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Bellum Caelorum

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Summary

Jonás sabe que hay cosas que el mundo no está preparado para conocer. Exorcista, demonólogo y experto en artes oscuras, lleva años enfrentándose a aquello que se esconde detrás de lo sobrenatural. Pero Jonás guarda un secreto que lo convierte en alguien único: puede invocar a un ángel caído dentro de su propio cuerpo. Cuando una serie de casos comienza a revelar que algo se está moviendo entre el Cielo y el Infierno, Jonás descubrirá que algunas guerras no necesitan comenzar para cambiarlo todo. Y esta vez, el campo de batalla será la Tierra

Genre
Horror
Author
AgusBR
Status
18h ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El guardián

La primera regla de un exorcismo era sencilla:

Nunca asumir que sabes con qué estás tratando.

Jonás había aprendido aquella regla a los diecisiete años, después de cometer el error de creer que un demonio se comportaría como los que había leído en los libros.

No lo hizo.

Desde entonces, había aprendido muchas otras cosas.

Que los demonios mentían.

Que los espíritus podían imitar voces.

Que las apariciones no siempre eran fantasmas.

Que algunas personas realmente estaban enfermas y no necesitaban un exorcismo.

Y que, de vez en cuando, algo sobrenatural aparecía frente a él que no figuraba en ningún libro.

Aquellas eran las noches que menos le gustaban.

La carretera estaba prácticamente vacía.

Jonás conducía hacia el norte por una carretera secundaria de Pennsylvania mientras la lluvia golpeaba el parabrisas. El limpiaparabrisas se movía de un lado a otro con un ritmo hipnótico.

Sobre el asiento del acompañante descansaba una carpeta.

CASO: WILLIAM HARPER.

Treinta y nueve años.

Casado.

Dos hijos.

Sin antecedentes psiquiátricos conocidos.

Cinco días antes había comenzado a experimentar episodios de desorientación.

Tres días después había dejado de dormir.

La noche anterior había atacado a su esposa.

La policía había intervenido.

Los paramédicos habían intentado sedarlo.

No había funcionado.

Y esa misma mañana, mientras permanecía encerrado en una habitación de su propia casa, había comenzado a hablar en un idioma que ninguno de los presentes reconocía.

Jonás había recibido la llamada seis horas después.

No había preguntado demasiado.

No necesitaba hacerlo.

Había aprendido que, cuando alguien llamaba diciendo que una persona estaba poseída, generalmente había tres posibilidades.

La primera: no estaba poseída.

La segunda: estaba poseída.

La tercera: había algo mucho peor.

Jonás prefería la segunda.

Era la única que solía tener instrucciones claras.

Miró el reloj del tablero.

11:48 p. m.

-Perfecto.

La casa apareció unos minutos después.

Era grande, antigua y estaba rodeada de árboles.

Dos vehículos policiales permanecían estacionados frente a ella.

Jonás aparcó detrás de ellos.

Tomó la carpeta, salió del automóvil y caminó hacia la entrada.

Un hombre con uniforme de policía lo esperaba en el porche.

-¿Jonás?

-Sí.

-Soy el oficial Daniel Reeves.

Se estrecharon la mano.

Reeves parecía agotado.

-La familia está en la casa del vecino.

-¿William?

-Arriba.

-¿Solo?

-Sí.

Jonás miró la casa.

-¿Y usted?

-Yo no vuelvo a entrar.

Jonás levantó una ceja.

-¿Qué pasó?

Reeves bajó la voz.

-Mi compañero entró conmigo.

-¿Y?

-William estaba sentado en el suelo.

-¿Tranquilo?

-Completamente.

Jonás esperó.

-Entonces comenzó a hablar.

-¿Qué dijo?

Reeves lo miró.

-Mi compañero preguntó quién era.

-¿Y?

-William respondió que no era William.

Jonás asintió lentamente.

-Eso sí es interesante.

Reeves lo sujetó del brazo antes de que entrara.

-Hay algo más.

-¿Qué?

-Nos dijo nuestros nombres.

Jonás frunció el ceño.

-¿Los conocía?

-No.

-¿Los habían dicho delante de él?

-No.

Jonás miró nuevamente la casa.

-¿Qué más?

Reeves tragó saliva.

-Dijo algo sobre mi hija.

Jonás dejó de sonreír.

-¿Qué dijo?

-Su nombre.

Silencio.

-¿Y qué tiene de extraño?

-Mi hija murió hace ocho años.

Jonás miró al oficial.

No hizo ninguna pregunta.

No hacía falta.

-Entiendo.

-¿De verdad va a entrar ahí solo?

Jonás miró la puerta.

-No.

Reeves pareció aliviado.

-¿Quién viene con usted?

-Depende de cómo salga la noche, pueden venir diferentes personas.

La casa olía a madera húmeda y polvo.

Jonás avanzó por el pasillo mientras una mujer permanecía sentada en el comedor.

Era la esposa de William.

Tenía los ojos rojos de tanto llorar.

-¿Usted es el exorcista?

