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El camino hacia la muerte 3

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Summary

La muerte llegara a todos, dependerá las acciones que hiciste

Status
17h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En un hospital, en medio de la noche silenciosa, dos camillas compartían una habitación. En una de ellas, yacía una niña enferma de cáncer, su cuerpo frágil envuelto en sábanas blancas. A su lado, en la segunda camilla, descansaba un niño que acababa de ser operado del corazón. Ambos dormían, ajenos al bullicio lejano de los pasillos del hospital.

Un médico revisaba al niño con una linterna pequeña, tomándole el pulso y la temperatura. Susurró al enfermero:

—Está dormido, pero estable. Lo mejor será dejarlo descansar.

Mientras tanto, el padre de la niña se acercó a su hija. Se sentó a su lado, tomó su pequeña mano entre las suyas y murmuró con voz quebrada:

—Señor, por favor… protégela.

La noche transcurrió sin incidentes, hasta que, de pronto, las máquinas comenzaron a sonar con alarma. El monitor cardíaco del niño emitió un pitido urgente. Los médicos corrieron a atenderlo. A los pocos segundos, el monitor de la niña también comenzó a sonar.

—¡Ayuda! ¡Ayuden, por favor! —gritó el padre de la niña, y varios médicos entraron corriendo.

Ambos equipos médicos trabajaban frenéticamente, luchando por mantener la vida de los pequeños. Mientras, en otro lugar, los niños abrían los ojos.

Ya no estaban en el hospital. Se encontraban en un claro helado, rodeado de una vasta llanura de nieve. El viento soplaba con suavidad, y la brisa fría acariciaba sus mejillas. Se miraron, confundidos, pero sin miedo.

—Hola —dijo el niño, rompiendo el silencio.

—Hola —respondió la niña con una leve sonrisa.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—María. ¿Y tú?

—Mateo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Mateo, mirando a su alrededor.

Antes de que alguien respondiera, comenzaron a escuchar pisadas sobre la nieve. De entre la neblina surgió una figura humanoide, que poco a poco se transformó en un animal.

Era un leopardo de las nieves. Su pelaje blanco con manchas negras parecía brillar con reflejos morados bajo la luz del cielo. Sus ojos, de un cálido color castaño, transmitían algo extraño: serenidad y gravedad al mismo tiempo.

—Hola, María. Hola, Mateo. Su juicio está por comenzar —dijo el leopardo con voz profunda, sin moverse de su sitio.

Los niños no sintieron miedo. En su lugar, los invadió una mezcla de asombro y curiosidad.

—¿Quién eres? —preguntó María.

—Soy la Muerte —respondió el leopardo, con un tono solemne—. Pero adopto la forma que hace sentir seguros a los que cruzan. A veces soy un niño, a veces un anciano... esta vez, soy aquello que les inspira confianza.

—¿Qué juicio? —preguntó Mateo con inquietud.

La Muerte no respondió de inmediato. Se limitó a observarlos en silencio durante unos segundos, como si estuviera midiendo el peso de sus almas.

—Vamos. No perdamos tiempo —dijo finalmente, y comenzó a caminar.

Los niños, curiosos pero sin miedo, lo siguieron. Aunque el leopardo avanzaba lentamente, los niños lo alcanzaban fácilmente, corriendo a su alrededor con la energía propia de su edad.

De pronto, la Muerte se detuvo. Los niños también. A lo lejos, el viento comenzó a soplar con más fuerza, quitando la nieve del suelo hasta revelar un pequeño jardín oculto bajo el hielo. El pasto, milagrosamente verde, brillaba con un resplandor cálido, vivo.

María y Mateo corrieron hacia el jardín con una sonrisa. Allí, jugaron en la hierba, sintiendo una paz que no habían sentido en mucho tiempo. Mariposas comenzaron a volar a su alrededor, y un calor suave les acariciaba la piel. Era como si la vida misma los abrazara.

