Capítulo 1: Sombra y Neón
El olor a alcohol antiséptico, café frío y el zumbido constante de los fluorescentes del hospital universitario eran las únicas constantes en la vida de Daria Kira Belinskaya. A sus veintitrés años, el último tramo de la carrera de enfermería se había convertido en una prueba de resistencia donde el sueño era un lujo que ya no se permitía. Pero la fatiga física no era nada comparada con la tormenta mental que la consumía cada vez que caía la noche.
Daria caminaba por el pasillo del ala de urgencias ajustándose las mangas de su chaqueta. A primera vista, rompía por completo con el molde tradicional de una enfermera. Debajo de la bata blanca que llevaba abierta flotaba su esencia: un estilo gótico urbano que defendía con orgullo. Su cabello, largo y voluminoso, caía en una cascada de tonos violeta oscuro que contrastaba de forma brutal con sus ojos azules, fríos y profundos como el hielo, pero encendidos por un fuego interno que nadie lograba apagar. Llevaba delineador negro corrido con arte, piercings sutiles en las orejas y ropa ajustada que estilizaba su figura voluptuosa, marcando cada curva con una provocación inconsciente que hacía voltear miradas tanto en los pasillos de la facultad como en las calles oscuras de la ciudad.
Pero esa noche, el uniforme y las prácticas quedaban atrás. Su padre le había ordenado regresar a la mansión familiar para una "cena de negocios importante". Lo que su padre llamaba negocios, Daria sabía perfectamente que significaba humo de puros caros, hombres con las manos manchadas de sangre y una mesa repleta de silencios cómplices. Odiaba esos eventos, pero la verdadera razón por la que su estómago se contraía con una mezcla de náusea y anticipación febril no era la mafia de su padre. Era él.
El trayecto en su motocicleta hasta la mansión se sintió como una cuenta regresiva. Al cruzar las puertas de hierro forjado de la propiedad, el aire cambió. Los autos de lujo alineados en la fuente central hablaban por sí solos.
Cuando Daria entró en el recibidor, quitándose la chamarra de cuero para dejar al descubierto un ajustado top de tirantes negros que ceñía sus pechos voluptuosos y su cintura pequeña, el murmullo de la sala principal se atenuó. Su padre la miró con severidad desde la cabecera del comedor principal, flanqueado por sus socios habituales. Pero los ojos de Daria no se detuvieron en su progenitor. Se deslizaron inevitablemente hacia el hombre sentado a la derecha.
Dmitry Vladimir Nevsky.
El mejor amigo de su padre, el pilar más oscuro y despiadado del imperio criminal que controlaba los muelles y la mitad de la zona metropolitana. Dmitry era una fuerza de la naturaleza. Vestía un traje sastre negro impecable, hecho a la medida, que ajustaba perfectamente a la amplitud de su espalda y sus hombros musculosos. La camisa blanca, ligeramente desabotonada del cuello, permitía asomar los bordes de unos tatuajes densos y oscuros que trepaban por su cuello y se perdían bajo la tela, un recordatorio constante de la brutalidad que se escondía detrás de su fachada de hombre de negocios intocable. Su cabello castaño corto estaba peinado con absoluta prolijidad, y su mandíbula, marcada por una ligera barba de tres días, desprendía un aura de peligro absoluto.
Dmitry levantó la copa de whisky lentamente. Y entonces, sus miradas se cruzaron.
—Vaya, miren quién decidió honrarnos con su presencia —la voz grave y ronca de Dmitry resonó en el comedor, cargada de una sutil ironía que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Daria—. La futura enfermera. Espero que vengas preparada para curar los daños que causamos por aquí, pequeña.
El apodo, dicho con esa cadencia posesiva y profunda, hizo que el corazón de Daria diera un vuelco violento. Apretó los dientes, negándose a mostrar debilidad ante él. Odiaba el efecto que ese hombre tenía en su cuerpo; odiaba cómo, con solo una frase, lograba que la humedad se acumulara entre sus piernas y sus pezones se endurecieran contra la tela de su top.
