Prólogo
Narrado por algun historiador:
Mucho antes de que los hombres aprendieran por las malas a temerle a las espadas, hubo un emperador que ilusamente creyó que el filo de las mismas podría ser tocado sin necesidad de hacer sangrar.
El mismo hombre que llegó a pensar que podría amar al monstruo sin convertirse en su víctima.
El primer emperador de Waranhe: Ryeon.
En aquellos tiempos la tierra del imperio aún no estaba invadida por grandes palacios construidos en oro, ni protegida por inmensas murallas que parecían rozar el cielo. Waranhe era joven, orgulloso y hambriento de poder. Su gobernante había dedicado toda su vida a conquistar y someter todo lo que enriqueciera a la corona.
Y, sin embargo, ninguna de sus guerras fue tan peligrosa como la mujer que apareció aquel atardecer junto al frondoso árbol de los deseos.
Se dice que para todos era un acertijo lo relacionado con esta. Nadie tenía idea de dónde había venido. Su apellido era tan invisible como su maldad, pero tan real y existente como la misma.
Algunos aseguraban que había descendido de las montañas tras una tormenta de nieve que la había perseguido después de haberse enamorado de su sonrisa.
Hubo incluso quienes dijeron que había salido del agua después de que esta no pudiera soportar hundir un rostro tan angelical en la humedad de su muerte.
Nada era certero, pero todos coincidían en una cosa.
Aquella mujer era hermosa.
Demasiado hermosa.
Su cabello era tan blanco como la nieve que abrazaba los templos en aquella fría época. Caía en cascadas lacias desde su cuero hasta la suave piel de sus muslos, cubriendo su cuerpo con elegancia pero también con cuidado. Su piel era tan pálida que la Luna parecía envidiar su resplandor, y sus facciones poseían esa clase de perfección que hacía que incluso los hombres más santos pensaran en pecar por ella.
Pero de la belleza también nació el dolor, como mismo de las flores crecen las espinas.
Los ojos de aquella misteriosa mujer eran aún más hermosos que su angelical rostro, pero porque fuesen hermosos no significaba que en ellos no hubiese peligro. El color rojo intenso de sus iris era algo que atraía tanto como aterraba.
Eran rojos como la sangre recién derramada, y aun así, nadie fue capaz de apartar la mirada.
Porque la belleza no es solo deleite, también es un hechizo.
Y, desgraciadamente, aquel joven emperador ya había caído en las redes de su magia. Con tan solo verla una vez creyó que tenía el poder para comprender cómo quererla.
Se equivocó.
Ella no era humana. Era la encarnación del mal disfrazada en una intensa mirada carmesí y tras unos labios que derretían a cualquiera. Era néctar del veneno del fruto prohibido con sabor a cielo, pero un cielo que descendía al infierno que lo empañaba como paraíso.
Una criatura más antigua que el humano, que poseía el don de caminar entre quienes se creían víboras con la piel de un cordero, hablar con dulzura, sonreír con inocencia y esconder detrás de apariencias todo lo que en realidad era.
Los Kitsunes habían nacido mucho antes de que se imaginara siquiera la silueta de una corona.
Demonios en forma de zorros capaces de adoptar una forma humana, dioses del mal con prendas del bien. Criaturas malditas que no necesitaban fuerza para conquistar u obtener aquello que querían. Se decía que podían mirar a través de un alma y saber exactamente qué pedía esta a gritos silenciosos.
Riqueza, poder, amor, venganza…
Y después utilizaban ese deseo para convertir a sus víctimas en presas de sus propias emociones.
Sin embargo, el joven emperador no creyó en las historias de advertencias pronunciadas por los sabios del imperio. Como todo hombre lujurioso, se dejó llevar por el calor de la Kitsune sin tener en cuenta que su calidez no venía de su sonrisa, sino del fuego detrás de ella y las cenizas que había dejado pudrirse a su paso.
Se dejó llevar por aquella mujer hermosa, quien parecía ser la única persona en todo el universo a quien no le interesaba la codicia o la corona. El único ser que no lo trataba con añoranza, sino con “humanidad”.
