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All Rights Reserved Β©

Summary

Siam, 1817. Tras la caΓ­da de su familia, Pond Naravit se convierte en jardinero del palacio real. AllΓ­ llama la atenciΓ³n del prΓ­ncipe heredero, Phuwin Tangsakyuen, un hombre destinado a gobernar, pero nunca a elegir a quiΓ©n amar. Lo que comienza como una molestia por la indiferencia de Pond pronto se transforma en una obsesiΓ³n imposible de ignorar. Entre deberes reales, secretos y sentimientos prohibidos, ambos deberΓ‘n decidir si estΓ‘n dispuestos a desafiar su destino por un amor que podrΓ­a costarles absolutamente todo. Porque cuando llegue el momento de elegir... ΒΏserΓ‘ mΓ‘s fuerte el peso de la corona... o el amor?

Status
3h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CapΓ­tulo I - El hombre que hablaba con las flores.

Siam, 28 de agosto de 1817ο»Ώ

La lluvia habΓ­a comenzado antes del amanecer.

No era una llovizna pasajera ni una tormenta cualquiera; era uno de esos monzones capaces de envolver todo Siam bajo un mismo manto gris. La lluvia golpeaba con fuerza los techos de palma, corrΓ­a entre los arrozales y convertΓ­a los senderos de tierra en rΓ­os de barro, mientras los enormes Γ‘rboles del bosque se mecΓ­an con un murmullo constante, como si la propia naturaleza hubiese decidido detener el tiempo.

Desde la ventana de su casa, Pond Naravit contemplaba el paisaje en silencio.

La vivienda se encontraba a las afueras de una pequeΓ±a aldea, rodeada de arrozales, Γ‘rboles frutales y senderos que, durante la temporada de lluvias, desaparecΓ­an bajo el agua. Construida sobre sΓ³lidos pilotes de madera de teca para resistir las crecidas, contaba con un amplio corredor frontal desde donde el bosque se extendΓ­a hasta perderse entre la neblina.

Las paredes de madera, cuidadosamente ensambladas aΓ±os atrΓ‘s, desprendΓ­an el caracterΓ­stico aroma de la teca hΓΊmeda, mientras las contraventanas permanecΓ­an abiertas para dejar entrar el aire fresco del monzΓ³n. Bajo el alero, varias macetas de barro albergaban jazmines, albahaca tailandesa y pequeΓ±as orquΓ­deas que Pond cuidaba con la misma dedicaciΓ³n con la que otros cuidarΓ­an un tesoro.

Era una casa sencilla. Pero bastaba cruzar la puerta para sentir el calor de un verdadero hogar.

Pond apoyΓ³ una mano sobre el marco de la ventana mientras observaba cΓ³mo la lluvia formaba pequeΓ±as ondas sobre el estanque que se extendΓ­a detrΓ‘s de la casa. Aquella maΓ±ana debΓ­a internarse en el bosque para recoger leΓ±a antes de que el terreno se volviera intransitable, pero bastaba con mirar el cielo para comprender que serΓ­a imposible.

SoltΓ³ un suspiro.

β€”Parece que hoy ganaste tΓΊ... β€”murmurΓ³ para sΓ­, dirigiendo una mirada resignada a la tormenta.

Un pequeΓ±o golpecito en el hombro lo sacΓ³ de sus pensamientos.

β€”ΒΏYa terminaste de hipnotizar a la lluvia o todavΓ­a le falta convencerte de que no piensa irse? β€”preguntΓ³ una voz divertida.

Pond girΓ³ el rostro y una sonrisa apareciΓ³ de inmediato.

β€”Buenos dΓ­as para ti tambiΓ©n, View.

View Naravit, era el tipo de persona capaz de iluminar cualquier habitaciΓ³n con solo entrar. TenΓ­a una energΓ­a inagotable, una sonrisa traviesa y esa costumbre de encontrar algo divertido incluso en los dΓ­as mΓ‘s grises. Mientras Pond heredΓ³ la serenidad de su padre, ella habΓ­a heredado el optimismo inquebrantable de su madre.

Con apenas diecinueve aΓ±os, se habΓ­a convertido en el corazΓ³n de aquella casa.

