Capítulo 1
Rafael
El resplandor del monitor me encandilaba en la penumbra de la pieza, la única luz en el cuarto salvo por el LED azul del gabinete procesando como un motor en ralentí. En la pantalla, un bloque de código en Python parpadeaba con el cursor ansioso: `async def sync_player_data(websocket, player_id):`. Llevaba tres horas renegando con los sockets de la red para que la latencia del multijugador no arruinara la posición de los personajes. Un solo paquete desincronizado, un `json.JSONDecodeError` no capturado al parsear la estructura, y la conexión entre los servidores locales se caía a pedazos. Si perdía la variable del estado actual, no había *checkpoint* que me salvara: debía reiniciar todo el entorno de pruebas desde cero. Tenía la espalda contracturada y los ojos rojos para no pestañear.
Mis dedos volaban por el teclado, masticando sintaxis entre corchetes y promesas asíncronas.
— ¿Vamos, Rafa? — preguntó mi hermano más chico, Franco, desde el marco de la puerta.
— ¿Vamos a donde? — indague sin siquiera voltear a mirarlo. Estaba a dos líneas de cerrar la función principal del bucle de red; si apartaba los ojos del código para mirar a otro lado, perdía el hilo y un paréntesis mal cerrado me hacía saltar un error en la ejecución.
— ¿Al club? Dijo mamá que me lleves.
— ¡Mentira! — exclamé, soltando las teclas con rabia pero dejando la vista fija en el paréntesis que no lograba cerrar.
Él encogió sus hombros con esa pasividad exasperante que solo los hermanos menores dominan a la perfección, apoyando el peso de su cuerpo contra el marco con los brazos cruzados.
— Llámala.
La puta madre.
Ahí estaba: `SyntaxError: unexpected EOF while parsing`. Y peor aún, en la terminal el proceso colapsó sin guardar la instancia. El bucle de red se había roto justo antes de escribir en la memoria temporal y la base de datos local quedó corrupta. Todo el módulo de sincronización a la basura. Tenía que volver a escribir la lógica de comunicación desde cero. Tragué saliva, sintiendo un calor seco subirme por el cuello.
Agarré el teléfono con molestia del escritorio, casi revoleándolo sobre el mousepad, y llamé al contacto Mamá. Esperé a que atendiera masticando la bronca, escuchando el tono de llamada retumbar en el altavoz.
— Hola, mi bebé mayor —respondió con esa tonada tranquila que me irritó todavía más.
— No me llames así, por favor. Vieja, me está diciendo Franco que lo lleve al club.
— Claro. Si te lo dije, hijo.
Hice memoria. Miré el techo de la pieza tratando de rebobinar las últimas cuatro horas. No, no me lo había dicho. Estaba seguro de que no me lo había dicho.
— ¡No me dijiste nada!
— Sí. Cuando estabas con la computadora.
Bueno, quizás sí me lo dijo y no la escuché. Con los auriculares puestos y la cabeza metida entre variables de Python, un meteorito podría caer en el patio y yo no me enteraría.
— Vieja, pero yo entreno a las ocho. Él a las seis. Voy a estar dos horas dando vueltas en el club.
— ¿Y? Te prefiero en el club y no encerrado en la habitación haciendo vaya a saber qué cosa.
— Dale, vieja...
— Agarrá el auto, dejá de quejarte. No te estoy pidiendo que lo acompañes a la peluquería con la abuela, no seas quejoso. ¿Podés hacerme ese favor?
— ¡Bien! —resoplé, dándome por vencido y dejándome caer pesado contra el respaldo de la silla gamer.
— Gracias, hijo. Te amo.
Corté. Corté el llamado de un plumazo sobre la pantalla táctil. Franco estaba parado en el umbral esperando, mitad divertido, mitad impaciente. Disfrutaba cada segundo de su victoria con las manos metidas en los bolsillos del short.
— Te lo dije —soltó con una sonrisa socarrona.
— Andate o te revoleo un botín.
— Cuánta violencia, che. Necesitas una novia.
Se alejó por el pasillo matándose de risa y yo me puse a preparar las cosas, con la bronca todavía atragantada por el código perdido. Puse el bolso negro sobre la cama, tiré dos botines cuyo cuero olía a pasto seco, busqué medias, shorts, tobilleras, remeras del club, toallón limpio, desodorante, ropa interior. No me iba a cambiar ahora; era demasiado temprano. Me dejé el jogging negro, remera gris, zapatillas deportivas y tiré un buzo de abrigo en el bolso por si aflojaba el sol.