Aquello fue suficiente para enamorarlo.
O al menos eso creía él.
Ryeon la llevó al palacio y la convirtió en su esposa, haciéndola así la primera emperatriz de Waranhe.
El imperio celebró aquella unión por todo lo alto durante siete días. Las calles fueron inundadas por flores, la música se escuchaba por todo lo alto y los templos se repletaban de lámparas preciosas con el símbolo del amor y la prosperidad de los monarcas.
Los ciudadanos hablaban con deleite sobre la belleza de su nueva emperatriz, enamorados totalmente del color rojo de sus ojos que ellos asimilaban a las rosas florecidas cuando en realidad se asemejaban más a la noche roja. Unas flores casi tan letales y venenosas como el color sangriento que estos llevaban incrustados.
Nadie quiso escuchar a los sacerdotes. Todos ignoraron que aquella mujer había salido exactamente de ninguna parte. Jamás tuvieron curiosidad del por qué nunca envejecía.
Y nadie, solo a excepción de unos pocos hombres cultos que conocían las escrituras, se atrevía a dejar de mirar por mucho tiempo aquellos hipnóticos ojos.
Durante los primeros años el emperador fue muy feliz. O al menos eso parecía.
La amaba con una devoción que rozaba la obsesión. Le entregó joyas, tierras, templos y poder. Le permitió sentarse junto a él durante las reuniones del consejo y escuchar conversaciones que ningún otro miembro de la familia imperial podía conocer. Si Arielle oro quería, entonces diamantes obtenía, porque para la amada emperatriz, nada era imposible, ni suficiente…
Y sí, justo ese era su nombre: Arielle. Tan divino como sus facciones y tan manipulador como las mismas.
Ella aprendió rápidamente los secretos del imperio sin tener que preguntar por ellos. Cada ruta, cada enemigo y debilidad de sus aliados, también los conflictos de las casas nobles y la ubicación de cada tropa importante. Todo aquello que un gobernante debía mantener bajo llave para conservar su corona, ella lo llevaba plasmado con disimulo en su mente.
Y cuanto más aprendía, más poder tenía.
Hasta que nació el hijo del emperador.
Aquella noche, una tormenta del color de la sangre recién salpicada cubrió Waranhe. Las ráfagas de viento azotaron los tejados y las antorchas se fueron apagando una por una. Los dioses hervían de rabia al ver cómo aquella demonio había tenido la osadía de concebir al hijo de un humano.
El cielo tenía reglas, y la más importante de ellas plasmaba claramente que para el diablo está prohibido amar al ángel, al igual que un Kitsune no puede entregarle muestras de amor a la presa que piensa comer.
El desdichado emperador estaba detrás de las puertas de la habitación cuando por fin escuchó el llanto del recién nacido. Cerró los ojos y sonrió. Sus oídos no percibieron el irritante tono de los gritos de un bebé, sino una melodía tan hipnótica y poética como la existencia de su propia mujer.
El heredero de todo aquel imperio había llegado. Su pequeño hijo, el gran futuro monarca de Waranhe.
Pero la sonrisa feliciana del emperador desapareció en cuanto vio al niño, porque había algo en él que ningún humano podía poseer.
Sus ojos.
A pesar de que el color rojo era algo que veía cada día al despertar junto a su esposa, estos no tenían nada que ver.
En los ojos de aquel bebé la sangre no se podía disimular. Sí, es cierto que eran hermosos, pero justo ese era el problema.
Aquellos ojos eran tan perfectos que parecían irreales. El tono de estos no se asemejaba a ninguna flor, en cada pupila estaba la marca de la sangre, el sello de la muerte resplandecía en un color rojo brillante que superaba por mucho la belleza disfrazada de la emperatriz.
Todo de aquel niño era perfecto, desde su piel blanca y limpia a pesar de acabar de nacer, hasta la marca de nacimiento en forma de guadaña que se detallaba en medio de su frente del color de sus iris, cubierta por el cabello blanco espeso que no debería ser tan abundante ni brilloso al pertenecer a una criatura que no superaba los dos minutos de vida.
