Chapter 1
Hace miles de años se decía que la Luna era de queso, pero bueno, este no es el caso. Existe un fenómeno astronómico que la gente desconoce; no es un fenómeno cualquiera ni algo natural, y los pocos que lo han visto no lo han contado: es más, ni siquiera han vuelto a aparecer. Se dice que las personas que vieron ese fenómeno desaparecen de este mundo sin dejar ni un solo rastro, sea lo que sea. Los científicos de la época no tenían ni idea —es más, ni siquiera había científicos—, pero esa cosa inexplicable sucedía hace miles de años. Por entonces, nadie sabía qué era, pero los pocos que la vieron dejaron una nota antigua, como un papel viejo en un antiguo cofre que los antepasados que lo encontraron leyeron, y lo único que ponía era: «Si ves la Luna en rojo, no corras, no te muevas y, sobre todo, no te acerques a ningún reflejo; no es la Luna, sino algo rojo, o como bien se diría en la actualidad, Luna de sangre».
Y si no es un eclipse ni algo natural, es algo que sucedió hace miles de años, pero ya no se sabe nada ni de esa Luna ni de esas personas que la vieron. Pero lo curioso es que dicen: «Si ves la Luna roja, la sombra te llevará». Estaba allí leyendo. Así que, querido lector... Y justo ahí se acaba.
«What? —dije—. ¿Pero qué tremendo cómic me compré? ¿Esto es todo? Pues sí que no tenía la menor lógica, ¡me han estafado! A ver, déjame pensar», mientras miraba fijamente el libro.
¡Todo este cómic por solo una hoja y sin dibujos! Nah, alucino. Encima dice que tiene 120 hojas. Pasé rápido las páginas contándolas, pero nada: el resto estaba totalmente en blanco. Me asusté y exclamé: «Ya me estafaron, ¡espera un momento, no podía creerlo, termina aquí!
¡Pagué 16 € por este cómic!». Procesé las cosas y maldije: «Y me viene el resto de las hojas incompletas, aparte de que no vienen dibujos, y encima este cómic se llama Luna de sangre... joder», solté con toda la rabia que llevaba dentro. Tiré el libro al contenedor de la basura de al lado, me di la vuelta, puse las manos detrás de la cabeza y empecé a caminar todo recto en medio de la ciudad. Sí, seguro que muchos os preguntaréis quién soy y dónde vivo realmente, así que me presento: soy Ment Gamer, un chico de 17 años que se dedica a subir vídeos para YouTube en sus redes, por supuesto con mi amigo Mauro —aunque ahora mismo está de vacaciones en Hawái; el desgraciado justo me avisa un día antes de que se iba a Hawái, sí, menudo desastre, siempre avisando tarde—. Y justo hoy tenía un vídeo preparado en la aldea donde vive Mauro.
Bueno, ¿qué se le va a hacer? Ahora me pilláis regresando a casa; para eso tengo que cruzar todos estos callejones tan cansinos. Justo cuando casi iba a cruzar, un coche pasó súper rápido por la carretera. Me paré porque encontré una moneda de 1 € en el suelo y pensé: «Qué suerte la mía». Me agaché, la cogí, me incorporé y...
¡ZASH!, el coche pasó a toda prisa.
—Ostras, por los pelos —soplé de alivio. Volteé la cabeza sorprendido y enfadado, miré el coche y su matrícula... pero durante un segundo los números habían desaparecido. Me froté los ojos y sí, ahí estaban de nuevo. Los señalé y dije:
—Aaaa, sí, hace rato... Entonces me interrumpió una anciana que pasaba por la acera:
—Disculpe, joven, ¿sabes dónde está el mercado de abastos?
—Ah, claro, sí —respondí—. Está al cruzar la carretera, dos calles para abajo, giras en la segunda calle todo recto y allí lo encontrarás.
—Vale, muchas gracias. La anciana empezó a cruzar la carretera apoyándose en su bastón, cuando el semáforo estaba en rojo.
