Capítulo 4
Capitulo 4
EXTASIS TOTAL
La llegada de Gonza me cambió por completo. Marcó un antes y un después en mi vida, el momento exacto en el que descubrí que, a veces, teniéndolo todo, lo que más falta hace es el amor. Al principio ninguno de los dos lo sabía, pero a medida que pasaba el tiempo, él empezó a ver algo diferente en mí. Lo nuestro se convirtió en algo más que una amistad, una conexión tan intensa que ni siquiera sé cómo describirla.
Pero para entenderlo, hay que volver al principio de esta historia. Todo comenzó, una vez más, en la secundaria, ese lugar donde estudié durante muchos años. Un mediodía cualquiera, vi entrar al curso de al lado a un chico de pelo largo, pantalones de jean azul bien anchos y una musculosa blanca, muy al estilo hip-hop de ese entonces. Yo estaba sentado del lado de la ventana en plena clase de Educación Cívica. Lo recuerdo exactamente porque la profesora se me acercó y, en tono de voz baja y cómplice, me dijo: «¿Es muy importante lo que vio afuera?», y se tentó de risa. Esa profe era lo más; aunque no recuerdo su nombre, dictaba una de mis materias favoritas. Sin duda, la mejor profesora de Cívica la tenía yo en ese momento.
Al día siguiente, comenzaron las clases del taller. Cuál sería mi sorpresa cuando vi entrar al aula a Gonza, que se sumaba al grupo. Me quedé impactado mirándolo. Sentí que tocaba el cielo con las manos al ver esa carita tan hermosa. Como siempre me pasaba, me enamoré a primera vista. Soy un loco enamoradizo, creo que soy así porque en mi casa siempre tuve el apoyo para ser libre; jamás se metieron con mi sexualidad y eso me enseñó a no tenerle miedo a nada. Además, pasar los fines de semana en eventos y diferentes fiestas terminó de construir a este Jorge sin timidez, capaz de disfrutar de la vida al máximo. Todos conocen el concepto del amor a primera vista, pero en mi caso, aquello fue un auténtico amor de secundaria.
De vuelta en el taller, no podía dejar de observar a Gonzalo. Se había ganado toda mi atención y por dentro sentía mariposas, un auténtico hormiguero que me caminaba por todo el cuerpo. Decidí romper el hielo, me acerqué y me presenté:
—Soy Jorge, ¿cómo estás?
—Soy Gonzalo —me respondió él.
—Un gusto, sentite cómodo. ¿De dónde sos?
—De acá, de Lugano.
—Ah, qué bien.
Ahí comenzó esa primera charla y, con ella, nuestro lazo de amistad. Las semanas pasaban y nuestra relación se volvía cada vez más íntima y de mayor confianza. Un día, Gonza empezó a hablarme de sus temas personales: de su familia, de su hermano. A medida que escuchaba lo que me contaba, me quedaba más asombrado y mudo. Me estaba confiando sus sectretos propios.
Mientras tanto, los días seguían su curso y apareció una nueva compañera en el aula, una chica de nacionalidad paraguaya de quien ni siquiera me da gusto mencionar el nombre. Ella fue quien me ganó de mano en hacer debutar a Gonza, pero eso terminó siendo lo de menos, porque tarde o temprano el bien siempre gana. El día que Gonza tuvo relaciones con esta piba, a mí me tocó estar del otro lado de la puerta, escuchando los gemidos exagerados de la paraguayita.
Eso fue solo el inicio de una tormenta. Pronto se involucraron las familias, sobre todo por la complicidad de la madre de esta piba, quien inventó que su hija estaba embarazada de él. Fueron meses de terror. Vi de cerca cómo Gonza caía en una depresión total; el miedo lo bloqueó tanto que dejó de estar con mujeres por un buen tiempo. Verlo tan mal fue lo peor que me pudo pasar. Pero no me quedé de brazos cruzados: activé a la gente del grupo para que la pincharan y le sacaran información a la chica. Sin embargo, cada vez que ella hablaba, daba versiones diferentes. Algo no encuadraba, algo no me cerraba. Gonza aseguraba haber usado preservativo, pero ella insistía en que él se lo había sacado.
En medio de todo este caos, Gonza dejó de presentarse al colegio por vergüenza y por miedo. Yo sentía una molestia constante en el pecho, una impotencia enorme por no saber cómo ayudarlo. Una tarde, decidí ir a su casa. Me abrió la puerta; estaba solo, en short, mirando la televisión. Pasé y me senté en el sillón al lado de él. Trajo unos vasos de gaseosa y, de repente, me miró fijo.
—Amigo, necesito relajarme —me dijo, mostrándome su miembro semiduro.
Yo no podía creer lo que estaba pasando. En mi mente me repetía una y otra vez que estaba soñando. Pero, como buen gauchito, me arrodillé y comencé a hacerle sexo oral. Fue algo increíble, una sensación maravillosa. Disfrutaba enormemente de estar con Gonza, hasta que la puerta se abrió de golpe y alguien gritó:
—¡¿Qué están haciendo?! ¡¿Gonzalo, qué es esto?!
Era su hermano. Su hermano era incluso más lindo que él. Lo que yo no imaginaba era lo que hablarían después, porque ambos se encerraron en el cuarto a discutir. Cuando volvieron al comedor, me miraron y Gonzalo tomó la palabra:
—Mi hermano no va a decir nada y se va a callar, pero si él se puede sumar...
Me quedé anonadado, atónito por la propuesta. No lo podía creer, pero de mi boca solo llegó a salir un «bueno». Fue un verdadero éxtasis arrodillarme y practicarle sexo oral a los dos hermanos.
A partir de ahí, la escena se repitió cada vez que iba de visita a su casa durante todo un año. Era una locura total: ir a visitarlo y terminar siempre en la cama con los dos, viendo cómo ellos también se besaban entre sí y me hacían parte de su intimidad. Ese fue mi primer trío, y nada menos que con dos hermanos. Hoy en día, a la distancia, pienso que todo estaba fríamente planificado entre ellos. Porque aquel secreto oscuro del que Gonza me había hablado al principio era precisamente ese: el sexo entre hermanos. Durante un año entero, fui una pieza clave en su oscuro secreto.