Bajé rápido los escalones de a dos y vi a Franco esperando en la cocina, rebotando la pelota de entrenamiento contra el piso cerámico, un pum-pum rítmico que me taladraba la cabeza. Agarré las llaves de casa y las del auto que estaban sobre la mesada de granito y salimos. Hacía poco que tenía el registro y sabía que la felicidad me duraría poco. Desde que lo había sacado, la independencia era una ilusión: cualquier salida era la excusa perfecta para enviarme a hacer los mandados.
El motor del Gol arrancó con ese leve temblor que ya me resultaba familiar y el olor rancio del aire acondicionado viejo. Puse primera, solté el embrague despacio para no dar un tirón y salimos a la calle. Franco no tardó ni dos segundos en estirar la mano hacia la pantalla del estéreo para conectar su teléfono por Bluetooth.
De repente, los parlantes empezaron a retumbar con un ritmo enlatado, una base sintética repitiéndose en bucle y la voz de un chabón distorsionada por tanto autotune que parecía un robot con congestión nasal, escupiendo rimas sin mucho sentido sobre una base de trap hiperprocesada. Supe en el acto que las dos cuadras de paz que me quedaban por delante se habían terminado.
Apreté el volante con más fuerza de la necesaria, sintiendo la textura del plástico frío entre los dedos mientras esquivaba un pozo en la esquina.
— ¿Qué es esta porquería? —pregunté, frunciendo el ceño y bajando un par de puntos el volumen desde la perilla.
— Música —contestó Franco sin sacar los ojos del celular, pasándole los dedos a la pantalla a toda velocidad.
— No, esto no es música. Es un ruido nefasto.
— ¿Y qué sabés vos? Lo que escuchás ya están muertos —soltó con una suficiencia que me dio ganas de bajarlo en la mitad de la avenida.
— Porque eso era música, Franco —le respondí, subiendo la voz para imponerme sobre el retumbo del subwoofer que hacía vibrar el espejo retrovisor—. Gente tocando instrumentos de verdad, guitarras, baterías con alma, letras que decían algo. No un tipo hablando rápido sobre una pista generada en dos minutos con una app del celular.
— Sos un viejo de ochenta años atrapado en el cuerpo de uno de diecisiete, Rafa. Dale, dejá eso, es el tema nuevo que salió hoy.
Resoplé, poniendo la luz de giro y doblando en la calle de tierra que daba directo al club. Franco le volvió a subir al volumen, dándole golpecitos al tablero al ritmo del bajo, completamente inmune a mis protestas mientras yo solo pensaba en que me quedaban dos horas muertas por delante, un duro entrenamiento de físico bajo las luces amarillas del predio y un código arruinado esperándome en casa.
Cuando llegamos al club, me fui directo al área del estacionamiento, maniobrando entre los pozos de barro seco. Me acomodé con cuidado entre un auto y la columna de luz, todavía desconfiando un poco de mis habilidades para estacionar marcha atrás sin rayar nada; estiré la cabeza dos veces mirando por el espejo lateral antes de apagar el contacto. Recién cuando el motor quedó en silencio, nos sacamos el cinturón de seguridad, bajamos, agarramos los bolsos del asiento trasero y cerré el auto con el gatillazo de la alarma que sonó con un *piip-piip* metálico.
Las canchas de fútbol quedaban justo al final del predio, así que debíamos caminar al menos una cuadra y media entre la arboleda de eucaliptos. El olor a hojas secas y tierra mojada llenaba el aire. Mientras caminábamos, íbamos saludando a la mitad de la gente: al de la garita, a un par de profes que pasaban con las planillas, a los padres de otras categorías. Prácticamente nos habíamos criado dentro del club, así que todos nos conocían y nosotros conocíamos a todos.
— No me sigas, Rafa, me voy con los chicos —dijo Franco apurando el paso en cuanto vio los conitos naranjas de su categoría alineados sobre el césped.
— Bien —le devolví.
Miré a Franco irse con su grupo de amigos corriendo y tirando la pelota al aire, y miré a mi alrededor a ver si estaba alguno de los míos. Pero no; era demasiado temprano. Faltaban dos horas para mi entrenamiento. Mis compañeros amaban el fútbol, pero tampoco era para tanto como para caer dos horas antes. Podía ir al buffet a tomar algo, pero la verdad es que la tarde estaba linda. El otoño estaba por empezar y todavía se podía disfrutar de estar en remera, aunque ya se notaba que empezaba a anochecer más temprano y la luz del sol se ponía dorada entre los árboles.