El emperador quiso creer que se trataba de una coincidencia, una simple anomalía. Su esposa también llevaba el color rojo en sus ojos, aunque la diferencia en su letalidad era muy diferente. Se supone que la imagen del fin de la vida no era más que una extraña marca heredada gracias a la rareza de su madre. La misma que lo enamoró.
Hasta que llegó ese sacerdote.
Era uno de los hombres más antiguos y sabios de los templos imperiales, un anciano temido por la realidad de sus predicciones que había dedicado toda su vida al estudio de los textos prohibidos y a su lucha contra las maldiciones.
Y tan grande era lo que había contemplado esta vez que, por primera vez, sus manos temblaron tanto hasta el punto de no tener el valor ni para sostener su bastón.
Aquel hombre estaba completamente estupefacto. Así se quedó por horas y horas hasta que finalmente pudo recuperar la compostura y analizar lo que sus ojos aún no creían real a pesar de tener enfrente.
—Majestad… —susurró con voz temblorosa.
—¿Qué ocurre?
—Su hijo no es humano —el miedo comenzó a surgir una vez más en el semblante del sacerdote—. No, me equivoco. Su hijo ni siquiera es una encarnación o un demonio. Usted tiene en las manos a la muerte y la abraza como si no temiese al fin de nuestras vidas. ¡Aléjese de esa criatura, por favor!
El silencio que prosiguió después de los gritos del sacerdote aterrorizado fue amargo, pero no tanto como el dolor en el pecho del emperador al voltear y observar cómo su amada y angelical esposa lo miraba de pie con una expresión de triunfo mientras se relamía su propia sangre que le manchaba los dedos.
El emperador tenía todas las señales delante y aun así, el amor ciego que tenía por aquella mujer lo hizo ignorar lo que su corazón con fuertes latidos le avisaba.
—¿Qué es el niño? —preguntó temiendo la respuesta.
El sacerdote miró al piso con la mirada tan perdida como su misma cordura.
—Un Kitsune, pero no uno maldito como cualquier otro —esta vez el sacerdote levantó la vista hasta mirar directamente al emperador, cubriendo con una de sus manos los ojos del niño—. Uno predestinado a las colas de los nueve infiernos.
Ryeon permaneció inmóvil durante unos segundos que parecieron eternos, el rugir de la tormenta desapareció por completo, ya no podía escuchar los sollozos de las sirvientas ni la melodía suave que brotaba de los labios del bebé. Su cerebro solo era capaz de procesar una de aquellas últimas palabras.
Nueve.
El emperador había escuchado muchas historias sobre los Kitsunes de una sola cola. Suficiente como para saber que la desgracia que estas abarcaban estaba más allá de los límites que la mente humana pudiera comprender.
Incluso había escuchado hablar de algunos que lograban obtener una segunda cola.
Pero nueve…
Los antiguos textos prohibidos no se referían a estos como criaturas. Los plasmaban como catástrofes que incluso el mismo Dios no sabía cuánto podrían abarcar.
A pesar del intenso martillear del corazón del emperador, este se escondió detrás de una máscara de serenidad y preguntó:
—¿Qué significa eso?
El sacerdote tragó saliva bajo la espeluznante mirada de la mujer que había traído a semejante mal al mundo.
—Cada cola representa una vida —el hombre sintió que no debería hablar más, pero aun así decidió responder—. Cada vida traerá siglos de muerte, y esa muerte provocará que el Kitsune siga obteniendo sus colas —de repente, los ojos del anciano comenzaron a sangrar, pero ni siquiera eso lo detuvo—. Cada cola trae desgracia, y cada desgracia conlleva a la muerte en sus ojos —el emperador sostuvo con su mano libre el cuerpo del sacerdote que comenzaba a tambalearse—. Usted lo engendró, pero será el mundo quien pague las consecuencias de la sangre derramada sobre el vientre de quien osó interponerse a la muerte.
Esta vez, tanto el emperador como el sacerdote miraron fijamente a la mujer que yacía arrecostada a la puerta.
