargar con todo aquello, aunque quisiera, así que lo dejó allí hasta el ascenso siguiente.

Mientras recorría el sendero a paso lento, se dio cuenta de que Lumen ya brillaba alto, pero que el camino estaba demasiado tranquilo. No se había cruzado con ningún otro cazador o leñador, lo que era extraño considerando que aún quedaban muchas horas de día.

Apuró los pasos tanto como pudo y, en cuanto logró divisar la aldea, por fin sintió aliviarse un poco de la tensión que la acompañaba.

Desde el sendero que llevaba a su hogar vio movimiento en el camino principal. Varios aldeanos se dirigían con pasos apresurados hacia el centro del poblado.

Consideró que podía dar unos cuantos pasos más para averiguar de qué se trataba todo aquel revuelo, así que se arregló la esclavina y se puso en marcha hacia el tumulto de personas.

A medida que se fue acercando entendió a qué se debía tanto alboroto. Tirado en medio de las losas, un oso pardo corrupto había sido exterminado.

«¿Otro bicho corrupto más?», pensó, abriendo en grande los ojos ante aquella escena.

Ese tipo de osos habitaba la zona suroeste más alejada de los bosques, así que se encontraba demasiado lejos de su hogar, y estaba en muy, muy mal estado. Su pelaje, que alguna vez fuera de un color cobrizo brillante, ahora estaba opaco y ralo, y tenía la piel cubierta de llagas.

Al igual que el lobo que acababa de atacarla, sus ojos eran dos cuencos vacíos y negros. Aún no podía entender cómo esos animales terminaban tan maltrechos y, aun así, podían seguir en pie y conservar tanta fuerza.

Ocultó su brazo herido en la capa y, mientras se acercaba más a la multitud, examinó el estado en el que se encontraba aquel lugar.

El puesto de artesanías que todos los días montaban en el ingreso de la plaza ahora estaba derrumbado y había piezas de mimbre dispersas por todas partes; el viejo Brog estaba sentado, cabizbajo sobre una de las cajas destartaladas, fumando su pipa, con la expresión cansada. Le tocaría reponer o reparar la mayoría de su mercancía.

Unos metros más adelante, las mesas y sillas del exterior del único bar del poblado estaban destrozadas. Parecía que algo muy pesado había caído sobre ellas; su regente iba y venía con los trozos de madera desprendidos del mobiliario.

Toda la plaza presentaba signos similares de destrozo.

Al reparar en las pisadas de la bestia, se percató de que estaban bien definidas. El rastro provenía del oeste y se dirigía directamente hacia el este.

Las cercas que delimitaban las casas apiñadas al borde de la calle estaban rotas en algunos tramos; los rastros que su padre le había enseñado a leer le sugerían que habían perseguido a la criatura desde las afueras de las guardas y que esta se había adentrado a la aldea, chocando con todo lo que se le cruzaba por delante.

«¿Huía de algo o... lo perseguía?».

Apartó su atención del entorno y la posó en los sujetos que estaban junto al gran cadáver. Uno de ellos, el de cabello castaño, estaba apoyado contra las patas traseras, recuperando el aliento. Se le notaban varios rasguños en la armadura de cuero ceñida y un corte profundo en la parte superior de los muslos.

Otros dos se ubicaban a poca distancia. Notó que el que parecía una montaña, con su cabello castaño oscuro recogido en una media coleta, era portador de agua; condensaba la humedad de su entorno y la utilizaba para limpiarse frenéticamente la sangre del rostro y de su armadura de cuero ennegrecido.

El más retraído llevaba una capa con capucha oscura levantada, pero su cabello largo y negro caía en cascada a los costados de su rostro, ocultando totalmente sus facciones. Sus manos jugueteaban con las pequeñas hebras de oscuridad que reptaban desde sus botas.

El contraste que proyectaban era muy peculiar.

El de cabello castaño claro corto evocaba la imagen del típico líder, con una complexión más fibrosa que corpulenta, mantenía la postura erguida y la cabeza en alto. Llevaba puesta una armadura oscura y la capa de viaje a su espalda; aún así, la gracia y la elegancia le eran innatos.

El otro, con los músculos abultados y descubiertos de sus brazos y el cabello largo recogido en la media coleta algo desarmada, sin embargo, parecía la representación física de la fuerza bruta.

Por último, estaba el de las sombras, que con su aspecto oscuro, filoso y letal demostraba que no necesitaba tener el porte de los otros dos para inspirarle miedo a cualquiera.

Ella había oído hablar de ellos; si los rumores acerca de los guerreros eran ciertos, el hecho de que estuvieran en su aldea le desconcertaba y preocupaba a partes iguales.

