ELENA
—¿Quién coño es Elena?
Victoria dejó de respirar.
No fue la pregunta.
Fue la manera en que Mateo pronunció aquel nombre.
Durante años había conseguido que nadie de su vida real lo pronunciara
delante de ella. Elena pertenecía a hoteles sin apellidos, habitaciones
en penumbra, teléfonos que nunca se conectaban a sus cuentas personales
y noches cuidadosamente separadas del resto de su existencia.
Elena no tenía despacho.
No dictaba sentencias.
No llevaba toga.
No estaba casada con Mateo.
Y, sobre todo, Elena no existía.
Hasta aquella noche.
—Mateo…
—Te he hecho una pregunta.
La lluvia golpeaba violentamente el parabrisas. Los limpiaparabrisas
iban de un lado a otro con una velocidad desesperada, abriendo durante
apenas un segundo una ventana limpia hacia la carretera antes de que el
agua volviera a cubrirla.
Victoria miró las manos de su marido.
Apretaban el volante.
—Reduce la velocidad.
Mateo soltó una risa seca.
—Ahora estás preocupada por mí.
—Estoy preocupada porque estás conduciendo demasiado rápido.
—Pues imagínate cómo estoy yo.
—Mateo, podemos hablar cuando lleguemos a casa.
—No quiero llegar a casa.
Victoria guardó silencio.
Aquella frase le dolió más de lo que esperaba.
Mateo apartó durante un instante los ojos de la carretera.
—Quiero saber quién es Elena.
Victoria miró por la ventanilla.
Oscuridad.
Agua.
Las luces deformadas de los coches que circulaban en dirección
contraria.
Había imaginado muchas veces aquel momento. Había preparado
explicaciones, excusas, incluso mentiras para situaciones que
probablemente nunca ocurrirían.
Pero ninguna servía ahora.
Porque Mateo sabía demasiado.
—¿Dónde has encontrado ese nombre?
—Eso es lo que te preocupa.
—No.
—Claro que sí.
—Mateo…
—¿Quién es?
Victoria cerró los ojos.
Podía mentir.
Era buena detectando mentiras. Llevaba años escuchándolas desde el
estrado: versiones cuidadosamente construidas, silencios colocados en el
lugar adecuado, verdades incompletas utilizadas para fabricar otra
realidad.
También sabía algo que muchos mentirosos ignoraban.
Una mentira complicada era una mala mentira.
La mejor siempre contenía suficiente verdad.
—Soy yo.
Mateo tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Qué?
—Elena soy yo.
El coche pareció quedarse sin sonido.
Ni lluvia.
Ni motor.
Ni ruedas contra el asfalto.
Solo aquella frase suspendida entre los dos.
Mateo volvió la cabeza hacia ella.
—No.
Victoria sintió que algo se rompía definitivamente.
—Sí.
—No me tomes por imbécil.
—No lo estoy haciendo.
—He visto las fotografías.
Victoria bajó la mirada.
Ahí estaba.
La palabra que llevaba toda la noche evitando.
Fotografías.
—He visto la máscara —continuó Mateo—. He visto mensajes. Direcciones.
Fechas.
Cada palabra era una puerta que se cerraba.
—Puedo explicártelo.
—Pues explícame cómo mi mujer aparece con una máscara en lugares de los
que jamás me ha hablado.
—No es tan sencillo.
—Haz que lo sea.
Victoria sintió el impulso de tocarlo, pero retiró la mano antes de
hacerlo.
—Elena es un nombre que utilizo.
—¿Para qué?
Silencio.
—Victoria.
Ella lo miró.
Los ojos de Mateo estaban llenos de algo peor que rabia.
Incredulidad.
—¿Para qué?
Victoria tragó saliva.
—Para entrar en determinados ambientes sin que nadie sepa quién soy.
Mateo volvió a mirar la carretera.
—¿Qué ambientes?
Victoria sabía que después de aquella respuesta ya no existiría regreso
posible.
—Ambientes swinger.
Mateo no dijo nada.
Un kilómetro.
Quizá dos.
Victoria no podía saberlo.
La lluvia continuaba golpeando el coche.
—Di algo.
Mateo negó lentamente con la cabeza.
—¿Desde cuándo?
—Mateo…
—¿Desde cuándo?
Victoria miró sus manos aferradas al volante.
—Desde siempre.
Mateo tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Desde siempre?
Victoria asintió.
—Desde antes de ti.
Él volvió la mirada hacia la carretera.
—Entonces nunca te he conocido.
—Eso no es verdad.
—¿No?