—Señora, ¡espera, estás cruzando en rojo! —le advertí. Me quedé sin palabras ante tanta inconsciencia, murmurando por lo bajo: «Menuda señora». Ella me ignoró y siguió avanzando. Fue entonces cuando vi venir un camión de carga; no iba a toda velocidad, pero sí lo suficiente como para arrollarla. Me quedé helado un instante, con las piernas temblando. Me tapé los ojos
con una mano y aparté la vista. No, esto es demasiado, no puedo ver esto, pensé mientras escuchaba el rugido del camión acercándose a toda marcha. ¿Pero es que no hay nadie para salvarla? —me dije con sarcasmo—. Pues genial, menudo momento oportuno, me viene de perlas. Iba a gritar de la rabia cuando, al ver que el camión estaba ya demasiado cerca, no pude seguir quieto. Bajé la mano, me di la vuelta y salí corriendo hacia la abuelita. Justo cuando el vehículo estaba a punto de llevársela por delante, ¡ZASH!, la agarré de la cintura, me impulsé con toda mi fuerza y me tiré con ella hacia la acera.
—¡BROOM! Caímos rodando justo a tiempo. Toqué el suelo con las dos manos, me quedé unos segundos paralizado, luego miré hacia atrás, suspiré profundamente y solté:
—Uff, por los pelos, qué alivio. Escuché a la abuelita gimiendo mientras intentaba incorporarse. Me giré, la miré, me puse en pie y me sacudí el polvo de la ropa.
—Déjame ayudarla, señora.
—Gracias, joven, eres muy amable —respondió. Con mi ayuda se puso en pie y se aferró a mi brazo. Al tenerla tan cerca, pude fijarme en su aspecto: una anciana de pelo blanco, chaqueta rosa, bolso negro y una falda larga de color azul oscuro. Me miró con una profunda expresión de agradecimiento... aunque quién iba a imaginar que, a partir de ese preciso momento, todo iba a cambiar para siempre. Pensé que era más joven, pero la verdad me dejó bastante sorprendido: tenía más arrugas que una pasa —sin ofenderla—, aunque me dio la mala espina de que había algo extraño en ella. De la nada me soltó:
—Oye, joven.
—Dime —respondí. Entonces la anciana continuó:
—Vivo a cinco calles de por aquí; si no te importa, debo ir caminando hasta allí. Gracias por todo... un momento, ¿y mi bastón? Miré a mi alrededor sin saber qué decir, mientras ella no me soltaba del brazo y me daba un cringe terrible. La anciana escrutó el entorno, pero al enfocar la vista al frente, me soltó de golpe, se llevó las manos a las mejillas y gritó:
—¡No puede ser, mi bastón! Al sentirme libre di un paso atrás, pero su chillido me interrumpió:
—¡Mi bastón, nooo! Se dejó caer al suelo en plan drama total. Bajé la vista: a pocos metros, partido en tres trozos en medio del paso de peatones, reposaba el dichoso bastón. Ostras, literalmente se lo ha cargado, pensé. Al notar que la miraba, la anciana esbozó una sonrisa fugaz, dejó de llorar y soltó un suspiro que apenas alcancé a percibir. Antes de que pudiera procesarlo, se puso en pie a una velocidad sospechosa, se plantó a mi lado y soltó:
—¿Quisieras hacerme el favor de cuidar a esta anciana por el resto de su vida?
—¡What! —grité aterrorizado. El pánico me invadió de golpe, dándome un impulso irrefrenable de huir.
—¡Aléjate! —balbuceé retrocediendo.
—Muchacho... muchacho... —repetía una voz que se iba distorsionando.
—¡ZASH! Abrí los ojos de golpe y recuperé la consciencia. Menos mal, solo era una pesadilla. Aunque seguía de pie en la calle. Todo había sido imaginación mía... o eso creí, hasta que volví a escuchar un «Muchacho» al lado de mi oreja. Era su voz.
—No puede ser... Me giré lentamente, con el corazón en la boca, un sudor frío recorriéndome la nuca, una sonrisa forzada y los hombros encogidos, esperando lo peor. Pero cuando la enfoqué, ya no llevaba ningún vestido raro. Alzó la mano arrugada, cerré los ojos un segundo por instinto y dijo:
—Ten, espera. Los abrí de par en par.
—Uf, qué alivio, no era nada raro... simplemente una piedra rojiza. La miré extrañado.