Aunque la pobreza habΓ­a alcanzado a la familia igual que a todos, View jamΓ‘s permitiΓ³ que la tristeza se instalara entre aquellas paredes. Siempre encontraba una razΓ³n para sonreΓ­r... incluso cuando el mundo parecΓ­a empeΓ±ado en arrebatΓ‘rsela.

Se cruzΓ³ de brazos frente a la ventana y observΓ³ la tormenta con una exagerada expresiΓ³n de preocupaciΓ³n.

β€”Creo que los peces estΓ‘n aprendiendo a nadar en el aire.

Pond dejΓ³ escapar una risa baja.

β€”Eso no tiene ningΓΊn sentido.

β€”Precisamente por eso es gracioso.

La lluvia seguΓ­a cayendo con la misma intensidad.

Durante unos segundos, ambos permanecieron contemplΓ‘ndola en silencio, escuchando el incesante golpear de las gotas sobre el techo de palma, mientras el agua corrΓ­a bajo los pilotes de la vivienda y el monzΓ³n envolvΓ­a la aldea.

View fue la primera en desviar la mirada.

No sabΓ­a exactamente cuΓ‘ndo habΓ­a comenzado a detestar la lluvia. Tal vez el dΓ­a en que comprendiΓ³ que nunca volverΓ­a a correr bajo ella.

Cuando era niΓ±a, los monzones significaban otra cosa.

Recordaba a su madre salir descalza al patio cada vez que comenzaba a llover. ReΓ­a como una niΓ±a mientras la arrastraba de la mano para saltar sobre los pequeΓ±os charcos que se formaban alrededor de la casa.

β€”Β‘View, mΓ‘s rΓ‘pido! β€”decΓ­a entre carcajadas.

Ella reΓ­a sin detenerse.

Desde el corredor de la vivienda, su padre fingΓ­a indignarse mientras negaba con la cabeza, aunque la sonrisa terminaba delatΓ‘ndolo.

β€”Van a enfermarse las dos.

β€”Β‘Solo si tΓΊ vienes a rescatarnos! β€”respondΓ­a su madre.

Entonces el hombre miraba a Pond, que apenas era un adolescente, y ambos intercambiaban una mirada cΓ³mplice antes de resignarse.

β€”Supongo que tendremos que ir por ellas.

Y terminaban los cuatro bajo la lluvia.

Era el recuerdo mΓ‘s feliz que conservaba de su infancia.

Hasta que la lluvia decidiΓ³ arrebatΓ‘rselo.

AΓ±os atrΓ‘s, durante otra temporada de monzones, sus padres emprendieron un viaje hacia la capital transportando carbΓ³n vegetal y herramientas destinadas a los jardines pertenecientes a la Corona. El camino que atravesaba el bosque habΓ­a quedado debilitado por las lluvias constantes, y una parte del terreno cediΓ³ al paso de la carreta.

Nunca llegaron a su destino.

Los encontraron dΓ­as despuΓ©s, junto a los restos del carruaje.

Desde entonces, cada vez que llovΓ­a, View ya no escuchaba el sonido del agua. Escuchaba el silencio que habΓ­an dejado sus padres.

Pond, en cambio, seguΓ­a observando la tormenta con la misma calma de siempre. Γ‰l tambiΓ©n los extraΓ±aba, quizΓ‘ tanto como ella, pero habΓ­a aprendido a esconder el dolor detrΓ‘s de una sonrisa serena. DespuΓ©s de todo, alguien tenΓ­a que mantenerse firme.

Los Naravit no siempre habΓ­an vivido con tantas dificultades.

Mucho antes de que la desgracia tocara a su puerta, la familia habΓ­a sido reconocida entre la pequeΓ±a nobleza de Siam. No pertenecΓ­an a la realeza ni poseΓ­an grandes tΓ­tulos, pero su apellido era respetado desde la Γ©poca de su abuelo, Narong Naravit, quien dedicΓ³ gran parte de su vida al servicio del palacio como supervisor de los jardines y terrenos reales. Gracias a su trabajo, los jardines de la Corona se convirtieron en un orgullo para el reino, y su nombre era recordado con estima por nobles y funcionarios. Su hijo, Anan Naravit, heredΓ³ mucho mΓ‘s que el oficio. Con los aΓ±os llegΓ³ a convertirse en el Maestro de los Jardines Reales, el hombre responsable de cada Γ‘rbol, estanque, pabellΓ³n e invernadero que embellecΓ­a las residencias de la familia real. Ninguna flor era plantada, ningΓΊn Γ‘rbol era podado y ningΓΊn jardΓ­n era rediseΓ±ado sin su aprobaciΓ³n.

