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Périhélie, Parhelio

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Summary

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte se acabará. Primera Carta a los Corintios 13:4-10

Status
2d ago
Chapters
4
Rating
n/a
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16+

ACTO PRIMERO - CAPÍTULO 1: alité - I

CAPÍTULO 1: alité - I

Desde la Catedral Metropolitana se propagó el grave tañido de la hora Nona, y presto logró acallar el fatigoso murmullo de la lectura comprendida dentro de las vetustas paredes del antiguo Colegio de San Ildefonso. Con ademán cual de quien ya lo ha efectuado incontables veces, el profesor cerró su libro y declaró finalizada la lección; luego siguió el chirrido de los pupitres, en tanto las voces de los treinta discípulos se alzaban con brío al salir del aula.

Corría la media tarde de un día otoñal, a 5 de noviembre de 1888. El tránsito alcanzaba ya su mayor animación sobre la Calle de San Juan, suscitando los tranvías arrastrados por mulas densas polvaredas de la tierra apisonada, y el Sol, velado tras aquella cortina, colmaba el paisaje en un cariz ambarino y melancólico.

Un dúo melodioso de zorzales, mirlos primaverales, volaba sin apartarse tras dos formas uniformadas pulcramente en negro, entre la multitud de telas y cabelleras homogéneas, encaminándose juntos hacia su refugio de tertulias, aquel sobre la Calle de las rejas de la Concepcion.

A su llegada —apenas un medio de hora más tarde— sentáronse en un escaño junto a uno de los múltiples senderos. En el pórtico de aquel sitio, grabado en bronce, podía leerse: «Tívoli San Cosme, al esparcimiento de los ciudadanos». Y allí, a la vera del césped recién segado, se entregaron a aquello que les había traído.

Con el tiempo, la conversación acabaría por fatigarse en divagaciones y menudos comentarios, permitiendo que el hilo del debate se deshilase hasta romperse en contiendas cruentas: aquellas que aún desangraban a la joven patria, de suerte que tuvo a bien Luan Turdo dirigir a su más cercano amigo, Héctor Orosa, una pregunta: qué memorias puras conservaba de las guerras de hacía una década; mas éste no acertó a responder con la presteza que Luan había llegado a esperar de su parte.

Enteróse Héctor de las rebeliones en Zamora, Sahuayo y Cotija algún tiempo atrás, durante los corrillos borrachos de los camaradas de su padre; empero, la dignidad de lo referido no avivaba en su mente imágenes semejantes a las que le suscitaban la lectura de Calvario y Tabor. Diríase antes Los bandidos de Río Frío —con sus bandolerías y sus temerarios religiosos—, a causa del relato de uno de los borrachos, a quien unos hombres con cristos bordados en la tela habían despojado en el camino a Tierra Caliente.

Mas luego le volvió la cuestión, curioso por saber cuánto conservaba el propio Luan en la memoria acerca de aquel trecho de 1876.

Luan confesó, con recato, que aquello que llamaba memoria se le figuraba como la esencia de un cristal fragmentado y esparcido por arenas siempre ondulantes. Tenía cinco años de edad cuando su hermano huyó del hogar para incorporarse a la Guardia Nacional y batallar en una guerra que estaba ya pronta a perder su causa; y, cuando ésta hubo fenecido, contaba apenas seis. De manera que cuanto creía recordar no podía ser sino una reconstrucción ilusoria, una amalgama de la mente infantil con todo aquello que referían los mayores, fuesen cuales fueren sus intereses, habitualmente de natural político.

Añadió, no obstante, que estimaba una sola remembranza por incorrupta, juzgando que no habría mito ni mentira capaces de trocar lo padecido en instrumento adscrito a facción alguna.

Estiró las piernas y cruzó una sobre la otra, entrelazando asimismo las manos sobre el vientre, mientras contemplaba el cielo sereno y el incesante girar de los mirlos sobre sus cabezas.

Rememoraba una mañana de marzo de 1876. Los cristales emplomados de las largas ventanas, propios de la casona, privaban al salón de luz natural, dejando el aposento sumido en una penumbra espesa. El alba no había expulsado aún del terruño el hálito de escarcha nacido de la noche; aquella rareza, así calificada por las doncellas, persistía del invierno aun entrada la reciente primavera.

Yaciendo quieto, Luan se sobresaltó con un golpe atronador proveniente de la puerta principal. Acudió al llamado y abrió sin que la madera protestara, hallándose ante un hombre uniformado, flanqueado por dos soldados rasos. Aquellos hombres —precisó el uniformado— estaban ligados a Federico, su hermano; él mismo se presentó como su capitán.

Los rasos venían desprovistos del uniforme que se esperaba de un militar; a diferencia del personal del Ejército Federal, no se ataviaban con insignias ni otras prendas reglamentarias, de suerte que un ojo distraído bien hubiera podido confundirlos con pacífica gente de labranza, de no mediar aquella cualidad de su continente, propia de hombres de guerra.

Cubríanse con camisas de manta basta, chaquetas de cuero vacuno y pantalones ya asentados al cuerpo por la memoria del lodo. Bastaba advertir que, en el clima malhadado de aquel marzo, venían asimismo desamparados frente a los elementos; y, al propio tiempo, era indiscernible si de sus cuerpos emanaba el vaho o si eran sus espíritus los que se arrastraban con él.

Por el contrario, el capitán ostentaba prenda excelente y digna de su empleo: casaca de corte justo para su ancha figura, azul marino —casi negro—, realzada con bordaduras carmesíes en las mangas.

