CapΓtulo I - El hombre que hablaba con las flores.
Siam, 28 de agosto de 1817ο»Ώ
La lluvia habΓa comenzado antes del amanecer.
No era una llovizna pasajera ni una tormenta cualquiera; era uno de esos monzones capaces de envolver todo Siam bajo un mismo manto gris. La lluvia golpeaba con fuerza los techos de palma, corrΓa entre los arrozales y convertΓa los senderos de tierra en rΓos de barro, mientras los enormes Γ‘rboles del bosque se mecΓan con un murmullo constante, como si la propia naturaleza hubiese decidido detener el tiempo.
Desde la ventana de su casa, Pond Naravit contemplaba el paisaje en silencio.
La vivienda se encontraba a las afueras de una pequeΓ±a aldea, rodeada de arrozales, Γ‘rboles frutales y senderos que, durante la temporada de lluvias, desaparecΓan bajo el agua. Construida sobre sΓ³lidos pilotes de madera de teca para resistir las crecidas, contaba con un amplio corredor frontal desde donde el bosque se extendΓa hasta perderse entre la neblina.
Las paredes de madera, cuidadosamente ensambladas aΓ±os atrΓ‘s, desprendΓan el caracterΓstico aroma de la teca hΓΊmeda, mientras las contraventanas permanecΓan abiertas para dejar entrar el aire fresco del monzΓ³n. Bajo el alero, varias macetas de barro albergaban jazmines, albahaca tailandesa y pequeΓ±as orquΓdeas que Pond cuidaba con la misma dedicaciΓ³n con la que otros cuidarΓan un tesoro.
Era una casa sencilla. Pero bastaba cruzar la puerta para sentir el calor de un verdadero hogar.
Pond apoyΓ³ una mano sobre el marco de la ventana mientras observaba cΓ³mo la lluvia formaba pequeΓ±as ondas sobre el estanque que se extendΓa detrΓ‘s de la casa. Aquella maΓ±ana debΓa internarse en el bosque para recoger leΓ±a antes de que el terreno se volviera intransitable, pero bastaba con mirar el cielo para comprender que serΓa imposible.
SoltΓ³ un suspiro.
βParece que hoy ganaste tΓΊ... βmurmurΓ³ para sΓ, dirigiendo una mirada resignada a la tormenta.
Un pequeΓ±o golpecito en el hombro lo sacΓ³ de sus pensamientos.
βΒΏYa terminaste de hipnotizar a la lluvia o todavΓa le falta convencerte de que no piensa irse? βpreguntΓ³ una voz divertida.
Pond girΓ³ el rostro y una sonrisa apareciΓ³ de inmediato.
βBuenos dΓas para ti tambiΓ©n, View.
View Naravit, era el tipo de persona capaz de iluminar cualquier habitaciΓ³n con solo entrar. TenΓa una energΓa inagotable, una sonrisa traviesa y esa costumbre de encontrar algo divertido incluso en los dΓas mΓ‘s grises. Mientras Pond heredΓ³ la serenidad de su padre, ella habΓa heredado el optimismo inquebrantable de su madre.
Con apenas diecinueve aΓ±os, se habΓa convertido en el corazΓ³n de aquella casa.
Aunque la pobreza habΓa alcanzado a la familia igual que a todos, View jamΓ‘s permitiΓ³ que la tristeza se instalara entre aquellas paredes. Siempre encontraba una razΓ³n para sonreΓr... incluso cuando el mundo parecΓa empeΓ±ado en arrebatΓ‘rsela.
Se cruzΓ³ de brazos frente a la ventana y observΓ³ la tormenta con una exagerada expresiΓ³n de preocupaciΓ³n.
βCreo que los peces estΓ‘n aprendiendo a nadar en el aire.
Pond dejΓ³ escapar una risa baja.
βEso no tiene ningΓΊn sentido.
βPrecisamente por eso es gracioso.
La lluvia seguΓa cayendo con la misma intensidad.
