Chapter 1 El armario
El primer golpe sonó a las dos ydiecisiete.
Marta lo escuchó desde la cama.
Tac.
Abrió los ojos.
Durante unos segundos no se movió. Sequedó mirando el techo oscuro del dormitorio, intentando decidir si el sonidohabía sido real o parte de un sueño.
Vivía sola desde hacía seis años en eltercero B.
El edificio era viejo.
Las tuberías golpeaban cuando alguienabría el agua por la noche. El ascensor gemía entre plantas. La madera de laspuertas se hinchaba con la humedad y luego crujía al contraerse.
El bloque siempre estaba haciendo ruido.
Marta había aprendido a distinguirlostodos.
El golpe que acababa de escuchar nopertenecía a ninguno.
Tac.
Segundo golpe.
Esta vez vino del dormitorio.
No del pasillo.
No del piso de arriba.
Del dormitorio.
Marta levantó la cabeza de la almohada.
La persiana estaba bajada. La puerta,cerrada. El móvil cargaba sobre la mesilla y proyectaba una luz mínima contrala pared.
Tac.
Tercer golpe.
Marta dejó de respirar.
Procedía del armario empotrado.
Se incorporó despacio, con la mantaapretada contra el pecho. El armario ocupaba toda la pared frente a la cama.Cuatro puertas correderas de madera clara, demasiado viejas para seguirdeslizándose bien.
Durante el día le parecían feas.
Aquella noche parecían estar esperando.
«¿Hola?»
La palabra salió ridícula.
Nadie respondió.
Marta buscó las zapatillas con los pies yencendió la lámpara. La bombilla tardó en reaccionar. Parpadeó una vez antes dellenar la habitación con una luz amarillenta.
El armario estaba cerrado.
Nada más.
Cerrado.
Normal.
Aun así, el corazón le golpeaba tanfuerte que notaba el pulso en los dientes.
Pensó en llamar a alguien.
No sabía a quién.
Su hermana vivía al otro lado de laciudad y tenía dos niños pequeños. La policía no iba a acudir porque una mujeroyera golpes dentro de un armario. Y si llamaba al presidente de la comunidad,don Emilio preguntaría si había revisado antes las cañerías, el viento y supropia cabeza.
Marta se levantó.
Dio un paso.
Después otro.
El suelo estaba frío.
Se detuvo frente al armario.
«Si hay alguien ahí, voy a llamar a lapolicía.»
No sabía cómo podía haber alguien dentro.
El armario no comunicaba con ningúnsitio. Detrás estaba la pared medianera con el tercero A, donde vivía unapareja joven que discutía mucho y dormía poco.
Quizá habían golpeado ellos.
Quizá el sonido se había transmitido porla pared.
Sí.
Eso tenía sentido.
Marta apoyó la mano sobre la primerapuerta corredera.
La madera estaba fría.
La deslizó unos centímetros.
El carril chirrió.
Dentro había abrigos, cajas de zapatos yuna bolsa de mantas al fondo. Todo olía a cerrado y suavizante viejo.
Nada se movió.
Marta abrió un poco más.
Entonces todos los abrigos oscilaron almismo tiempo.
No mucho.
Solo lo justo para que las perchaschocaran entre sí con un sonido seco.
Clac.
Clac.
Clac.
Marta retrocedió.
Miró la ventana.
Cerrada.
Miró la puerta.
Cerrada.
Volvió a mirar el armario.
La ropa seguía balanceándose, cada vezmás despacio, como si alguien acabara de apartarse entre las prendas.
«No.»
Lo dijo en voz baja.
Una negativa inútil.
Sacó el móvil de la mesilla y encendió lalinterna. El círculo de luz atravesó las mangas, las cajas, las mantas.
Nada.
Se acercó otra vez.
No quería hacerlo.
Pero había una parte de ella quenecesitaba ver el fondo. Comprobar que allí solo existía una pared. Una parednormal. Pintada de blanco. Con la humedad vieja del edificio y nada más.
Apartó los abrigos con la manotemblorosa.
El fondo del armario estaba allí.
La pared.
La mancha de humedad.
Una grieta fina que recordaba haber vistocientos de veces.
Marta soltó el aire.
Entonces la grieta golpeó.
Tac.
No la pared.
No el armario.
La grieta.
Tac.
La línea oscura se hundió hacia dentrodurante menos de un segundo, como si alguien hubiera llamado desde el otro ladocon un nudillo pequeño.
Marta dejó caer el móvil.
La linterna quedó apuntando hacia arriba,iluminando los abrigos desde abajo.
Las sombras crecieron contra el techo.
Tac.
Tercer golpe.
Marta retrocedió hasta chocar con lacama.
La grieta se abrió apenas un milímetro.
No salió aire.
No cayó polvo.
Solo apareció una oscuridad estrechadonde no debería haber espacio.
Y desde el fondo del armario, una vozsusurró:
«Marta.»
No era una voz desconocida.
Eso habría sido mejor.
Era la voz de su madre.
Muerta desde hacía nueve años.
Marta se tapó la boca con ambas manos.
La grieta volvió a cerrarse.
Las perchas dejaron de moverse.
El dormitorio quedó en silencio.
Durante casi un minuto no ocurrió nada.
Después, al otro lado de la pared, en eltercero A, alguien gritó.
Un hombre.
Joven.
Aterrorizado.
Marta corrió al pasillo y abrió la puertade su piso.
Al mismo tiempo, varias puertas más seabrieron en la escalera.
Doña Pilar, del segundo C, salió con unabata azul.
El chico del cuarto A apareció descalzo.
Don Emilio asomó desde el primero,sujetando un bate de béisbol que nadie le había visto nunca.
Todos miraron a todos.
Nadie habló.
Entonces sonaron tres golpes.
Tac.
Tac.
Tac.
Esta vez vinieron del interior delascensor.