Era un cargo modesto comparado con los grandes ministros del reino, pero suficiente para otorgarle prestigio, una buena posiciΓ³n econΓ³mica y el respeto de quienes trabajaban dentro del palacio.

Sin embargo, Anan poseΓ­a un corazΓ³n demasiado noble para un mundo que rara vez recompensaba la bondad. JamΓ‘s negaba ayuda a quien la necesitara, prestaba dinero sin esperar recibirlo de vuelta, cedΓ­a parte de sus cosechas, abrΓ­a las puertas de su casa a familiares lejanos que aparecΓ­an ΓΊnicamente cuando tenΓ­an problemas.

Su esposa solΓ­a decirle que algΓΊn dΓ­a aquella generosidad les pasarΓ­a factura.

Γ‰l solo respondΓ­a que la riqueza podΓ­a recuperarse, pero la oportunidad de ayudar a alguien no siempre regresaba dos veces.

Cuando Anan y su esposa murieron en aquel accidente, todas las promesas desaparecieron junto con ellos.

Los prΓ©stamos jamΓ‘s fueron devueltos, los familiares dejaron de aparecer, las deudas comenzaron a acumularse.

Sin un adulto que defendiera el patrimonio familiar y con Pond siendo apenas un muchacho, la Corona nombrΓ³ a un nuevo Maestro de los Jardines Reales. Las tierras que administraban regresaron al Estado y gran parte de los bienes de los Naravit fueron vendidos para cubrir las obligaciones pendientes.

Las pocas pertenencias de valor fueron vendidas para pagar las deudas.

Y la casa... tambiΓ©n.

La pequeΓ±a vivienda donde ahora vivΓ­an apenas tenΓ­a dos habitaciones y un techo de madera de palma que dejaba escapar alguna gota cuando la lluvia era demasiado intensa.

No era la casa donde habΓ­an nacido.

Pero, despuΓ©s de ocho aΓ±os, aquel pequeΓ±o hogar construido por manos ajenas habΓ­a terminado convirtiΓ©ndose en el ΓΊnico lugar al que podΓ­an llamar β€œhogar”.

View parpadeΓ³ un par de veces, obligΓ‘ndose a regresar al presente.

HabΓ­an pasado ocho aΓ±os desde aquel accidente. Y, aun asΓ­, habΓ­a dΓ­as en los que el recuerdo seguΓ­a sintiΓ©ndose tan reciente como la lluvia que golpeaba el techo sobre sus cabezas.

Sin decir una palabra, Pond apoyΓ³ suavemente una mano sobre el hombro de su hermana. No hacΓ­a falta preguntar en quΓ© estaba pensando. Γ‰l tambiΓ©n lo sabΓ­a.

Lo habΓ­a sabido desde el primer instante en que la vio perderse entre las gotas de lluvia.

β€”MamΓ‘ estarΓ­a regaΓ±Γ‘ndonos por poner esas caras tan largas β€”dijo de pronto, con una pequeΓ±a sonrisa.

View soltΓ³ una risa por lo bajo.

β€”Y papΓ‘ dirΓ­a que dejΓ‘ramos de desperdiciar el dΓ­a mirando por la ventana.

β€”DespuΓ©s saldrΓ­a a trabajar bajo la lluvia como si nada.

β€”Y volverΓ­a completamente empapado.

Ambos rieron.

Era una risa tranquila. NostΓ‘lgica. De esas que solo nacen cuando el dolor ya aprendiΓ³ a convivir con el amor.

HabΓ­an aprendido a vivir sin ellos.

No fue sencillo.

Hubo dΓ­as en los que apenas tenΓ­an quΓ© comer, semanas enteras en las que Pond aceptaba cualquier trabajo que apareciera con tal de mantener un techo sobre sus cabezas, y noches en las que View fingΓ­a dormir para que su hermano no descubriera que tambiΓ©n lloraba en silencio.

Pero sobrevivieron.