—Es la primera vez que traspasan las guardas —escuchó susurrar preocupada a una de las mujeres que llevaba un niño en brazos. Era una mestiza, por lo que podía ver en sus ojos.

—Son varios ataques en un solo lumbral; las bestias se están volviendo ambiciosas —aseguró otro hombre más canoso, que evidentemente había estado amasando algo porque llevaba todo el delantal empolvado.

—No seas tonto, Hilen. Esas criaturas no tienen ambición, solo tienen instinto —escupió una mujer de avanzada edad, con las palabras pronunciadas con un siseo muy marcado, ya que le faltaban varios dientes delanteros.

—Y a ti, niña, ¿Qué te pasa que estás tan pálida? —le preguntó. Alina se sorprendió un poco ya que los creía inmersos en sus cuchicheos.

Negó con la cabeza quitándole importancia a su estado y su atención se desvió nuevamente a los hombres junto al animal, que ahora se ponían de pie.

—Es... ¿Es esa la Tríada? —comenzaron a susurrar algunos y la pregunta se expandió rápidamente entre la multitud.

—¡Deben serlo! ¡Solo observa cómo se encargaron de ese oso gigante! Jamás los había visto tan de cerca —agregó Hilen, eufórico—. Pensé que solo eran habladurías de gente chismosa, que tres guerreros de su porte se dedicaran a cazar monstruos tan cerca de las periferias. Se cruzó de brazos mientras los evaluaba como si él también fuera un combatiente experimentado.

—Se dice que los corrompidos que caza la Tríada no son simples animales contaminados. Si están aquí, es porque algo más ronda nuestro poblado —aseguró la mujer mestiza.

—Tch, eso no lo saben, Hilen, Mila, ¡aprendan a cerrar su bocota! ¿No ven la cara que está poniendo la niña? —les refunfuñó la anciana.

Los dos más jóvenes bajaron la cabeza, avergonzados por el llamado de atención.

—Ya lo sabemos, Baba, pero no siempre tenemos delante de nuestras narices a tres de los hombres más temidos de todo Orandis —Mila susurró su excusa, pero su curiosidad volvió a posarse en los guerreros, que ya estaban recuperados.

—Menos mal que ese niño que llevas en brazos tiene un babero; úsalo y límpiate —farfulló la anciana.

Hilen, a su lado, solo carraspeó; el comentario mordaz también iba dirigido a él, ya que, aparentemente, era el esposo de Mila.

—Como se habrán dado cuenta, estos últimos lumbrales los corrompidos han estado rondando muy cerca de las defensas que hemos establecido para la aldea —levantó la voz el que había estado apoyado contra la criatura.

Su voz proyectaba tal autoridad que el parloteo fue silenciado en el momento. Buscó con la mirada a cada uno de los allí reunidos y se posó tan solo unos momentos de más en la de Alina antes de seguir su barrido.

Los otros dos guerreros se posicionaron estratégicamente a sus costados. El más grande se ubicó en su flanco derecho; cruzó los brazos y mantuvo una expresión calmada, analizando a cada uno de los allí presentes. El de las sombras, sin embargo, se había colocado un poco más atrás, como si quisiera que las sombras de la bestia caída le cubrieran.

—¡Les aseguro que esto no va a volver a suceder! Las defensas ya fueron reforzadas y pronto más soldados resonantes se apostarán en las torres para potenciar las barreras —agregó.

El murmullo se reanudó y la inquietud que se había instalado se podía palpar. No estaban contentos con la presencia de más soldados en su aldea a pesar de la amenaza. Alina no los podía culpar, ya que más soldados implicaba impuestos más altos.

—Pueden volver a sus actividades. Aquí ya no hay nada más que ver —alzó la voz con tono regio.

Dichas aquellas últimas palabras, se pusieron en marcha. Eligieron a algunos de los allí presentes que parecían ser los más capaces para ayudarles con el desmembramiento y posterior quema del pútrido ser.

La gente emprendió el regreso a sus hogares y rutinas, pero entre cuchicheos y susurros, miraban sobre sus hombros a los tres hombres, sin ocultar su renovada desconfianza.

Alina se puso en marcha. Aquel desvío, aunque breve, le había resultado muy agotador. Necesitaba llegar a la comodidad de su hogar.

Con los pasos cada vez más dificultosos y lentos, soltó un gran suspiro cuando por fin divisó la puerta de madera semiabierta. Entró un tanto tambaleante y se sujetó con la mano buena por el marco de la puerta. Se sacó de un tirón las pesadas botas llenas de barro y las tiró en una esquina, amontonándolas con el resto del equipo que llevaba consigo.

Echó un vistazo a la habitación y encontró a su padre intentando encender fuego en la cocina, totalmente ajeno a todo lo que había sucedido ese día en la plaza del pueblo.