Entre las flores, encontraron dos objetos familiares: una muñeca de trapo y un camioncito de juguete. Al verlos, la voz de la Muerte los envolvió como un susurro:

—¿Se acuerdan de su pasado?

Los recuerdos brotaron de inmediato.

María se vio a sí misma sentada en una silla, celebrando su cumpleaños. Sus padres, con gestos humildes pero llenos de amor, se acercaban con un regalo envuelto en papel sencillo. Era una muñeca de trapo.

—Lo lamentamos, no tenemos mucho dinero... pero hicimos esto para ti —dijo su padre.

María abrazó la muñeca con alegría desbordante.

—Me encanta. ¡Gracias, papá, mamá! —exclamó, abrazándolos.

Mateo, por su parte, se vio organizando el árbol de Navidad con su madre. De pronto, su padre llegó a casa con una sonrisa y un paquete entre las manos.

—Mateo, feliz Navidad —le dijo, entregándole el regalo.

Mateo, entusiasmado, pidió permiso a su madre. Al obtener su aprobación, lo abrió: era un camioncito de juguete. Lo abrazó con fuerza.

—¡Gracias, papá!

—No es nada, hijo. Te amo —respondió su padre con ternura.

Cuando los recuerdos se desvanecieron, la Muerte se acercó a ellos. De entre su espeso pelaje, sacó dos chaquetas y unos gorros de lana. Con un movimiento suave, se los entregó.

—El camino será más difícil ahora. Necesitarán esto.

La nieve volvió a cubrir el jardín como si lo devorara lentamente. Los niños, con cierta nostalgia, se colocaron las chaquetas y los gorros. También tomaron sus juguetes, como si intuyeran que los necesitarían.

—¿A dónde nos lleva, señor Muerte? —preguntó María con voz suave.

—Su viaje apenas comienza —respondió la Muerte—. Cada recuerdo será una prueba. Y a través de ellas comprenderán por qué están aquí.

Siguieron caminando. Pronto llegaron a un bosque, cuyas ramas desnudas y cubiertas de nieve se entrelazaban sobre sus cabezas, formando un túnel helado. Allí, el viento rugía menos, como si el bosque ofreciera un momento de refugio.

—Díganme… ¿saben por qué están aquí? —preguntó la Muerte, mientras avanzaban.

Los niños se miraron entre sí, pero ninguno respondió.

—Su hora ha llegado —dijo la Muerte—. Llegaron al mismo tiempo… unidos por el dolor y la esperanza. Por eso están aquí juntos.

En ese momento, entre los árboles, un rayo de luz emergió, derritiendo la nieve a su paso. Los niños se acercaron con cautela. El suelo comenzó a brillar con un tenue resplandor rojo.

Allí, entre la tierra húmeda y los últimos copos de nieve, yacían... aparatos médicos. Monitores, sondas, tubos.

Los niños los reconocieron al instante.

Mateo estaba en un consultorio médico, sentado entre sus padres. El ambiente era tenso, silencioso, apenas interrumpido por los ruidos del pasillo. Poco después, el médico entró, con una carpeta en la mano y el rostro sereno pero atento.

—Díganme, ¿por qué decidieron hacer esta cita? —preguntó, mirando a los padres.

—Nuestro hijo ha estado sintiendo mucho dolor en el pecho —respondió la madre con preocupación.

—¿Desde hace cuánto? —insistió el médico.

—Hace varios días. Lo hemos llevado a distintos médicos, pero no han sabido decirnos qué tiene. Le hemos dado medicamentos… pero nada parece funcionar —añadió con un suspiro.

El médico se acercó, examinó cuidadosamente a Mateo y tomó una muestra de sangre. Les informó que los resultados estarían listos en algunos días.

El recuerdo se desvaneció.

Ahora, María aparecía jugando con su madre. La pequeña reía mientras corría por la sala, pero de pronto tropezó y cayó al suelo. Cuando intentó levantarse, no pudo. Su madre, asustada, la alzó en brazos y corrió al hospital. Una doctora las recibió, examinó a María y ordenó varias pruebas: sangre, radiografías, análisis.

