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Ahora que puedo amarte

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Summary

Enara Beaumont tiene veinticinco años, un imperio empresarial y una seguridad capaz de intimidar a cualquiera. Sin embargo, hay alguien ante quien todas sus defensas se desvanecen: Aether Sterling. Un matrimonio por conveniencia convirtió a Enara en su madrastra. Tras la muerte del padre de Aether, decidió quedarse para ofrecerle estabilidad y apoyo, incluso cuando su propia familia le exigía marcharse. Ninguna imaginaba cuánto cambiarían sus vidas con el tiempo. Ahora, con diecinueve años y un futuro por construir, Aether tiene claros sus sentimientos. Detrás de la empresaria que todos admiran o temen, conoce a una mujer cariñosa y vulnerable a la que desea amar sin esconderse. Enara también está enamorada, pero confesarlo significa arriesgar el vínculo más importante de su vida. Elegirse es apenas el comienzo. Entre la oposición familiar, los prejuicios y las heridas que el dinero no puede reparar, ambas tendrán que descubrir cómo construir una relación en sus propios términos. Porque reconocer lo que sienten requiere valentía, pero defender el futuro que quieren compartir les exigirá mucho más.

Status
21h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La mansión estaba sumida en un silencio casi absoluto. A esas horas, apenas se escuchaba el discreto murmullo del sistema de ventilación y, ocasionalmente, el sonido distante de algún automóvil pasando por la avenida exterior. Sin embargo, el aire todavía estaba cargado con el perfume caro de Enara, una fragancia elegante y ligeramente dulce que parecía haberse impregnado en cada rincón de aquella enorme casa.

Enara permanecía sentada en uno de los sofás de la sala principal, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada fija en la puerta de entrada.

Había intentado trabajar mientras esperaba. De verdad lo había intentado.

Su portátil descansaba abierto sobre la mesa de centro, acompañado por varios documentos que requerían su aprobación antes de la mañana siguiente. Su teléfono había vibrado tantas veces durante la última hora que finalmente había terminado por silenciarlo. Presidentes de distintas divisiones, miembros de la junta directiva y ejecutivos de diferentes países podían esperar.

Aether todavía no había llegado, y eso era lo único que conseguía ocupar su mente.

Resultaba casi absurdo. Enara era la dueña de un imperio global capaz de hacer temblar a algunos de los empresarios más poderosos del mundo. Tenía miles de empleados bajo su responsabilidad y una agenda que exigía prácticamente cada minuto de su existencia. Había aprendido desde muy joven a mantener la cabeza fría incluso cuando millones estaban en juego.

Pero bastaba con que Aether llegara un poco más tarde de lo habitual para que aquella tranquilidad desapareciera.

Habían pasado tres años desde la muerte del padre de Aether.

El hombre había fallecido poco después de su matrimonio con Enara, dejando detrás una situación mucho más complicada de lo que cualquiera habría imaginado. Aquel matrimonio jamás había nacido del amor. Había sido un acuerdo empresarial destinado a facilitar una importante fusión entre ambas compañías. Nada más.

Enara nunca había amado a aquel hombre. Nunca lo había tocado ni había permitido que él la tocara.

Sin embargo, después de su muerte, Enara había tomado una decisión que prácticamente toda su familia consideró una locura: quedarse al lado de Aether.

En aquellos primeros meses sacrificó horas de sueño, tranquilidad y casi su propia cordura para asegurarse de que a la entonces adolescente no le faltara absolutamente nada. No porque estuviera obligada a hacerlo, sino porque abandonar a Aether jamás había sido una posibilidad para ella.

Su familia intentó convencerla de lo contrario. Le dijeron que volviera a casa, que continuara con su vida y que no desperdiciara su juventud haciéndose responsable de la hija de un hombre muerto cuando apenas existían seis años de diferencia entre ellas.

Enara rechazó cada consejo, a cada persona y cada intento de separarla de Aether.

Se quedó.

Y con los años comprendió que había una razón mucho más profunda detrás de aquella decisión.

Se había enamorado de ella.

El sonido electrónico de la cerradura finalmente rompió el silencio.

Enara levantó inmediatamente la mirada.

