Chapter 1
Cuauhtli, con diecisiete abriles sobre sus espaldas, ya presentaba las manos curtidas por faena de sembrados. A un costado de Tenochtitlan, específicamente en el sector de Moyotlan, en una chinampa junto a su progenitor residía. Cuando el astro rey apenas despuntaba el horizonte sobre las aguas quietas del lago de Texcoco, él dejaba el hogar, echo de adobe y varas, para ir descalzo a la ribera del canal, deteniéndose un momento a contemplar la calma. Un semblante aún juvenil le devolvía el agua quieta, de mejillas marcadas, y pupilas oscuras que usualmente irradiaban una gravedad más allá de sus años juveniles.
Su progenitor, Ollin su nombre, varón de escaso verbo, había inculcado en él, desde tierna edad, el sacro respeto por el grano tierno, la corriente líquida y la quietud absoluta. Aucencia había de madre en su morada. Partió ella cuando Cuauhtli apenas sumaba cinco años, durante un azote epidémico que arrasó gran parte de su gente en el barrio. De aquel entonces, progenitor y vástago engranaban tareas en común, sin lamentos ni amplias pláticas. Laburaban comían tortillas bañadas en chile y frijoles al caer la noche durmieron en petates distintos oyendo el murmullo distante de la gran ciudad.
Esa mañana el cielo se despertó de un rojo penetrante semejante a sangre diluida Cuauhtli observó aquella tonalidad extraña afilando su azada un colibrí ostentando plumas verdes y rojas se posó sobre el borde de la chinampa no más lejos de dos pasos de él. El ave no se movió cuando el muchacho se aproximó canto tres veces su trino agudo y cristalino luego ascendió con dirección al corazón de la metrópoli.
Cuauhtli sintió un impacto seco justo en su pecho como si un golpe llegara desde su interior. Soltó la azada se limpió los pulgares sobre su taparrabos y penetró en la humilde vivienda.
—Irse a seguir el ave dice.
Ollin lo miró atentamente desde la hornilla donde atemperaba una pizca de atole nada preguntó por la razón. Tan solo un asentimiento pronunció y le ofreció una tortilla protegida por su propia hoja de maíz.
—Volver antes de que el sol se esconda fue su único pronuncio.
Cuauhtli sorteó los puentes hechos de madera que enlazaban las chinampas. El colibrí, siempre adelantado, hacía pausas en los cruces para aguardar. Atravesaron el bullicioso mercado de Tlatelolco, resonando ya los pregones de los mercaderes. Abalorios de quetzal, granos de cacao, afiladas puntas de obsidiana, escamas de pescado ahumado y siervos con las cabezas rasuradas se exhibian. Unos pocos miraron al muchacho a la zaga de un ave. En Tenochtitlan, las ocupaciones y destinos absorbian a la mayoría.
Al fin arribaron a la vasta explanada. La imponente mole del Templo Mayor se alzaba ante sus miradas, sus dos escaleras ascendiendo al encuentro de los altares de Huitzilopochtli y Tlaloc. El ave vibrante eligio el primer peldaño de la pirámide consagrada al dios guerrero. Cuauhtli se detuvo, un instante de vacilación. Nunca se atrevió a trepar mas alla de las gradas iniciales. La disapproval de los ministros religiosos se cernía sobre los plebeyos que osaban acercarse sin convocación.
Ascendió, sin embargo.
En la cumbre, aguardaba un oficiante de melena larga y vestidura impoluta. Su faz exhibia pigmento azabache y sus globos oculares reflejaban la privacion del ayuno. Ninguna señal de asombro mostró al contemplar su llegada.
—El señor del ave zafiro te ha convocado —proclamó con garganta áspera—. Huitzilopochtli precisa quien lleve sus designios. Llevarás su fuego hasta las tierras del norte, donde una sequía está matando las milpas de nuestros aliados. Si el fuego llega, la lluvia vendrá. Si se apaga, la gente morirá de hambre y entonces vendrán a pedirnos cuentas.
El sacerdote le entregó un brasero pequeño de barro negro. Dentro ardían brasas sagradas que no desprendían humo. También le dio una pluma de colibrí y un cordón de algodón para que atársela al cuello.
—Camina sin detenerte nunca. No hables con nadie mas. Y no dejes que el fuego se apague nunca.
