CAPÍTULO 1 — LA PRIMERA NEVADA
El cielo empieza a teñirse de naranja. Es finales de otoño. Las últimas hojas marchitas caen de los árboles y la temperatura ha descendido de forma considerable, anunciando la inminente llegada del invierno en Japón.
El parque está lleno de gente: oficinistas, familias, universitarios, niños sonrientes. Algunos regresan a casa; otros caminan deprisa o conversan mientras avanzan por los senderos. Una pareja se detiene junto a los árboles. Un niño corre detrás de una hoja que el viento acaba de levantar. El aire huele a tierra húmeda y a hojas frías, y cada ráfaga arrastra un murmullo de ramas desnudas.
Entre toda aquella multitud, un joven extranjero permanece inmóvil, con la mirada fija en el cielo, como si esperara que algo estuviera a punto de suceder. El frío le enrojece las mejillas y se cuela por el cuello de su abrigo, pero apenas parece notarlo.
Llegó al país hace relativamente poco y todavía le cuesta expresarse en el idioma. Está junto a un trípode, con la cámara preparada y las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo. Sus dedos se mueven con impaciencia, rozando el borde del teléfono. Aparta la vista del cielo y mira la pantalla. Después vuelve a alzarla.
—Vamos...
Una pequeña sonrisa se dibuja en su rostro.
Lleva varios días esperando ese momento: el instante en que todo cambia, cuando el fresco otoño llega a su fin con la caída de las últimas hojas y el descenso de la temperatura da paso al frío constante que trae consigo la primera nevada. El comienzo de una nueva estación: el invierno.
No es fotógrafo profesional. La fotografía es solo un pasatiempo que descubrió después de llegar a Japón. Al principio retrataba cualquier cosa: calles, estaciones de metro, templos, personas, la lluvia resbalando por las ventanas. Con el tiempo, comprendió que lo que realmente le gustaba no era fotografiar lugares, sino momentos; instantes que, una vez ocurridos, jamás podían repetirse exactamente de la misma manera.
Un pequeño copo de nieve cae frente a él.
Se queda inmóvil.
El copo se deshace sobre la manga oscura de su abrigo, dejando una diminuta mancha de humedad. Otro aterriza sobre el trípode. Luego otro. Y otro más. El sonido de la ciudad parece alejarse, amortiguado por aquel comienzo silencioso.
—Por fin...
La alegría apenas contenida le ilumina la voz.
El parque continúa abarrotado, pero ahora algunas personas empiezan a mirar al cielo con expectación sin detenerse. Otras simplemente aceleran el paso, preocupadas por cualquier cosa menos por lo que sucede a su alrededor.
La primera nevada del año ha llegado.
Las luces del parque comienzan a encenderse y, poco a poco, apagan los últimos resplandores del atardecer. No solo marcan el final de aquel día, sino también el cambio de estación.
Los árboles, todavía cubiertos por los últimos colores del otoño, contrastan con los primeros copos de nieve, que descienden lenta y silenciosamente. Algunos se quedan prendidos en las ramas; otros giran en el aire antes de desaparecer sobre los senderos.
El joven ajusta la cámara con rapidez. Su respiración forma una nube tenue frente a sus labios.
Mira por el visor.
A través de él, el mundo parece distinto. Las personas caminan entre las pocas hojas que aún quedan y los copos de nieve, pequeños, pero extrañamente luminosos. El cristal del visor le enfría la piel alrededor del ojo, mientras su dedo descansa sobre el disparador.
Entonces ve el momento que tanto ha esperado.
CLICK.
La fotografía queda capturada.
Baja la cámara y observa la pantalla con expectación. Durante un instante, solo ve manchas de luz, ramas, nieve y siluetas en movimiento.
El sol se oculta en el horizonte, dejando tras de sí un naranja vibrante que poco a poco da paso a la oscuridad. Sus últimos rayos parecen ofrecerle al día un último aliento y se reflejan sobre los delicados copos, otorgándoles un brillo inesperado, casi mágico, que se mezcla con el movimiento de las personas por el parque.
Entonces algo interrumpe su contemplación.
Entre toda la multitud, una joven aparece junto a los árboles.
El joven entrecierra los ojos. Amplía la imagen.
Allí está.
Lleva un abrigo y sostiene varios libros y papeles entre los brazos mientras camina, rodeada por la primera nieve del año. Los papeles tiemblan ligeramente con cada paso y una esquina amenaza con escapar entre sus dedos. Los copos comienzan a posarse sobre su cabello, quedándose prendidos en algunos mechones oscuros.
Con absoluta calma, levanta la mirada hacia el cielo y sonríe levemente.
No es una sonrisa amplia ni dirigida a nadie. Apenas un movimiento en sus labios, como si la nieve le hubiera confiado un secreto. Sus ojos reflejan la luz anaranjada del atardecer y, por un instante, parece completamente ajena al ruido del parque.
El joven deja de respirar.
No sabe qué ha ocurrido. Solo sabe que, entre cientos de rostros y cuerpos cruzándose frente a su objetivo, ella parece haber quedado aislada del resto del mundo. La fotografía no debería tener nada de extraordinario. Sin embargo, no puede apartar la mirada.
Acerca la pantalla a su rostro.
Siente una extraña presión en el pecho, leve pero persistente, como el eco de algo que todavía no logra recordar. Su pulgar roza el borde de la cámara y se detiene.
—¿Por qué ella?
Vuelve a mirar la imagen. La joven sigue allí, suspendida en la luz del atardecer, con la nieve en el cabello y aquella sonrisa diminuta en los labios. Por un instante, tiene la absurda sensación de que no está contemplando una desconocida, sino a alguien que llevaba mucho tiempo esperando encontrar.
Parpadea.
La impresión desaparece, pero la inquietud permanece.
Después vuelve la vista hacia el lugar donde ella estaba.
La multitud ya la ha ocultado.
Busca entre los abrigos, los paraguas y las siluetas que se cruzan bajo las luces recién encendidas. Da un paso, luego otro, sin llegar a decidirse a seguirla. Una ráfaga fría le golpea el rostro y levanta varios papeles a su alrededor, pero ninguno pertenece a la joven.
—¿Dónde...?
La palabra se pierde entre el ruido del parque.
Guarda la cámara despacio.
No sabe quién es. No sabe de dónde viene. Ni siquiera comprende por qué ha llamado su atención. Solo recuerda la forma en que había levantado la mirada, la calma de sus ojos y aquella sonrisa diminuta que parecía haber aparecido únicamente para la nieve.
Mira una última vez la fotografía.
Ahora la joven parece aún más lejana, atrapada en un instante al que él ya no puede regresar. Y, sin embargo, la imagen le produce la certeza de que algo acaba de comenzar.
Solo sabe que, como aprendió, aquel instante no volverá a aparecer ni podrá repetirse de la misma manera.
El joven continúa observando cómo cae la nieve.
Todavía no sabe que aquella fotografía terminará significando mucho más de lo que imagina.
Y mucho menos sabe por qué, al contemplarla por primera vez, un pensamiento cruza su mente.
Un pensamiento que no llegará a comprender de verdad hasta mucho tiempo después.
«Sin importar el frío del invierno que se avecina... siempre podremos encontrar algo que nos dé calor.»
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