CAPITULO I: Leyla..
«Estoy tan enamorado que aún no puedo creerlo, que estés a mi lado diciéndome te quiero, no me lo creo...»
Adoro esta música, me salva... pero no veo la hora de que termine esta clase de matemáticas. Ni siquiera sé qué hago acá si no me gusta; no me queda otra porque mi mamá me obliga a venir todos los días. Aunque, viéndolo bien, cualquier lugar es mejor que volver a casa a aguantar a esa vieja loca. La verdad, estoy harta de mi vida.
«Leyla... Leyla... ¡Ley!».
Hago como que no escucho. Sé perfectamente que es la maestra queriendo que me saque los auriculares por su famosa regla de que no se puede escuchar música en clase. No pienso hacerle caso, no me importa nada.
Siento cómo se acerca de nuevo a mi lugar.
—Te estoy hablando a vos, González. Sacate eso y andá a Dirección, por favor.
Uff, qué pesada. Otra vez la misma historia.
—Sabes que vas a recibirte como la mejor alumna, ¿no? Siempre fue igual con vos. ¿Qué te está pasando últimamente, señorita González?
Y ahora a escuchar a esta vieja también...
—Algo te está sucediendo —insiste la directora, suavizando un poco el tono—. Si hay algo que quieras hablar... ¿cómo están las cosas en casa?
—Señora directora, mi casa es como la de cualquiera, normal —respondo manteniendo la cara fija, sin dejar ver nada—. No tengo nada más para decir. Le prometo que voy a procurar no volver a escuchar música en clase y a prestar más atención. Dicho esto, ¿puedo retirarme?
La directora suspira y acomoda unas hojas sobre el escritorio.
—Está bien, González. La próxima es suspensión. Vuelva a su clase.
Suena el timbre. Al fin, tiempo de salir.
Me dirijo a la salida y ahí está. ¿Otra vez vos?
—Dale, amor, hablemos. —¿Qué querés hablar? Si yo sé lo que hacés con esas zorras. —Dale, amor, es una amiga nomás, no te preocupes. Yo te amo a vos nomás. —Dale, Hugo, no me mientas más. —¿Querés dar una vuelta en la turrita? —¿Le cargaste nafta o hay que hacer lo del otro día? —Sí, bebita, todo pa’ vos nomás. ¿Te llevo a tu casa? —No, ni a palo. Salgamos a dar una vuelta.
Toda la tarde nos perdimos. Me pregunto para qué me molesto en volver a casa si hace tiempo dejó de serlo. Solo quiero salir de ahí lo más pronto posible, pero con catorce años —bueno, catorce y medio— tampoco es que pueda hacer mucho.
—Dale, negri, ¿escuchaste lo que te dije? —me dice Hugo, llamando mi atención.
—¿Qué?
—Te estaba contando que mi tío va a empezar a vender facturas y quiere que yo le ayude. De ahí vamos a salir adelante, ma. Ya tengo unas monedas para nosotros. De última le hablo a mi vieja y nos mudamos con ella.
—Dale, Hugo, no jodas —le respondo mirando para otro lado—. Recién tenés quince y yo ni eso, ¿y ya estás hablando de juntarnos?
—Dale, ma, pensalo... Es mejor que estar en tu casa.
—Por cierto... hace unos días que no me siento bien —le digo mientras bajamos de la moto—. Estoy con mareos y náuseas. Tratá de comprarme un test.
—Dale, ma, si siempre nos cuidamos —responde él restándole importancia.
—No te hagas el tarado y traelo por las dudas.
—Bueno, dale... mañana te lo consigo —asiente Hugo, metiéndose las manos en los bolsillos—. Igual... seríamos los mejores papás, ¿no?
—¡No! No digas eso —lo interrumpo con la garganta apretada—. Hace un año que estamos juntos, y la verdad te dije que sí porque me siento protegida a tu lado... siento que con vos puedo olvidar la mierda de mi casa y los problemas de mi vieja. Un embarazo lo arruinaría todo, más todavía.
Me quedo en silencio, mirando el piso. En eso pienso todo el tiempo.
—Dale, llevame a casa que ya es tarde.
Me subo a la moto y arrancamos. Pero al llegar a mi cuadra, se me hiela la sangre: mi mamá y mi hermana mayor están afuera, paradas en el portón, hablando con el padre de Hugo. Quilombo en puerta. Se huele la discusión a metros... y no me equivoco.
—¡¿Vos dónde mierda estabas?! —me grita mi mamá, desencajada de la rabia apenas bajamos.
—Leyla... ¿cómo pudiste? —agrega mi hermana, mirándome con decepción.
Intento responder, pero los reproches quedan en el aire cuando, por el refulgor de la luz de la calle, veo cómo el padre de Hugo se le lanza encima a las piñas.
—¡¿Dónde estaban?! ¡¿Dónde la llevaste?! —le grita a los puñetazos—. ¡Respondé, pendejo!
—¡Pa, pará! ¡No hicimos nada! —alcanza a cubrirse Hugo.
—¡A casa, a casa! ¡¿Me querés traer a la policía?! ¡¿Querés buscarte conflictos?!
Todo se vuelve un caos de gritos y empujones. Aprovecho la confusión, agacho la cabeza y me meto rápido a mi casa. Mi mamá entra detrás mío, echando fuego por los ojos.
—¡Vos no vas a hacer lo que se te cante la gana, y menos con la edad que tenés! ¿Quién te creés que sos?
—Ahora no, ma...
—¡Ahora nada! ¡Te callás la boca y te sentás ahí, que vamos a hablar!
—Estoy cansada de que solo traigas problemas. Cansada de que hagas lo que quieras y no hagas caso. Sos una irresponsable cuando vos sabés todo lo que yo me sacrifico para que ustedes estén bien... ¡y me pagás así! —dice mi madre, rompiendo en llanto.
—Ma, yo...
—¡Callate, no digas más nada! No te quiero escuchar —me frena en seco—. A partir de ahora no vas a hacer lo que se te cante, porque ya hablé con tu papa . Mañana te mudás con él. Así terminan mis problemas y a ver si con él te enderezás.
—¿Qué? —le grito desorbitada—. ¡No!









