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La Vida que me Debían

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Summary

Galiel aprendió bastante pronto que la vida no siempre reparte las cartas de manera justa. Enfermedad, hospitales y demasiadas cosas pendientes marcaron una existencia que terminó mucho antes de lo que él hubiera querido. Pero morir, aparentemente, sólo era el principio. Ahora tiene una segunda oportunidad en un mundo donde la magia existe, las criaturas de las leyendas pueden ser bastante reales y una pequeña vaca pelirroja podría terminar siendo una compañía mucho más importante de lo que parece. Una nueva familia. Un cuerpo sano. Poderes que apenas comienza a comprender. Y recuerdos de una vida anterior que se niegan a desaparecer por completo. Galiel finalmente tiene frente a él **la vida que sentía que le debían**. El pequeño problema es que este nuevo mundo también parece tener planes para él. Y algunos son bastante malos. **Fantasía, reencarnación, aventura, humor, romance y segundas oportunidades en una historia sobre lo que harías si el universo te permitiera empezar de nuevo… pero sin darte ninguna garantía de que esta vez será fácil.**

Status
13h ago
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Si estás viendo esto, ya valí

El correo llegó a las siete con trece de la mañana. Estella lo vio aparecer mientras estaba sentada en el borde de su cama, todavía con el cabello revuelto y un calcetín puesto. El teléfono vibró una sola vez sobre el buró. A esa hora no esperaba mensajes de nadie, mucho menos uno con un asunto escrito completamente en mayúsculas.

SI ESTÁS VIENDO ESTO, YA VALÍ.

Durante varios segundos no lo abrió. No hacía falta ver el remitente. Reconocería esa manera de escribir aunque alguien se la mandara cincuenta años después. El correo provenía de una cuenta que llevaba cuatro días sin conectarse.

Estella cerró los ojos. —Galiel...

El mensaje contenía una sola línea: No leas nada. Dale play. Hice producción. Respeta mi arte.

Debajo había un enlace a un video privado. Estella soltó una risa involuntaria que murió casi en cuanto salió. Se limpió la nariz con el dorso de la mano, se puso el otro calcetín por alguna razón que ni ella entendió y tocó la pantalla.

El video tardó un segundo en cargar. Galiel apareció sentado frente a una pared blanca de hospital. Llevaba una sudadera gris demasiado grande, el cabello desordenado y esa palidez que durante los últimos meses ya no conseguía disimular. Había acomodado el teléfono en horizontal y, detrás de él, alguien había pegado con cinta una hoja de papel.

DOCUMENTAL PÓSTUMO OFICIAL

Debajo, con letra distinta:

GALIEL, QUITA ESA MAMADA.

Estella reconoció inmediatamente la escritura de una de las enfermeras. Galiel señaló hacia atrás con el pulgar.

—Hubo diferencias creativas con producción.

Estella se tapó la boca. En el video, él respiró profundamente y observó la cámara durante un momento. La sonrisa seguía ahí, pero no alcanzaba completamente sus ojos.

—Bueno. Si esto se envió correctamente, significa que ya me morí.

Hizo una pausa. —Puta madre. Decirlo así sí suena fuerte.

Miró hacia un costado, como si esperara que alguien le respondiera. —También significa que el sistema automático funcionó, lo cual sinceramente me sorprende. Si este correo llegó antes de tiempo y todavía estoy vivo, por favor ignóralo y finge que jamás viste nada. Sobre todo la parte donde probablemente voy a ponerme sentimental. Tengo una reputación.

Se acomodó en la silla. —Para quienes no me conocen, cosa que sería preocupante porque este video sólo debería llegarle a gente específica, soy Galiel. Crecí en una casa hogar, tengo una enfermedad terminal y poseo la extraordinaria habilidad de convertir cualquier conversación incómoda en un chiste hasta que las demás personas se cansan de intentar hablar seriamente conmigo.

Levantó un dedo. —Eso último, según la psicóloga, es un mecanismo de defensa. Según yo, es eficiencia.

Estella rio otra vez. Esta vez las lágrimas llegaron junto con la risa. Galiel permaneció unos segundos mirando la cámara.

