El combate
El choque del metal afilado de las espadas retumbó a través del campo de entrenamiento. Una mirada rasgada de color ambarino recorrió el filo mellado de su hoja. Se escuchó un grito ahogado entre el resto de reclutas que observaban el combate cuando las botas del humano al que se enfrentaba Kalo resbalaron unos centímetros hacia atrás. La gravilla, humedecida con el sudor y la sangre de los contrincantes anteriores, crujió cuando el oponente del elfo levantó su pie y lo adelantó para no perder terreno.
—Ríndete —dijo Kalo en un susurro lo suficientemente alto como para que Ren lo escuchara, pero no como para que descubriera que le faltaba el aire.
El rostro del humano estaba cubierto de sudor. Sus cejas, pobladas y cobrizas, apenas podían retener las gotas que derramaba su frente. Entre el silencio de alientos contenidos que rodeaba a los dos contrincantes podía escucharse el rechinar de sus dientes, y palparse la tensión en su mandíbula cuadrada. Unos pómulos demasiado marcados se enrojecían a medida que su cuerpo luchaba por no ceder ante la fuerza superior de Kalo. La única razón por la que su espada seguía imbatible frente a la de su compañero de entrenamiento era su tamaño: Ren era más alto y corpulento que el elfo, y se había preocupado de fortalecer sus músculos para estar a la altura cuando llegara el momento.
Y el momento era esa batalla de uno contra uno, ese ejercicio que decidiría qué reclutas formarían parte de la escolta personal de la reina, y cuáles serían solo uno más de su inmenso ejército.
Kalo y Ren respiraban casi al unísono. El elfo con un susurro melodioso y superficial, mientras que el humano resoplaba con la misma pesadez que su cuerpo. Dos sonidos opuestos que se complementaban entre la suciedad acumulada en sus uniformes de recluta, y en las tiras de cuero manido que envolvían el mango de sus espadas.
La sangre inundó la lengua de Kalo. Se había mordido el cachete por dentro. Sus muñecas estaban a punto de ceder y había intentando entretener su mente con otra fuente de dolor. Era una vergüenza que un elfo perdiera contra un humano, y más contra un recluta del Círculo Bajo. La mayor parte del ejército estaba formado por humanos de los barrios pobres de Elia, la capital de Elesia: hombres desesperados por tener un plato caliente a diario a los que no les importaba ser parte de la primera línea de ataque de la reina Ilia. Eran sacrificios voluntarios, carne de cañón sustituible, súbditos de tercera clase a los que ni siquiera merecía la pena mirar por encima del hombro. Kalo formaba parte de la familia Kil, consejeros y soldados cercanos de la realeza, y no podía permitirse dejarse vencer por aquel enorme joven de ojos azules y barba incipiente.
Ignoró la corriente bajó su pulgar que le instaba a soltar la espada y barajó sus opciones. Lo ideal sería lanzar una nueva estocada, pero el primero de los dos que se apartara llevaba las de perder. Sería un movimiento demasiado arriesgado para sus músculos ya doloridos. El combate había durado demasiado. Aunque sabía que Ren era un rival a tener en cuenta, Kalo nunca se había enfrentado a él, y había confiado demasiado en su velocidad y fuerza teóricamente superiores a la de los humanos, sin importarle la diferencia de tamaño entre ambos. Un error que le había llevado a malgastar movimientos y energía hasta acabar en el aquel punto muerto, con los filos de sus espadas clavados el uno en el otro mientras ambos empujaban con las pocas fuerzas que les quedaban para intentar desarmar al otro.
—Ríndete tú, orejas largas —respondió Ren entre jadeos, esbozando una media sonrisa. Su voz sonó ronca y grave en los oídos de Kalo, mientras las palabras “orejas largas” retumbaban en su cerebro. Ningún humano se había atrevido a faltarle al respeto de aquella forma antes.
Pasó sus ojos de la hoja de la espada al rostro de su contrincante. Ren todavía mantenía la media sonrisa en sus labios y eso lo descolocó. Parecía seguro de su victoria, y esa confianza se estaba transmitiendo a su espada, cada vez más pesada sobre la de Kalo. De repente, se sintió muy pequeño frente a aquella extraña criatura con piel humana que lo miraba desde arriba. Su mirada gélida lo atravesó mientras le llegaba el olor salado y dulce de su cuerpo.
Lo contempló durante menos de un segundo y, a pesar de haber compartido un año juntos en el campamento, no fue hasta entonces cuando lo vio de verdad por primera vez. Los cultivados músculos de sus brazos marcándose a través de la fina tela de la camisa del uniforme; sus facciones toscas, pero indudablemente atractivas bajo aquella sonrisa que se burlaba de él; su cabello ondulado y revuelto del mismo tono cobrizo que sus cejas; y su expresión triunfante a pesar de que todavía no había llegado el final del combate.