Cuauhtli bajó la escalinata, con el brasero entre sus manos. El calor le quemaba los dedos un poco, pero no lo soltó, para nada. El colibrí lo guió de nuevo, esta vez por la calzada del norte.
El camino era muy largo. A mediodía el sol pegaba fuerte y el polvo se levantaba con cada paso que daba. Pasó grupos de cargadores que llevaban tributos de cacao y también de algodón. Algunos lo miraron con curiosidad, pero ninguno lo detuvo. Mas adelante, se encontró con un grupo de guerreros que regresaban de una incursión. A ver, un joven con el labio partido se acerco y quiso saber que traía.
— Fuego del Templo — contestó Cuauhtli, y siguió adelante.
El guerrero le observó un rato, despues se apartó y le dejó pasar. Nadie osa parar a un enviado de los dioses, ni si fuera un joven de chinampa.
Al caer la tarde, las tierras del norte parecian sequitas. Las milpas lucian amarillas y polvorientos. Los canales andaban con el agua baja y verde. Un pueblo chiquito se divisaba en la lejanía, casas de adobe y un modesto templo central. La gente salio a recibirlo al ver llegar con el brasero. Tenian caras cansadas y labios resecos.
Una anciana, el pelo blanco recogido, se adelanto.
— Vienes del Templo Mayor?
Cuauhtli movió la cabeza afirmativamente.
— Cargo el fuego de Huitzilopochtli.
La mujer cerro sus ojos brevemente. Despues hizo una señal y todos se pusieron de rodillas. Cuauhtli puso el brasero en el centro de la plaza. Soplo bajito sobre las brasas, tal como el sacerdote le instruyo. La llama súbitamente creció, una columna alta y pura, mientras un perfume de copal ardido se expandía por la atmósfera.
En ese preciso momento, nubarrones sombríos convergieron sobre las alturas montañosas. El viento hizo un giro. La llovizna se desató violenta, comenzando con gruesos perdigones para luego convertirse en un velo espeso que azotó el suelo árido. El gentío vociferó, rió, gimió. Muchos se prosternaron para percibir la humedad sobre sus rostros. Otros apresuraron su paso a sus moradas en pos de recipientes.
Cuauhtli se mantuvo firme al costado del anafre hasta que el último rocío se desvaneció. El fuego, cual si hubiera completado su cometido, se extinguió por sí solo. El colibrí, que permaneció inmóvil sobre el margen del brasero durante todo el trance, ascendió al firmamento ya despejado y se esfumó.
La anciana de cabellos níveos se aproximó, depositando una mano en su hombro.
—Agradezco, vástago. Que las deidades guíen tu periplo de vuelta.
Cuauhtli nada articuló. Solamente agachó la testa, tomó el anafre exangüe y reinició la marcha por la misma senda. La oscuridad cernía cuando visualizó de nuevo el centelleo de Tenochtitlan proyectado en la laguna. El agua relucia, negra. Los tablones de madera chirriaron al pisarlos.
A orillas de la chinampa, su padre aguardaba, junto al fuego ya extinguido. Él no formuló pregunta. Únicamente le tendió un pedazo de tortilla tibia, algo de atole que reservaba. Cuauhtli ocupó un lugar a su diestra. Compartieron comida, sin palabras. Más tarde, el joven descolgó la pluma de colibrí, colocándola en el petate.
—Mañana, el maíz —sentenció Ollin.
Asintió Cuauhtli. Fijó su mirada en la oscuridad del canal; algo mutaba en su interior, sin una razón clara aun. La jornada inició con un ave, culminando con precipitación en remotas comarcas. Sobrevivían el lago, el grano y la calma de esta urbe jamás enteramente dormida.
Se recostó en el petate. Antes de sucumbir al sueño, un suave vibrar de colibrí, cercano, alcanzó sus oídos. Una sonrisa veló su faz en la negrura; el descanso lo venció.
Con el renacido astro solar sobre Texcoco, al siguiente amanecer, Cuauhtli empuñó su azada, dispuesto a laborar. El firmamento lucía despejado. Con lentitud discurría el agua del canal. Y acaso, tras los puentes y los mercados, el Templo Mayor persistía, aguardando el llamado venidero.

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