—Oye, y... ¿es para mí? —le pregunté señalando con el dedo.
—Sí, es un obsequio —respondió. Espabilé de golpe y me puse serio.
—Abuelita, de verdad, no hace falta...
—Insisto, es un obsequio por haberme salvado. Acéptalo. Dudé unos segundos, pensando que rechazar un regalo quedaba feo, aunque la situación rozaba lo absurdo.
—En serio, gracias, pero solo pasaba por aquí... Ella me cogió las palmas de las manos, depositó la piedra en una de ellas y me cerró el puño con fuerza. Me sonrió, dio media vuelta y continuó caminando. Bajé la mirada para observar la piedra: brillaba con intensidad, pareciendo una auténtica joya. Alcé la vista para decirle algo y di un paso al frente:
—¡Espera! Pero ya no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro. Me quedé con cara de póker mientras empezaba a atardecer. Volví a mirar la piedra en la mano y, De pronto, unas nubes negras taparon el sol.
—Vaya, parece que va a llover. Caminé hacia casa a buen paso, pero al llegar me topé con el desastre: no tenía las llaves. Joder, me las había dejado dentro. Para colmo, mis padres estaban de viaje en Estados Unidos, en Nueva York, y yo vivía completamente solo en España. Cerré los puños con rabia, di unos pasos hacia atrás para coger carrerilla y corrí con toda mi fuerza hacia la puerta dispuesto a derribarla de un golpe... ¡y
—¡Pum! — nada! Me estampé de bruces contra la madera como un idiota.
—¡Auch! —grité de dolor. Me dejé caer de rodillas.
—Oh, por Dios... —murmuré llevándome las manos a la cara. Giré la cabeza a un lado y a otro, suspirando aliviado al ver que nadie me había visto.
—¿Qué haces? —preguntó una voz de mujer justo a mi espalda. Pegué un salto, me levanté a la velocidad de la luz y respondí:
—¡Nada!
—¿Pero estabas intentando tirar la puerta abajo seguro? —inquirió ella cruzándose de brazos.
—Sí... —contesté.
—Vale —respondió con una ceja alzada. Me giré para mirarla bien y... ¡Guau! Tenía el pelo castaño, unos ojos azules increíbles, una camisa blanca y unos vaqueros oscuros. Sin poder evitarlo, solté lo primero que pasó por mi cabeza:
—¿Eres un ángel? Ella parpadeó, totalmente descolocada:
—¿Cómo? Tierra, trágame. Di media vuelta a toda velocidad, maldiciéndome por dentro (No puede ser, ¿en serio le he dicho eso?), volví a girarme hacia ella de golpe y me armé de valor:
—Que... nada interesante —añadí mientras me frotaba la parte trasera de la cabeza con la mano, nervioso.
—Vale —dijo ella sonriendo. Un silencio incómodo flotó en el aire durante unos segundos hasta que decidió romperlo:
—Por cierto, ¿eres Ment?
—Sí, ¿por?
—Entonces... —alzó la mano abierta—. Ten.
—¿Pero qué...? ¿Son mis llaves, cierto? No sé cómo, pero me las encontré en el suelo de mi jardín
—explicó. ¡What! ¿Cómo narices iban a estar mis llaves allí si juraría que me las había dejado dentro? Mientras ella miraba distraída hacia otro lado, se las arrebaté de la mano.
—Ah, vale... gracias. Me quedé un momento mirándola, sintiendo que todo a mi alrededor era demasiado surrealista hoy, así que opté por dar media vuelta. Pero ella gritó:
—¡Espera! ¿Te acuerdas de mí? Me detuve en seco, arrugué el ceño e intenté hacer memoria.
—Mmmm... la verdad es que no caigo... Ella soltó un exagerado «¡Qué!» y, literal, se dejó caer al suelo deprimida, abrazando sus rodillas en plan drama absoluto. Me di la vuelta, resignado:
—Bueno, tampoco hay que ponerse tan dramática... Eres Gabriela, ¿cierto? Mi compañera de clase. Se levantó de un salto, sacudiéndose el polvo.
