Capítulo 1
—Buenos días —digo, mirando a la señora frente a mí. Es la primera vez que la veo. Acabo de llegar a este remoto pueblo pesquero sin nada, solo con dos maletas llenas de cosas que traje desde la otra punta del país.
Y con 100 mil dólares en efectivo.
—...Como te mencionaba, solo tengo una casa para arrendar —dice ella—. Pero le faltan muchas cosas, está en las últimas. El arriendo estará bastante barato por lo mismo.
Miro la casa que está detrás de ella y suspiro, abrumada. Al llegar, pregunté a cualquier vecino si había algún sitio para arrendar. Todos me mencionaron al unísono el nombre de esta mujer, dueña de un restaurante de mariscos: Marissa Blair.
Al mirarla supe de inmediato que no iba a tener el mejor trato con ella. No por mí, sino porque se nota que no le gustan los forasteros.
Es un pequeño pueblo de no más de dos mil habitantes. ¿Qué hago aquí sin conocer a nadie? Es difícil de decir, pero... estoy huyendo. Huyendo de mi vida pasada, de una vida llena de dificultades y desesperación. Una vida que no estoy dispuesta a recordar.
—¿Podría mostrármela? —pregunto, curiosa.
—Por supuesto —dice la mujer—. Pero es la única casa que está en arriendo ahora mismo en el pueblo.
—Mmm...
Entro a la casa con mis dos maletas. Está todo sucio, lleno de polvo e insectos. Hay pocos muebles y la cocina está medianamente bien.
No hay sofá ni mesa de comedor, pero solo somos dos personas, no pasa nada.
Porque sí... no vine sola a este pueblo. Vine con mi pequeña bebé. Tiene tres años y medio, es pequeñita, una hermosa niña. Se llama Isabella. Tengo una hija.
Solo somos nosotras dos en el mundo. No tiene padre, jamás tuvo uno. Siempre hemos estado las dos solas. Ella no conoce a nadie más que a mí.
Ahora mismo mi hija está en el restaurante de mariscos. La mujer, a pesar de que parece detestarme, al ver a mi bebé sintió algo de instinto maternal y le ofreció comida mientras veíamos la casa. Supongo que nos vio indefensas, con dos maletas enormes y desabrigadas. Supongo que doy lástima.
Realmente ya me da igual lo que puedan pensar de mí. No me sirve de nada justificarme. Prefiero que me vean con lástima; así, al menos, mi hija puede comer.
Le dio comida y un lugar cómodo para descansar. No pude negarme a eso. No soy confiada con nadie, pero tengo que ver dónde vivir. No puedo llevarla a todos lados con este frío.
Porque sí, en este pueblo hace muchísimo frío, tanto que apenas siento mi cara.
Creo que también es porque estamos en invierno.
—Tiene tres habitaciones, está muy bien —dice ella—. Pero no tiene uso desde hace mucho tiempo, años.
—Eso noto —digo, mirando de nuevo el lugar.
De todas formas, me imagino viviendo aquí. Podría estar muy bien. Tampoco es que tenga otra alternativa.
—Podría arreglar los ventanales y el seguro de la puerta —dice ella, señalándome cada cosa—. No esperaba arrendar la casa, pero si me hubiera enterado, seguro que la limpiaba un poco.
Mientras ella habla, comienzo a caminar para inspeccionar la casa.
Miro la habitación principal y asiento. Tiene un clóset propio. Es espaciosa, un poco antigua, pero es lo de menos. No es como si fuera a llenarla con la extensa cantidad de ropa que traigo.
Miro la siguiente habitación y está vacía. Realmente no tiene nada. La siguiente está igual: vacía y sucia. Tendré que limpiar muchísimo.
Entro al baño y veo todo lo que tengo que limpiar. Es lo peor de la casa. No ha tenido una limpieza en muchísimo tiempo.