Decidí sentarme en una de las gradas de madera para ver a Franco desde lejos. No lo invadía, pero al menos tenía con qué entretenerme un rato. Dejé el bolso a mi lado sobre el listón astillado, busqué el teléfono en el bolsillo y vi que tenía un mensaje de mi mamá.
Mamá: ¿Estás bien?
Yo: Sí.
Mamá: ¿Franco bien?
Yo: Sí.
Mamá: ¿Me podés contestar algo más que un monosílabo, Rafael?
Yo: Está bien.
Resoplé con una sonrisa, guardé la pantalla del chat con ella, ingresé al grupo de fútbol con los chicos y pregunté si alguno andaba por el club. Mínimo diez mensajes al hilo con «no», «ni a palos», «recién me me levanto de la siesta» empezaron a llegar uno tras otro haciendo vibrar el celular en mi palma.
Guardé el teléfono en el bolsillo dándome por vencido y me puse a ver a mi hermano a lo lejos intentando hacer la entrada en calor, trotando a los tirones con los de su categoría mientras el profe les gritaba desde el centro.
— ¿Qué tienen los hombres con el fútbol?
Reconocí esa voz en el acto. La había escuchado mil veces en los pasillos, pero jamás me había hablado a mí directamente. De hecho, al principio ni me moví; me quedé congelado en el tablón, no estaba seguro de que me estuviera hablando a mí. El pulso me dio un salto imprevisto en el pecho. Pero entonces su cabeza giró hacia la mía y sus ojos me observaron directo.
La conocía, claro que la conocía. Todos en la zona la conocíamos: Josefina Cruz, o como su círculo íntimo la llamaba: Jose. Era de mi edad, pero no iba al mismo curso que yo. Habíamos ido juntos a la primaria, pero al arrancar la secundaria elegimos diferentes especialidades —yo me fui a Informática, ella a Ciencias Sociales— y nos separamos. Tampoco es que antes hubiéramos hablado mucho, pero cuando ella empezó la secundaria, su excelencia llegó a otro estatus. Y por estatus digo prácticamente inalcanzable. Todos la veíamos, todos sabíamos quién era, pero nadie tenía el suficiente coraje como para acercarse a sacarle conversación así porque sí.
Ahora estaba ahí, parada a un escalón de mi grada, con los hombros relajados pero una presencia que llenaba el espacio, esperando que le contestara. Entonces sí, definitivamente me estaba hablando a mí. Sentí que el cuello me quemaba.
— ¿Qué decís? ¿Cuál es la gran cosa con el fútbol? —repitió, cruzándose de brazos.
Giré la cabeza, acomodándome en el tablón de madera con cierta torpeza, y me tomé un segundo para procesar que Josefina Cruz estaba ahí parada preguntándome eso a mí, Rafael Pacheco, el pibe del buzo holgado y las manos llenas de código.
— Bueno... —empecé, buscando las palabras exactas, intentando que no se me notara la voz temblorosa de pibe tomado por sorpresa—. No es solo correr detrás de una pelota, ¿sabés? Para los argentinos es otra cosa. Es el único lugar donde todo lo demás se apaga por noventa minutos. Da igual la semana de mierda que tuviste, si te fue mal en un examen o si no tenés un peso. Cuando entrás a la cancha o cuando te sentas a ver a tu equipo, te conectas con algo más grande. Es identidad, es familia, es esa herencia que te deja tu viejo o tu abuelo. Es la única forma que tenemos de tocar el cielo o irnos al infierno en un domingo, todos juntos.
Josefina se me quedó mirando en silencio mientras las sombras del atardecer caían sobre la cancha. Mantuvo la mirada un momento, fijamente, procesando las palabras, hasta que se le dibujó una pequeña mueca en los labios.
— Sí... entiendo. Tiene sentido —dijo al final, reflexionando con la vista fija en los chicos que corrían abajo.
Ella bajó la mirada y vio mi bolso apoyado en el tablón.
— ¿Viniste a entrenar? —preguntó.
— Sí, pero todavía no me toca. Yo entreno a las ocho. Traje a mi hermano.
Josefina soltó una risita seca, casi irónica, con una gracia natural que le nacía sin esfuerzo mientras devolvía la vista hacia la cancha donde corrían los chicos.
— Así que fuimos los choferes.
La miré un segundo sin entender del todo qué estaba queriendo decir, pestañeando despacio y sintiéndome medio descolocado por la soltura con la que se movía.
— Yo tuve que traer a mi hermano —continuó ella, acomodándose el pelo tras la oreja con un movimiento pausado—. Ramiro. Creo que es amigo de tu hermano... Lo vi algunas veces en mi casa.