El recuerdo también se desvaneció, como si el viento lo barriera del paisaje.

La nieve regresó, cubriendo el pasto verde como una sábana silenciosa. La Muerte, siempre adelante, continuó caminando. Los niños recogieron algunos de los instrumentos médicos que habían quedado atrás —una muñeca médica, una mascarilla infantil, una jeringa de juguete— y lo siguieron.

El día comenzaba a apagarse. La noche se impuso, y con ella, el frío. Las estrellas titilaban en lo alto como testigos mudos, y la luna, redonda y brillante, los vigilaba desde su trono de hielo.

—¿Podemos descansar? —preguntó Mateo con voz cansada.

La Muerte se detuvo. Observó a los niños con una mezcla de severidad y comprensión.

—La noche será larga… y el viaje no tiene pausas —dijo con tono firme.

Pero los niños, agotados, ya no podían seguir. Se recostaron sobre un tronco caído, abrazando sus juguetes. Y sin decir más, se quedaron dormidos, con la nieve cayendo suavemente sobre ellos.

La Muerte no los despertó. Se quedó a su lado, en silencio, vigilándolos. Nadie más se movía. Solo el viento soplaba entre los árboles.

Al amanecer, los niños despertaron. La Muerte los esperaba de pie, imperturbable.

—Vamos. No perdamos más tiempo.

Los pequeños lo siguieron, saliendo del bosque hasta llegar a un claro bañado por el sol. Allí, la nieve era más suave, menos fría. Sin decir palabra, comenzaron a jugar. Rieron. Se persiguieron. Y pronto, una guerra de bolas de nieve estalló entre ellos.

Una de las bolas golpeó al leopardo en el lomo. La Muerte se giró lentamente.

—¡Basta! Aquí no se viene a jugar —dijo con voz severa—. Esto no es una fiesta. Hay que seguir.

Los niños se detuvieron, tristes. Bajaron la mirada, dejaron sus juegos atrás y continuaron caminando… otra vez, en silencio.

Llegaron a una quebrada congelada. El hielo cubría casi toda la superficie, pero una delgada línea de agua aún fluía, brillando con un tenue reflejo plateado. El aire era más frío allí, y el viento soplaba con un susurro constante, como si murmurara secretos olvidados.

La Muerte cruzó primero, sus pasos silenciosos pero firmes sobre la superficie resquebrajada.

—Está firme. Vayan uno a uno —ordenó con voz serena.

María fue la primera en avanzar. Cada paso que daba hacía crujir el hielo bajo sus pies, como si el mundo contuviera la respiración. Aun así, logró llegar al otro lado, temblando, pero ilesa.

Mateo la siguió. Caminaba con cuidado, pero en un descuido tropezó. El hielo se rompió bajo él con un sonido seco y desgarrador, y su pequeño cuerpo cayó al agua helada.

En ese instante, un recuerdo se apoderó del paisaje.

Mateo estaba en una piscina, rodeado por su familia. Reía y jugaba con sus primos, lanzando agua y sumergiéndose sin miedo. Pero de pronto, sintió un fuerte dolor en el pecho. El aire se le fue, y sus gritos quedaron ahogados. Intentó nadar, desesperado, mientras su cuerpo se hundía. Su padre, al notar su ausencia, corrió hacia el borde y se lanzó al agua, nadando con fuerza para salvarlo.

El recuerdo se desvaneció justo cuando la Muerte extendía su garra para sacar a Mateo del río congelado. El niño temblaba, empapado y aterrado. La Muerte lo sostuvo con firmeza y lo colocó de pie, junto a María.

—No se separen. Ya están en la mitad del camino. Desde ahora, todo será plano… pero no más fácil. Cada paso será una prueba —dijo con solemnidad.

