Capítulo I - El mismo sentimiento
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💜 Canción recomendada: “Hello” — SHINee 💜
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Nolan tragó, pero la presión debajo del pecho no cedió. La papa frita seguía entre sus dedos, a medio camino de la boca. La dejó en el plato y tiró de una servilleta del dispensador cromado. Se frotó los dedos para quitarse la salsa mientras decidía si podía fingir que no había escuchado nada.
Al otro lado de la mesa, Lex esperaba con un brazo sobre el respaldo de vinilo rojo. El Babalú estaba lleno, como casi todos los viernes. Entre las mesas pasaban chicos con los patines colgados del hombro y, cada vez que se abrían las puertas dobles del fondo, la música de la pista llegaba unos segundos más fuerte.
A Nolan le habría bastado estirar una pierna para golpearle el zapato, como hacía cada vez que decía una estupidez. Esta vez mantuvo los pies quietos.
—¿Qué?
—Dije que a ti te gusta Paige.
Nolan soltó una risa breve. Detrás de Lex, una pareja recién llegada se acomodaba en una mesa.
—No sé de dónde sacas eso.
—Eres tan obvio. Llevas un rato sonriéndole a tu teléfono como un tonto. Siempre lo haces.
—Me mandó un video.
—Sí, lo vi, Nolan. Yo también estoy en el grupo. A ese tipo de cosas me refiero.
En la pantalla seguía abierto el video: un perro que intentaba subirse a una patineta y acababa arrastrándola por la correa. Paige lo había enviado desde el baño con un mensaje para él: «Tú cuando dices que vas a enseñarnos una nueva pirueta». Nolan dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Era gracioso.
—Bastante. Realmente me recuerda a ti —se burló Lex.
—Oye, hay movimientos muy difíciles.
—Claro, no tiene nada que ver con que seas torpe.
Lex tomó una papa del plato de Nolan. Nolan arrugó la servilleta entre los dedos. ¿Tenía que decirlo así? Paige podía volver en cualquier momento y él ya tenía las orejas calientes.
—Oye, Lex… —El aire se le escapó por la boca antes que las palabras.
—Espera. No actúes como un tonto. ¿Crees que voy a decírselo?
Nolan estuvo a punto de responder, pero una carcajada llegó desde las mesas cercanas a la entrada de la pista. Miró hacia allí y reconoció a un par de compañeros de su clase. Uno hablaba con otro chico mientras se ajustaba los cordones de los patines; ninguno parecía prestarles atención.
Aun así, Nolan bajó un poco más la voz.
—Nunca tuve la intención de decírselo. Sé que ella quiere a Alden.
Alisó la servilleta que había arrugado entre los dedos. Hubo un tiempo en que había imaginado que Paige podía mirarlo de otra manera, pero hacía bastante que había dejado de esperarlo.
Le gustaba sentarse con ella, escuchar los audios interminables que enviaba al salir de clases y recibir alguno de sus abrazos. También sabía cuánto llevaba Paige esperando que Alden —el mejor amigo de su hermano Josh— la invitara a salir. Tres años daban para escuchar muchas versiones de una misma conversación.
Lex dejó el vaso sobre la mesa. Esta vez habló sin rastro de burla.
—Te entiendo. Querer a alguien que quiere a otra persona es una mierda.
Después volvió a beber. Nolan se quedó con los dedos apoyados en la servilleta.
Así que a él también le gustaba Paige.
Había escuchado tantas veces a Lex quejarse de las citas, rechazar invitaciones, decir que prefería quedarse con ellos. Ahora recordó las películas que Lex y Paige elegían juntos y las veces que ella se había dormido sobre su hombro. Nolan solía sacarles fotos para burlarse después. Tenía varias guardadas.
Nolan vació en su vaso lo que quedaba de la botella de soda, pero al primer sorbo el refresco le resultó demasiado insípido.
¿Cuánto tiempo llevaría pasando aquello delante de él?
—¿Vas a comerte esas? —preguntó Lex.
—Sírvete. —Nolan empujó el plato hacia el centro.
—¿Todas?
Antes de que pudiera responder, Paige apareció junto a la mesa y dejó caer una mano sobre el hombro de Lex.
—¡Alto ahí! Espero que hayan guardado algo para mí.
—Él está llevando la cuenta —dijo Lex.
Normalmente Nolan habría apartado el plato para seguirles el juego. Esa noche lo dejó donde estaba. Lex recogió el bolso que Paige había dejado a su lado y se lo devolvió cuando ella terminó de sentarse.
—¿Qué tienes? —le preguntó ella a Nolan.
—Nada. Ya estoy lleno.
Paige examinó las papas y luego su cara, pero no insistió. Sacó un cuaderno del bolso y lo puso junto a su teléfono.
—Toma. Te marqué lo que entra en la prueba.
—Te dije que podía copiarlo el lunes.
—Y yo quiero que el lunes me lo devuelvas. Estudia el fin de semana, sin excusas.
Nolan abrió el cuaderno donde estaba la hoja doblada. Había una anotación en el margen: «Este sí lo sabes. Deja de saltártelo». Reconoció el ejercicio que había abandonado aquella mañana y pasó el pulgar sobre la frase.
—Gracias.
Paige no lo escuchó; ya estaba inclinada hacia Lex para enseñarle algo en la pantalla. Nolan cerró el cuaderno.
—Esta es la que te decía —comentó ella—. Ya la podemos ver.
En el teléfono se distinguía una casa al final de un camino. Nolan conocía lo suficiente a sus amigos para sospechar de cualquier película con una casa que les pareciera una buena idea.