—No sé exactamente cuánto me queda cuando estoy grabando esto. Los doctores dejaron de hablarme en meses y empezaron a hablarme en semanas, y recientemente uno utilizó la frase “hay que prepararnos”. Cuando un médico dice eso con voz de sacerdote, ya valiste madre.

Sonrió apenas. —O sea, ya te cargó la chingada, bailaste con la más fea, te llevó la que te trajo... —soltó una pequeña carcajada—. Jajaja, sí parezco chilango a veces. Trataré de controlar un poco mis nacadas. Después de todo, este podría ser el video que al fin me haga famoso.

Estella bajó la mirada un instante. Había escuchado esa conversación. No completa, porque Galiel la había echado del cuarto antes de que el doctor terminara, pero había visto la cara con la que salió. Él no se lo contó esa tarde. La llevó a comer tacos. Era una de las cosas que más rabia le daban de recordarlo.

Galiel continuó. —No quiero hacer un video triste. Para eso ya existen suficientes películas donde alguien se muere con iluminación bonita y dice exactamente lo correcto cinco segundos antes de que el monitor haga piiiiiiii. Conociéndome, probablemente lo último que diga sea “me caga la madre” porque no encuentro el control remoto.

Se inclinó hacia la cámara. —Si ésa termina siendo mi última frase, por favor mientan. Estella negó con la cabeza, aunque una sonrisa breve se le escapó.

—Quiero dejar claras algunas cosas —continuó Galiel—. La primera: soy donador de órganos. Esto no es nuevo. No fue una revelación espiritual de último minuto.

Durante meses, todos habían sabido que él estaba registrado como donador. Galiel hablaba del asunto con la misma naturalidad incómoda con la que hablaba de casi todo.

—Si cuando me muera queda algo útil, aprovéchenlo —dijo en la pantalla—. Córneas, riñones, pulmones, lo que todavía tenga garantía. Si algún pobre cabrón recibe una parte mía y de pronto desarrolla una obsesión inexplicable con los videojuegos o empieza a decir groserías en momentos inapropiados, ofrezco disculpas anticipadas.

Se quedó pensando. —Aunque si recibe mis ojos y la gente empieza a decirle que es hermoso, de nada.

Sonrió con absoluta satisfacción. —Es una lástima que las pestañas no se puedan trasplantar. Siempre fui la envidia de las niñas. ¿Verdad, princesa?

Galiel parpadeó exageradamente frente a la cámara, presumiendo unas pestañas largas y ridículamente marcadas. Estella soltó una risa entre lágrimas.

—Cretino.

Galiel sonrió como si hubiera podido escucharla. —La segunda cosa es para los niños.

La expresión cambió. No demasiado. Apenas lo suficiente. —No sé quiénes de ustedes terminarán viendo esto. Los más chicos probablemente no deberían, porque digo muchas groserías y luego la señora Marta va a andar diciendo que hasta muerto doy mal ejemplo. Pero eventualmente lo van a ver, así que...

Bajó la mirada. Por primera vez desde que empezó el video pareció necesitar tiempo para encontrar las palabras.

—No me conviertan en santo. Estella dejó de sonreír.

—En serio. No hagan esa cosa que hacen los adultos cuando alguien muere y de repente resulta que jamás se enojaba, nunca mentía y desayunaba rayos de sol. Yo hacía trampa en Uno. Me escondía las mejores galletas. Una vez convencí a Nico de que lavar platos daba experiencia de cocina y lo tuve trabajando gratis casi tres semanas.

Galiel señaló la cámara. —Y no me arrepiento. Ese piso nunca volvió a estar tan limpio.

Respiró despacio. —Pero ustedes... ustedes sí fueron lo mejor que tuve.

El cuarto de Estella se volvió demasiado silencioso.

—Sé que muchas veces me comporté como si fuera responsable de todos. No lo era. Nomás era el más grande durante bastante tiempo y alguien tenía que fingir que sabía qué estaba haciendo. Ese es básicamente el secreto de los adultos, por cierto. No se lo digan a nadie.