Parpadeé un par de veces tratando de acomodar las piezas en mi cabeza. Franco tenía mil amigos de la categoría, pero yo jamás me había puesto a repasar los apellidos de cada uno. O sea que el famoso Ramiro era un Cruz. Y lo que me descolocó todavía más: yo no tenía la menor idea de que ella supiera quién era mi hermano, y mucho menos quién era yo.
— Debería irme, ¿no? —murmuró mirando la hora en el celular—. No hace falta que lo espere acá.
— No, yo me voy a quedar acá así los puedo ver —le dije, casi por instinto, acomodándome la remera con un gesto rápido.
— No, mejor no me voy —corrigió ella con una sonrisa rápida—. Esto de estar encerrada en casa ya me tenía un poco aburrida. ¿Vamos a merendar algo?
— ¿Nosotros? —salté, sorprendido, dando un pequeño respingo en el tablón—. ¿Vos querés merendar algo conmigo?
— Sí, a comprar al buffet, merendar algo —dijo como si fuera la cosa más normal del mundo—. Si vamos a estar acá los dos sentados sin hacer nada, mínimamente vamos a comer algo.
— Sí, claro… vamos.
Se levantó con esa soltura que parecía quedarle tan cómoda. Yo, medio nervioso, sintiendo el estómago como si estuviera a punto de rendir un final de Matemática, agarré el bolso de un tirón, me lo colgué al hombro trastabillando apenas con el tablón y empezamos a caminar lado a lado por el caminito de piedra.
— ¿Venís todos los días a entrenar? —preguntó mientras esquivábamos a un par de chicos en bicicleta.
— Algo así... Vengo tres veces por semana.
— Está bien.
— Y más el gimnasio, más los asados, las reuniones... —agregué para no sonar tan escueto ni parecer un ermitaño que solo vive entre cuatro paredes.
— Ah, completo —se rió—. O estás en el colegio o estás metido acá.
— Más o menos. ¿Vos?
— No, solo vengo dos veces por semana a nadar. Y hasta ahí llega todo mi amor por el club, te juro.
— Está muy bien.
Llegamos a la puerta del buffet y el olor a café recién pasado, a tostados y tostadas nos pegó de lleno.
— ¿Qué te gustaría merendar? —me preguntó ella mirando el mostrador de vidrio iluminado.
— No sé… —atiné a decir, pasándome la mano por la nuca.
Si alguien me hubiera querido apostar que iba a merendar de manera casual con Josefina Cruz un jueves de marzo, apostaba en mi contra todo el sueldo que no tengo.
— ¿Qué querés para merendar? —insistió.
El chico del mostrador, Leo, me vio indeciso y con la cara de boludo que seguramente tenía en ese momento.
— Bueno... Hay café, café con leche, hay té, tostados, medialunas...
— Café con leche con medialunas —definió sin dar
vueltas.
No tenía idea de que Josefina Cruz comía medialunas. La hacía más bien de consumir cosas light o no comer nada en el club, pero ahí estaba. Resultó ser mucho más real y menos mito de lo que pensaba.
— Bueno, entonces... dos cafés con leche con medialunas Leo, por favor —le dije al muchacho del mostrador.
— ¿De manteca o de grasa? —nos preguntó.
— ¿De manteca o grasa…? —me repitió Josefina, mirándome para que decidiera.
— De manteca.
— Bien, cuatro de manteca, por favor.
Saqué la billetera de cuero gastada que tenía en el bolsillo del jogging para pasarle la plata antes de que cobrara.
— No, está bien, no te preocupes, yo invito —dijo Josefina, frenándome el brazo con sutileza, apoyando apenas sus dedos sobre mi antebrazo. El contacto me dio un chispazo eléctrico.
— No, en serio, no... no hace falta.
— Está bien, no me molesta pagarte —sonrió suavemente—. Además, si me vas a hacer compañía mientras tengo que esperar a que mi hermano termine de entrenar, es lo mínimo que puedo hacer.
— Se los llevo a la mesa chicos, gracias —nos avisó Leo juntando los pocillos en la bandeja.
— ¿Querés sentarte afuera o adentro? —preguntó ella girando hacia la salida.
— Vamos afuera, por ahora está lindo el clima.
— Sí — dijo ella, respirando profundo el aire fresco — ¡Me encanta el otoño!
Nos acomodamos en una de las mesas de chapa del patio, que estaba algo fría. Nos quedamos en silencio unos minutos. Ella miraba a su alrededor, recorriendo con la vista los árboles altos, los caminos de piedra y las canchas de tenis a pocos metros. A lo lejos se escuchaba el golpe seco de la pelota contra la raqueta, los pies pisando firme la arcilla y los gritos del saque.