—Puede que usted no sepa lo que conlleva traer esta criatura al mundo. Yo tampoco lo comprendo, pero algo puedo asegurarle, Majestad —el sacerdote cayó de rodillas al piso, sosteniendo la mirada maliciosa de la emperatriz—. Ninguna criatura que mire a los ojos a su hijo podrá sobrevivir a la desgracia que el alma que no tiene conlleva. Ya es muy tarde para lamentarse, ahora solo queda resguardarse en su trono hasta ver cómo el diablo obtiene la forma del Dios y cómo lo destruye todo a su paso. Usted amó a la bestia sin importar las advertencias ni los reclamos, y como consecuencia, ahora tendrá que atenerse a ser probado por sus propios colmillos.
El emperador no sabía qué responder o qué decir. Por una parte tenía frente a él al hombre más poderoso de la divinidad del imperio desangrándose lentamente a sus pies como un animal herido, y por otro… estaba quien antes había creído su angelical esposa, pero que ahora se alzaba como un demonio feliz por haberle quitado el trono al diablo.
—Disfrute los últimos días de su imperio, Majestad. Porque la franja entre la vida y la muerte acaba de ser arrancada, y ahora su imperio tiene los minutos contados.
Y justo ahí, en ese momento, la cabeza de aquel sacerdote explotó en pedazos y las comisuras del bebé maldito comenzaron a levantarse como si acabara de probar el sabor de la felicidad.
Ryeon jamás volvió a hablar sobre esa noche. Tampoco tuvo el valor de volver a mirar a los ojos a su esposa por más de un minuto sabiendo que la mujer que amaba era la misma que acababa de sentenciar a un imperio entero.
Ni siquiera cuando, horas después, los sirvientes encontraron el cráneo de aquel sacerdote esparcido sobre el reluciente pero ahora manchado suelo.
El emperador ordenó claramente que nadie pronunciara palabra alguna sobre lo ocurrido. El anciano fue declarado muerto por una enfermedad repentina y su cuerpo desapareció antes del amanecer como si nunca hubiera estado ahí.
Pero Ryeon ya había tomado una decisión.
No podía matar a la criatura y, siendo sinceros, probablemente no pudiera hacerlo ni aunque así lo quisiera. Además, jamás tendría el valor de hacerlo, mucho menos siendo su hijo. Aunque tampoco podía permitir que siguiese en el palacio.
Hizo algo peor.
Lo convirtió en un arma sin importar las consecuencias de querer usar a la propia destrucción de la naturaleza.
El bebé fue separado de su madre antes de aprender a pronunciar palabra. No tuvo el privilegio de crecer entre brazos que lo protegieran de la crueldad humana. Porque sí, los humanos también eran crueles, traicioneros y sumamente peligrosos.
El niño creció detrás de los muros de Waranhe, rodeado de hombres que no lo llamaban hijo, heredero ni príncipe, sino monstruo.
Desde que pudo mantenerse en pie comenzaron a enseñarle a obedecer.
A los pocos años se le ordenó aprender a sostener una espada, después a matar y torturar.
No hubo infancia. Nunca nadie se interesó por celebrar su cumpleaños y jamás hubo una madre que lo abrazara después de las pesadillas, su vida ya era una.
Y, sobre todo, nunca hubo un padre que se arrepintiera de haberlo entregado o que se hubiera preguntado si en verdad estaba maldito o si existía una solución para él.
Ryeon había decidido que, si el mundo estaba destinado a temer a su hijo, entonces sería él quien decidiera hacia dónde apuntar aquel terror.
Durante años, el niño no comprendió por qué los hombres huían atemorizados de sus ojos. Tanto fue el trauma creado por quienes lo rodeaban que a la corta edad de seis años decidió cubrir su visión tras vendas oscuras, intentando esconder la letalidad de aquel hermoso color rojo.
Tampoco comprendía por qué su padre no le permitía utilizar aquellas vendas y se las arrancaba cada vez que partía hacia una batalla. O por qué cada vez que regresaba de estas había más miedo de los rostros de quienes lo habían enviado.
Y sí, todo esto sucedió a la corta edad de seis años.
Él solamente se limitaba a obedecer, pues para eso lo habían criado.