Poco a poco aprendieron que la felicidad no siempre se encontraba en una casa llena de lujos, ni en un apellido respetado, ni en la posiciΓ³n que alguna vez ocupΓ³ su familia, la encontraron el uno en el otro. Su hogar seguΓ­a siendo pequeΓ±o y antiguo. El dinero apenas alcanzaba para cubrir lo necesario, y muchas veces debΓ­an conformarse con una comida sencilla y reparar ellos mismos aquello que el tiempo iba desgastando.

Sin embargo aquella casa estaba llena de risas, olΓ­a al arroz reciΓ©n cocido por las maΓ±anas. conservaba las flores que Pond se empeΓ±aba en plantar alrededor del patio, aunque la tierra no siempre fuera la mejor. TodavΓ­a era un hogar, y mientras siguieran teniΓ©ndose el uno al otro para ellos, era suficiente.

View fue la primera en romper el silencio.

β€”Si seguimos mirando la lluvia, el arroz se enfriarΓ‘.

Pond soltΓ³ una pequeΓ±a risa y asintiΓ³ con la cabeza.

β€”Tienes razΓ³n.

Ambos se alejaron de la ventana para dirigirse a la pequeΓ±a cocina situada al fondo de la casa. El desayuno era sencillo, como casi todos desde hacΓ­a varios aΓ±os: arroz reciΓ©n cocido, algunas verduras encurtidas que View habΓ­a preparado dΓ­as atrΓ‘s y un pequeΓ±o trozo de pescado seco que compartieron entre los dos. Para acompaΓ±arlo, calentaron agua sobre el brasero y sirvieron dos tazas de tΓ© de jazmΓ­n, una costumbre que su madre jamΓ‘s habΓ­a abandonado, incluso cuando los tiempos difΓ­ciles llegaron a la familia.

β€”MamΓ‘ decΓ­a que un buen tΓ© podΓ­a arreglar cualquier maΓ±ana β€”comentΓ³ View mientras acercaba la taza a sus labios.

β€”PapΓ‘ respondΓ­a que eso solo funcionaba porque ella era quien lo preparaba.

Ambos sonrieron una vez mΓ‘s.

Era curioso cΓ³mo, incluso despuΓ©s de tantos aΓ±os, sus padres seguΓ­an encontrando la forma de sentarse con ellos en aquella mesa.

Cuando terminaron de desayunar, Pond recogiΓ³ los platos y los dejΓ³ junto a la pila de piedra donde mΓ‘s tarde los lavarΓ­a View. Para entonces, la lluvia habΓ­a comenzado a ceder, dejando tras de sΓ­ el inconfundible aroma de la tierra hΓΊmeda. Aprovechando la breve tregua del monzΓ³n, Pond tomΓ³ su viejo sombrero de palma, una cuerda, sus herramientas de poda cuidadosamente envueltas en tela y el pequeΓ±o bolso de cuero donde guardaba las semillas que solΓ­a intercambiar con otros jardineros durante sus recorridos.

β€”VolverΓ© antes de que oscurezca β€”dijo mientras se acomodaba la correa sobre el hombro.

β€”Eso dijiste la semana pasada y regresaste cuando ya no podΓ­a distinguir si eras tΓΊ o un espΓ­ritu del bosque.

β€”Era culpa del seΓ±or Chai. No dejaba de encontrarme otro Γ‘rbol que podar.

β€”Claro... Γ©chale la culpa al pobre seΓ±or Chai.

Pond negΓ³ con la cabeza entre risas.

Aquella se habΓ­a convertido en su rutina desde hacΓ­a varios aΓ±os.

Gracias a todo lo que su padre le enseΓ±Γ³ desde niΓ±o, habΓ­a aprendido a comprender las plantas como pocos. SabΓ­a cuΓ‘ndo un Γ‘rbol necesitaba ser podado, cΓ³mo devolverle la vida a un jardΓ­n olvidado y quΓ© flores podΓ­an crecer incluso en la tierra mΓ‘s castigada.

No trabajaba para nobles. Ni para el palacio.

RecorrΓ­a las aldeas cercanas ofreciendo sus manos a quien necesitara ayuda. Un dΓ­a arreglaba el pequeΓ±o jardΓ­n de una familia; al siguiente limpiaba un patio cubierto de maleza o devolvΓ­a la sombra a un viejo Γ‘rbol que llevaba aΓ±os sin cuidados.