—¿Otra de gente que no sabe cuándo debe mudarse?
—Esta te va a gustar —aseguró Paige.
—Eso dijiste la última vez.
—Y te gustó.
—Tuve que ir al baño con la puerta abierta.
Lex se rio. Nolan estuvo a punto de hacerlo también, pero Paige le dio a Lex un golpecito en el brazo y los dos empezaron a discutir sobre cuál había sido la peor escena. Recordaban detalles que Nolan se había perdido detrás de un cojín. Se quedó oyéndolos mientras despegaba una esquina de la etiqueta de su botella.
Cuando Paige le preguntó si le venía bien verla el sábado de la semana siguiente, Nolan dijo que sí. Solían reunirse en casa de Lex. Nolan llevaba algo para comer y protestaba durante la elección hasta que alguno le hacía sitio en el sofá. Nunca había necesitado pensar demasiado en dónde sentarse.
Pidieron la cuenta poco antes de las nueve. Mientras Paige buscaba el dinero entre los papeles del bolso, Nolan guardó el cuaderno. Lex le pasó el teléfono, que seguía boca abajo junto al plato.
—Hoy se te va a quedar hasta la cabeza.
—Si ves que la dejo, puedes quedártela.
—Claro que no. No tengo dónde poner esa cosa enorme. —Sonrió Lex.
Nolan le quitó el teléfono de la mano. Cualquier otro viernes habría sabido qué contestar; esa noche la réplica se le ocurrió cuando ya estaban levantándose.
Al salir del Babalú, la música quedó amortiguada detrás de ellos. La heladería estaba a unas tres cuadras, al final de una calle con pequeños locales todavía abiertos y algunas mesas ocupando parte de la acera.
Paige señaló hacia delante.
—Vamos, chicos, yo invito.
—No tengo ganas ahora —dijo Nolan.
Ella se detuvo y le apoyó la palma en la frente. Nolan aguantó un instante antes de sujetarle la mano y bajársela.
—Ay, no seas dramática, por favor. Estoy bien.
—Lex, este tipo no es Nolan.
Su amigo tenía la atención puesta en las manos de ambos. Nolan soltó la de Paige. Hasta hacía un rato podía tocarla sin preguntarse si aquello iba a dolerle a alguien.
—Tiene la misma expresión estúpida de siempre —contestó Lex—. Yo diría que sí es él.
Paige le tomó la cara entre las manos y se la volvió hacia Lex.
—Estás loco. Mi bebé tiene la cara más linda del mundo.
—Tengo diecinueve años, Paige.
—Y una cara preciosa, bebé.
Nolan intentó protestar, pero Paige le había apretado las mejillas y la primera palabra salió deformada. Ella se echó a reír. Él también habría podido reírse si Lex no estuviera tan cerca, viendo cómo lo manoseaban en mitad de la acera.
—Deja de jugar con ese tonto —dijo su amigo.
—Ay, mira qué suave.
Paige liberó una de sus mejillas, tomó la mano de Lex y se la apoyó allí. Nolan dejó de intentar hablar. La palma era tibia y el borde del pulgar le quedaba cerca de la nariz.
—¿Ves? —insistió ella.
Nolan esperó alguna burla. Lex tenía opiniones desagradables sobre casi todo y una especial facilidad para compartirlas cuando él no se las pedía. Paige ya había soltado la muñeca de Lex, pero él seguía tocándole la mejilla.
Por un segundo, Nolan se quedó quieto bajo su mano. Lex retiró la palma.
—Es como un flan de fresa.
«¿Flan de fresa? Habrá querido decir vómito de perro, ¿verdad?»
Paige soltó una carcajada. Nolan aprovechó para liberarse de la mano que aún le sujetaba la mejilla.
—Se acabó. Cómanse un helado y déjenme la cara en paz.
—Bueno, ya no te enojes. Tú eliges el sitio mañana, ¿está bien? —concedió ella.
—Entonces, quiero ir a patinar.
—Qué sorpresa —murmuró Lex.
Nolan le dio un empujón en el brazo sin pensarlo y casi consiguió relajarse. Cuando llegaron a la última cuadra, Paige alzó una mano para saludar a alguien al otro lado del cruce.
—¡Alden! —Paige se volvió hacia ellos—. Lo siento, chicos, me voy con él. Los helados quedan pendientes, ¿sí?
Nolan reconoció al muchacho junto al cruce. Le bastó ver la prisa con que Paige se colgaba el bolso para saber que se habían terminado las negociaciones.
—Que no te lleve tarde a casa —dijo Lex.
Ella abrió los brazos y los dos se acercaron. Nolan la abrazó por un costado; al apoyar la mano en su espalda, rozó los nudillos de Lex y tuvo que moverla un poco más abajo. Habían cabido en aquellos abrazos desde niños y esa noche le costaba encontrar dónde ponerse.
Paige los soltó y fue al encuentro de Alden. Nolan se quedó junto a Lex mientras ella cruzaba. Paige se veía feliz. Había pasado buena parte de la cena contándoles que Alden le había escrito primero, y ahora él caminaba hacia ella con la misma prisa.
Cuando Nolan se volvió, descubrió una sonrisa en la cara de Lex. Se metió las manos en los bolsillos antes de que su amigo lo sorprendiera observándolo.
—¿Vamos? —preguntó Lex.
Nolan asintió y echó a andar a su lado. Todavía tenía la mejilla caliente.