—Estudiar salva vidas, Dmitry —respondió Daria con voz firme, avanzando hacia la mesa con pasos lentos y felinos, consciente de que cada movimiento de sus caderas atraía las miradas hambrientas de los hombres en la sala—. Alguien tiene que limpiar el desastre que ustedes dejan atrás.
Su padre golpeó la mesa con molestia.
—¡Daria! Modales. Estás hablando con uno de mis socios más respetados y leales.
—Tranquilo, hermano —interrumpió Dmitry, sin apartar ni un solo segundo sus ojos oscuros e intensos de la figura de la joven. Una sonrisa lobuna se dibujó en la comisura de sus labios—. A los cachorros salvajes hay que dejarles enseñar los dientes un rato. De eso se trata la diversión... de ver qué tan lejos pueden morder antes de que los domes.
Las palabras de Dmitry tenían un doble sentido tan explícito, tan cargado de una tensión sexual tan densa que Daria sintió que el aire se le quemaba en los pulmones. Sus ojos azules centellearon de furia y de un deseo inconfesable. Él sabía exactamente lo que provocaba en ella. Sabía que cada noche, en la fría soledad de su habitación, las sábanas se empapaban con el eco de su voz ronca mientras sus propias manos recorrían su cuerpo imaginando que eran los dedos grandes, rudos y tatuados de Dmitry los que la apretaban hasta hacerla gritar.
La cena transcurrió entre conversaciones crípticas sobre cargamentos, rutas y alianzas que a Daria le importaban poco. Durante cada minuto de la velada, sintió el peso invisible de la mirada de Dmitry quemando su piel a través de la mesa. Sus piernas rozaban sutilmente el mantel, y su mente jugaba con escenarios prohibidos: imaginaba lo que pasaría si se levantara, caminara hacia él frente a su propio padre, y le clavara las uñas en los hombros musculosos hasta arrancarles la compostura.
Al terminar de cenar, Daria se levantó abruptamente, alegando una guardia matutina en el hospital. Necesitaba huir de allí antes de que el autocontrol se le rompiera por completo.
Caminó hacia el pasillo trasero para tomar aire fresco en el jardín antes de ir por su moto. La brisa nocturna de septiembre golpeó su rostro, agitando su cabello violeta. Cerró los ojos un instante, inhalando hondo para calmar el latido salvaje de su pecho.
—Huir nunca ha sido una buena estrategia de supervivencia, enfermera —murmuró una voz a su espalda, demasiado cerca, demasiado cálida.
Daria se giró con el sobresalto propio de quien es cazada por su propio depredador. Dmitry estaba allí, apoyado contra la columna de piedra del balcón, con la chaqueta del traje abierta y una mano dentro del bolsillo de su pantalón, mirándola con una intensidad que devoraba la oscuridad.
—No estoy huyendo, Dmitry. Solo me alejaba del aire rancio —respondió ella con la voz un poco más temblorosa de lo que le habría gustado.
Dmitry dio un paso al frente acortando la distancia. Su presencia era abrumadora; olía a madera, tabaco caro y el peligro inconfundible de los hombres que manejan el poder absoluto. Estiró una mano y, con una lentitud exasperante, rozó con la yema de su dedo índice un mechón de su cabello violeta, bajando peligrosamente hasta la línea de su cuello. Daria contuvo la respiración, sintiendo cómo cada poro de su piel reaccionaba al contacto de su tacto áspero y cálido.
—Tienes demasiada actitud para tu propio bien, nena —susurró Dmitry cerca de su oído, su aliento caliente rozando su piel y provocándole un espasmo de placer en el bajo vientre—. Ten cuidado con los juegos a los que juegas. Podrías terminar pidiendo a gritos algo que no vas a poder controlar.
Antes de que ella pudiera replicar o empujarlo, Dmitry se apartó con la misma elegancia con la que había llegado, dejándola temblando, con los pezones erectos y la piel ardiendo de deseo en medio de la fría noche.
Daria apretó los puños con fuerza, sabiendo que esa noche las sábanas de su cama volverían a ser testigos silenciosos de una obsesión que amenazaba con destruirlos a ambos.