Jonás se detuvo.

-Sí.

-¿Puede salvarlo?

Jonás no respondió inmediatamente.

No porque no quisiera.

Porque no podía prometer algo que no sabía si podía cumplir.

-Voy a hacer todo lo posible.

La mujer asintió.

-Está arriba.

-¿Está consciente?

-Sí.

-¿Ha hablado desde que llegó la policía?

-No.

Jonás miró hacia las escaleras.

-Eso probablemente sea buena señal.

La mujer lo miró confundida.

-¿Por qué?

-Porque cuando un demonio deja de hablar, normalmente está escuchando.

Jonás subió.

Cada escalón crujió bajo sus pies.

Segundo piso.

Un pasillo largo.

Una puerta al final.

Jonás se detuvo.

No había ningún sonido.

Eso era lo extraño.

Ni golpes.

Ni gritos.

Ni voces.

Nada.

Jonás apoyó la mano sobre el picaporte.

Estaba frío.

Demasiado frío.

Abrió.

William Harper estaba sentado en una silla junto a la ventana.

Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas.

Su cabeza estaba inclinada.

Jonás cerró la puerta.

-William.

El hombre no respondió.

Jonás dejó la carpeta sobre una mesa.

-Me llamo Jonás.

William levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos eran normales.

-Ya lo sé.

Jonás no reaccionó.

-¿Cómo?

-Me lo dijeron.

-¿Quién?

William sonrió.

-Ellos.

-¿Quiénes son ellos?

William miró hacia una esquina vacía de la habitación.

-Los que esperan.

Jonás observó la esquina.

Nada.

Volvió a mirarlo.

-¿Sabes dónde estás?

-En mi casa.

-¿Sabes qué día es?

William respondió correctamente.

Jonás continuó.

-¿Sabes quién es tu esposa?

-Emily.

-¿Tus hijos?

-Thomas y Grace.

Todo parecía normal.

Demasiado normal.

Jonás tomó una silla y se sentó frente a él.

-William, quiero que me digas qué ocurrió hace cinco días.

William bajó la mirada.

-No recuerdo.

-¿Nada?

-Recuerdo una voz.

-¿De quién?

-No lo sé.

-¿Qué decía?

William levantó los ojos.

-Que debía abrir la puerta.

Jonás se inclinó ligeramente hacia adelante.

-¿Qué puerta?

William señaló la pared.

-Esa.

Jonás miró.

No había ninguna puerta.

Solo una pared.

-¿La ves?

William asintió.

-Está ahí.

Jonás se levantó.

Se acercó.

Pasó la mano sobre la pared.

Nada.

-¿Qué hay detrás?

William comenzó a sonreír.

-El lugar donde todos terminan.

Jonás se giró.

-Eso no significa nada.

La sonrisa de William desapareció.

-Para ti todavía no.

Jonás sintió un cambio en la habitación.

Una presión.

Como si el aire hubiera adquirido peso.

Retrocedió un paso.

William comenzó a temblar.

-Está aquí.

Jonás sacó el crucifijo que llevaba alrededor del cuello.

-¿Quién?

William levantó la cabeza.

Sus ojos se volvieron completamente negros.

-El guardián.

Las luces se apagaron.

Jonás no se movió.

Escuchó una respiración.

No provenía de William.

Provenía de detrás de él.

Jonás se giró.

Nada.

Volvió a mirar al hombre.

William ya no estaba sentado.

Estaba de pie.

Jonás retrocedió.

-William.

La voz que salió de su boca no era humana.

-No.

Jonás apretó el crucifijo.

-¿Quién eres?

La criatura sonrió.

-No necesitas saberlo.

-Yo creo que sí.

-No.

-Entonces tendré que averiguarlo.

La criatura dio un paso.

Jonás lanzó el crucifijo.

El objeto golpeó el pecho de William.

La criatura gritó.

Pero no retrocedió.

Jonás abrió los ojos.

-Eso no debería haber pasado.

William lo agarró por el cuello.

Jonás golpeó su brazo y consiguió liberarse.

Cayó contra la pared.

La criatura avanzó.

-No eres sacerdote.

Jonás se levantó.

-Ya te lo dije.

-No eres ángel.

-Correcto.

-Entonces, ¿qué eres?

Jonás sonrió.

-El hombre que va a mandarte de vuelta.

William se abalanzó sobre él.

Jonás apenas logró esquivarlo.

Rodaron por el suelo.

La fuerza del cuerpo poseído era absurda.

Jonás consiguió golpearlo y apartarlo.

Pero William volvió a levantarse inmediatamente.

Jonás respiró con dificultad.

Aquello no era un demonio común.

Podía sentirlo.

Había algo diferente.

Algo mucho más antiguo.

Jonás miró sus brazos.

El tatuaje.

Las dos mitades permanecían ocultas bajo su camisa.

Sabía lo que tenía que hacer.

Pero hacerlo significaba revelar algo que prefería mantener en secreto.

No tenía alternativa.

Se apartó.

-Muy bien.

La criatura avanzó.