Durante unos segundos, ambos permanecieron contemplΓ‘ndola en silencio, escuchando el incesante golpear de las gotas sobre el techo de palma, mientras el agua corrΓa bajo los pilotes de la vivienda y el monzΓ³n envolvΓa la aldea.
View fue la primera en desviar la mirada.
No sabΓa exactamente cuΓ‘ndo habΓa comenzado a detestar la lluvia. Tal vez el dΓa en que comprendiΓ³ que nunca volverΓa a correr bajo ella.
Cuando era niΓ±a, los monzones significaban otra cosa.
Recordaba a su madre salir descalza al patio cada vez que comenzaba a llover. ReΓa como una niΓ±a mientras la arrastraba de la mano para saltar sobre los pequeΓ±os charcos que se formaban alrededor de la casa.
βΒ‘View, mΓ‘s rΓ‘pido! βdecΓa entre carcajadas.
Ella reΓa sin detenerse.
Desde el corredor de la vivienda, su padre fingΓa indignarse mientras negaba con la cabeza, aunque la sonrisa terminaba delatΓ‘ndolo.
βVan a enfermarse las dos.
βΒ‘Solo si tΓΊ vienes a rescatarnos! βrespondΓa su madre.
Entonces el hombre miraba a Pond, que apenas era un adolescente, y ambos intercambiaban una mirada cΓ³mplice antes de resignarse.
βSupongo que tendremos que ir por ellas.
Y terminaban los cuatro bajo la lluvia.
Era el recuerdo mΓ‘s feliz que conservaba de su infancia.
Hasta que la lluvia decidiΓ³ arrebatΓ‘rselo.
AΓ±os atrΓ‘s, durante otra temporada de monzones, sus padres emprendieron un viaje hacia la capital transportando carbΓ³n vegetal y herramientas destinadas a los jardines pertenecientes a la Corona. El camino que atravesaba el bosque habΓa quedado debilitado por las lluvias constantes, y una parte del terreno cediΓ³ al paso de la carreta.
Nunca llegaron a su destino.
Los encontraron dΓas despuΓ©s, junto a los restos del carruaje.
Desde entonces, cada vez que llovΓa, View ya no escuchaba el sonido del agua. Escuchaba el silencio que habΓan dejado sus padres.
Pond, en cambio, seguΓa observando la tormenta con la misma calma de siempre. Γl tambiΓ©n los extraΓ±aba, quizΓ‘ tanto como ella, pero habΓa aprendido a esconder el dolor detrΓ‘s de una sonrisa serena. DespuΓ©s de todo, alguien tenΓa que mantenerse firme.
Los Naravit no siempre habΓan vivido con tantas dificultades.
Mucho antes de que la desgracia tocara a su puerta, la familia habΓa sido reconocida entre la pequeΓ±a nobleza de Siam. No pertenecΓan a la realeza ni poseΓan grandes tΓtulos, pero su apellido era respetado desde la Γ©poca de su abuelo, Narong Naravit, quien dedicΓ³ gran parte de su vida al servicio del palacio como supervisor de los jardines y terrenos reales. Gracias a su trabajo, los jardines de la Corona se convirtieron en un orgullo para el reino, y su nombre era recordado con estima por nobles y funcionarios. Su hijo, Anan Naravit, heredΓ³ mucho mΓ‘s que el oficio. Con los aΓ±os llegΓ³ a convertirse en el Maestro de los Jardines Reales, el hombre responsable de cada Γ‘rbol, estanque, pabellΓ³n e invernadero que embellecΓa las residencias de la familia real. Ninguna flor era plantada, ningΓΊn Γ‘rbol era podado y ningΓΊn jardΓn era rediseΓ±ado sin su aprobaciΓ³n.
Era un cargo modesto comparado con los grandes ministros del reino, pero suficiente para otorgarle prestigio, una buena posiciΓ³n econΓ³mica y el respeto de quienes trabajaban dentro del palacio.