Yo le daba sorbos cortos a mi café, sujetando la taza caliente para disimular que me temblaban un poco los dedos, sin saber bien de qué hablarle o qué clase de conversación podía mantener con alguien como Josefina Cruz sin quedar como un boludo aburrido.
La tenía a un metro y no pude evitar notar los detalles. Tenía el pelo castaño muy oscuro, lacio y largo, cayéndole a los lados de la cara. La piel era clara y se le veían unas pecas chiquitas salpicadas justo sobre el puente de la nariz y las mejillas. Los ojos oscuros, almendrados, le destacaban bastante porque tenía las cejas tupidas y bien marcadas. En la boca se le dibujaba una media sonrisa tranquila, como si estuviera siguiendo la charla de lo más relajada. Llevaba una remera negra lisa, bastante ajustada y de escote en U, con un jean clásico azul, apoyada sobre la mesa de chapa del buffet como si nada. Era una locura tenerla enfrente.
Tiré la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo el calor de la taza de café me devolvía un poco de aire y aflojaba la tensión del cuello. No sabía por dónde arrancar, pero el tema del colegio siempre era el terreno más seguro.
— ¿Y cómo te está yendo en el último año? —le pregunté, buscando romper el hielo.
— Igual que los otros —dijo Josefina, dejando la taza sobre el plato con un tintineo suave de porcelana—. Es muy satisfactorio que nos preparen para un futuro que existía hace veinte años atrás.
Me reí. Era irónica y perspicaz, con una agudeza que no me esperaba.
— Bueno, pero si sabés programación, quizás en el futuro podrías salvarte de Skynet.
— ¿Salvarme de qué?
Sentí un trago amargo. No podía ser más nerd y boludo. Había tirado una referencia de película ochentera como si fuera lo más normal.
— La inteligencia artificial de la película Terminator.
Arrugó su nariz sin poder entenderme todavía, marcando unas arrugas finas sobre las pecas. ¿Cómo no había visto semejante clásico? ¿Qué cosas veía?
— Evoluciona y provoca casi la extinción de los seres humanos.
Josefina soltó una carcajada limpia, sin la distancia que solía poner con todo el mundo, un sonido fresco que hizo que varios de las mesas de al lado se dieran vuelta.
— No me preocupa. Yo le digo por favor y gracias a mi IA.
Aquella ocurrencia me aflojó un nudo en el pecho. Me desarmó por completo la imagen que tenía de ella: no era la cheta inalcanzable de los pasillos; era ingeniosa, divertida y sorprendentemente accesible.
— Entonces… vos sos un nerd de la programación y esas cosas.
No me estaba preguntando, lo estaba afirmando con una chispita de gracia en la mirada.
— Algo así. Estoy aprendiendo.
— No entiendo cómo alguien puede estar horas frente a una pantalla viendo letritas de colores.
— Es maña, no más. Una vez que le encontrás la lógica, es como armar un rompecabezas. Aunque a veces el rompecabezas te odie.
Estaba a punto de contarle el desastre de la variable que se me había borrado antes de salir de casa, entusiasmado por hablar de lo mío, cuando una sombra se proyectó sobre la mesa.
Lucio Roy se acercó a nosotros, caminando con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del club y esa sonrisa canchera que parecía llevar pegada a la cara las veinticuatro horas del día. Venía confundido y divertido; se ve que la imagen de nosotros dos juntos le resultaba disparatada. No lo culpaba, a mí también me parecía irreal. Me puse rígido en la silla.
— Hola, Jose —dijo, frenando al lado de la mesa.
Ella no le respondió al instante. Bajó la vista, cerró los ojos un segundo con fastidio contenido y giró su rostro hacia el otro lado. No lo quería ahí. Se le notaba en cada línea de la espalda, dura como una piedra.
— Qué raro vos en el club. Lo odias —insistió Lucio, ignorando olímpicamente la tensión en el aire y mirándome a mí de reojo como si yo fuera un adorno o un mozo de la mesa.
— En realidad —comenzó a decir Josefina, volviéndose hacia él despacio, con una frialdad que helaba la sangre— te odio a vos, no al club. Pero acá estamos, ¿no?
El ambiente se volvió denso en un segundo. Sentí que el aire se congelaba alrededor de las tazas.