—Está en un buen sitio —dice ella a mi lado—. Hay una escuela a una cuadra, el supermercado del pueblo está a dos cuadras y la estación de policía está casi al lado.
La miro.
¿No hay otra cosa?
Suspiro. ¿Tengo que arrendar esto? No hay otra casa. No puedo dormir en cualquier lado con Isa. Ella merece un buen lugar, no esto, pero no hay más. Tampoco puedo seguir gastando dinero. Debo ahorrar, trabajar y salir adelante.
—Lo acepto —digo, ya sin pensarlo. Necesito algo, urgente—. Muchas gracias por el ofrecimiento. Me encargaré de dejar todo bonito.
Miro de nuevo a mi alrededor.
Nos quedamos en silencio durante un minuto entero mientras, en mi cabeza, hago planes para la casa. Lamentablemente, no puedo gastar mucho, pero necesito cosas para criar a una niña aquí, especialmente cosas de seguridad.
—El dinero del alquiler del primer mes vamos a utilizarlo para arreglar la casa. Sé que le faltan muchas cosas —dice ella—. Pintura, cerámicos, nuevos ventanales y muchísima limpieza.
—Muchas gracias —digo, sin poder evitarlo.
¿Quién, en su sano juicio, dejaría el primer mes de arriendo gratis? Se nota que es de pueblo. Esto, en la ciudad, es impensable.
Mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca dos copias de las llaves de la casa.
—Para ti. Cuídalas bien. Tengo más copias, pero estas son las originales —dice ella.
—Las cuidaré muy bien, señora.
Las guardo en el bolsillo de mi pantalón.
—Ahora, vamos a buscar a tu niña —dice ella y camina hacia la puerta principal.
Asiento y salimos de la casa para caminar hacia el restaurante.
Su restaurante queda cerca de aquí, a dos cuadras caminando. Guardo mis manos en mi abrigo y miro el paisaje. Es bonito, pesquero, pero bonito.
—Y cuéntame, ¿de dónde vienes? —pregunta ella, interrumpiendo mis pensamientos.
Está bastante helado aquí, demasiado para mi gusto. Subo la cremallera de mi abrigo.
—De la otra punta del país —digo, sonriendo tímidamente—. Venimos a explorar nuevos aires juntas.
No puedo decir la verdadera razón. Quiero estar segura en un lugar...
—¿Solo ustedes dos? —pregunta ella, mirándome.
—Sí, solo somos nosotras —digo, sonriendo sin mostrar mis dientes.
—Entiendo eso... Mi hijo mayor también tiene una niña, quizás de la edad de la tuya —dice ella—. ¿Cuatro años? También es padre soltero.
—Entiendo —digo tímidamente.
¿Acaso me habla de su hijo por alguna razón?
Escucho el llanto agudo de mi bebé y nos miramos. Inmediatamente voy rápido hacia el local.
—Ahí está tu mamá —dice el mesero al verme entrar por la gran puerta de cristal.
—¡Mamá! —dice mi niña, llorando desconsoladamente.
Jamás llora. Seguramente se asustó mucho al no verme.
Está dentro de su coche, roja de tanto llorar. Tiene su peluche afirmado con mucha fuerza entre sus brazos.
Oh, mi bebé. Realmente se asustó.
—Aquí estoy, cariño —le digo, agachándome para sacarle el seguro y tomarla en brazos—. Tranquila, mi niña.
La abrazo y ella me rodea el cuello, llorando fuertemente.
—Mami —dice, abrazándome fuerte.
Me aprieta el cabello y yo trato de calmarla.
—Perdóname, bebé, por dejarte unos minutos —digo, tranquilizándola.
Ella sigue sollozando.
—Lo siento a ustedes también.
Se lo digo a los locatarios que miran en nuestra dirección. Somos gente nueva; aquí seguramente todos se conocen.
Nosotras somos gente extraña, gente nueva. Entiendo eso.
—Mamá, no estabas conmigo —dice ella con su tierna voz, aguda por el llanto.