Mataba cuando se le ordenaba, destruía cuando se lo pedían y cumplía cada una de aquellas órdenes al pie de la letra.
Hasta que una noche comprendió algo.
Él no tenía por qué obedecer ni acatar órdenes. Y fue entonces cuando el mundo se dio cuenta de lo que el mismo ser humano había creado.
El niño obtuvo su segunda cola. Un claro recordatorio de todas las vidas que había asediado y de las desgracias que llevaba colgadas a la espalda.
Esta segunda nació de la sangre de todos aquellos que habían intentado convertirlo en una bestia y que, por supuesto, lo lograron.
La tercera llegó cuando descubrió que matar podía llegar a ser muchísimo más divertido y deseoso cuando nadie se lo exigía y solo lo hacía porque le excitaba.
La cuarta, cuando dejó de distinguir entre enemigos y víctimas. Cuando vio al emperador como una mancha incolora en su mundo teñido de sangre y la eliminó como mismo se arranca la tinta a pulso de una hoja. También cuando vio cómo aquella mujer que lo había dado a luz cargaba en sus manos con amor a otro niño al que nadie le ordenaba a quién debía matar y decidió que ya había suficientes pares de ojos carmesíes en el mundo con los de él.
Y así continuó durante siglos.
Una vida, otra y otra más.
Tres mil años de hombres olvidados, imperios destruidos y almas que jamás tuvieron la oportunidad de escapar del infierno de sus ojos.
Hasta que obtuvo su novena cola.
Y entonces descubrió que aquella vida no funcionaba como todas las demás.
Años y años habían pasado desde aquella noche donde el mundo fue sentenciado con el nacimiento de aquel ser. El imperio jamás cayó, aunque algunos dicen que todo tiene un porqué.
Los nombres de los emperadores jamás fueron olvidados, pero ahora habían sido sustituidos y las fronteras también.
Waranhe había levantado palacios donde antes solo existían sentencias, y las generaciones habían convertido las antiguas advertencias en cuentos para intimidar a los niños malcriados.
Pero algunas historias no fueron creadas para ser olvidadas.
Y aquellos ojos rojos que miraban a través del vidrio eran el vivo ejemplo de ello.
De las desgracias que el mundo aún tendría que soportar ver morir al vivir.
Y de una última vida que aún le debía mucho al karma y que no había terminado.
Un señor de cabello gris le cuenta esta misma historia a su nieto, más que un cuento antiguo, el señor intenta advertirle. Pues el historiador conoce cuando la pluma se ha movido por tinta y no por sangre.
El niño probablemente piensa que es un cuento.
—Nunca mires a los ojos a un Kitsune.
El niño ríe. El abuelo teme por él.
Hasta que…
Hay un espejo detrás de él. De esos antiguos que probablemente tienen una doble cara.
El abuelo habla mientras que el niño mira accidentalmente al viejo trozo de vidrio y se encuentra fijamente con la mirada de dos espadas rojas en las pupilas de aquel más que carmesí que se asemeja solo con la muerte de la noche roja, no con la misma.
El abuelo se queda en silencio y entonces, palidece.
Durante un corto tiempo no pudo respirar. Había pasado toda su vida siendo atraído por aquella historia y advirtiendo sobre la misma. Había memorizado cada versión contada por los que decían ser los sucesores de aquel imperio.
Pero jamás imaginó contemplar la verdad.
—Los ojos…
El niño, aún hipnotizado con la belleza de aquel color, frunció el ceño.
—¿Qué ocurre, abuelo?
El anciano no respondió. No porque no quisiera, sino porque ya no estaba mirando a su nieto.
Estaba observando la perfección de la muerte que se alzaba tras aquel espejo. Y entonces, comprendió que todas aquellas historias se quedaban cortas ante la extensión de la verdad.
Su corazón dejó de latir.
El espejo quedó vacío.
Y el último historiador que conocía la verdad sobre la leyenda del Kitsune murió sin terminar de pronunciar su advertencia por el hecho de no respetar la misma.
—Los ojos que nacieron de la noche roja.