Sin embargo, Anan poseΓa un corazΓ³n demasiado noble para un mundo que rara vez recompensaba la bondad. JamΓ‘s negaba ayuda a quien la necesitara, prestaba dinero sin esperar recibirlo de vuelta, cedΓa parte de sus cosechas, abrΓa las puertas de su casa a familiares lejanos que aparecΓan ΓΊnicamente cuando tenΓan problemas.
Su esposa solΓa decirle que algΓΊn dΓa aquella generosidad les pasarΓa factura.
Γl solo respondΓa que la riqueza podΓa recuperarse, pero la oportunidad de ayudar a alguien no siempre regresaba dos veces.
Cuando Anan y su esposa murieron en aquel accidente, todas las promesas desaparecieron junto con ellos.
Los prΓ©stamos jamΓ‘s fueron devueltos, los familiares dejaron de aparecer, las deudas comenzaron a acumularse.
Sin un adulto que defendiera el patrimonio familiar y con Pond siendo apenas un muchacho, la Corona nombrΓ³ a un nuevo Maestro de los Jardines Reales. Las tierras que administraban regresaron al Estado y gran parte de los bienes de los Naravit fueron vendidos para cubrir las obligaciones pendientes.
Las pocas pertenencias de valor fueron vendidas para pagar las deudas.
Y la casa... tambiΓ©n.
La pequeΓ±a vivienda donde ahora vivΓan apenas tenΓa dos habitaciones y un techo de madera de palma que dejaba escapar alguna gota cuando la lluvia era demasiado intensa.
No era la casa donde habΓan nacido.
Pero, despuΓ©s de ocho aΓ±os, aquel pequeΓ±o hogar construido por manos ajenas habΓa terminado convirtiΓ©ndose en el ΓΊnico lugar al que podΓan llamar βhogarβ.
View parpadeΓ³ un par de veces, obligΓ‘ndose a regresar al presente.
HabΓan pasado ocho aΓ±os desde aquel accidente. Y, aun asΓ, habΓa dΓas en los que el recuerdo seguΓa sintiΓ©ndose tan reciente como la lluvia que golpeaba el techo sobre sus cabezas.
Sin decir una palabra, Pond apoyΓ³ suavemente una mano sobre el hombro de su hermana. No hacΓa falta preguntar en quΓ© estaba pensando. Γl tambiΓ©n lo sabΓa.
Lo habΓa sabido desde el primer instante en que la vio perderse entre las gotas de lluvia.
βMamΓ‘ estarΓa regaΓ±Γ‘ndonos por poner esas caras tan largas βdijo de pronto, con una pequeΓ±a sonrisa.
View soltΓ³ una risa por lo bajo.
βY papΓ‘ dirΓa que dejΓ‘ramos de desperdiciar el dΓa mirando por la ventana.
βDespuΓ©s saldrΓa a trabajar bajo la lluvia como si nada.
βY volverΓa completamente empapado.
Ambos rieron.
Era una risa tranquila. NostΓ‘lgica. De esas que solo nacen cuando el dolor ya aprendiΓ³ a convivir con el amor.
HabΓan aprendido a vivir sin ellos.
No fue sencillo.
Hubo dΓas en los que apenas tenΓan quΓ© comer, semanas enteras en las que Pond aceptaba cualquier trabajo que apareciera con tal de mantener un techo sobre sus cabezas, y noches en las que View fingΓa dormir para que su hermano no descubriera que tambiΓ©n lloraba en silencio.
Pero sobrevivieron.
Poco a poco aprendieron que la felicidad no siempre se encontraba en una casa llena de lujos, ni en un apellido respetado, ni en la posiciΓ³n que alguna vez ocupΓ³ su familia, la encontraron el uno en el otro. Su hogar seguΓa siendo pequeΓ±o y antiguo. El dinero apenas alcanzaba para cubrir lo necesario, y muchas veces debΓan conformarse con una comida sencilla y reparar ellos mismos aquello que el tiempo iba desgastando.