Josefina Cruz y Lucio Roy habían sido la pareja indiscutida desde que habíamos empezado la secundaria. Eran los reyes del colegio, los que todos miraban, lo que todos los sin personalidad deseaban ser. Hasta que a fin del año pasado, Lucio se olvidó de que tenía novia y se entretuvo con una chica de cuarto año de otro colegio en una fiesta acá mismo, en el salón principal del club. Fue un escándalo total. Corrió como reguero de pólvora al día siguiente y, desde entonces, Josefina no solo lo había borrado de su vida, sino que no le dirigía la palabra a nadie que intentara justificarlo. O eso me había enterado por el chisme general.
Lucio amagó una sonrisa, pero se le congeló en los labios ante la mirada fija de ella. Apoyó el peso del cuerpo en una pierna, visiblemente descolocado.
— Dale, Jose, no seas tan drástica. Pasó un montón de tiempo ya…
Lo miré de reojo mientras sujetaba la taza. Pache era de esos pibes que caminaban por el club adueñándose de cada rincón, de los que siempre tenían a alguien alrededor aplaudiéndoles los chistes. Saber la historia de fondo era una cosa, pero tenerlo ahí parado, imponiendo presencia y esperando que Josefina cediera como solía ceder todo el mundo ante él, me revolvió un poco el estómago. Una mezcla entre las ganas de no quedar metido en el medio de un tiroteo que no me correspondía y una sutil, casi culposa satisfacción al adivinar lo que se le venía encima.
— Y me sigue dando el mismo asco —interrumpí ella, sin levantar la voz, pero con una precisión de cirujano—. Así que si no te molesta, estamos merendando.
Me quedé quieto, sujetando la taza de café con las dos manos, deseando secretamente que el piso de cemento del buffet me tragara para no estar en medio de semejante tiro al blanco. Sentía el pulso retumbándome en las sienes.
Lucio me miró de arriba abajo, masticando la humillación antes de dar media vuelta e irse hacia la zona de los quinchos, arrastrando las zapatillas sobre el camino de piedra. El silencio regresó a la mesa de golpe, pesado y cargado de aire frío.
— Perdón —dije, casi por instinto, aunque no tenía la menor idea de por qué.
Josefina me miró fijamente, con las cejas levemente arqueadas y la taza apoyada cerca de los labios.
— ¿Por qué te disculpas?
— No lo sé —admití, rascándome la nuca, incómodo por haber quedado atrapado en el tiroteo.
— No estamos haciendo nada malo, ¿o sí? —preguntó, mirándome con una mezcla de curiosidad y un destello de diversión en los ojos—. ¿Tenés novia?
— No, no —respondí rápido, quizás demasiado rápido, casi tragándome las palabras.
— Ah, bueno.
— Igual no tendría nada de malo —agregué, intentando sonar maduro y sacarle peso a la situación para no parecer un desesperado—. Estamos merendando nada más.
Josefina soltó una risita baja, dejando escapar un suspiro mientras se acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

— Ja. ¿Nunca tuviste novia no, Rafael Pacheco?
Sabía mi nombre. O al menos lo recordaba de la época del primario, porque de la secundaria dudaba que lo hubiera escuchado nombrar en alguna parte. El corazón me dio un vuelco ridículo en el pecho.
— ¿Me delaté muy fácil, no? —pregunté, sintiendo cómo se me calentaban las orejas hasta ponerse rojas como tomates.
Josefina soltó una sonrisa apenas marcada, de esas que no sabés si son para cargarte o porque de verdad le caes simpático, y le dio un sorbo a su café antes de hablar.
— En realidad, concuerdo con vos. Una merienda no debería ser motivo de escándalo. Pero… los celos convierten cualquier gesto en una amenaza.
La escuché en silencio, prestando atención a cada palabra. Lo dijo con una tranquilidad que me descolocó, como si la escena de recién con Lucio no le hubiera movido ni un pelo, pero con una certeza que pesaba en el aire. Miró el fondo de su taza y después me clavó los ojos de nuevo.
— Él sigue pensando que todo lo que hago es para buscarle la reacción —continuó, encogiéndose de hombros—. No le entra en la cabeza que la gente simplemente sigue con su vida. Que yo puedo estar acá sentada, tomando un café con vos, porque me pintó y listo. Sin segundas intenciones.
Envolvió la taza blanca con las dos manos, dejando que el vapor le rozara la cara, y usó el dedo índice para trazar un círculo ciego sobre la mesa de chapa. Había algo en su forma de estar ahí —en la postura relajada, en cómo cruzaba las piernas y te sostenía la mirada sin parpadear— que desarmaba cualquier intento de mantener una charla casual.
— Me gusta tu nombre — dijo, rompiendo el silencio — Rafael. Suena a escritor.
