Capítulo 1: Elster
Me llamo Alex Luna. Tengo una enfermedad desde que era pequeño.
No me gusta decir su nombre porque suena feo, pero sufro de leucemia linfoblástica aguda. Es más fácil decir que estoy enfermo y ya. O decir que sufro por "La Tóxica", porque siempre vuelve aunque la dejes.
Tampoco me gusta decir que mi vida son hospitales, estudios, citas médicas y pastillas gigantes.
Por eso, cuando cumplí 19 años, decidimos que lo mejor para mi familia era mudarnos.
— Allá vamos a estar mejor, hijo — me dijo mi padre mientras ayudaba a mi madre a empacar mis cosas, aunque en su rostro se notaba la tristeza por dejar atrás el lugar que durante tanto tiempo fue nuestro hogar.
— Allá comenzaremos una nueva vida, mi amor — replanteó mi madre con una gran sonrisa, pero con los ojos empapados en lágrimas que pronto corrieron por sus rosadas mejillas.
— El aire es más limpio, cura — fue lo que me dio ánimo para salir por esa pequeña puerta de madera maciza, dejando atrás mi infancia, mis amigos, los recuerdos con mis padres, dejando atrás mi vida.
El pueblo se llama Elster.
Es chiquito. De esos pueblos donde todos se conocen, donde las calles son de piedra, donde las casas tienen techos de teja y en las tardes no pasa ni un coche. El pueblo donde mis papás se conocieron, donde se enamoraron y donde comenzó su historia.
Yo no quería ir. Yo no quería dejar la ciudad, mi cuarto, mi vida.
Pero entendí que era lo mejor.
Antes de mudarnos me hicieron los últimos estudios. Vi a los doctores hablar bajito con mis padres en el pasillo del hospital. Mientras yo seguía recostado en una camilla fría, mirando el pasillo oscuro donde mi mamá lloraba desconsolada y mi padre la abrazaba mientras caían al piso lentamente.
Escuché solo una cosa: un año, lo lamento mucho. No necesité escuchar nada más para saber a lo que se referían. Solo viviría un año más. En ese momento sentí un terror recorriendo cada parte de mi cuerpo. ¿Cómo era posible?
¿Cómo era posible si yo tenía tantos planes?
Yo quería terminar la prepa, entrar a una buena universidad, graduarme en literatura, comprar un departamento, aprender a conducir. Tenía tantos sueños que ahora tengo que abandonar por culpa de una maldita enfermedad que me está carcomiendo por dentro, día con día. Una enfermedad que jamás pedí.
Llegamos a Elster un lunes por la tarde, justo cuando el sol se metía entre las montañas. Mi papá manejó cinco horas. Yo me quedé dormido sobre las piernas de mamá en el asiento de atrás porque me canso muy seguido.
Cuando me desperté, estábamos frente a una casa de ladrillo con una puerta de madera vieja y un poco desgastada y una ventana grande. Olía a madera y a tierra mojada.
— Te va a gustar — dijo mi papá.
No me gustó. Todo era extraño.
Pero con una sonrisa de oreja a oreja contesté:
— Me encanta.
Porque yo sabía que si estábamos en este lugar era por mi culpa.
Y entonces la vi correr hacia mí.
—¡Alex, Alex! ¿Me recuerdas?
Era Miranda, mi prima, mi mejor amiga de la infancia.
—Wow, Miranda, has crecido mucho, por poco y no te reconozco — contesté con una carcajada suave.
Corrió y me abrazó tan fuerte que casi me tira. La rodeé con mis brazos y recordé que en poco tiempo la abandonaría.
—Llegaste, no lo puedo creer, por fin llegaste — me dijo—. Te guardé el cuarto de al lado del mío. Te estaba esperando.
Esa tarde me ayudó a desempacar. Me contó todo sobre Elster y me hizo recordar cuando corríamos descalzos entre hojas y hierbas húmedas.
—Mañana entras a la escuela del pueblo. No es muy grande, pero te va a gustar, verás que pronto harás muchos amigos.
—No quiero entrar — pensé en silencio—. No quiero caminar por esas calles empedradas. No conozco a nadie.
Pero solo contesté:
—Es que... no sé si vaya a encajar.
—Me tienes a mí — me dijo—. Y vas a darte cuenta pronto de que todos son amables.
No entendí a qué se refería. Solo le mostré una sonrisa, afirmando.
Al día siguiente era marzo. Hacía frío. Me puse una sudadera gris con capucha y unos jeans negros, tomé mi mochila y salí de mi habitación. No quería entrar a esa escuela nueva. Sentía que todos me iban a mirar raro por ser el nuevo a mitad del ciclo.
Caminé con Miranda hasta la entrada. Todo era extraño para mí. Las bancas despintadas, los árboles enormes, el patio pequeño.
Hasta que lo vi.
Estaba recargado en la pared de la entrada, con una sonrisa. El típico chico popular. El más atractivo. El que le gusta a todos y que llama la atención con solo respirar.
Cris.
Cuando lo miré por primera vez, algo en mí se detuvo. Y olvidé todo. Olvidé que estaba enfermo, olvidé que no quería estar en Elster, olvidé que solo me quedaba un año. Para mí, solo existía él.
En aquel marzo, comencé a vivir.




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