El pago nunca era abundante, algunas veces recibΓ­a unas cuantas monedas, otras, una cesta con arroz, frutas o verduras, y habΓ­a ocasiones en las que la gente insistΓ­a en darle un plato de comida antes de dejarlo marcharse. Nunca fue suficiente para hacerse rico. Pero siempre alcanzaba para que Γ©l y View vivieran con dignidad, y para Pond, eso era mΓ‘s que suficiente.

Cada vez que hundΓ­a las manos en la tierra hΓΊmeda o veΓ­a florecer una planta que todos daban por perdida, sentΓ­a que una parte de su padre seguΓ­a trabajando a su lado, como si nunca hubiera desaparecido realmente, como si, de alguna manera, continuara guiando sus manos entre cada rama, cada hoja y cada flor que volvΓ­a a la vida.

Pond jamΓ‘s soΓ±Γ³ con riquezas, solo deseaba seguir haciendo aquello que mΓ‘s amaba.

Para cuando el cielo comenzΓ³ a aclararse ligeramente, Pond ya caminaba por el estrecho sendero de tierra que conectaba su aldea con las comunidades vecinas. El aire olΓ­a a tierra mojada y hojas reciΓ©n lavadas por el monzΓ³n. Cada paso levantaba un poco de barro, pero Γ©l parecΓ­a acostumbrado.

Aquella maΓ±ana debΓ­a terminar de arreglar el jardΓ­n de la residencia del seΓ±or Chai, un anciano comerciante cuya salud ya no le permitΓ­a cuidar los Γ‘rboles frutales que rodeaban su hogar.

Pond dejΓ³ cuidadosamente sus herramientas bajo el alero de la casa y recorriΓ³ el terreno con la mirada.

SonriΓ³, como siempre.

Antes de tocar una sola rama, se acercΓ³ al viejo Γ‘rbol de mango que dominaba el centro del jardΓ­n. ApoyΓ³ la palma de su mano sobre el Γ‘spero tronco y cerrΓ³ los ojos durante un instante.

β€”Has crecido demasiado hacia el lado izquierdo... β€”murmurΓ³ con una sonrisa tranquilaβ€”. Si seguimos asΓ­, la prΓ³xima temporada no podrΓ‘s sostener el peso de tus propios frutos.

TomΓ³ las tijeras de poda.

β€”No te preocupes... solo voy a ayudarte un poco.

Con una delicadeza casi imposible de explicar, comenzΓ³ a cortar ΓΊnicamente las ramas necesarias, no habΓ­a movimientos bruscos, no habΓ­a prisas, parecΓ­a conversar con el Γ‘rbol mientras trabajaba.

β€”Esta rama ya cumpliΓ³ su ciclo... TΓΊ puedes darle fuerza a una nueva. AsΓ­ estΓ‘ mejor... Ahora podrΓ‘s respirar.

Cada palabra iba acompaΓ±ada por una caricia sobre la corteza, como si las plantas realmente pudieran escucharlo.

Desde el otro extremo del jardΓ­n, un hombre de edad avanzada observaba la escena, su bastΓ³n permanecΓ­a sujeto entre ambas manos. Sus ojos, ya cansados por los aΓ±os, no podΓ­an apartarse de aquel joven. HabΓ­a algo en Γ©l... algo en aquella forma de trabajar.

El anciano dio un paso al frente. Luego otro. Hasta detenerse a pocos metros de Pond.

El muchacho todavΓ­a no habΓ­a notado su presencia. SeguΓ­a hablando con las flores mientras retiraba con cuidado las hojas marchitas de un pequeΓ±o arbusto.

β€”No todos florecen al mismo tiempo... β€”susurrΓ³β€”. No tienes por quΓ© apresurarte.

El anciano sintiΓ³ un nudo en la garganta, aquellas palabras, esa voz tranquila y esa paciencia, era exactamente igual.

β€”Anan... β€”escapΓ³ de sus labios casi sin darse cuenta.

Pond levantΓ³ la vista, confundido. Al encontrarse con el desconocido, hizo una ligera reverencia por cortesΓ­a.

β€”Buenos dΓ­as, seΓ±or.