Los niños asintieron en silencio.

Y así, con la ropa mojada, los juguetes apretados contra el pecho y las lágrimas congeladas en sus mejillas, continuaron caminando.

Mientras caminaban, una espesa niebla comenzó a descender, envolviéndolos lentamente. Mateo y María se mantuvieron cerca de la Muerte, aferrándose al calor de su presencia. A lo lejos, entre la bruma, se vislumbró la silueta de una figura.

—No están preparados para lo que están a punto de ver —advirtió la Muerte con voz grave.

Cuando se acercaron lo suficiente, un nuevo recuerdo emergió.

María estaba en otro consultorio médico, sentada junto a su padre. Un médico entró con expresión seria.

—¿Qué tiene mi hija, doctor? —preguntó el padre, con el rostro lleno de preocupación.

—Los resultados son graves —respondió el médico con frialdad—. Tiene cáncer cerebral.

El padre se llevó las manos al rostro, rompiendo en llanto.

—No... no, no...

—Necesita una cirugía lo antes posible —añadió el médico.

—¿Cuándo? —preguntó el padre, desesperado.

—Justo ahora —respondió el médico sin dudar.

La escena cambió.

Mateo estaba en una sala de resonancia magnética, acompañado por su madre. El procedimiento duró una hora entera. Después, se sentó en una silla a esperar, inquieto. Observó por la pequeña ventana cómo un enfermero se acercaba a sus padres y les susurraba algo. Las reacciones no se hicieron esperar: ambos se miraron, y luego rompieron en llanto.

El recuerdo terminó.

Los niños, abrumados por lo vivido, cayeron de rodillas en la nieve. Estaban exhaustos, con el corazón oprimido y las fuerzas casi al límite.

—Vamos —dijo la Muerte con suavidad—. Solo falta un recuerdo más.

Pero los pequeños no podían dar un paso más. Sus cuerpos temblaban, no solo por el frío, sino por el peso de la verdad.

La Muerte los miró en silencio, comprendiendo.

—Suban a mi lomo. Los llevaré.

Con las pocas fuerzas que les quedaban, María y Mateo treparon sobre el lomo del leopardo. El pelaje era suave y cálido. Se aferraron con fuerza.

—Sujétense bien. El viaje será largo —advirtió la Muerte.

Entonces, comenzó a correr, atravesando la niebla. A medida que avanzaban, una tormenta de nieve se levantó a su alrededor, oscureciendo el cielo y aullando como un lamento lejano.

Los niños, aferrados con todas sus fuerzas al pelaje de la Muerte, fueron envueltos por una ráfaga de viento helado. A su alrededor comenzaron a surgir recuerdos, proyectándose como espejismos entre la nieve. Entre ellos, aparecieron imágenes de sus padres.

Mateo estaba sentado en un parque junto a sus padres, saboreando un helado. El sol brillaba cálidamente, pero la expresión en los rostros de sus padres era sombría.

—Papá, ¿de qué estaban hablando con ese señor? —preguntó el niño, señalando al médico que se alejaba.

Sus padres se miraron por un momento, buscando palabras. Su padre tomó aire y se inclinó hacia él.

—Hijo... no quiero preocuparte, pero ya no hay elección. Tu corazón está fallando —dijo suavemente, rodeándolo con los brazos.

—¿Qué...? —susurró Mateo, confundido.

—Los médicos nos dijeron que necesitas una operación urgente. Una cirugía de corazón —añadió su madre, con los ojos humedecidos.

Mateo bajó la mirada mientras su helado comenzaba a derretirse en sus manos. Su padre lo abrazó con fuerza.

La escena cambió.

María estaba en una camilla, con su madre a un lado sujetándole la mano. Su padre se encontraba a los pies de la cama, tratando de sonreír, aunque sus ojos temblaban.

—No te asustes, hija. Todo va a salir bien —le dijo su padre, con voz entrecortada—. Tendrás el mejor tratamiento.