Sin embargo aquella casa estaba llena de risas, olΓa al arroz reciΓ©n cocido por las maΓ±anas. conservaba las flores que Pond se empeΓ±aba en plantar alrededor del patio, aunque la tierra no siempre fuera la mejor. TodavΓa era un hogar, y mientras siguieran teniΓ©ndose el uno al otro para ellos, era suficiente.
View fue la primera en romper el silencio.
βSi seguimos mirando la lluvia, el arroz se enfriarΓ‘.
Pond soltΓ³ una pequeΓ±a risa y asintiΓ³ con la cabeza.
βTienes razΓ³n.
Ambos se alejaron de la ventana para dirigirse a la pequeΓ±a cocina situada al fondo de la casa. El desayuno era sencillo, como casi todos desde hacΓa varios aΓ±os: arroz reciΓ©n cocido, algunas verduras encurtidas que View habΓa preparado dΓas atrΓ‘s y un pequeΓ±o trozo de pescado seco que compartieron entre los dos. Para acompaΓ±arlo, calentaron agua sobre el brasero y sirvieron dos tazas de tΓ© de jazmΓn, una costumbre que su madre jamΓ‘s habΓa abandonado, incluso cuando los tiempos difΓciles llegaron a la familia.
βMamΓ‘ decΓa que un buen tΓ© podΓa arreglar cualquier maΓ±ana βcomentΓ³ View mientras acercaba la taza a sus labios.
βPapΓ‘ respondΓa que eso solo funcionaba porque ella era quien lo preparaba.
Ambos sonrieron una vez mΓ‘s.
Era curioso cΓ³mo, incluso despuΓ©s de tantos aΓ±os, sus padres seguΓan encontrando la forma de sentarse con ellos en aquella mesa.
Cuando terminaron de desayunar, Pond recogiΓ³ los platos y los dejΓ³ junto a la pila de piedra donde mΓ‘s tarde los lavarΓa View. Para entonces, la lluvia habΓa comenzado a ceder, dejando tras de sΓ el inconfundible aroma de la tierra hΓΊmeda. Aprovechando la breve tregua del monzΓ³n, Pond tomΓ³ su viejo sombrero de palma, una cuerda, sus herramientas de poda cuidadosamente envueltas en tela y el pequeΓ±o bolso de cuero donde guardaba las semillas que solΓa intercambiar con otros jardineros durante sus recorridos.
βVolverΓ© antes de que oscurezca βdijo mientras se acomodaba la correa sobre el hombro.
βEso dijiste la semana pasada y regresaste cuando ya no podΓa distinguir si eras tΓΊ o un espΓritu del bosque.
βEra culpa del seΓ±or Chai. No dejaba de encontrarme otro Γ‘rbol que podar.
βClaro... Γ©chale la culpa al pobre seΓ±or Chai.
Pond negΓ³ con la cabeza entre risas.
Aquella se habΓa convertido en su rutina desde hacΓa varios aΓ±os.
Gracias a todo lo que su padre le enseΓ±Γ³ desde niΓ±o, habΓa aprendido a comprender las plantas como pocos. SabΓa cuΓ‘ndo un Γ‘rbol necesitaba ser podado, cΓ³mo devolverle la vida a un jardΓn olvidado y quΓ© flores podΓan crecer incluso en la tierra mΓ‘s castigada.
No trabajaba para nobles. Ni para el palacio.
RecorrΓa las aldeas cercanas ofreciendo sus manos a quien necesitara ayuda. Un dΓa arreglaba el pequeΓ±o jardΓn de una familia; al siguiente limpiaba un patio cubierto de maleza o devolvΓa la sombra a un viejo Γ‘rbol que llevaba aΓ±os sin cuidados.
