Capitulo 1 La forja de dos mentes
El olor a aceite quemado, soldadura fría y café pasmado impregnaba cada rincón de la nave industrial en Cuautitlán Izcalli. El único sonido constante que rompía la frialdad de la madrugada era el zumbido metálico de un extractor de aire y el tecleo frenético sobre una terminal de computadora modificada.
Cayetano, de 23 años, permanecía encorvado sobre la estructura de su Pulsar N250 UG. Llevaba más de catorce horas consecutivas trabajando sin descanso, con las manos manchadas de grasa, rastros de hollín en los nudillos y los ojos irritados por el brillo del monitor. Frente a él, acoplado a la parrilla trasera reforzada de la motocicleta, descansaba un maletero top case de 45 litros. Sin embargo, aquel polímero negro sellado herméticamente no guardaba herramientas convencionales; en su interior se alojaba la Unidad de Desplazamiento Temporal de Masa Estacionaria.
Cayetano era el músculo técnico y la mente de ingeniería del proyecto. Capaz de desarmar un motor a ciegas o diseñar circuitos electromagnéticos desde cero, funcionaba como un verdadero soldado de asedio: práctico, ejecutor, enfocado en romper barreras físicas y resolver problemas a fuerza de acción pura.
—Si sigues apretando ese conector con tanta fuerza, vas a trasroscar la cuerda de la base y perderemos la presión del circuito —dijo una voz suave pero imperiosa desde la entrada del taller.
Cayetano detuvo la llave española en el aire y esbozó una leve sonrisa antes de voltear. Citlalli, de 25 años, caminaba hacia él cruzando el piso de concreto agrietado. Vestía una chamarra gruesa para protegerse del frío y sostenía dos termos metálicos. Citlalli no solo era su pareja y su pilar emocional; era la mente estratega del equipo, la inteligencia pura. Mientras Cayetano construía la máquina, ella trazaba la logística, calculaba los riesgos geopolíticos de las épocas, analizaba la viabilidad de los saltos y planeaba cada movimiento como en un tablero de ajedrez.
—Tiene que quedar milimétricamente sellado, Citlalli —respondió él, dejando la herramienta sobre la mesa—. La Unidad genera un pulso de alta frecuencia que necesita aislamiento absoluto. Si el vapor de agua entra al núcleo mientras el condensador se sobrecarga, la masa no se desplaza... se desintegra.
—Y por eso mismo la estrategia no admite errores —repuso Citlalli, dejando los termos sobre un banco y abriendo una carpeta con esquemas logísticos—. Llevo días repasando las variables de 1945. Tú pones la potencia y la ingeniería para llegar allá, Cayetano, pero mi trabajo es garantizar que tengamos un plan de evasión, un punto de extracción y un protocolo de contingencia si el entorno se vuelve hostil. Tu ingeniería nos abre la puerta; mi estrategia nos mantiene vivos.
Ambos recordaban cómo había comenzado todo meses atrás, durante una tarde en la que salieron a comer tacos cerca del centro de Izcalli. Mientras Cayetano dibujaba diagramas de flujo eléctrico sobre una servilleta de papel explicando cómo la masa de una motocicleta podía servir como ancla vectorial, Citlalli, en lugar de tildarlo de loco, tomó un bolígrafo y empezó a trazar los mapas históricos y los análisis de riesgo. Desde ese día, la combinación entre la fuerza ejecutora de Cayetano y la brillantez analítica de Citlalli transformó una idea imposible en un proyecto real.
El chirrido de una puerta metálica lateral interrumpió sus pensamientos. Los pasos pesados de unas botas de casquillo anunciaron la llegada de Arturo, de 23 años, amigo de la infancia de Cayetano. Arturo era el apoyo técnico en el taller, leal a Cayetano desde la secundaria, aunque la relación entre él y Citlalli siempre había sido distante y fría. Citlalli consideraba que Arturo actuaba muchas veces de forma impulsiva y poco metódica, mientras que Arturo sentía que ella calculaba en exceso cada movimiento.