María asintió con la cabeza, mordiéndose los labios para no llorar. Finalmente, no pudo contenerse más y las lágrimas brotaron. Su padre se inclinó para abrazarla con ternura, justo antes de que los médicos llegaran para llevarla al quirófano.

Los niños abrieron los ojos lentamente. Estaban recostados sobre unas rocas cubiertas de nieve. Frente a ellos, la Muerte permanecía en silencio, con el pelaje desgarrado y cubierto de heridas.

—Muerte... ¿qué te pasó? —preguntó María, acercándose con preocupación.

La Muerte levantó la cabeza con lentitud, sus ojos castaños reflejaban agotamiento.

—La tormenta fue intensa... los copos se transformaron en fragmentos de vidrio congelado. No permití que les hicieran daño —explicó con voz suave.

—¿Dónde estamos? —preguntó Mateo, observando el cielo despejado.

—La tormenta empeoró, así que decidí resguardarlos detrás de estas rocas. Aquí estuvieron a salvo —respondió la Muerte.

—¿Cuánto tiempo debemos quedarnos aquí? —preguntó María.

—Hasta que la tormenta se disipe completamente —dijo la Muerte cerrando los ojos un instante.

La ventisca duró hasta que, finalmente, el sol asomó por el horizonte. La Muerte despertó a los niños con un susurro. Salieron del refugio, y frente a ellos se abría un claro bañado por la luz del alba.

La nieve en el centro se había derretido, revelando un prado verde y lleno de vida.

—Ya no necesitan los gorros ni las chaquetas —dijo la Muerte con una leve sonrisa—. Este es un recuerdo de su viaje. Busquen lo que queda de él.

Los niños se quitaron las prendas y las dejaron caer suavemente sobre la nieve. Corrieron hacia el pasto, donde grillos y mariposas revoloteaban con colores brillantes y sonidos armoniosos. Allí, entre las flores, encontraron dos sobres. Dentro de ellos, un último recuerdo aguardaba.

Mateo abrió los ojos en una camilla, aún somnoliento. Un médico entró acompañado de sus padres.

—Buenas noticias, campeón. La cirugía fue un éxito —dijo el médico con una sonrisa.

Sus padres lo abrazaron entre lágrimas de alegría.

—Vas a quedarte unos días más en el hospital, pero estaremos vigilándote muy de cerca —añadió el médico antes de llamar a los enfermeros.

El recuerdo se desvaneció, dando paso al último.

María era llevada por los pasillos del hospital. Su mirada reflejaba incertidumbre mientras los médicos preparaban todo.

—Tenemos que esperar un poco para la cirugía —le explicó el doctor—. ¿Estaré bien? —preguntó ella con voz temblorosa.

—Claro que sí. Tu papá estará contigo mientras yo atiendo a otros pacientes —respondió el médico antes de marcharse.

Su padre se acercó, tomó su mano con suavidad.

—Escucha, princesa, vas a estar bien. Estoy aquí contigo —le aseguró con una voz firme y amorosa.

—¿De verdad...? —susurró María.

—Te lo prometo. Solo duerme un poco, ¿sí?

María cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño, envuelta en la calidez de la voz de su padre.

—Niños… —se oyó una voz suave como la miel.

Ambos alzaron la vista. Frente a ellos apareció una mujer alta y delgada. Su vestido parecía tejido con las olas del océano. Su cabello, largo y negro como la noche estrellada, caía con gracia sobre sus hombros. Tenía ojos café profundo, cálidos, y en su espalda unas alas que parecían pintadas con los colores más hermosos de un ave exótica. Los niños quedaron maravillados.

—Es hora de ir a casa —dijo con ternura.

Miraron a su alrededor. No vieron al leopardo.

—¿Dónde está Muerte? —preguntó Mateo.

La mujer se acercó, sosteniendo en sus manos una pequeña caja adornada con estrellas y grabados dorados.