La puerta se abrió y Aether apareció al otro lado, con su cabello rubio platino cayéndole libremente un poco más abajo de los hombros. Llevaba ropa sencilla y cómoda, además de un bolso cargado de libros que delataba perfectamente dónde había pasado buena parte de la tarde.

El alivio golpeó a Enara con tanta fuerza que estuvo a punto de levantarse inmediatamente.

Pero no lo hizo.

En su lugar, adoptó aquella máscara fría e indiferente que llevaba años perfeccionando. Era mucho más sencillo aparentar molestia que reconocer que había pasado la última hora imaginando todas las cosas que podían haberle sucedido.

Aether cerró la puerta detrás de ella y apenas alcanzó a dar unos pasos cuando escuchó la voz de Enara.

—Llegas tarde —dijo Enara con un tono más cortante de lo que realmente pretendía.

Aether se detuvo y miró hacia el sofá, encontrándose con aquellos ojos oscuros que la observaban fijamente. Conocía lo suficiente a Enara para saber que detrás de esa expresión aparentemente fría había algo más. No era únicamente molestia; seguramente también había preocupación.

Aun así, decidió no señalarlo.

—Lo siento —respondió Aether mientras acomodaba mejor el bolso sobre su hombro—. Me olvidé de la hora mientras estaba en la biblioteca.

La tensión acumulada en los hombros de Enara disminuyó ligeramente.

Biblioteca.

Estaba bien.

No le había sucedido nada.

Enara cerró el portátil, lo dejó definitivamente a un lado y se puso de pie. Su elegante camisa de seda y el pantalón perfectamente ajustado hacían que pareciera preparada para entrar en una junta directiva incluso después de pasar todo el día trabajando.

Caminó hasta Aether y se detuvo frente a ella. Durante unos segundos, simplemente la contempló, como si necesitara comprobar por sí misma que realmente estaba bien.

—Trata de no esforzarte demasiado, Aether —le pidió Enara. Esta vez, su voz había perdido aquella frialdad inicial—. No tienes necesidad de agotarte estudiando hasta perder la noción del tiempo.

Aether dejó escapar una pequeña sonrisa. La preocupación de Enara podía resultar exagerada en ocasiones, pero había aprendido a encontrar cierta ternura detrás de ella.

—Tranquila, estoy bien —respondió Aether con suavidad.

La joven inclinó ligeramente la cabeza y examinó con mayor atención el rostro de Enara. Después de unos segundos, su sonrisa disminuyó al descubrir las señales evidentes del cansancio.

—Aunque creo que deberías ser tú la que no se esfuerce tanto —añadió Aether, esta vez con cierta preocupación.

Enara arqueó una ceja, sorprendida por el cambio repentino en la conversación.

—¿Yo? —preguntó, señalándose ligeramente con una mano.

Aether suspiró y sus ojos azules recorrieron detenidamente el rostro de la mujer frente a ella.

—Puedo notar tus ojeras, Enara. No has estado durmiendo bien.

Aquella simple observación consiguió atravesar todas las defensas de Enara.

Estaba acostumbrada a que las personas se preocuparan por sus decisiones, su empresa, sus inversiones o el dinero que podía generar. Muy pocas se detenían a preguntarse si había dormido bien.

Pero Aether sí.

Enara apartó momentáneamente la mirada, tratando de fingir que aquella preocupación no había conseguido tocar una parte demasiado sensible de ella.

—Estoy bien, Aether —respondió Enara finalmente—. Solo que esta semana ha sido más difícil manejar todo el trabajo.

Aether frunció ligeramente el ceño, claramente poco convencida por aquella explicación.

Enara volvió a mirarla. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios al notar la preocupación genuina en los ojos azules de Aether. Entonces, aprovechando que la joven seguía observándola, bajó considerablemente la voz.

—Aunque, si quieres que duerma bien... podrías dormir conmigo —susurró Enara.

La frase salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.

Por un instante, Enara se preguntó si Aether realmente la habría escuchado.

Quizá había hablado lo suficientemente bajo.

O quizá una parte de ella esperaba exactamente lo contrario.

Los ojos azules de Aether se abrieron apenas un poco.

Lo había escuchado perfectamente.

Su corazón dio un golpe inesperadamente fuerte contra su pecho y, durante un instante, no supo qué responder. Miró a Enara buscando alguna señal que indicara que aquello había sido solamente una broma, pero la mujer ya había recuperado su expresión tranquila.

