El distrito azul
"No puedes pedirle nada a la vida... Si no tienes nada que ofrecerle a cambio."
Esa frase la escuché una vez de alguien...
¿O quizás la soñé una vez?
Bueno, no importa. Es una frase tonta, en todo caso... pero mientras más vivo aquí, más sentido empieza a tomar para mí.
Mi nombre es Bang...
Sí, lo sé... es un nombre peculiar, pero qué puedo decir. Es el nombre que mis padres querían para mí.
O eso creo.
No sé. Nunca tuve oportunidad de preguntarles.
Fueron asesinados por una de esas criaturas conocidas como Ecos cuando yo era un bebé.
Es la historia que me cuentan los vecinos.
A veces pienso que solo se fueron y ya...
No los culpo.
El Distrito Azul no siempre fue así.
Al menos eso dicen los viejos.
Antes de los Ecos, dicen que las calles estaban llenas de gente. Había comercios abiertos hasta tarde, niños jugando en las plazas y edificios que no parecían estar a punto de derrumbarse.
Ahora...pues ahora la mayoría de las ventanas tienen barrotes.
Las paredes están cubiertas de anuncios viejos y carteles de personas desaparecidas.
Algunas calles permanecen completamente vacías después del anochecer.
Y nadie pregunta demasiado por qué.
Porque aquí todos sabemos la respuesta.
Los Ecos.
Criaturas nacidas de los miedos de las personas.
Algunos son pequeños, otros pueden destruir edificios enteros.
Y algunos...algunos simplemente esperan.
Esperan en los callejones, debajo de las camas, dentro de los edificios abandonados.
En lugares donde nadie se atreve a mirar.
Pero el verdadero problema del Distrito Azul no son solamente los Ecos.
Es lo que hacen las personas cuando tienen miedo de ellos.
La pobreza, la violencia, los cazadores, las desapariciones y una enorme cantidad de gente que ha aprendido a vivir fingiendo que todo está bien.
Yo también aprendí.
Tengo dieciocho años y trabajo haciendo pequeños encargos por el distrito. Llevo paquetes, limpio locales, reparo cosas cuando puedo...cualquier cosa que pague.
No es mucho, pero alcanza para comer, bueno...la mayoría de los días.
Aquella mañana caminaba por una de las calles principales con las manos dentro de los bolsillos de mi chamarra.
El cielo estaba cubierto de nubes grises.
Una sirena sonó a lo lejos.
Nadie se detuvo.
Yo tampoco.
Vivir aquí, en el Distrito Azul... es deprimente.
Pero supongo que uno termina acostumbrándose.
Me levanté aquella mañana antes de que saliera el sol, no porque tuviera algo particularmente importante que hacer.
Simplemente porque mi estómago no me dejaba dormir.
Miré el pequeño reloj sobre la mesa.
6:17 a. m.
-Genial...otra vez sin desayuno.
Me vestí con lo que tenía más a la mano y salí de casa.
El frío de la mañana me recibió inmediatamente, el distrito siempre era frío, incluso durante el verano.
Las enormes montañas que rodeaban aquella parte de Ciudad Rezzi bloqueaban buena parte de la luz solar.
Mientras otros distritos podían disfrutar del amanecer, aquí el cielo permanecía gris durante horas.
Supongo que por eso eligieron llamarlo Azul, aunque algunos decían que era por la tristeza...no sé cuál de las dos explicaciones me parecía más apropiada.
Caminé por la calle principal.
Había gente por todas partes, pero nadie parecía tener prisa.
Una mujer barría la entrada de un pequeño local.
Un hombre esperaba el autobús con un cigarro entre los dedos.
Dos niños jugaban con una pelota desinflada junto a una pared cubierta de grafitis.
Todo parecía normal hasta que vi las cintas amarillas, habían cerrado un callejón.
Otra desaparición.
Había tres personas afuera, dos eran policías, el tercero llevaba el uniforme de los Cazadores de Ecos.
Un hombre joven, quizá unos veinte tantos.
Estaba hablando con una mujer que lloraba mientras respondía sus preguntas.
-¿Cuándo fue la última vez que vio a su hijo?
-Anoche... -respondió ella entre sollozos-. Dijo que iba a comprar comida...
El cazador anotó algo.
-¿Escuchó algún ruido extraño?
La mujer negó con la cabeza.
-No.
-¿Vio alguna criatura?
-No...
El cazador cerró su libreta.
-Entiendo.
La mujer comenzó a llorar nuevamente.
Yo continué caminando, no me detuve, no porque no me importara.
Simplemente...¿Qué podía hacer?, otra persona desaparecida, otro interrogatorio, otro callejón cerrado.
En el Distrito Azul eso era parte de la rutina.
Un hombre que estaba a mi lado observó la escena y murmuró:
-Ya van tres esta semana.
Su acompañante respondió:
-¿Tres? Creo que fueron cuatro.
-¿Cuatro?
-La muchacha de la lavandería también desapareció.
-Ah... cierto.
