Capítulo 1: El nuevo y ¿único mundo?
Había una vez un mundo, donde solo había dos especies de vida: las flores y los jardineros.
Entre ellos surgió un jardinerito, pequeño para el mundo y para los demás jardineros, un jardinerito raro. Cuando apareció en el pueblo, en sus inicios tenia una vida normal, o como lo llaman los jardineros “sana”, hasta que un día cansado de vivir en la cotidianidad de su pueblo, decidió conocerlo a profundidad y con ello se volvio mas pregunton algo que molestaba a los demás jardineros.
Empezó a preguntar a los jardineros por qué siempre debían buscar una flor, o por qué algunos morían en el intento de crecer junto a su flor al cuidarla, o por qué la flor a veces perdía al jardinero que la cuidaba.
El jardinerito siempre recibía respuestas: algunas cuestionables, otras que debían mejorar, algunas ciertas en casos específicos y rumores de una maldición en una montaña. Cuando se hartaban los Jardineros de su presencia , insatisfecho, siempre se subía a la colina a reflexionar sobre por qué pensaban así y por qué le daban esas respuestas raras.
Siempre llevaba sus binoculares, de los mejores que había creado, para ver las estrellas, anhelando entender ese mundo de maravillas que ni él comprendía a veces.
En esas noches de reflexión profunda empezó a hacer un diario, anotando experiencias de los jardineros, por si un día anhelara una flor para sus manos, y poder tratarla, cuidarla, amarla, sanarla y protegerla, entre muchas otras cosas maravillosas que haría un jardinero que ama de verdad a su flor desde su percepción.
Expandía su diario, y con eso entendía más cosas, y poco a poco sentía temor, ya que empezaba a anhelar una flor. Pero, sobre todo, lo que más temía era no saber tratar con algo que es más poderoso que el mismo corazón: amar sin razón.
Un día de esos, no sabía si salir a ver el resto del mundo, conocer otros tipos de jardineros o flores. Decidió ver el horizonte con sus binoculares y, gracias a la luz de la luna, pudo ver a lo lejos una montaña seca, con una tormenta fuerte que hacía llegar el viento helado de su cima hasta donde él estaba.
Se preguntó el jardinerito: ¿qué será lo que estará pasando allá?
Y, anotando en su libreta, obtuvo una razón para salir, una meta, una obsesión: saber qué era eso que hacía que su alma vibre, vibre fuerte hacia esa dirección...
Entonces el jardinerito bajó de la colina y se alistó, durmió sabiendo lo que al día siguiente debía hacer. Se armó de valor en su sueño para poder mañana hacerlo.








