Introducción
Antes de saber tu nombre
La galería estaba llena.
Demasiado llena para el gusto de Emilia.
Había conversaciones por todas
partes, copas chocando suavemente y personas caminando de un cuadro a otro con expresiones tan serias que Emilia estaba empezando a sospechar que algunas habían aprendido a fruncir el ceño específicamente para las exposiciones de arte.
Era su primera exhibición importante.
Había pasado meses preparando cada pintura y, ahora que finalmente estaban expuestas, no sabía qué hacer con las manos.
Sonreía cuando alguien se acercaba.
Agradecía los cumplidos.
Asentía cuando le hacían preguntas.
Y fingía estar completamente tranquila.
Hasta que notó que uno de sus cuadros llevaba varios minutos llamando la atención de la misma persona.
Un chico alto, de cabello negro ligeramente ondulado, permanecía frente a la pintura sin decir una palabra.
Emilia esperó.
Quizá se iría.
No lo hizo.
Así que, después de unos minutos, decidió acercarse.
—¿Está rota?
El chico giró la cabeza.
—¿Qué?
Emilia señaló el cuadro.
—La pintura. Llevas un buen rato mirándola. Pensé que habías encontrado algún defecto que yo no había visto.
Él volvió a mirar el cuadro.
—No está rota.
—Qué alivio.
Silencio.
Emilia esperó.
Él no añadió nada.
—¿Te gusta?
—Sí.
Ella levantó una ceja.
—Qué respuesta tan elaborada.
El chico la miró.
—Me gusta mucho.
—Eso estuvo mejor.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de él.
Emilia volvió la mirada hacia la pintura.
Era una escena sencilla: una tarde iluminada por el sol, árboles moviéndose suavemente con el viento y pequeños detalles que parecían pertenecer a un recuerdo.
No había tristeza.
Solo esa sensación cálida de recordar algo que alguna vez hizo feliz a alguien.
—¿Qué te recuerda? —preguntó ella.
Él tardó unos segundos en contestar.
—A mi abuela.
Emilia bajó un poco la voz.
—¿Por qué?
—Tenía un jardín parecido.
Ella observó el cuadro.
—¿Y la bicicleta?
—También tenía una.
Emilia sonrió.
—Entonces supongo que hice bien mi trabajo.
Él asintió.
—Sí.
Otra vez silencio.
Emilia lo miró de reojo.
—¿Siempre hablas tan poco?
— con desconocidos.
—Ah.
Ella sonrió.
—Entonces todavía tengo
esperanza.
Mateo la miró unos segundos.
—¿Esperanza de qué?
—De conseguir que digas más de tres palabras seguidas.
Él soltó una pequeña risa.
Y Emilia sonrió.
No sabía por qué, pero aquella risa le gustó.
—Por cierto —dijo ella—, yo pinté este.
Mateo volvió a mirar el cuadro.
Después la miró a ella.
—Tiene sentido.
—¿Qué tiene sentido?
—Que seas tú.
Emilia frunció el ceño.
—¿Eso es un cumplido?
—Sí.
—Necesitas practicar.
Él sonrió ligeramente.
—Lo tendré en cuenta.
—¿Cómo te llamas?
—Mateo.
—Emilia.
Por un instante, ninguno dijo nada.
—Mucho gusto —dijo él.
—Igualmente.
Antes de que pudiera decir algo más, una mujer se acercó a Emilia.
—Disculpa, ¿tú eres la artista?
Emilia asintió.
—Sí.
—Quería preguntarte por uno de tus cuadros.
—Claro.
Mateo miró brevemente a Emilia.
—Parece que tienes trabajo.
—Parece.
Ella sonrió.
—Fue un gusto conocerte, Mateo.
—Igualmente, Emilia.
La mujer se llevó a Emilia hacia otro lado de la galería.
Mateo permaneció unos segundos frente al cuadro.
Lo observó una última vez.
Sacó su teléfono.
Tomó una fotografía.
Guardó el teléfono en el bolsillo y se alejó entre la gente.
Emilia no lo vio.
No sabía que aquel desconocido acababa de guardar una pequeña parte de su mundo.
Y Mateo tampoco sabía por qué había sentido la necesidad de hacerlo.
Quizá había sido el cuadro.
Quizá el recuerdo que le había despertado.
O quizá había sido la artista que estaba detrás de él.
Lo único que sabía era que, aquella noche, entre cientos de personas y decenas de pinturas, había encontrado algo que no quería olvidar.
Y todavía no sabía que volvería a encontrarlo.