—Niños… yo soy Muerte —respondió con una sonrisa serena.

Ambos se miraron sorprendidos, sin saber cómo reaccionar.

—Vamos. Falta lo último. Antes de irse, deben guardar todos sus recuerdos en esta caja. De lo más fácil… a lo más difícil —explicó Muerte.

Los niños obedecieron. Colocaron al fondo los recuerdos más ligeros: la nieve, los juegos, los juguetes. Luego, con más cuidado, fueron poniendo los momentos difíciles: los hospitales, el dolor, la despedida.

—Bien. Ahora tomen mi mano —dijo Muerte.

Mateo y María entrelazaron sus dedos con los de ella. Al alzar el vuelo, vieron desde lo alto a sus familiares llorando. Los médicos ya no podían hacer nada.

—Señora Muerte… ¿puedo despedirme de mi papá? —preguntó María con voz temblorosa.

—¿Y yo, de mis padres? —añadió Mateo.

Muerte bajó la mirada, apenada.

—No deberían… —dijo. Pero ante la insistencia de ambos, suspiró con suavidad—. Está bien. Pero solo podrán hablarles mientras estén dormidos. Y deberán hacerlo antes de que caiga el último grano de esta arena.

Del bolsillo sacó un pequeño reloj de arena brillante, lo colocó sobre una mesa, y descendió junto a los niños en sus respectivas casas.

Mateo fue corriendo por el corredor hasta llegar al cuarto de sus padres. Los encontró dormidos, aún con la ropa puesta, abrazados el uno al otro.

—Mamá… papá… soy yo, Mateo —susurró con voz suave junto a sus oídos.

Su madre, dormida, pero con lágrimas en los ojos, respondió entre sueños:

—¿Por qué nos dejaste, hijo?

—Tuve que irme… era mi hora. Llegó mi juicio… pero estoy bien, estoy en un lugar hermoso —respondió Mateo con dulzura.

Su padre también murmuró, con la voz quebrada:

—Lo siento, hijo… por no haberte salvado…

—No se preocupen por mí. Los amo —dijo Mateo, abrazándolos con fuerza, sintiendo por última vez el calor de su familia.

Luego, con un suspiro profundo, dio media vuelta y se marchó hacia la luz que lo esperaba.

María subió lentamente las escaleras de su casa. Al llegar a la sala, encontró a su padre sentado en el suelo, con una botella de cerveza entre las manos. Sus ojos estaban rojos, perdidos.

—Papá… ¿estás bien? —preguntó con suavidad.

Él levantó la mirada entre lágrimas, su voz rota por el dolor:

—Perdón, hija… te he fallado… perdóname.

—Papá, no fallaste —respondió María acercándose—. Ahora tengo una vida mejor en el Cielo.

Su padre se cubrió el rostro con las manos, derrumbado.

—Tú eras lo único que me daba propósito… lo único que me mantenía vivo. Y te fallé… ya no tengo nada…

María lo abrazó con ternura, sintiendo la calidez de su espíritu envolver a su padre, aunque él solo pudiera percibir una brisa suave sobre su pecho.

—Estoy con Jesús… y con mamá —susurró—. Por favor… no llores más. Te quiero, papá.

El hombre rompió en llanto, dejándose caer. En un último gesto, María se inclinó y le dio un beso invisible en la frente.

Cuando el último grano de arena cayó en el reloj, los niños fueron llevados de nuevo con Muerte.

—Su tiempo ha terminado —dijo la figura alada con solemnidad.

Mateo y María tomaron sus manos. Con un suave batir de alas, Muerte los elevó hacia el cielo. La luz del alba los abrazó con calidez. El canto de los ángeles llenó el aire, y en lo alto, una figura luminosa los esperaba.

Era un hombre de barba blanca y túnicas moradas. Su rostro irradiaba paz. Con los brazos abiertos, los recibió como un padre amoroso.

Los niños sonrieron. Ya estaban en casa.

Fin.

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