El anciano tardΓ³ unos segundos en responder. SeguΓ­a observΓ‘ndolo como si el tiempo hubiera retrocedido veinte aΓ±os.

β€”PerdΓ³name... por un momento creΓ­ estar viendo a otra persona.

Pond sonriΓ³ con la amabilidad que siempre lo caracterizaba.

β€”ΒΏAlguien que conociΓ³ hace mucho?

El hombre asintiΓ³ lentamente.

β€”Al mejor jardinero que este reino ha tenido.

Hubo un breve silencio.

β€”Anan Naravit.

La sonrisa de Pond se volviΓ³ mΓ‘s tenue.

β€”Era mi padre.

Los ojos del anciano se abrieron con sorpresa. β€”ΒΏEres... hijo de Anan?

β€”SΓ­, seΓ±or.

β€”ΒΏY tu nombre es...?

β€”Pond Naravit.

El bastΓ³n golpeΓ³ suavemente el suelo. Durante unos instantes, el anciano no pudo pronunciar palabra.

β€”AsΓ­ que eres tΓΊ...

Pond inclinΓ³ ligeramente la cabeza.

β€”ΒΏNos conocemos?

El hombre soltΓ³ una pequeΓ±a risa cargada de nostalgia.

β€”TΓΊ no puedes recordarme. Eras apenas un niΓ±o. β€” Hizo una pausa antes de continuar. β€”Mi nombre es Prasert.

Los ojos de Pond se iluminaron apenas un poco, habΓ­a escuchado ese nombre incontables veces. Su abuelo hablaba de Γ©l como de un hermano. Y su padre siempre lo llamaba β€œel tΓ­o Prasert”.

β€”Mi abuelo decΓ­a que usted era el hombre mΓ‘s terco de todo Siam.

Prasert soltΓ³ una carcajada.

β€”Y tu abuelo era todavΓ­a mΓ‘s terco que yo.

Los dos rieron.

Por primera vez desde que llegΓ³, Prasert observΓ³ a Pond con calma. Ya no veΓ­a ΓΊnicamente al hijo de Anan. VeΓ­a sus mismos modales, su misma humildad, su misma manera de tratar la naturaleza.

Prasert no apartΓ³ la mirada del joven. HabΓ­a algo en aquella sonrisa serena que le revolvΓ­a el pecho de nostalgia.

β€”AsΓ­ que Anan dejΓ³ una parte de sΓ­ en este mundo...β€”murmurΓ³ con una sonrisa cansada.

Pond soltΓ³ una pequeΓ±a risa.

β€”Siempre dicen que me parezco mucho a mi padre.

β€”No... β€”corrigiΓ³ el anciano con suavidadβ€”. No solo te pareces. Es como si una parte de Γ©l siguiera viviendo en ti.

El comentario tomΓ³ a Pond por sorpresa.

Prasert caminΓ³ lentamente hasta el viejo Γ‘rbol de mango y acariciΓ³ su tronco con la palma de la mano.

β€”ΒΏSabes? Tu padre solΓ­a hacer exactamente lo mismo.

Pond levantΓ³ la vista.

β€”ΒΏHablar con las plantas?

β€”SΓ­.

El anciano sonriΓ³ con nostalgia.

β€”Al principio todos se burlaban de Γ©l. DecΓ­an que estaba loco, que ningΓΊn Γ‘rbol podΓ­a escuchar a un hombre. β€”SoltΓ³ una pequeΓ±a risa. β€”Entonces los Γ‘rboles comenzaron a florecer como nunca antes... y dejaron de reΓ­rse.

Pond bajΓ³ la mirada con cierta timidez.

β€”Mi padre decΓ­a que las plantas tambiΓ©n sienten cuando alguien las cuida con cariΓ±o.

β€”Y tenΓ­a razΓ³n.

Prasert observΓ³ el jardΓ­n perfectamente podado.

β€”Recuerdo que cuando trabajΓ‘bamos en el palacio, Anan conocΓ­a cada Γ‘rbol por su nombre. Si alguno enfermaba, pasaba noches enteras intentando salvarlo. LleguΓ© a preguntarle una vez por quΓ© se esforzaba tanto.

β€”ΒΏY quΓ© respondiΓ³?

El anciano sonriΓ³.

β€”β€œPorque nadie merece marchitarse si todavΓ­a puede florecer.”