La fuerza de su espada estaba a punto de hacer retroceder a Kalo. El instinto del elfo tomó el mando y realizó un movimiento desesperado. Con la espada todavía agarrada entre las manos, hizo que sus botas resbalaran por la gravilla y golpeó la rodilla de Ren. El humano no esperaba el contraataque y se desequilibró. Pero no hubo triunfo en aquella triquiñuela por parte de Kalo. Ren soltó una de las mano que sujetaba su arma y agarró la muñeca del elfo para arrastrarlo junto a él en su caída. Los doloridos músculos de Kalo no aguantaron más y terminó dejando caer su espada. También lo hizo Ren, que parecía estar sufriendo incluso más que el elfo las consecuencias del alargado duelo. Kalo se encontró desarmado y tumbado sobre el torso de Ren, con su oreja pegada al pecho del humano, escuchando como el corazón de su contrincante palpitaba desbocado.
Se incorporó un poco y lo encontró observándolo con una expresión divertida.
—¿De qué te ríes, humano? —preguntó Kalo sin apartarse, inclinándose hacia su rostro—. Ambos hemos perdido esta batalla.
—O ambos hemos ganado, orejas largas. ¿No escuchas los aplausos?
Los oídos de Kalo todavía estaban llenos de aquel latido acelerado que se parecía demasiado al de su propio corazón.
Sus compañeros los estaban vitoreando. Había sido un combate excelente y, a pesar de haber perdido por desarme, probablemente ambos pasarían a formar parte del grupo de alumnos sobresalientes que se convertirían en los escoltas de la reina en el futuro.
Pero Kalo no podía apartar sus ojos de Ren. Sus latidos tampoco estaban ralentizándose como deberían. Estaba hipnotizado por aquella sonrisa de labios carnosos y agrietados, por aquella mirada tan azul como el océano y tan fría como el peor invierno, por aquel cabello desordenado en el que estaba deseando hundir sus dedos.
Kalo se incorporó de un salto y se dio la vuelta con la cabeza alta y los puños cerrados, alarmado por aquellos pensamientos inexplicables que acababan de pasar por su mente.
—¡Oye, orejas largas! —gritó Ren a sus espaldas—. ¡Ha sido un buen combate!
Kalo se obligó a girarse y a aceptar la mano extendida del joven. Dio gracias porque tuviera los guantes puestos y sus delicados dedos blancos no estuvieran en contacto con la piel tostada que había estado a punto de vencerlo. Ahogó el vergonzoso anhelo al que le entristecía no tener la oportunidad de tocarla.
—Sí, lo ha sido —se forzó a decir, apartando rápidamente su mano y volviéndose para marcharse.
Kalo apenas prestó atención al instructor que le daba la enhorabuena, ni a sus compañeros que lo felicitaban. Escuchó a duras penas su nombre entre el pequeño grupo seleccionado que partiría una semana después hacia la Hacienda Real para iniciar el entrenamiento que los convertiría en escoltas oficiales de la reina. Su pecho seguía agitado, y sus ojos no hacían más que desviarse hacia el joven humano sentado al otro lado del campo de entrenamiento.
En cuanto el instructor les dio permiso para retirarse, Kalo atravesó a toda prisa las enormes puertas de madera que lo separaban de la ciudad. Su carruaje lo estaba esperando junto al muro de piedra del recinto, y se subió ignorando la llamada de sus compañeros elfos que lo invitaban a tomar algo para celebrar su éxito.
Kalo se sentó con la ropa embarrada sobre el terciopelo azul de los asientos, y ordenó al conductor que lo llevara al palacio de la rama principal de la familia Kil.
No podía sacarse a Ren de la cabeza, sobre todo aquella sonrisa socarrona. Y su corazón, cada vez que la dibujaba en su mente, no hacía más que acelerarse y saltarse un par de latidos.
Atribuyó aquel fenómeno tan extraño al sobreesfuerzo y a su odio recién adquirido por el humano. Ren se había convertido en su principal rival con un solo combate. Kalo no solo quería formar parte de la escolta personal de la reina; su objetivo era convertirse en su Primer Caballero. Un puesto para el que tenía que ser el mejor recluta al finalizar su entrenamiento de los siguientes doce meses. Si no lo lograba, su padre lo desheredaría, tal y como había amenazado con hacer con sus dos hermanos mayores.
A medida que el traqueteo del carruaje iba relajando sus músculos, Kalo decidió que iba a empezar a entrenar en serio, y que derrotaría a Ren en su próximo combate. Cuando el vello de los brazos se le erizó al recordar cómo había acabado tumbado sobre el pecho del humano, se los frotó con fuerza para devolverlos a la normalidad.
Solo su reciente descubierto odio por Ren podía agitar su corazón. No se podía permitir pensar en otra razón para su reacción ante él. Porque había una en concreto que estaba condenada por su raza. Y era una condena que se pagaba con la vida y de la que nada ni nadie podría salvarle.