No pudo evitar entristecerse ante el hecho de que anteriormente le hubiera bastado tan solo un soplo de su resonancia; con el manejo del aire tan preciso que poseía, podría haber encendido el fuego en un instante. Ahora que ya no lograba dominar su poder, tenía que recurrir a un fosforillo humedecido que apenas hacía saltar unas chispas.

Él levantó lentamente la cabeza e inmediatamente reparó en el estado de su hija. La sorpresa en su expresión le mostró a Alina que, a pesar de lo que podía parecerle en ocasiones, aún podía sentir.

—¿Qué te ha sucedido, mi niña? —le preguntó mientras se levantaba rápidamente del suelo donde estaba arrodillado y le sacaba la capa raída de encima. Ahogó un grito cuando vio la tela ensangrentada y el brazo destrozado.

Como si algo se hubiera activado de pronto en su interior, con presteza se movió de un lado a otro; buscó trozos de lienzo limpios, un cuenco de agua para limpiarla y ungüentos para desinfectar la herida.

—Un lobo corrompido me atacó mientras iba al puesto del sauce caído. Creo que puede ser el mismo que ayer por la noche despedazó al ciervo cerca del pantano del norte —le contó.

Jillyan no dejaba de dar vueltas por la pequeña habitación. Se encontraba en un estado de estupor tal que no terminaba de escuchar o reaccionar a lo que su hija le contaba.

Ella se apresuró a tomar sus encallecidas manos entre las suyas y le obligó a mirarla a la cara en un intento de tranquilizarlo.

—Estoy bien, Jill, estoy contigo —le repitió una y otra vez, como si ese mantra ayudara a despejarle la mente.

Él respiró hondo una y otra vez hasta que por fin la vio a los ojos. Eran unos hermosos ojos color verde pálido con motas doradas, iguales a los de su dulce Kala.

Alina le sostuvo la mirada e intentó transmitirle toda la calma que pudo. Las manos antes temblorosas de su padre le rozaron la mejilla con suavidad por unos instantes y, como si algo se terminara de asentar en su interior, soltó un sonoro suspiro.

Sin mediar palabra, la guio hacia un asiento al lado del fogón aún sin llamas y ella se dejó caer con todo el peso del agotamiento. Tomó su antebrazo y con sumo cuidado le quitó la venda improvisada y los restos de la tela cubierta de sangre y baba.

—¿Es posible que la resonancia se manifieste mucho más tarde... como a mi edad? —preguntó Alina titubeante, sin saber cómo formular bien la pregunta para no alterarlo nuevamente.

Él la miró confuso; no terminaba de entender la pregunta, ya que quienes nacían con capacidad de resonancia la manifestaban de inmediato. Por eso, apenas nacía un niño, una familia podía ser exiliada.

—¿Por qué lo preguntas? —logró articular Jillyan.

Alina sopesó la revelación que estaba por hacerle. Sabía que era posible que no tuviera la respuesta que buscaba, pero su cabeza no paraba de darle vueltas a aquel momento. Necesitaba saber si fue producto de su imaginación o si realmente pudo hacer uso de una resonancia que creía inexistente en ella.

—Porque en cuanto la criatura me atacó, logré hincarle un cuchillo en el cuello. Cuando lo saqué, noté que no tenía nada de sangre encima, porque una fina capa de aire lo envolvía —le soltó, atropellando las palabras.

Si lo pensaba demasiado, hasta a ella le parecía una locura.

Su padre la miró por demasiado tiempo. Como ella creía, él no tenía la respuesta, así que, en un intento de mantenerlo en calma y tranquilo, agregó:

—Supongo que la adrenalina me hizo ver cosas... Al fin y al cabo, era un bicho enorme y tuve mucha suerte —suspiró ante aquella afirmación que no lograba creerse del todo.

Él aflojó la tensión que se había asentado en sus hombros; al menos a uno de los dos le había funcionado. Comenzó a limpiarle las profundas incisiones con el paño humedecido. Le llevó un buen rato asegurarse de que ningún resquicio de podredumbre se había arraigado en ella.

Con el brazo desinfectado y vendado, se puso en pie con un esfuerzo monumental y terminó de sacarse las últimas prendas en la habitación de aseo. Se limpió los restos de sangre, barro y sudor del cuerpo y se dispuso a ir a la cama.

Aunque era la hora del almuerzo, tenía el estómago demasiado revuelto como para comer algo; ya lo haría por la noche o al alba siguiente, antes de partir a revisar sus trampas. Esperaba tener mejor suerte esta vez.

Por ahora solo necesitaba cerrar los ojos y descansar un momento; se quedó dormida con la imagen de los tres guerreros en su mente, la mirada avellana posándose en la suya.

Chapters
1. Capítulo 1
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