Capítulo 0: La Reina sin corona
Nadie recuerda el momento exacto en que empieza a romperse.
No hay un ruido claro. Tampoco un aviso.
Solo pequeñas grietas:
Una palabra mal dicha.
Una mirada que dura demasiado.
Un nombre... que no debería doler.
—¿Cómo crees que te fue en el manejo de recursos? —Lola intentaba mantener una conversación amena, al tiempo que controlaba el espejo retrovisor y a Irene en el asiento de copiloto.
—No lo sé —pasó una mano entre sus cabellos, peinándolos distraídamente—. No tuve tiempo de prepararme con esas absurdas prácticas de... no sé qué. Suena como a comida. Y con esta semana tan movida... tal vez repruebe.
—Krav Maga —Lola sonrió—. Y si Logan te escucha decir que suena a comida, te hace repetir la lección hasta que puedas matar a alguien con un palito de sushi, mientras repasan fórmulas de cálculo.
—Como sea... suena a cangrejo en inglés. Y punto.
La caricia del viento irrumpiendo por la ventana le recordó a esa fría noche.
—No sé por qué tanta insistencia en los repasos si no me dará de comer a futuro. Estudio administración y seguridad en sistemas, no cómo derribar a la competencia con una llave a la tráquea.
—Jajajaja. Dile eso a tu padre, a ver qué opina.
Irene no recordaba cuándo había empezado.
Solo sabía que, cada vez que alguien pronunciaba un cierto nombre... algo dentro de ella respondía antes que su propia conciencia.
—Hugo... —pasó una mano sobre su oído izquierdo, repitiendo entre dientes ese nombre grabado en su pecho.
Como si alguien lo hubiera dejado clavado en su piel, debajo de todo lo que ella creía ser.
—¿Qué dijiste? —con ojos entrecerrados, Lola bajó un poco el volumen de la radio—. ¿Estás invocando a tu ex imaginario otra vez?
—No. Nada... nada —de un leve sacudón se quitó esos pensamientos confusos. Pero ese vacío seguía allí.
Como si cada vez que lo escuchaba... despertara algo que no debía existir.
Algo que no pedía permiso. Algo que no olvidaba.
—Si tú lo dices —estiró la mano y sujetó la de Irene para ayudarla a reaccionar—. Ah, claro. Tu cerebro con publicidad no deseada. Deja el marketing de lado y respira... y ahora, anclaje.
Irene tragó saliva. Conocía el juego. Lo odiaba y lo necesitaba.
—¿Qué ves?
—Veo... el volante.
—¿Qué sientes?
—El cinturón. Me está ahorcando.
—Dramática, jajajaja. ¿Qué escuchas?
—Tu voz. Desafortunadamente.
Lola rió más, pero no le soltó la mano.
—Guau... ¿Me ofendo o me sonrojo?
—Eres un dolor de cabeza.
—Pero al menos te regreso de Marte. Bienvenida de nuevo, palomita.
—Ni siquiera me recuerdes a ese payaso de Sebastián.
—Jajajaja, como digas... Pero es verdad. Ese payaso no sabe que eres demasiado quisquillosa para ese apodo.
Porque hay cosas que no se pierden con la memoria.
Solo esperan...
Esperan el momento exacto para volver a tomar el control.
Y la villa de los Galeano siempre fue experta en hacerlas volver.
Esa calma hipócrita era suficiente para volver a llevarla al borde.
Dentro del auto, se sentía resguardada de sus propias inseguridades.
Pero dentro de la casa, las risas desmedidas, el aroma a comida recién hecha y las voces que fingían ser livianas seguían con su orquesta, haciendo supurar esos miedos.
Se recordó que era una cena más, una noche más. Y otra vez el mismo juego.
¿Entonces por qué se sentía caer?
—Irene...
Imaginó las luces de un púrpura, cian y rosa llenando el cielo desde abajo.
—Irene...