El pago nunca era abundante, algunas veces recibΓa unas cuantas monedas, otras, una cesta con arroz, frutas o verduras, y habΓa ocasiones en las que la gente insistΓa en darle un plato de comida antes de dejarlo marcharse. Nunca fue suficiente para hacerse rico. Pero siempre alcanzaba para que Γ©l y View vivieran con dignidad, y para Pond, eso era mΓ‘s que suficiente.
Cada vez que hundΓa las manos en la tierra hΓΊmeda o veΓa florecer una planta que todos daban por perdida, sentΓa que una parte de su padre seguΓa trabajando a su lado, como si nunca hubiera desaparecido realmente, como si, de alguna manera, continuara guiando sus manos entre cada rama, cada hoja y cada flor que volvΓa a la vida.
Pond jamΓ‘s soΓ±Γ³ con riquezas, solo deseaba seguir haciendo aquello que mΓ‘s amaba.
Para cuando el cielo comenzΓ³ a aclararse ligeramente, Pond ya caminaba por el estrecho sendero de tierra que conectaba su aldea con las comunidades vecinas. El aire olΓa a tierra mojada y hojas reciΓ©n lavadas por el monzΓ³n. Cada paso levantaba un poco de barro, pero Γ©l parecΓa acostumbrado.
Aquella maΓ±ana debΓa terminar de arreglar el jardΓn de la residencia del seΓ±or Chai, un anciano comerciante cuya salud ya no le permitΓa cuidar los Γ‘rboles frutales que rodeaban su hogar.
Pond dejΓ³ cuidadosamente sus herramientas bajo el alero de la casa y recorriΓ³ el terreno con la mirada.
SonriΓ³, como siempre.
Antes de tocar una sola rama, se acercΓ³ al viejo Γ‘rbol de mango que dominaba el centro del jardΓn. ApoyΓ³ la palma de su mano sobre el Γ‘spero tronco y cerrΓ³ los ojos durante un instante.
βHas crecido demasiado hacia el lado izquierdo... βmurmurΓ³ con una sonrisa tranquilaβ. Si seguimos asΓ, la prΓ³xima temporada no podrΓ‘s sostener el peso de tus propios frutos.
TomΓ³ las tijeras de poda.
βNo te preocupes... solo voy a ayudarte un poco.
Con una delicadeza casi imposible de explicar, comenzΓ³ a cortar ΓΊnicamente las ramas necesarias, no habΓa movimientos bruscos, no habΓa prisas, parecΓa conversar con el Γ‘rbol mientras trabajaba.
βEsta rama ya cumpliΓ³ su ciclo... TΓΊ puedes darle fuerza a una nueva. AsΓ estΓ‘ mejor... Ahora podrΓ‘s respirar.
Cada palabra iba acompaΓ±ada por una caricia sobre la corteza, como si las plantas realmente pudieran escucharlo.
Desde el otro extremo del jardΓn, un hombre de edad avanzada observaba la escena, su bastΓ³n permanecΓa sujeto entre ambas manos. Sus ojos, ya cansados por los aΓ±os, no podΓan apartarse de aquel joven. HabΓa algo en Γ©l... algo en aquella forma de trabajar.
El anciano dio un paso al frente. Luego otro. Hasta detenerse a pocos metros de Pond.
El muchacho todavΓa no habΓa notado su presencia. SeguΓa hablando con las flores mientras retiraba con cuidado las hojas marchitas de un pequeΓ±o arbusto.
βNo todos florecen al mismo tiempo... βsusurrΓ³β. No tienes por quΓ© apresurarte.
El anciano sintiΓ³ un nudo en la garganta, aquellas palabras, esa voz tranquila y esa paciencia, era exactamente igual.
βAnan... βescapΓ³ de sus labios casi sin darse cuenta.
Pond levantΓ³ la vista, confundido. Al encontrarse con el desconocido, hizo una ligera reverencia por cortesΓa.
βBuenos dΓas, seΓ±or.
El anciano tardΓ³ unos segundos en responder. SeguΓa observΓ‘ndolo como si el tiempo hubiera retrocedido veinte aΓ±os.
