1• La primera misión.
—Suzu. Hoy se te asignará tu primera misión como ángel de la guarda —dijo el querubín mientras ojeaba unos documentos sobre su escritorio de mármol blanco—. Tiene seis años, así que es una tarea importante; todos los ángeles novatos comienzan con este tipo de encargos.
Un fuerte olor a madera de cedro inundó mis fosas nasales, claro indicio de la inmensa fuerza de su presencia. Hizo una pausa breve y luego me miró con absoluta seriedad:
—Sin embargo, no debes olvidar una regla fundamental: jamás puedes intervenir en las decisiones de los humanos. Y si llegases a encontrarte con un demonio, está terminantemente prohibido que interactúes con él.
Esa era la primera norma. Una que no se debía romper bajo ninguna circunstancia.
Asentí de inmediato. Tal como decía el ser ante mí, esta era una misión crucial. Antes de llegar allí, había sido convocada por un ángel de dominación, y cuando eso pasaba, solo podía significar una cosa: un querubín iba a reunirse contigo.
En el mundo de donde vengo, existen jerarquías estrictas para los seres como nosotros:
La primera jerarquía (la más cercana a la luz): Estaba compuesta por los serafines, los querubines y los tronos. Fueron los primeros en nacer, creados directamente por el Creador a partir de la luz celestial.
La segunda jerarquía: Formada por las dominaciones, las virtudes y las potestades. Las dominaciones se encargaban de otorgarnos misiones; las virtudes concedían dones y mantenían el orden de la naturaleza; y las potestades conformaban nuestra fuerza militar contra las criaturas oscuras. Aunque casi nunca aparecían, siempre se mantenían custodiando los límites del cielo para evitar ataques.
La tercera jerarquía: Compuesta por los principados, los arcángeles y los ángeles comunes, como yo. Los principados cumplían una función similar a la de las potestades, pero protegiendo ciudades humanas o países en lugar del cielo. Los arcángeles, por su parte, guiaban a los líderes de la humanidad y podían transmitir mensajes directamente a los querubines o incluso al mismísimo Creador; eran como celebridades aquí, amados por toda la corte celestial.
Los ángeles comunes: Por último, estábamos nosotros. Funcionábamos como ángeles de la guarda y, si cumplíamos con éxito nuestras misiones, podíamos ascender de rango.
El querubín, cuyo nombre era Manabu, me tendió el expediente del humano al que debía proteger. Vislumbre la fotografía de un niño de cabello castaño y luego cerré la carpeta para llevármela.
—Espera —dijo Manabian justo cuando me daba la vuelta—. No está permitido que te lleves el expediente. Puedes leerlo aquí si gustas.
—A-ah, lo siento, señor —mis mejillas adquirieron un tono rosado por la imprudencia—. No lo sabía.
Sonreí contenidamente y me hice a un lado, abriendo de nuevo el expediente para memorizar los detalles.
———
Salí del salón de cristal a alistarme para mi nueva misión. Mientras volaba apresurada, me encontré a Kei en el camino.
—¡Oh, hola, Suzu! —dijo Key con una sonrisa—. ¿A dónde vas con tanta prisa?
Su esencia era diferente; no irradiaba una presencia abrumadora, sino un sutil y agradable aroma a vainilla.
—Ah, bueno, es que es un... secreto —dije en un murmullo.
—¡Oh, ¿en serio?! ¿No querrías contarme? —se acercó a mí repentinamente y me sujetó de las manos—. ¡Por favor, por favor, por favorcito! Te prometo que guardaré tu secreto.
Parecía demasiado emocionada. Dudé un poco sobre si debía decírselo, pero siguió insistiendo con tanto ímpetu que, por desgracia, tuve que ceder.
—Está bien, está bien —solté un suspiro—. Se me asignó mi primera misión como ángel de la guarda.
—¡Oh, qué maravilla! Esa es una estupenda noticia, Suzu —tenía los ojos brillantes—. Pensé que los querubines ya no querían enviar a más ángeles al mundo humano.
—Lo mismo creí, pero tal vez cambiaron de opinión.
—Ojalá. Últimamente tenemos mucho más papeleo los ángeles inferiores.
Honestamente, ponía muy en duda si ella hacía o no el dichoso papeleo.
—Sí... bueno, y ya que te conté lo mío, ahora te toca a ti —dije, intentando cambiar de tema—. ¿A dónde te diriges?
—Iba a acicalar mis alas. Últimamente se me han puesto un poco resecas —miró por sobre su hombro en dirección a sus propias alas, acarició con suavidad las plumas y luego me observó—. ¿No quieres venir conmigo? Creo que te vendría bien un respiro, chica ocupada.
—Ah, no, no te preocupes —sonreí evasivamente—. En otra ocasión, ¿está bien?
Tomé distancia y comencé a alejarme poco a poco.
—¡Claro!
—Adiós.
—¡Adioooos! —dijo Key, despidiéndose con la mano mientras me alejaba.
Rápidamente, aumenté la frecuencia del aleteo de mis alas y me dirigí hacia el Coro de los Espejos.
Este lugar era un santuario donde reposaba una infinidad de portales que reflejaban la Tierra. Muchos de ellos podían conducirte a ubicaciones específicas, mientras que otros permanecían bloqueados; sin embargo, el principal de ellos era el indicado para atravesarlo en misiones como esta.
Con un poco de incertidumbre, respiré hondo, me acerqué al gran espejo, cerré los ojos y visualicé mi destino para, finalmente, dejarme caer dentro del reflejo.