Aether decidió escapar antes de que su propio rostro terminara traicionándola.

—Bueno... iré a comer algo —dijo Aether mientras comenzaba a caminar hacia la cocina.

Enara permaneció inmóvil, siguiéndola con la mirada.

Aether estaba a punto de atravesar el marco de la puerta cuando se detuvo. Giró ligeramente el cuerpo y miró hacia atrás por encima del hombro.

—Enara —la llamó.

Enara levantó ligeramente el rostro al escuchar su nombre.

—¿Sí? —respondió, esperando que Aether continuara.

La expresión de la joven se volvió mucho más suave. Por unos segundos desapareció aquella pequeña vena rebelde que solía utilizar para desafiarla, dejando solamente la ternura que Aether reservaba para muy pocas personas.

—En serio, trata de descansar. No quiero que termines desmayándote por trabajar demasiado —le pidió Aether con sincera preocupación.

Entonces apareció una sonrisa tierna en sus labios.

—Me importas mucho, Enara —añadió.

Enara sintió que su corazón se detenía durante un segundo.

Y entonces Aether le guiñó un ojo.

Solo uno.

Un pequeño gesto juguetón que contrastó por completo con la ternura de sus palabras antes de desaparecer finalmente dentro de la cocina.

Enara se quedó completamente inmóvil.

Toda aquella mujer poderosa, fría y calculadora que podía enfrentarse sin pestañear a una sala llena de ejecutivos acababa de desaparecer por culpa de un simple guiño.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Por qué tienes que hacerme esto...? —murmuró Enara para sí misma, llevando una mano hasta su pecho mientras miraba en dirección a la cocina.

Desde allí llegó el sonido de la puerta del refrigerador abriéndose.

Enara respiró profundamente y miró hacia las escaleras. Necesitaba marcharse antes de cometer la estupidez de seguir a Aether hasta la cocina solamente porque quería verla otra vez.

Recogió su teléfono y comenzó a subir.

Cuando llegó a los primeros escalones, se detuvo y miró una última vez hacia el pasillo que conducía a la cocina. Dudó unos segundos antes de elevar la voz para asegurarse de que Aether pudiera escucharla desde allí.

—¡Buenas noches, Aether! —gritó Enara.

Desde la cocina, Aether levantó la mirada del sándwich que comenzaba a preparar. Una pequeña sonrisa apareció nuevamente en sus labios al reconocer la voz de Enara.

—¡Buenas noches, Enara! —respondió Aether con suficiente fuerza para que su voz llegara hasta las escaleras.

La respuesta provocó inmediatamente una sonrisa en el rostro de Enara.

Mientras Aether continuaba preparando tranquilamente su sándwich, completamente ajena al efecto que había provocado con aquellas pocas palabras y aquel pequeño guiño, Enara siguió subiendo las escaleras.

Al llegar al segundo piso, su mente continuaba atrapada en la misma escena.

Me importas mucho, Enara.

Recordaba perfectamente la sonrisa de Aether, sus ojos azules mirándola con aquella ternura que rara vez mostraba con otras personas y, sobre todo, aquel maldito guiño que había conseguido destruir en cuestión de segundos la compostura que tanto le había costado construir.

Enara entró en su habitación y cerró la puerta detrás de ella. Apoyó la espalda contra la madera durante unos segundos, cerrando los ojos mientras dejaba escapar lentamente el aire.

Había construido un imperio.

Había soportado pérdidas, amenazas, traiciones empresariales y responsabilidades capaces de quebrar a muchas personas.

Nada de eso la asustaba.

Pero Aether era diferente.

Aquella pequeña rebelde podía destruir todas sus defensas con una sonrisa sin siquiera darse cuenta. Podía hacer que una mujer acostumbrada a controlar cada aspecto de su vida perdiera la concentración con unas pocas palabras de preocupación.

Y lo peor era que Enara sabía perfectamente que estaba perdida.

Completamente perdida por ella.

Esa noche, mientras intentaba convencerse de que necesitaba dormir, Enara comprendió que el verdadero problema no serían las reuniones, documentos ni decisiones multimillonarias que la esperaban al día siguiente.

El verdadero problema sería conseguir cerrar los ojos sin volver a imaginar la sonrisa de Aether.

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