CAPITULO I: Ojos abiertos, vida destruida

Abro los ojos.
Un dolor punzante permanece martillando mi mente. Por más que intento recordar, lo único que obtengo son imágenes borrosas de lo que ocurrió la noche anterior. ¿Dije noche? Mirando a mi alrededor, me pregunto si acaso ya amaneció.
Un pensamiento repentino me atraviesa como una descarga: mis hijos. Lo único que me importa en este momento es ver mi teléfono, saber si tengo alguna notificación, algún mensaje de ellos. ¿Dónde están? ¿Qué les pasó? Busco a tientas el celular a mi lado, lo tomo con manos temblorosas y lo enciendo para revisarlo.
En la pantalla destellan veinte llamadas perdidas de Marta, mi vecina. Ella era la encargada de cuidar a mis hijos. El corazón se me acelera desbocado; marco su número de inmediato, conteniendo el aliento mientras escucho cada tono de llamada. Cuando finalmente el sonido del tono corta y se escucha la voz al otro lado, la desesperación me nuda la garganta.
—¿Hola? —responde.
—¡Marta! —mi voz sale rasposa, casi en un susurro desesperado—. Hola, ¿cómo estás? Te... te llamo por mis hijos. ¿Dónde están? ¿Están bien contigo?
—Sí, están bien, se quedaron conmigo —responde Marta con tono agitado—. Angela también quedó al tanto. Anoche recibimos una llamada del hospital, así que ya sabemos lo que te pasó, pero es obvio que los niños están asustados... ¿Tú estás bien? Me dijeron que te dan el alta hoy. Por favor, mantenme al tanto de cómo sigues. Mientras tanto no te preocupes, ellos están bien, ya se fueron al colegio y todo.
Siento la cabeza aturdida, dominada por una confusión punzante que no me deja pensar con claridad. Pero me tomo un segundo para respirar hondo: mis hijos están a salvo. Y con esa sola certeza, una extraña y profunda tranquilidad se apodera de mí.
No me entra en la cabeza cómo fue capaz de hacerme algo así a mí, a la madre de sus hijos. Compartimos tantas historias, tantos años juntos, para que al final me pague de esta manera. Una angustia negra e incontrolable me invade por completo. Apoyo el rostro en la almohada y me abandono al llanto, derrotada por un dolor que no solo me martilla el cuerpo, sino que me rompe el alma.
El agotamiento me supera. Estoy cansada de todo, de esta vida y de esta pena, y lo único que deseo es volver a dormir para no saber de nada. Pero justo cuando la oscuridad empieza a envolverme, el sonido de unos pasos aproximándose me devuelve a la realidad. Se detienen junto a la puerta, y una voz cálida y dulce irrumpe en la penumbra para saludarme, tomándome por sorpresa.
—Hola, Rita. ¿Cómo estás? ¿Te duele algo? ¿Recordás algo?
Parpadeo despacio, intentando enfocar la figura que se acerca.
—Cómo está, doctora... —logro musitar con la voz quebrada—. Solo... solo puedo llorar.
—No, no soy la doctora —responde con sutileza mientras revisa mis sueros—. Soy la enfermera Lucía. En un rato el doctor viene a verte. Decime, ¿podes recordar algo de lo que sucedió anoche?
La miro en silencio, buscando en la niebla de mi mente alguna respuesta que no llega.
—Tranquila —añade Lucía, bajando el tono con preocupación—. Pero en un rato viene la policía a hacerte unas preguntas. Por favor, toma conciencia y trata de sentirte mejor, porque van a querer saber qué pasó anoche.
El pánico reemplaza por un segundo al dolor. ¿La policía? La sola palabra retumba en la habitación como una amenaza.
-¿Entiendo... pero sabés a qué hora me darían el alta? —insisto, con la voz ahogada por la desesperación de irme.
—Si te sentís mejor y todo sale bien, recién para mañana a la mañana —explica Lucía con calma profesional.
Mañana a la mañana. La noticia cae como un balde de agua fría. Otra noche entera atrapada entre estas cuatro paredes blancas, sola con mis pensamientos y esta maldita confusión. Al quedarse la habitación en silencio, el miedo me carcome por dentro. Solo puedo pensar en mis hijos, en el vacío que dejan en mis brazos y en lo mucho que me necesitan ahora mismo.
Tomo el teléfono de inmediato. Si me quedo aquí hasta mañana, necesito asegurar a mis hijos ya mismo.
—Marta, soy yo de nuevo —digo apenas me atiende—. Me acaban de confirmar que el alta me la dan recién mañana. ¿Habría alguna posibilidad de que te quedes con los chicos una noche más?
Al escuchar su silencio titubeante, me temo lo peor. Me explica la situación: su marido tiene controles médicos programados y se le complica muchísimo atenderlos, salvo para darme una mano rápida mañana temprano.
—Bueno... está bien, entiendo —interrumpo suavemente para no comprometerla—. Te lo agradezco de todas formas. Dejalo así, no te preocupes, yo me ocupo.
Presiono el botón de cortar y la desesperación me paraliza. Decir “yo me ocupo” fue un impulso, porque la realidad es que no tengo a nadie más a quien recurrir desde esta cama de hospital.
Apenas guardo el teléfono, un toque sutil pero firme retumba en la madera de la puerta.
—Señora Rita... somos de la policía, de la Comisaría de General Rodríguez —dice una voz oficial desde el pasillo—. Necesitamos hacerle unas cuantas preguntas sobre lo de anoche, ¿está en condiciones de responder?
El pánico vuelve a apoderarse de mí en un segundo. Asiento en silencio, incapaz de articular palabra, mientras siento que el aire empieza a faltarme otra vez. Ni siquiera sé qué ocurrió exactamente, y la idea de dar explicaciones ante la ley me hiela la sangre
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