—A ver, par de estrategas, dejen un momento sus planes —dijo Arturo con tono sarcástico, dejando una caja de relés industriales sobre el suelo—. Traje las piezas de alta capacidad que pediste, Cayetano. Aunque sigo pensando que estás loco si planeas subirte a esa 250 y acelerar a 120 por hora a mitad de la noche.
—No es locura, Arturo, es ingeniería aplicada —contestó Cayetano, revisando los componentes—. Gracias por conseguirlos.
—Sabes que te apoyo, hermano —repuso Arturo, cruzándose de brazos—. Pero Citlalli quiere planear esto como si fuera una operación militar, y la verdad, si la máquina funciona, lo único que necesitas es acelerar y ejecutar.
Citlalli mantuvo la postura, mirando a Arturo con frialdad.
—Si solo acelera sin un plan de contingencia, Arturo, se quedará varado en una década sin infraestructura. La acción sin estrategia es solo imprudencia.
Antes de que la discusión escalara, el eco de unos tacones resonó desde la entrada principal. Yuliana caminaba hacia el grupo mirando la pantalla de su teléfono con abierto desdén. Yuliana, supuesta amiga de Citlalli, era una presencia incómoda para Cayetano. Él no soportaba su actitud superficial, sus comentarios despectivos hacia el trabajo del taller y la forma en que siempre intentaba desanimar a Citlalli.
—De verdad no entiendo qué le ven de divertido a pasar la madrugada en este lugar apestoso a gasolina —comentó Yuliana con tono altivo, mirando de reojo la motocicleta—. Citlalli, en serio no sé cómo tienes paciencia para aguantar esto. Podríamos estar en cualquier otro lado, pero prefieres perder el tiempo viendo cómo le mueven a una simple moto.
Cayetano apretó los dientes, manteniendo la calma por respeto a Citlalli, pero sin ocultar su molestia.
—Nadie te pidió que vinieras, Yuliana —dijo Cayetano con voz seca y directa—. Si te molesta el olor a gasolina, la salida está exactamente por donde entraste.
—Ay, por favor, solo digo que están perdiendo el tiempo —respondió Yuliana con una sonrisa falsa, acomodándose el cabello—. Tanta obsesión con una maleta de plástico en la parrilla... Al rato nada más van a terminar frustrados.
—Yuliana, ya basta —intervino Citlalli con tono firme y tajante—. Cayetano está diseñando algo extraordinario y yo soy parte de esto. Si no vas a aportar nada a la estrategia ni al trabajo, te pido que te mantengas al margen.
Yuliana rodó los ojos con fastidio, dio media vuelta y se fue a sentar a un sillón desgastado en la esquina más alejada, volviendo a ignorar al grupo mientras revisaba su teléfono.
Cayetano volvió a enfocarse en la interfaz, conectando el multímetro al top case de 45 litros. Encendió el interruptor general y la pantalla digital arrojó lecturas estables. Dentro del maletero, un zumbido agudo comenzó a elevar su frecuencia, haciendo que la óptica LED frontal de la N250 emitiera un tenue destello azul parpadeante.
—La Unidad reteniendo la carga sin fugas —anunció Cayetano, mirando a Citlalli—. La ingeniería está lista.
Citlalli dio un paso al frente, colocando las manos sobre el mapa desplegado en la mesa.
—Y la estrategia también. Si la prueba de frecuencia sale limpia, fijaremos la ruta de escape para el primer salto. Tú serás la fuerza que rompa la barrera del tiempo, Cayetano, pero yo me aseguraré de que tengas un camino de regreso.
Con el multímetro marcando los parámetros correctos y el plan trazado paso a paso sobre la mesa, los dos coordinaron los últimos detalles de la prueba, listos para demostrar que la unión entre la ingeniería de asedio y la inteligencia estratégica estaba a punto de cambiar la historia.