El sol de la tarde le daba de lleno en los ojos, sacándole un brillo cobrizo que jamás le había notado desde lejos en los pasillos del colegio, y por un segundo me olvidé por completo del frío que empezaba a colar entre los árboles.
Hora y media después, los chicos de mi equipo empezaron a llegar, para mi mala suerte, todos juntos en patota, haciendo ruido con los botines. Se frenaron un segundo a mirarnos, confundidos — como todos — y divertidos por la imagen de nosotros dos compartiendo la mesa. Por suerte ninguno acotó nada raro; solo pasaban, nos saludaban a ambos levantando la mano y seguían directo hacia el vestuario, masticando las risas disimuladas.
Al rato, el silbato de la cancha tres marcó el fin del entrenamiento de los más chicos. Nuestros hermanos terminaron de juntar los conos y se acercaron a nuestra mesa charlando de cualquier cosa.
— ¿Qué onda, Rafa? —me saludó Ramiro chocándome el puño.
— ¿Todo bien? —le devolví.
— ¡Olés horrible, Ramiro! —se quejó Josefina arrugando la nariz mientras juntaba sus cosas—, vamos así te bañas.
Franco se quedó clavado al lado del banco, alternando la vista entre la taza vacía de Josefina y mi cara con un descaro absoluto. Clavó los codos sobre el respaldo de una silla vacía, levantó una ceja y me sostuvo la mirada con una sonrisa socarrona que le cruzaba la boca de oreja a oreja. El mismo pibe que una hora atrás me cargaba en el auto por no salir de la pieza, ahora me miraba como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo. Le tiré una mirada asesina para que disimulara, pero solo sirvió para que aguantara la carcajada mordiéndose el labio inferior.
— ¿Fortnite después? —le preguntó Franco a su amigo, buscando confirmar la cita de juego de todas las noches.
Ramiro asintió sin dudarlo y empezó a caminar hacia el estacionamiento con el bolso colgado al hombro. Josefina se acomodó la campera, giró hacia mí y me regaló una última sonrisa.
— Nos vemos, Rafa —me saludó.
— Nos vemos. Gracias por la merienda.
— Adiós, Franco —le dijo a mi hermano, dejándolo con la mandíbula por el piso, totalmente desencajado.
Los vi alejarse por el camino de piedras bajo las luces del predio. Me quedé un segundo solo en la mesa, mirando el pocillo de café vacío, sintiendo el aire fresco de la noche que ya se había instalado del todo y el calor que todavía me quemaba la piel de las mejillas.
— ¿Nos vemos? Miralo… —preguntó Franco en cuanto los dos hermanos Cruz se perdieron por el camino de piedra hacia el estacionamiento, todavía con la boca abierta.
— Dejá de mirarme así, boludo, disimulá un poco —le dije, dándole un empujón suave en el hombro mientras agarraba mi bolso del piso.
— ¿Desde cuándo te juntás a tomar café con la hermana de Rama?
— No nos juntamos a propósito. Fue de casualidad. Me la crucé mientras te esperaba y charlamos un rato, qué sé yo.
Mi hermano me miró con una sonrisa socarrona, exactamente la misma que había puesto en la puerta de mi pieza hace unas horas, pero no dijo nada más. Sabía que si me pinchaba un poco más, no le iba a pasar la Playstation en toda la semana.
El olor a Reflex y pasto mojado me pegó en la cara apenas crucé la puerta del vestuario. El vestuario era un horno de humedad, sofocante, con ese vapor denso que siempre queda después del riego de la cancha principal. Todavía me estaba atando los cordones del pie izquierdo cuando cayó la masa entera del equipo, haciendo un quilombo bábaro con los tapones contra el cemento y rebotando los bolsos contra las paredes de azulejos descascarados.
— Bueno, bueno… ¡Al fin se decidió a dar la cara el galán! —gritó Pedro, revoleando su remera de entrenamiento directo a mi cabeza. La camiseta, sudada y pesada, me rozó la oreja antes de caer al suelo—. ¡El casanova de las medialunas de manteca!
— Nah, no podés tener tanta suerte, boludo —saltó el Rulo, acomodándose las canilleras entre risas, mientras dejaba escapar una carcajada exagerada que resonó en todo el lugar—. Caés dos horas antes a boludear y terminás merendando de casualidad con Josefina. ¡Nadie tiene tanta suerte en este club!
— ¡Vos no la tendrás! —agregó el Nacho, tirándose en el banco de madera de al lado, que crujió fuerte bajo su peso, y dándome una palmada en la espalda que casi me saca el aire—. Vos no tenés la facha de mi amigo Rafa, Rulo.