—No.
—Llevo años durmiendo al lado de una mujer que ni siquiera sabía que
existía.
—Elena no es otra mujer.
—Pues yo no sé quién coño eres ahora mismo.
Aquello sí le dolió.
Victoria intentó tocarle el brazo, pero Mateo se apartó.
—Te quiero.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—¿La verdad? —Mateo soltó una risa amarga—. ¿Ahora vamos a hablar de la
verdad?
Victoria bajó la mirada.
—Mateo…
—¿Cuántos?
Sintió frío.
Sabía perfectamente qué estaba preguntando.
—No importa.
—Para mí sí.
—No quiero hacerte más daño.
—Un poco tarde para eso.
Victoria miró hacia delante.
Las luces de un vehículo aparecieron a lo lejos.
—No puedo darte un número.
Mateo giró la cabeza.
—¿Porque no quieres?
Victoria negó lentamente.
—Porque no lo sé.
El silencio posterior fue diferente.
Victoria deseó inmediatamente retirar aquellas palabras.
Pero ya estaban dichas.
Mateo dejó de mirar la carretera.
—¿No lo sabes?
—Mateo, mira al frente.
—¿No sabes con cuántos hombres te has acostado?
—¡Mira la carretera!
Las luces aparecieron frente a ellos.
Demasiado cerca.
Mateo giró el volante.
Victoria gritó su nombre.
—¡MATEO!
Y después dejó de oír.
No hubo choque.
No hubo cristales.
No hubo metal retorciéndose.
Solo silencio.
Un silencio imposible mientras el mundo comenzaba a girar.
Victoria vio el parabrisas.
Después el cielo.
Después la carretera.
Después otra vez el cielo.
Giraban.
Giraban.
Giraban.
El cinturón la mantenía atrapada contra el asiento mientras el coche
daba vueltas y su cuerpo era lanzado de un lado a otro.
Pero ella no escuchaba nada.
Ni sus propios gritos.
Ni el metal.
Ni la lluvia.
Ni a Mateo.
Sobre todo, no escuchaba a Mateo.
Y en medio de aquel silencio apareció una única pregunta.
¿Cómo lo había descubierto?
Otra vuelta.
Cielo.
Asfalto.
Oscuridad.
¿Qué había hecho mal?
Ella nunca improvisaba.
Nunca utilizaba su verdadero nombre.
Nunca llevaba documentación a los encuentros.
Nunca repetía lugares siguiendo un patrón.
Su teléfono personal jamás entraba con ella.
Elena no conocía a Victoria.
No sobre el papel.
No en ningún mensaje.
No en ninguna fotografía que pudiera llevar hasta su despacho, hasta su
casa, hasta Mateo.
Otra vuelta.
El cuerpo de Victoria golpeó violentamente contra el cinturón.
¿Cómo?
¿Cómo había llegado Mateo hasta Elena?
Tenía que haber cometido un error.
Uno solo.
Pequeño.
Ridículo quizá.
Algo que en su momento no había considerado importante.
Y Mateo lo había encontrado.
La última imagen que Victoria alcanzó a ver antes de que todo
desapareciera fue el rostro de su marido.
Después, nada.
Y su último pensamiento no fue para Elena.
Ni siquiera fue para Mateo.
Fue para su error.
¿Cuál había sido?
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Mateo abrió los ojos.
Luz blanca.
Un pitido.
Después otro.
Intentó moverse.
Un dolor intenso le atravesó la cabeza.
—Mateo.
Una mujer estaba junto a la cama.
Tenía el rostro cansado. Una pequeña herida cruzaba su frente y había
algo en sus ojos que él no consiguió interpretar.
Miedo.
Esperanza.
Quizá ambas cosas.
La mujer le tomó la mano.
Mateo observó sus dedos entrelazados.
Después levantó lentamente la mirada.
—Gracias a Dios…
Ella comenzó a llorar.
Mateo intentó hablar.
Tenía la garganta seca.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital. Has tenido un accidente.
Mateo cerró los ojos unos segundos.
Accidente.
Intentó encontrar algo detrás de aquella palabra.
Una carretera.
Un coche.
Una voz.
Nada.
Volvió a mirar a la mujer.
Ella sonrió entre lágrimas y apretó su mano.
—Estoy aquí.
Mateo la observó durante varios segundos.
Entonces retiró lentamente la mano.
—Perdona…
Victoria dejó de sonreír.
—¿Qué?
Mateo sintió que el miedo comenzaba a subirle por el pecho.
—¿Quién eres?