—Fui a ver con la señora la casa en la que viviremos ahora —digo, y ella tímidamente se esconde en mi hombro—. Las dos juntas y solas.
Isa hace un pequeño ruido de queja.
—Está agotada —digo a todos los que nos escuchan.
Solo somos cuatro personas ahora. Con una mano sujeto a mi hija y con la otra saco de mi bolsillo un billete de diez dólares.
—¿Cuánto le debo? —pregunto, mirando al mesero que cuidó a mi hija.
—Ocho dólares —me dice la mujer, tratando de sonreírme.
Creo que la incomodamos. No entiendo muy bien por qué o cómo fue, pero suspiro y le sonrío.
Esperaba que me dijera que no debía nada. Ella le ofreció la comida a Isa; yo no pedí nada. Lo hizo por amabilidad y ahora tengo que pagar. Sé que Isa no comió ni la mitad del plato.
Le entrego el billete y ella va a la caja registradora, que está justamente en la parte derecha del restaurante. La veo abrirla y, luego de sacar el cambio, vuelve donde estoy con mi bebé, que ya se está calmando en mis brazos.
—Muchas gracias —digo cuando me entrega el cambio—. Disculpe, será la última cosa en la que la molesto. ¿Sabe de algún puesto de trabajo que necesite algún vacante? —pregunto, guardando el cambio en mi bolsillo.
—Aquí mismo, ¿no, doña? —dice el mesero, apoyándose en el mesón para sonreírme—. Dijiste que necesitabas una mesera de medio tiempo.
La miro de inmediato, esperanzada.
Es un trabajo fácil, rápido de conseguir.
Ella me detesta, pero solo será trabajo. Tampoco hablaremos todo el tiempo. Necesito algo rápido.
—¿Has trabajado como mesera? —pregunta la mujer.
Asiento rápidamente.
—Muchas veces —digo de inmediato.
Veo a Isa y ella ya se está calmando.
Cuando estaba embarazada, trabajaba incansablemente en muchas cosas. Ser mesera está en mi currículum. Hay bastantes cosas en mi currículum, excepto, claro, un título universitario.
—Hoy ve a ordenar y limpiar esa casa. Mañana ven aquí y veamos qué tal trabajas —dice ella finalmente.
Asiento.
—Muchas gracias, señora Blair, por la oportunidad —digo y le hago una pequeña reverencia de agradecimiento—. Hasta mañana. Vendré a primera hora.
—A la hora que puedas —dice ella sin mirarme—. Mejor que no sea muy temprano. Hay muchos clientes y no tengo tiempo de hablar.
Me deja sin palabras.
Llevarme con ella será todo un dilema, pero trataré de hacer todo lo posible para caerle bien. Necesito caerle bien. Es mi arrendadora y pronto será mi jefa.
—Entiendo — digo, sonriendo sin mostrar mis dientes—. Adiós.
Me despido del mesero y dejo a Isa de vuelta en el coche. Tomo mi mochila para ponerla en mi espalda y luego las maletas con nuestras cosas.
Salimos del local y siento el frío del pueblo. Me acerco a mi hija de inmediato.
Tapo con el gorro de la chaqueta a mi pequeña y veo que tiene los ojos cerrados. Seguramente llorar la cansó mucho y volverá a dormir.
Debería sacar un poco de dinero e ir a comprar cosas de limpieza y alguna manta para la noche, antes de que empiece a oscurecer.
Realmente no tengo nada. Un poco de ropa para las dos, unas mantas que traje para ella y ya. Lo otro es dinero en efectivo. Bastante dinero en efectivo.
Mi hermano me dijo que es lo único que puedo utilizar ahora. Nada de tarjetas.
Ahora estoy sola con ella. Tengo que encargarme sola de todas las cosas.
No pasa nada.
Yo puedo con todo. Yo sé que puedo.