—Pues ya te podías haber acordado antes. Me volví a dar la vuelta, metiendo las llaves en la cerradura, y respondí de reojo:
—Sí, bueno... chao. Escuché que murmuraba algo por lo bajo, así que giré la cabeza:
—Oye, espera... Pero ya no había nadie. El rellano estaba completamente vacío. ¿Qué le pasa a todo el mundo hoy? Están todos rarísimos. Me encogí de hombros, me guardé la extraña piedra rojiza en el bolsillo y, justo entonces, el cielo se desató.
—¡Ay, que me mojo! —grité. Introduje la llave a toda prisa, tiré del pomo y abrí la puerta. Las luces estaban apagadas. Las encendí, cerré con seguro y fui directo a lo importante: abrir la nevera en busca de algo de picar. Llevaba horas con hambre y necesitaba mi recompensa sagrada: un batido que llevaba dos semanas guardado, sabor a Valencia, de la marca Six Seven. Lo más delicioso del mundo y el combustible definitivo para ser un auténtico pro. Me subí un momento la camiseta y me miré al espejo:
—Como veis, estoy bien panzón, no tengo ni un músculo... Bueno, no importa, aunque tal vez debería considerar hacer algo de ejercicio. Solté la camiseta, cogí el batido —que era lo único que había en la nevera— y cerré la puerta. Encendí la televisión con ganas de ver la mejor película, Los ninjas six severianos, que estaba a punto de empezar. Me desplomé en el sofá, listo para disfrutar. En la pantalla apareció el rótulo: «Ahora comienza la película más esperada del año». Y justo en ese segundo... ¡ZASH! La tele se apagó de golpe. Del susto, solté el batido, que cayó al suelo esparciendo líquido por todas partes.
—¡No, no, qué pasó, no puede ser! —grité dándole un par de golpes secos al aparato. Nada, no prendía.
—¿Qué pasó? —murmuré frustrado. Y cuando me iba a levantar, la televisión se encendió sola.
¡Waat! Me giré despacio y vi que la pantalla estaba completamente glitcheada, emitiendo un pitido insoportable. De la nada, el zumbido cesó y una mano de color negro absoluto pareció salir literalmente de dentro del monitor.
—¡Aaaaa! —grité del susto, sintiendo las piernas completamente paralizadas. Por puro instinto, metí la mano en el bolsillo, saqué la piedra rojiza y, con toda la fuerza que me quedaba, la lancé contra el televisor.
—¡Pum! Le di en la mano de lleno, pero el impacto hizo mucho más: reventé el aparato por completo, llenando la sala de chispas y humo.
—Ups... —dije. Me acerqué lentamente a los restos humeantes y me asomé. No había rastro de la mano, solo cables rotos y plástico fundido.
—Creo que empecé a alucinar... Ostras, pedrín. Revisé el televisor roto y chamuscado. Ahí estaba: la piedra había quedado incrustada entre los círculos de plástico destrozados de la pantalla. Oh, genial, pensé con sarcasmo. Como era imposible sacarla sin cortarme, decidí ignorarla, hice como si nada y subí deprisa al piso de arriba. Subí al cuarto de arriba, pero antes de entrar a mi habitación sentí ganas de ir al baño. Entré mientras procesaba todo lo raro que me estaba pasando, pero cuando iba a coger el papel higiénico... ¡waat!, no había. ¿Cómo podía ser?
¡Si había hecho la compra anteayer y quedaba muchísimo rollo! Una hora más tarde... Por fin salí. Mejor no preguntéis cómo lo solucioné. En fin, me miré al espejo del baño y empecé a cepillarme los dientes. De la nada, un escalofrío me recorrió la espalda. Vi algo reflejado en el cristal que comenzó a enfocarse poco a poco: ¡espera, era la piedra! Escupí al lavabo con tanta prisa que salpiqué todo el espejo.
—¡Puf, pua! —grité del susto—. ¿Esto es real? Me quedé mirando fijamente, pero el espejo estaba normal. Miré a mi lado y no había nada; volví a mirar al frente y la piedra reapareció en el reflejo. Me giré de nuevo hacia el lado vacío, volví a mirar al cristal, me giré otra vez... Hice ese mismo movimiento de ida y vuelta como cinco veces seguidas hasta que se me hinchó la vena del cuello. Iba a soltar un puñetazo al espejo cuando, de repente, la atmósfera se heló y el cristal se congeló por completo.