Con su sombrero de anchas alas sobre el pecho, dobló la rodilla hasta ponerse a la altura del infante e inmediatamente después posó una mano enguantada sobre su hombro, no sin alguna dificultad, para rogarle que se sirviese llamar a su madre. Asintió el pequeño y echó a andar ligero de sala en sala, pronunciando el nombre de la mujer hasta dar con ella. Entonces no se hizo esperar la tenida por matriarca de la casa, Magnolia Turdo, que se dejó ver en el umbral llevando al niño asido de la mano.

Los hombres se percataron del sosiego que el mero tacto del niño le traía, cosa que parecía no ser del todo reciproca. Era patente, además, que la señora comparecía con exceso de afeites; no parecía aquello efecto de la vanidad, sino recurso desesperado para encubrir la hinchazón de los párpados y disimular, bajo el color, la sombra que ya comenzaba a carcomerle el espíritu.

Dos días antes había recibido también la visita de un sacerdote: fue él quien le dio cuenta de que a la iglesia había llegado un cadáver de apellido Turdo. Suplicóle que acudiese a reclamarlo, pues si en circunstancias ordinarias se lo habrían entregado limpio y amortajado, el lastimoso estado en que se hallaba imponía la urgencia de darle sepultura sin ceremonias superfluas.

El sacerdote refirió, lívido, aquello mismo que se le había comunicado: que en el paraje donde fue hallado, sus propios compañeros de tropa desertaron del cuartel para dar búsqueda.

—Y falleció en soledad —dijo el sacerdote—. Lo arrastraron hasta… vaya Dios a saber qué sitio.

El patriarca y el sacerdote habían dado cuenta de buena parte de una botella de aguardiente de Castilla; servíanse el uno al otro apenas la copa quedaba vacía.

—Se fueron sin venia, los muchachos —murmuró el sacerdote, sofocando lágrimas que del patriarca no habían de brotar—. Lo hallaron en mitad de un maizal, tendido junto a su caballo. Al pobre animal sí le dieron muerte pronta: un disparo certero en el ojo.

Refirió asimismo que lo llevaron al cuartel cuando declinaba el Sol, clamando que los rebeldes habían dado muerte al Flaco. El capitán, sin más fe que la palabra de los soldados, certificó el deceso; miró el rostro exánime —abrasado y con las cuencas vacías— y ordenó que llamasen al capellán. Éste se rehusó a practicar los ritos, por lo cual el cuerpo vino a parar a La Candelaria, a ruegos y lágrimas.

Los tres hombres se presentaron al día siguiente al entierro, cuando aún no había cicatrizado el duelo. Magnolia no llegó jamás a posar sus ojos sobre el cuerpo maltratado de su hijo; el sepelio se celebró con el ataúd hermético y persuadióse ella de que aquello fuese a su misericordia.

Solo el padre del difunto pudo afirmar sin titubeo que aquel despojo era su niño.

—Señora madre… Vengo a presentar a vuesa merced mis condolencias. —pronunció el oficial, inclinándose con cortés reverencia extraordinaria para los procesos de la Guardia Nacional.

Detrás de él adelantóse uno de los soldados, haciendo entrega a la mujer de un uniforme maltrecho. Venía surcado por innumerables tajos inferidos con armas rústicas, que atravesaban el hombro y descendían por el pecho, además de pequeñas puñaladas esparcidas al acaso; mostraba asimismo un solo boquete de bala en el torso. Le habían arrancado los botones, y sobre la prenda descansaban un sobre lacrado con el identificador de la tropa y un cordón negro.

Magnolia tomó la prenda con manos trémulas; en ella percibió un peso que no correspondía a su tejido, una aspereza que le hirió la piel. Sin decir palabra, cerró la puerta. Luego llevó el traje hasta la estancia, lejos de los ojos y oídos de los soldados.

Conteniendo la respiración, desplegó y plegó la prenda una y otra vez, aferrándose a aquel vaivén obstinado como si en él pudiera retener lo que ya la cercaba. El dolor, que ella creía agotado en lágrimas, creció y borró la figura del niño que se prendía a su falda. Ya no existía nada más que ella y las manchas pardas que se desprendían de la tela con el roce: polvo seco que caía al suelo, confundido con la inmundicia.

La mujer desplomóse en un grito ahogado, estrechando el uniforme contra su pecho en un vano intento de asirse a los vestigios del único vástago que le era propio; y en su desesperación quedó reducida al débil llamado de su nombre.

Luan concluyó ante Héctor que tan medular resultaba aquel recuerdo, que entre todas las alhajas conmemorativas de los Turdo eran las estampas de su padre uniformado durante el servicio castrense las que más hondamente impresionaban su ánimo.

La primera, intitulada Capitán segundo Fabio Tommaso Turdo, fechada a 15 de febrero de 1847 —veintiséis años después de la independencia y solamente uno después de la intervención norteamericana—; la segunda, General de división Fabio Tommaso Turdo, fechada a 2 de enero de 1858.

En la segunda, y más imponente, su padre vestía levita azul marino de impecable aseo —de corte americano, muy en boga—, semejante a los modelos empleados por las marinas reales de Europa. El cuello alto mostraba ornato de oro en figura de hoja de roble, acompañado de charreteras doradas sobre los hombros e innumerables condecoraciones en el pecho. Tommaso, de tez pálida y cabellos castaños, lucía a su vez mostacho imperial, semejante al que era entonces tan popular entre la élite de la creciente fuerza militar.

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