Volvió a sonreír. —Quiero que salgan de ahí. Quiero que estudien si quieren estudiar. Que trabajen en algo que les guste si tienen suerte y en algo que pague las cuentas si no. Quiero que conozcan gente, que se enamoren, que les rompan el corazón un par de veces porque aparentemente así funciona este negocio, que hagan viajes mal planeados y compren cosas inútiles.

La sonrisa se le quebró apenas. —Quiero que tengan problemas que yo nunca voy a alcanzar a tener. Estella se llevó una mano a la cara.

—Y cuando la caguen monumentalmente, porque lo van a hacer, quiero que en algún punto piensen: “Galiel me habría dicho que no hiciera esta pendejada”.

Levantó las cejas. —Probablemente sí. También probablemente habría ayudado de todos modos.

Se quedó callado y luego volvió a mirar fijamente a la cámara. —No lloren demasiado por mí.

La frase salió sin broma. Galiel pareció arrepentirse inmediatamente de haberla dejado escapar así.

—Un rato está bien. Tampoco quiero pasar a la historia como “Galiel, aquel güey cuya muerte no afectó absolutamente a nadie”. Tengo ego. Estella rio entre lágrimas.

—Pero luego sigan.

Galiel bajó la voz. —Porque eso es algo que yo hice bastante mal.

Se recargó en la silla. —Pasé años pensando en después.

La imagen tembló ligeramente cuando ajustó el teléfono. —Después le hablo. Después juego eso. Después voy. Después intento. Después le digo a la chava que me gusta que me gusta. Después salgo con los niños. Después aprendo algo. Después dejo de preocuparme por lo que puede salir mal.

Miró sus propias manos. —El problema con “después” es que parece infinito hasta que deja de serlo.

Estella sintió otra vez la presión conocida en el pecho. No era culpa. Era algo peor. Memoria.

La primera vez que Galiel le habló había sido porque ella estaba discutiendo con un niño de nueve años sobre una cámara rota. Estella acudía dos tardes por semana a la casa hogar como parte de un programa de voluntariado. Estudiaba comunicación audiovisual y había conseguido que su facultad donara varias cámaras digitales viejas para organizar un pequeño taller de fotografía con los niños.

La idea había durado exactamente veintitrés minutos antes de que uno intentara fotografiar desde arriba subiéndose a una barda. Galiel había aparecido cojeando ligeramente, con una botella de agua en una mano y una expresión de absoluto cansancio.

—Si se rompe el cuello, ¿la universidad manda otro o ése ya corre por nuestra cuenta?

Estella lo había mirado. —¿Siempre ayudas así?

—No. A veces también juzgo.

Ella terminó riéndose. Él se quedó. Primero para ayudar con los niños. Después para hablar con ella. En algún momento empezó a esperar los martes y jueves.

Galiel llevaba meses observando su propia vida reducirse y, sin darse cuenta, Estella había empezado a ampliarla. Tenía los tenis casi siempre manchados de pintura, recogía el cabello con cualquier cosa que encontrara y poseía una capacidad desconcertante para saber cuándo Galiel utilizaba una broma para escapar de una pregunta.

Eso último le había resultado particularmente molesto. Y particularmente atractivo.

—Ahora viene la parte donde hablo de Estella —anunció Galiel en el video—, así que todos los demás pueden dejar de verlo.

Hizo una pausa. —Sé perfectamente que no lo van a hacer. Pinches metiches. Estella sintió que el estómago se le cerraba.

—Estella, oficialmente fuimos novios diecisiete días.

Levantó las manos. —Sé que no parece gran cosa. Hay yogures que duran más. Ella soltó una carcajada tan repentina que tuvo que secarse la nariz.

—Diecisiete días, seis horas... no sé cuántos minutos porque tampoco estoy tan enfermo como para llevar esa cuenta.

Galiel miró fuera de cámara. —Mentira. Sí la llevo.

Sacó el teléfono del bolsillo, lo revisó y sonrió. —Diecisiete días, seis horas y cuarenta y dos minutos al momento de grabar esto.

Estella se dobló hacia adelante. —Ridículo...