— ¡Callate, idiota! —le tiró el Rulo, tirándole un pelotazo despacio a los pies para cortarle el mambo.
— Hermano, esa piba no le da pelota a nadie desde el año pasado. Sos un héroe nacional.
Me puse de pie, acomodándome el short, e intenté poner cara de póquer para que no se me notaran las orejas rojas de la vergüenza. Sentía todas las miradas clavadas en mí, entre la burla y la curiosidad.
— No amigo, no pasó nada —protesté, agarrando la botella de agua del piso y dándole un trago largo para ganar tiempo—. Solamente nos cruzamos, nos aburríamos y fuimos al buffet a tomar un café. Fin.
— Solamente fuimos al buffet —me imitó el Rulo con voz finita, haciendo un gesto dramático con los brazos que hizo tentar a un par de los que estaban al fondo guardando los botines—. Escuchalo al modesto. Si yo fuera vos, mañana le mando un mensaje diciendo que me quedó picando la charla.
— No tengo su número de celular —expliqué, encogiéndome de hombros y tratando de sonar lo más desinteresado posible.
— Escribile por instagram —dijo Brian desde el fondo, metiendo la cabeza entre dos camperas colgadas mientras se terminaba de ajustar los tapones.
— No la tengo en redes sociales —admití, dejando la botella a un lado y cruzándome de brazos.
— ¿No la seguís en instagram? —saltó Pedro, frenando en seco lo que estaba haciendo para mirarme como si me hubiera vuelto loco.
— No. No sabía que era obligatorio hacerlo.
— No es obligatorio, pero todo el mundo sigue a Josefina Cruz en instagram —insistió el Rulo, señalándome con un par de medias enrolladas.
— Bueno, claramente todo el mundo no soy yo. No me interesa para nada —frené en seco, metiendo los puños en los bolsillos del short deportivo para disimular la impaciencia.
— ¡Se los dije! —le exclamó Tomi acercándose a nosotros a los pisotones, abriéndose paso a los empujones entre la ronda que se había armado—. Les apuesto un pancho a cada uno a que la minita no vuelve a hablarle.
— Nah, no sean tan mala leche —dijo el Rulo—. El tema es que este pibe es un tibio. Josefina no le va a mandar nada si él no mueve la ficha primero.
— Dejen de romperme las bolas, dale —rezongué—. No voy a encarar a nadie. Fue una charla y listo.
— ¡Mirá cómo se pone! ¡Se le vuela la térmica! —se burló Brian, dándole un golpe en la nuca a Tomi mientras se reían juntos.
— Hacés eso y te juro que te voy a quemar los botines en una de las parrillas —lo amenacé, señalándole con el dedo mientras me terminaba de acomodar la pechera amarilla.
— Bueno… ¿Y si ella vuelve a hablarle? —preguntó Brian.
— Eso no va a volver a pasar —negó Pedro.
— En algún sueño húmedo quizás —agregó Rulo.
— Son unos imbéciles, todos.
— Si ella le vuelve a hablar, yo les pago un pancho a cada uno.
Tomi se mataba de la risa y ya estaba por responder algo cuando de repente el pitido del silbato nos retumbó los oídos. Hizo que el murmullo de las risas y las cargadas se cortara al instante.
En el marco quedó parado Javier, despeinado, con la carpeta táctica apretada bajo el brazo y el silbato de plástico silbando entre los dientes antes de hablar. Nos recorrió a todos con la mirada, serio, clavando los ojos en el quilombo de bolsos y remeras tiradas por el piso.
— ¡Bueno, viejo, bastante chisme por hoy! —gritó Javier, dando dos aplausos retumbantes que hicieron eco en la magnitud del campo—. ¡Cinco minutos y los quiero a todos formados en la cancha dos! El que llegue tarde se pega diez vueltas a la manzana antes de tocar una pelota. ¡Muévanse, dale
Salimos al campo bajo la luz encendida de los reflectores. Mientras trotábamos entre los conitos y la pelota empezaba a rodar sobre el sintético helado de la noche, las gastadas siguieron en voz baja cada vez que pasaba cerca de alguno. Pero entre pase y pase, con las piernas ya calientes y el frío del aire de marzo pegándome en el pecho, no pude evitar acordarme de la sonrisa de Josefina cruzando la mesa y del «Nos vemos, Rafa» con el que se había despedido. Pensar que tres horas atrás mi único drama en la vida era un bucle roto en Python y una base de datos corrupta en la pantalla... Ahora, la terminal colapsada en mi escritorio me parecía el problema más insignificante del mundo. Tal vez los pibes tenían razón. Tal vez sí había tenido una suerte increíble.

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