—¡Pum! ¡Aaaaa! —aullé agitando la mano—. ¡Me duele, me duele, no puede ser, sí que duele!
—soplaba mis nudillos mientras el cabreo iba en aumento—. ¡Ya basta, maldito espejo! En cuanto intenté agarrarla, la piedra salió disparada del cristal y me golpeó de lleno en toda la cara.
—¡Ay, qué dolor, no puede ser! Esto tiene que ser un sueño... Si todo lo que hago ahora es un sueño... Agarré la piedra del suelo.
—Hala, cuánto brilla... —murmuré. Desprendía un tono rojizo muy intenso. En ese instante escuché un susurro: «Ment...». Accidentalmente giré la cabeza para mirar al espejo y me topé con una cosa negra y terrorífica. Me quedé completamente paralizado. A medida que veía cómo se acercaba, mi cuerpo entero se quedó inofensivo, incapaz de mover ni un solo músculo. Su mano atravesó la superficie del espejo como si fuera agua, intentando salir.
—¡Waaat! —grité despavorido. Salí del baño a toda pastilla, tiré la puerta de un portazo y me quedé respirando agitadamente.
—¿Es un monstruo o qué? —balbuceé. Pensé en llamar a Mauro, pero un ruido sordo empezó a retumbar en la madera. Alguien —o algo— estaba golpeando la puerta del baño desde dentro. Lo extraño es que no había nadie ahí dentro... aparte de ese engendro. Sentí un escalofrío brutal mientras tiritaba de miedo. Me apoyé de espaldas contra la puerta para bloquearla, apretando los dientes con fuerza. Unos minutos después, los golpes cesaron. El silencio volvió a reinar. Me aparté despacio, tiritando todavía. ¿Se habrá ido? ¿Y si todo ha sido una alucinación? Aunque, la verdad, se había sentido demasiado realista. Iba a estirar la mano para tocar el pomo cuando sentí un nudo opresivo en la garganta que me impedía tragar saliva. Me quedé inmovilizado unos segundos, hasta que una voz resonó directamente en mi cabeza: «Abre la puerta». Me giré sobresaltado.
—¿Quién ha dicho eso? —pregunté en la habitación vacía. Atreviéndome a todo, cerré los ojos de golpe, tiré del pomo hacia dentro y... ¡ZASH! No me atrevía a abrirlos, pero un pestazo insoportable invadió mis fosas nasales. Abrí los ojos de par en par. Todo parecía normal. Vues...
—me dije tocándome el cuello—, solo fueron alucinaciones, preocupándome por nada. Empecé a reír nervioso:
—Jajaja, claro, puras alucinaciones... Pero el hedor a podrido volvió a golpearme de inmediato. Fruncí el ceño, preguntándome a qué olía tan mal, hasta que caí en la cuenta.
—Che, huele a truño, ¡qué asco! —dije mirando al váter—. Ah, claro, a alguien se le olvidó tirar de la cadena. Le di a la cisterna y seguí como si nada. Al final ni hizo falta llamar a Mauro ni nada dramático. Pasé de nuevo junto al espejo congelado —sin ni siquiera fijarme en él— y llegué al dormitorio. Bostecé con ganas.
—Ay, qué cansado estoy... Me arrastré hasta la cama y me desplomé sobre el colchón.
—Buenas noches... Dejé las gafas en la mesilla de noche pegada a la cama, me tumbé boca arriba y me quedé mirando fijamente al techo oscurecido. Empecé a visualizar ovejitas en mi cabeza para dormir, pasaban una por una mientras comenzaba a contar: Una, dos, tres... Seis minutos más tarde... I99, 100, 101...
—Buah... —bostecé otra vez—. Vaya, se me ha olvidado que tenía que hacer cosas... Bueno, da igual, ya lo haré mañana. Cerré los ojos un instante y caí rendido como un tronco. Fue entonces cuando una sombra negra y alargada se a
somó sigilosa por el marco de la puerta de la habitación, esbozando una sonrisa siniestra.








