1. "Familia real"
Érase una vez un pueblo grande llamado Aurorinia, que era controlado por un gran reino que les daba un buen sustento.
El reino estaba gobernado por el rey Josué y la reina Genevieve, quienes eran reyes muy estrictos y respetuosos. Tenían cuatro hijos que serían los futuros herederos del trono, y para ellos eran una gran bendición.
Cuando nació su primer hijo, lo llamaron Elías. Era un niño pelinegro, de ojos cafés oscuros, y fue asignado como el futuro heredero al trono.
Después, cuando Elías tenía cinco años, nació Pablo, su segundo hijo. Era un niño pelicafé y crespo, con una extraña condición llamada heterocromía, aunque la reina tuvo complicaciones durante el parto.
Cuando Elías cumplió nueve años, Pablo ya tenía cuatro. Se había convertido en un niño muy educado y, en ese momento, nací yo.
Yo soy el tercer hijo: un niño pelinegro, de ojos cafés oscuros y mejillas rojas. Tristemente, mi padre me había rechazado desde el vientre debido a unos rumores mal infundados.
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Pasaron cinco años.
Mi hermano Elías ya tenía catorce años y se había convertido en un joven con liderazgo y educación. Mi hermano Pablo tenía nueve años y se había vuelto un fanático de las espadas y la lucha. Mi padre lo admiraba porque lo veía como un gran guerrero.
Yo tenía cinco años y me había vuelto un niño tímido, desconfiado y obediente. Mis padres solían ser muy estrictos conmigo, aunque yo no tenía idea de por qué.
Mi mamá ya tenía nueve meses de embarazo y faltaban unos días para que naciera mi hermanito. Sería un niño y lo llamarían Dylán.
Él era un afortunado, porque mis padres deseaban mucho tener otro hijo... bueno, mi mamá, para ser más exacto.
A mí, siendo tan pequeño, me dolía ver que mis padres parecían amar más a mi hermanito que a mí. No le tenía envidia. Simplemente, muchas veces me sentía ignorado y eso me había lastimado.
Mi única ayuda era mi hermano Pablo, quien siempre me consolaba y me acompañaba en aquellos momentos.
Yo era el consentido de mis hermanos. Aunque admito que Elías y Pablo se llevaban mal. No sé si todavía se siguen llevando mal, porque Elías suele ser muy orgulloso y Pablo muy terco.
Por eso se ponían apodos.
Elías llamaba a Pablo: "Tonto testarudo".
Y Pablo llamaba a Elías: "Princeso de papi".
Elllos me consentían mucho y eran mi apoyo.
Después de unos días, mi madre tuvo su cuarto parto, ¡natural!, y nació Dylán.
Dylán nació pelicafé y tenía los ojos azules claros. Era gordito y se parecía muchísimo a mi mamá, algo que a ella le encantó, porque ninguno de nosotros había heredado completamente sus rasgos.
Mi padre mandó a sus sirvientes a preparar una gran fiesta por el nacimiento de mi hermano. Todos los habitantes del pueblo podían ingresar al reino para asistir al gran banquete.
Todo el pueblo comenzó a preparar los mejores regalos que podían ofrecerle al nuevo heredero.
Elías solo hablaba con mi padre sobre las vestimentas y la organización del banquete.
Mamá pensaba en las decoraciones mientras cargaba a Dylán en sus brazos y lo hacía dormir.
Pablo estaba en el jardín buscando alguna manera de escaparse para hacer travesuras.
Y yo estaba en el balcón de mi cuarto, mirando hacia el pueblo con curiosidad.
Me preguntaba:
¿Cómo será ese lugar?
¿Cómo será la gente?
¿Podré algún día ir allá?
Me fascinaba la idea de salir algún día del reino y visitar aquel pueblo que veía con tanto asombro.
No tenía amigos. Mis hermanos estaban ocupados con sus cosas y Dylán todavía era demasiado pequeño para jugar conmigo.
Así que yo me quedaba solito con mi peluche, deseando tener algún amigo con quien jugar y hablar.
Continuará...








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