Jonás se arremangó.

Las dos mitades del símbolo aparecieron sobre sus brazos.

La criatura se detuvo.

Por primera vez, pareció reconocer algo.

-¿Dónde conseguiste eso?

Jonás no respondió.

Juntó ambos brazos.

Las dos mitades del símbolo coincidieron perfectamente.

El rombo quedó completo.

Después juntó las manos.

Como si estuviera rezando.

La criatura se lanzó contra él.

Jonás cerró los ojos.

-Vamos...

Mantuvo la posición.

Sus brazos comenzaron a cansarse.

El esfuerzo era incómodo.

Pero no había dolor.

Solo la tensión de mantenerlos juntos.

La criatura volvió a golpear.

Jonás resistió.

-Uriel.

Nada.

Cinco segundos.

Diez.

La criatura gritó.

Jonás apretó los dientes.

-Uriel.

La habitación comenzó a vibrar.

Y entonces una voz habló detrás de él.

-Ya estoy aquí.

Jonás abrió los ojos.

Uriel estaba de pie frente a la ventana.

Su traje blanco contrastaba con la oscuridad de la habitación.

Parecía un hombre completamente normal.

Excepto por sus ojos.

La criatura retrocedió.

Uriel la observó.

-Tú.

El demonio dejó de sonreír.

-Uriel.

Jonás bajó los brazos.

-¿Lo conoces?

Uriel no respondió.

Miraba fijamente a la criatura.

-Sí.

Jonás tomó aire.

-¿Qué es?

Uriel dio un paso adelante.

-Un guardián.

-¿Un guardián de qué?

Uriel respondió:

-Del Infierno.

Jonás miró al demonio.

-Eso explica bastante.

El demonio soltó una carcajada.

-No sabes nada.

Uriel extendió una mano.

La criatura salió despedida contra la pared.

Jonás lo miró.

-Podrías haber hecho eso cuando llegaste.

-Estabas ocupado.

-Estaba a punto de morir.

-Pero no moriste.

Jonás suspiró.

-Gracias.

Uriel volvió a mirar al demonio.

-Es uno de los altos guardianes.

Jonás frunció el ceño.

-¿Alto mando?

-Sí.

La criatura volvió a levantarse.

-No pueden devolverme.

Uriel negó lentamente.

-No necesitas creerlo.

Jonás tomó un frasco de agua bendita.

Uriel se colocó a su lado.

-Ahora.

Jonás asintió.

Los dos comenzaron el ritual.

El demonio gritó.

La habitación se llenó de una presión insoportable.

Las ventanas vibraron.

Las paredes parecieron crujir.

Pero esta vez Jonás no estaba solo.

Uriel mantuvo al demonio inmóvil mientras Jonás pronunciaba las palabras finales del exorcismo.

La criatura se estremeció.

Su cuerpo cayó al suelo.

Y el silencio regresó.

Jonás respiró profundamente.

-¿Terminó?

Uriel miró el cuerpo.

-Sí.

Jonás se dejó caer en la silla.

-Entonces explícame algo.

Uriel lo miró.

-¿Qué?

-¿Cuántos de esos existen?

Uriel permaneció en silencio.

Jonás levantó una ceja.

-Uriel.

-Más de los que deberías encontrar.

Jonás miró al demonio inconsciente.

-¿Por qué estaba aquí?

-No lo sé.

-¿Qué hacía?

-Tampoco lo sé.

Jonás se quedó pensando.

-Eso me preocupa.

Uriel asintió.

-A mí también.

A las tres de la mañana, William Harper dormía en una habitación de hospital.

Los médicos no encontraron ninguna explicación para lo ocurrido.

Su esposa tampoco la necesitaba.

Para ella, William estaba vivo.

Eso era suficiente.

Jonás salió del hospital.

Uriel caminaba a su lado.

-¿Vas a volver al Cielo?

-Sí.

Jonás metió las manos en los bolsillos.

-¿Cuándo?

-Ahora.

-Qué aburrido.

Uriel lo miró.

-Tienes trabajo.

-Siempre tengo trabajo.

-Entonces hazlo.

Jonás sonrió.

-¿Sabes qué?

-¿Qué?

-Me caes bien.

Uriel sonrió.

-Lo sé.

Jonás miró hacia el cielo nocturno.

Las nubes cubrían completamente las estrellas.

-Nos vemos.

Uriel desapareció.

Jonás se quedó solo.

Subió a su automóvil.

Antes de arrancar, miró sus brazos.

El tatuaje seguía allí.

El mismo símbolo que había llevado desde niño.

El mismo que Uriel había colocado sobre su piel tantos años atrás.

Jonás todavía no sabía por qué.

Y tampoco sabía por qué un demonio del alto mando había reconocido aquella marca.

Pero decidió no pensar demasiado en ello.

Todavía.

Encendió el motor.

Puso el automóvil en marcha.

La carretera volvió a tragárselo.

Para Jonás, aquello había sido solamente otro caso.

Todavía no sabía que no sería el último de este tipo.

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