βPerdΓ³name... por un momento creΓ estar viendo a otra persona.
Pond sonriΓ³ con la amabilidad que siempre lo caracterizaba.
βΒΏAlguien que conociΓ³ hace mucho?
El hombre asintiΓ³ lentamente.
βAl mejor jardinero que este reino ha tenido.
Hubo un breve silencio.
βAnan Naravit.
La sonrisa de Pond se volviΓ³ mΓ‘s tenue.
βEra mi padre.
Los ojos del anciano se abrieron con sorpresa. βΒΏEres... hijo de Anan?
βSΓ, seΓ±or.
βΒΏY tu nombre es...?
βPond Naravit.
El bastΓ³n golpeΓ³ suavemente el suelo. Durante unos instantes, el anciano no pudo pronunciar palabra.
βAsΓ que eres tΓΊ...
Pond inclinΓ³ ligeramente la cabeza.
βΒΏNos conocemos?
El hombre soltΓ³ una pequeΓ±a risa cargada de nostalgia.
βTΓΊ no puedes recordarme. Eras apenas un niΓ±o. β Hizo una pausa antes de continuar. βMi nombre es Prasert.
Los ojos de Pond se iluminaron apenas un poco, habΓa escuchado ese nombre incontables veces. Su abuelo hablaba de Γ©l como de un hermano. Y su padre siempre lo llamaba βel tΓo Prasertβ.
βMi abuelo decΓa que usted era el hombre mΓ‘s terco de todo Siam.
Prasert soltΓ³ una carcajada.
βY tu abuelo era todavΓa mΓ‘s terco que yo.
Los dos rieron.
Por primera vez desde que llegΓ³, Prasert observΓ³ a Pond con calma. Ya no veΓa ΓΊnicamente al hijo de Anan. VeΓa sus mismos modales, su misma humildad, su misma manera de tratar la naturaleza.
Prasert no apartΓ³ la mirada del joven. HabΓa algo en aquella sonrisa serena que le revolvΓa el pecho de nostalgia.
βAsΓ que Anan dejΓ³ una parte de sΓ en este mundo...βmurmurΓ³ con una sonrisa cansada.
Pond soltΓ³ una pequeΓ±a risa.
βSiempre dicen que me parezco mucho a mi padre.
βNo... βcorrigiΓ³ el anciano con suavidadβ. No solo te pareces. Es como si una parte de Γ©l siguiera viviendo en ti.
El comentario tomΓ³ a Pond por sorpresa.
Prasert caminΓ³ lentamente hasta el viejo Γ‘rbol de mango y acariciΓ³ su tronco con la palma de la mano.
βΒΏSabes? Tu padre solΓa hacer exactamente lo mismo.
Pond levantΓ³ la vista.
βΒΏHablar con las plantas?
βSΓ.
El anciano sonriΓ³ con nostalgia.
βAl principio todos se burlaban de Γ©l. DecΓan que estaba loco, que ningΓΊn Γ‘rbol podΓa escuchar a un hombre. βSoltΓ³ una pequeΓ±a risa. βEntonces los Γ‘rboles comenzaron a florecer como nunca antes... y dejaron de reΓrse.
Pond bajΓ³ la mirada con cierta timidez.
βMi padre decΓa que las plantas tambiΓ©n sienten cuando alguien las cuida con cariΓ±o.
βY tenΓa razΓ³n.
Prasert observΓ³ el jardΓn perfectamente podado.
βRecuerdo que cuando trabajΓ‘bamos en el palacio, Anan conocΓa cada Γ‘rbol por su nombre. Si alguno enfermaba, pasaba noches enteras intentando salvarlo. LleguΓ© a preguntarle una vez por quΓ© se esforzaba tanto.
βΒΏY quΓ© respondiΓ³?
El anciano sonriΓ³.
ββPorque nadie merece marchitarse si todavΓa puede florecer.β
Durante unos segundos ninguno de los dos hablΓ³. Pond sintiΓ³ un nudo en la garganta. HacΓa aΓ±os que nadie le hablaba de su padre de esa manera.