Durante unos segundos ninguno de los dos hablΓ³. Pond sintiΓ³ un nudo en la garganta. HacΓ­a aΓ±os que nadie le hablaba de su padre de esa manera.

No como una tragedia, sino como el hombre extraordinario que habΓ­a sido.

β€”Era un gran hombre... ΒΏverdad? β€”preguntΓ³ en voz baja.

Prasert girΓ³ lentamente hacia Γ©l. β€”No.

Pond lo mirΓ³, confundido.

El anciano negΓ³ despacio con la cabeza. β€”Era un hombre excepcional.

El silencio volviΓ³ a instalarse entre ambos. Fue Pond quien volviΓ³ a romperlo.

β€”Ahora solo estamos mi hermana y yo.

Prasert frunciΓ³ ligeramente el ceΓ±o, intentando ordenar los recuerdos que el paso del tiempo habΓ­a mezclado.

β€”ΒΏTu hermana...?

Pond asintiΓ³. β€”View.

Los ojos del anciano se iluminaron de repente. β€”Β‘La chiquilla escurridiza!

Pond no pudo evitar reΓ­r.

β€”Veo que la recuerda bien.

β€”ΒΏCΓ³mo olvidarla? Si cada vez que iba a visitar a tu padre terminaba escondiΓ©ndose entre los arbustos para que nadie la encontrara. Una vez me hizo recorrer medio jardΓ­n porque aseguraba que un espΓ­ritu se habΓ­a robado mis sandalias.

Pond soltΓ³ una carcajada.

β€”Eso suena exactamente a ella.

β€”ΒΏSigue siendo tan traviesa?

β€”Un poco menos...

β€”No te creo.

β€”Bueno... quizΓ‘ no tanto.

Ambos rieron con ganas.

Prasert sintiΓ³ cΓ³mo el corazΓ³n se le aligeraba. Era como volver a visitar una parte de su juventud que creΓ­a perdida para siempre.

Hablaron durante largo rato. Y mientras conversaban, Prasert descubriΓ³ que Pond no habΓ­a heredado ΓΊnicamente el talento de su padre. HabΓ­a heredado tambiΓ©n su bondad. Escuchaba con atenciΓ³n. SonreΓ­a con sinceridad. Y nunca interrumpΓ­a a quien tenΓ­a algo que contar.

Cuando el sol comenzΓ³ a abrirse paso entre las nubes, el anciano comprendiΓ³ que era momento de marcharse.

Se apoyΓ³ nuevamente en su bastΓ³n y dio un par de pasos antes de detenerse.

β€”Pond.

β€”ΒΏSΓ­?

β€”Hace mucho que no comparto una buena conversaciΓ³n.

El joven sonriΓ³. β€”Yo tampoco, seΓ±or.

β€”Entonces permΓ­teme remediarlo.

MetiΓ³ una mano entre los pliegues de su tΓΊnica y sacΓ³ una pequeΓ±a bolsita de tela finamente bordada.

β€”Un viejo amigo me enviΓ³ hace unos dΓ­as un excelente tΓ© desde el norte. SerΓ­a un desperdicio beberlo solo.

Pond lo observΓ³ con curiosidad.

β€”ΒΏQuΓ© le parece si vienes a visitarme dentro de unos dΓ­as? Trae tambiΓ©n a View. Me gustarΓ­a volver a ver a esa pequeΓ±a traviesa... aunque sospecho que ya no tiene nada de pequeΓ±a.

Pond inclinΓ³ respetuosamente la cabeza.

β€”SerΓ‘ un honor. Estoy seguro de que se pondrΓ‘ muy feliz cuando se lo diga.

Prasert sonriΓ³ satisfecho.

β€”Entonces queda hecho.

Ambos intercambiaron una ΓΊltima reverencia antes de despedirse.

Mientras el anciano se alejaba por el sendero, Pond no pudo evitar pensar que el destino tenΓ­a formas muy curiosas de reunir a las personas.

Porque, incluso despuΓ©s de tanto dolor, Siam seguΓ­a siendo un lugar donde la calidez aΓΊn habitaba en el corazΓ³n de su gente.

Y quizΓ‘... solo quizΓ‘... aquella no serΓ­a la ΓΊltima vez que sus caminos se cruzaran.

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