—Y antes de eso tardé meses en invitarte a salir porque, aparentemente, puedo enfrentar la muerte pero pedirle una cita a una mujer sigue siendo demasiado riesgo.

Se pasó una mano por el cabello. —Me justificaba diciendo que no tenía caso empezar algo. Que me iba a morir. Que sería injusto contigo. Que era mejor no complicar las cosas.

La sonrisa desapareció. —Qué manera tan elegante de decir que tenía miedo. Estella ya no rio.

—Y eso es lo que más me molesta. No morirme. Bueno, sí, morirme también. Bastante. Cero estrellas, no recomiendo.

Respiró. —Me molesta todo lo que no hice porque estaba demasiado ocupado tratando de protegerme de perderlo.

Galiel la miraba desde cuatro días atrás. —Debí hablarte antes. Estella cerró los ojos.

—Debí besarte antes. Estella abrió los ojos.

—Definitivamente debí besarte antes. Ella soltó una risa rota.

—También debí dejar que me enseñaras a usar esa cámara sin fingir que ya sabía. Por cierto, todas las fotos del primer día salieron desenfocadas. Todas. Mentí descaradamente.

Estella asintió para nadie. Eso ya lo sabía.

—Y debí aceptar más veces cuando los niños querían salir. Me preocupaba cansarme. Me preocupaba enfermarme en público. Me preocupaba necesitar ayuda. Me preocupaba que la gente me mirara como si estuviera a punto de romperme.

Hizo una pausa larga. —Gasté un montón de tiempo intentando que mi enfermedad no controlara mi vida y terminé organizando muchas cosas alrededor de ella.

Se encogió de hombros. —La ironía también es una enfermedad.

Estella no apartaba la mirada. Galiel levantó apenas la barbilla y continuó: —Así que ésa es mi gran reflexión de muerto. No es particularmente profunda, pero me costó una vida aprenderla, así que mínimo préstenme atención.

Galiel levantó un dedo. —No esperen a sentirse seguros. Levantó otro. —No esperen a tener todo resuelto. Alzó un tercero y sonrió. —Y no esperen a que alguien les garantice que no van a hacer el ridículo, porque lo van a hacer. Muchísimo. Es parte del paquete.

Bajó la mano. —Y ahora, Estella...

Se quedó callado. Su expresión cambió otra vez. Aquella vez no intentó esconderla inmediatamente.

—No quiero pedirte que vivas por mí. Estella comenzó a llorar antes de que él terminara.

—Me parece una mamada bastante egocéntrica dejarle a alguien una obligación de por vida sólo porque tuviste la mala educación de morirte primero.

Se limpió la garganta. —Vive por ti. Estella apretó los labios.

—Termina la carrera. Haz documentales. Viaja. Sigue enseñándoles fotografía a esos gremlins aunque rompan las cámaras. Enamórate otra vez cuando quieras.

Galiel hizo una mueca. —Esa parte no me encanta, pero estoy intentando ser maduro.

La sonrisa volvió. —Escoge a alguien decente. Si eliges a un imbécil, espero que por lo menos esté guapo para entender la decisión. Estella se tapó la cara unos segundos.

—Y no conviertas lo nuestro en algo más grande porque se acabó pronto. Fueron diecisiete días. Fueron buenos. Muy buenos.

Galiel respiró lentamente. —Me habría gustado tener diecisiete años. La frase quedó suspendida. Él miró hacia otro lado. Estella no pudo respirar.

—Pero tuve diecisiete días.

Cuando volvió a mirar a cámara, estaba sonriendo. —Y estuvieron chidos. Estella dejó escapar un sonido extraño, a medio camino entre risa y sollozo.

—Así que estamos a mano.

Galiel se inclinó hacia la pantalla. —Bueno, no. Tú me debes una porque nunca me dejaste borrar la foto donde salgo con la bata abierta por atrás.

—Jamás —susurró Estella.

—Si la publicas después de mi muerte, te voy a embrujar. Ella rio.

—Y hablando de eso, investigué. No encontré información concluyente sobre fantasmas, reencarnación, paraísos, infiernos ni sistemas de experiencia post mortem.

Galiel entrecerró los ojos. —Pero si hay algo después, pienso averiguarlo. Estella sintió algo parecido a una punzada de cariño.