Visualizó ese lugar con poca luz, el aire saturado de aroma a flores... ¿Jazmines tal vez?
—Irene...
La voz de Lola retumbó en cada rincón de su cabeza. La sacó de ese borde invisible al que había vuelto a entrar.
¿Pero cuándo lo hizo?
—...
—Irene... Ya llegamos.
Estaban detenidas frente a la villa de la familia Galeano. Las luces encendidas. Gente moviéndose adentro. Todo normal.
Demasiado normal.
—¿Me estás escuchando?
Lola ya estaba a punto de encender nuevamente el motor. Irene tardó un segundo más en reaccionar.
Giró apenas la cabeza, como si el movimiento le costara más de lo habitual.
—Sí.
Pero no sonó convincente.
No del todo.
Como si alguien respondiera demasiado tarde para no levantar sospechas.
Y Lola ya no sabía quién la estaba mirando a través de esos ojos...
y quién estaba intentando salir.
Permaneció en silencio, como de costumbre.
Irene era su amiga, y ella alguien que ya había visto esto antes.
Aun así, actuó con calma.
—Otra vez —dijo finalmente. No era una pregunta.
Irene no respondió.
Y Lola ya no sabía si dejarla sola o no.
—¿Necesitas que lo hagamos una vez más?
Sus dedos ahora estaban quietos sobre su regazo, tensos, como si estuviera conteniendo algo que no podía nombrar. Un leve tamborileo se hizo presente. Pero negó ante la oferta.
—¿Volviste a recordar ese nombre... o su rostro? —continuó Lola, bajando la voz—. ¿O lo soñaste?
El aire dentro del auto se volvió más denso. Irene cerró los ojos un instante.
Y por un segundo fue como caer.
Un susurro demasiado cerca de su oído, buscando anclarla nuevamente a una realidad que ya no sentía propia. Pero no se dejó arrastrar nuevamente.
—No fue un sueño —la respuesta salió sola, sin filtros—. Al menos no lo parece. Es... como... —no se le ocurrían palabras coherentes para eso—... No lo sé.
Lola no preguntó más. No hacía falta.
Afuera, alguien abrió la puerta principal de la casa, esperando a la última invitada.
Irene apoyó la mano en la manija... no la abrió. En ese instante lo entendió. No era el nombre lo que la perseguía. Era lo que venía con él.
—Si quieres, podemos ir a casa e inventar una excusa. Tú decides.
Lola siempre procuraba una salida pacífica, una fácil.
—Lola. Deja de preocuparte —le devolvió un tierno apretón unos segundos antes de soltarla—. Ya te dije que fue una semana movida. Eso es todo.
Con el valor renovado, bajó del auto y la puerta se cerró detrás de ella con un sonido demasiado definitivo.
Antes de partir se giró sonriendo apenas.
—Y tranquila... —respondió Irene—. Ya soy adulta. Tengo que aprender a manejarlo.
Y con eso, la rechazó.
Lola dejó salir el aire que no sabía que estaba atrapado en su pecho y terminó por asentir.
Subió la ventanilla, encendió el motor y antes de retirarse, rogó porque la noche fuera leve para su amiga.
Irene quedó petrificada unos segundos más viendo a su amiga partir.
Pasaron los minutos y una voz la sacó del trance.
—¿No piensas entrar, palomita?
Tomó aire y se llevó una mano al puente de la nariz.
—Sí. Solo déjame unos minutos a solas. Gracias.
«Ok... Yo puedo. Vamos a entrar en papel».
Se alejó de la presencia molesta, quien insistió en guiarla. Pero ella lo detuvo con un gesto de mano.
Era hora de ocultar todas las grietas.
Y también las emociones...
![Fated to My Ex- Best Friend [Moving to Galatea]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_49edb1dbf9a28b50b9c4d68d8598359b.jpg)




![[Moving to Galatea] What We Never Healed](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_b00b828931c645f2eccdf3396cb15498.jpg)