No como una tragedia, sino como el hombre extraordinario que habΓa sido.
βEra un gran hombre... ΒΏverdad? βpreguntΓ³ en voz baja.
Prasert girΓ³ lentamente hacia Γ©l. βNo.
Pond lo mirΓ³, confundido.
El anciano negΓ³ despacio con la cabeza. βEra un hombre excepcional.
El silencio volviΓ³ a instalarse entre ambos. Fue Pond quien volviΓ³ a romperlo.
βAhora solo estamos mi hermana y yo.
Prasert frunciΓ³ ligeramente el ceΓ±o, intentando ordenar los recuerdos que el paso del tiempo habΓa mezclado.
βΒΏTu hermana...?
Pond asintiΓ³. βView.
Los ojos del anciano se iluminaron de repente. βΒ‘La chiquilla escurridiza!
Pond no pudo evitar reΓr.
βVeo que la recuerda bien.
βΒΏCΓ³mo olvidarla? Si cada vez que iba a visitar a tu padre terminaba escondiΓ©ndose entre los arbustos para que nadie la encontrara. Una vez me hizo recorrer medio jardΓn porque aseguraba que un espΓritu se habΓa robado mis sandalias.
Pond soltΓ³ una carcajada.
βEso suena exactamente a ella.
βΒΏSigue siendo tan traviesa?
βUn poco menos...
βNo te creo.
βBueno... quizΓ‘ no tanto.
Ambos rieron con ganas.
Prasert sintiΓ³ cΓ³mo el corazΓ³n se le aligeraba. Era como volver a visitar una parte de su juventud que creΓa perdida para siempre.
Hablaron durante largo rato. Y mientras conversaban, Prasert descubriΓ³ que Pond no habΓa heredado ΓΊnicamente el talento de su padre. HabΓa heredado tambiΓ©n su bondad. Escuchaba con atenciΓ³n. SonreΓa con sinceridad. Y nunca interrumpΓa a quien tenΓa algo que contar.
Cuando el sol comenzΓ³ a abrirse paso entre las nubes, el anciano comprendiΓ³ que era momento de marcharse.
Se apoyΓ³ nuevamente en su bastΓ³n y dio un par de pasos antes de detenerse.
βPond.
βΒΏSΓ?
βHace mucho que no comparto una buena conversaciΓ³n.
El joven sonriΓ³. βYo tampoco, seΓ±or.
βEntonces permΓteme remediarlo.
MetiΓ³ una mano entre los pliegues de su tΓΊnica y sacΓ³ una pequeΓ±a bolsita de tela finamente bordada.
βUn viejo amigo me enviΓ³ hace unos dΓas un excelente tΓ© desde el norte. SerΓa un desperdicio beberlo solo.
Pond lo observΓ³ con curiosidad.
βΒΏQuΓ© le parece si vienes a visitarme dentro de unos dΓas? Trae tambiΓ©n a View. Me gustarΓa volver a ver a esa pequeΓ±a traviesa... aunque sospecho que ya no tiene nada de pequeΓ±a.
Pond inclinΓ³ respetuosamente la cabeza.
βSerΓ‘ un honor. Estoy seguro de que se pondrΓ‘ muy feliz cuando se lo diga.
Prasert sonriΓ³ satisfecho.
βEntonces queda hecho.
Ambos intercambiaron una ΓΊltima reverencia antes de despedirse.
Mientras el anciano se alejaba por el sendero, Pond no pudo evitar pensar que el destino tenΓa formas muy curiosas de reunir a las personas.
Porque, incluso despuΓ©s de tanto dolor, Siam seguΓa siendo un lugar donde la calidez aΓΊn habitaba en el corazΓ³n de su gente.
Y quizΓ‘... solo quizΓ‘... aquella no serΓa la ΓΊltima vez que sus caminos se cruzaran.