—Si resulta que existe un dios, tengo preguntas. Si hay administración, voy a pedir hablar con el gerente. Si existe la reencarnación, espero que me toque un cuerpo que funcione bien porque ya pagué suficiente suscripción premium a hospitales.

Sonrió. —Y si resulta que no existe nada... pues no me voy a enterar, así que técnicamente tampoco perderé la discusión.

Miró hacia la puerta del cuarto. Una voz femenina dijo algo que el micrófono no alcanzó a registrar.

—Ya voy —respondió Galiel.

Volvió a mirar la cámara. —Producción dice que tengo que descansar.

La sonrisa se mantuvo durante unos segundos. —Entonces creo que ya.

Estella dejó de respirar. Galiel abrió la boca, pero no habló inmediatamente. Por primera vez en todo el video parecía genuinamente asustado. No había chiste listo. No había vulgaridad. No había nada detrás de lo cual esconderse.

—No quiero morir. Estella cerró los ojos.

—Nada más quería dejar eso claro.

Galiel tragó saliva. —Tengo miedo. Muchísimo.

Esperó. —Pero tuve suerte. Ella negó con la cabeza mientras lloraba.

—Conocí gente que valió la pena. Tuve una familia aunque no compartiéramos sangre. Me enamoré. Me besaron. Bastante bien, por cierto. Estella rio sin abrir los ojos.

—Y todavía puedo dejar algunas cosas útiles cuando me vaya.

Se encogió de hombros. —No fue una vida larga.

La sonrisa apareció una última vez. —Pero tampoco estuvo tan culera.

Estella miró la pantalla. Galiel levantó la mano. —Cuídense.

Hizo una pausa. —Y tú, Estella...

La señaló directamente. —Tú quédate aquí haciendo desmadre un buen rato. Ella soltó una carcajada.

—No tengo ninguna prisa por verte otra vez.

El video terminó. La pantalla quedó negra. Durante casi un minuto, Estella permaneció sentada sin moverse.

Después el reproductor mostró una imagen automática: Galiel inclinado hacia el teléfono antes de empezar a grabar, con media cara fuera del encuadre y una expresión concentrada. Era una miniatura horrible.

Estella volvió a reír. —Ni muerto sabes grabarte.

El correo había sido programado hacía casi dos semanas. Según la nota automática, el envío debía producirse setenta y dos horas después de que una segunda cuenta confirmara que Galiel ya no podía cancelarlo. La señora Marta había dado esa confirmación después del funeral.

Estella reprodujo el video otra vez. No completo. Sólo buscó un momento. “Me habría gustado tener diecisiete años.” Retrocedió unos segundos. “Pero tuve diecisiete días.” Pausó. La cara de Galiel quedó congelada en medio de una sonrisa.

Estella apoyó el teléfono sobre las piernas y se secó las lágrimas. Le quedaban recuerdos, fotografías y un par de mensajes de voz que probablemente escucharía demasiadas veces durante los siguientes meses. Diecisiete días. Poco para una vida entera, demasiado para fingir que no habían significado nada.

—Voy a estar bien —dijo. No sabía si era verdad todavía. Pero algún día lo sería.

Sobre el buró había una fotografía tomada por uno de los niños de la casa hogar. Estaba torcida, mal enfocada y sobreexpuesta por completo. Galiel aparecía sentado en el suelo, discutiendo con Estella mientras tres niños intentaban ponerle orejas de conejo detrás de la cabeza.

Él odiaba esa foto. Por eso ella pensaba conservarla toda la vida. Estella la tomó y sonrió. —Nos vemos dentro de muchísimo, Galiel.

A kilómetros de distancia, en una habitación de hospital que ya había sido limpiada para recibir a otro paciente, no quedaba nada que indicara que Galiel había pasado sus últimos meses ahí. La cama tenía sábanas nuevas, la mesa estaba vacía y su nombre ya no aparecía en la puerta.

Para el mundo de los vivos, Galiel había terminado. El problema era que, en otro lugar, alguien acababa de descubrir que su expediente se negaba a cerrarse.

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