Continuaron caminando, como si estuvieran hablando del clima.
Seguí mi camino.
A unas calles de ahí había otra escena, esta vez no habían desaparecido, había una ambulancia estacionada frente a un edificio.
Dos paramédicos sacaban a una persona en una camilla, no pude distinguir su rostro.
Tenía el cuerpo cubierto con una manta.
Alrededor había varios vecinos observando.
Uno de ellos comentó:
-Dicen que lo encontraron en el sótano.
-¿Un Eco?
-Probablemente.
-¿Está vivo?
El hombre se encogió de hombros.
-No sé.
Nadie preguntó más.
Yo tampoco.
Pasé de largo, después de todo...tenía que trabajar.
Ese era el verdadero problema de vivir aquí, podías desaparecer, podías ser atacado, podías perder tu casa, podías perder a alguien.
Pero las cuentas seguían llegando, el alquiler seguía teniendo que pagarse y el hambre...el hambre nunca desaparecía.
Llegué al pequeño taller donde hacía algunos trabajos ocasionales.
El dueño me vio entrar.
-Llegas tarde, Bang.
Miré el reloj.
-Son las 7:03.
-Exacto.
-Dijiste que empezara a las siete.
-Entonces llegaste tarde.
Suspiré.
-Buenos días para ti también.
El viejo soltó una pequeña risa.
-Ve a cargar esas cajas.
-Sí, jefe.
Pasé las siguientes horas trabajando.
Sin pensar demasiado.
Cargar, mover, limpiar, cobrar, volver a casa.
Era una rutina sencilla, quizá demasiado sencilla, pero era mi vida y durante mucho tiempo pensé que así sería siempre.
No sabía que aquella sería una de las últimas semanas en las que podría decir eso.
El único momento de mi día que disfrutaba un poco eran mis visitas al café GUYA GARI, en el Distrito Naranja, tenían buenos locales de comidas y accesibles, para ser un distrito de clase media.
Me gustaba sentir el sol mientras caminaba por sus calles, además dicen que sus atardeceres son preciosos y que tiñen todo el lugar de un anaranjado muy especial... Imagino que de ahí viene su nombre.
Escuchar a las personas de ahí preocupándose por cosas tan... normales, me servía para distraerme.
Algunos hablaban de su trabajo. Otros discutían sobre sus familias. Algunos simplemente pensaban qué harían durante el fin de semana para divertirse.
Problemas cotidianos.
Problemas simples.
Por unos minutos, podía olvidarme de los Ecos.
A veces incluso me gustaba imaginar cómo sería vivir ahí.
¿Qué pasaría si pudiera tener una vida aquí, en el distrito naranja?
Una vida más estable.
Poder comer tres veces al día.
Poder caminar por la calle sin preguntarme si alguien desaparecería antes de que llegara la noche.
Poder estar seguro de que mañana seguiría aquí.
¿Será mucho pedirle a la vida?.
Entré al GUYA GARI contando mis monedas.
Veinticinco centavos.
Exactamente lo necesario para mi café sencillo de cada lunes.
Era un pequeño lujo.
Algo que me permitía comenzar la semana con un poco de motivación.
Había escuchado rumores de los ancianos del Distrito Azul.
Decían que la tristeza y la depresión que se respiraban en nuestro distrito eran como un manjar para los Ecos.
No sabía si era verdad.
Pero después de vivir ahí tantos años...
Tampoco me parecía una idea tan descabellada.
Tomé mi café y miré la hora.
Mis ojos se abrieron de golpe.
-¡Mierda! ¡Ya casi es la una!
Salí corriendo de la cafetería.
Todavía tenía que atravesar prácticamente medio Distrito Naranja para llegar al Distrito Dorado, justo en el centro de Ciudad Rezzi.
El distrito dorado es el tesoro de la ciudad, prácticamente todas sus calles tienen edificios de corporaciones, empresas y lugares donde el dinero es lo más importante, siento que su nombre es una mala alucion al oro que todos ahí ambicionan... O tal ves es porque es el distrito donde pega más el sol.
Y estaba a punto de llegar tarde a mi segundo empleo ahí.
Por las tardes trabajaba limpiando los pisos de la Torre Águila, el edificio más alto de toda la ciudad.
No era un trabajo precisamente emocionante.
Pero pagaba mejor que la mayoría de los empleos que podía conseguir.
Llegué a la entrada de servicio de la Torre Águila completamente agitado.
El señor Ywa ya me estaba esperando.
Me miró con los brazos cruzados.
-Llegas tarde, Bang.
Intenté recuperar el aliento.
-Lo lamento, señor Ywa... No volverá a pasar.
El hombre soltó un suspiro.
-Si tus promesas fueran oro, ahora mismo podría comprar todo el distrito entero.
Señaló hacia el interior del edificio.
-La próxima vez te lo descuento de tu paga. Ahora ve a limpiar el piso tres. Hay un desastre ahí arriba. La máquina de café explotó y el piso está muy resbaloso.
-A la orden, señor.
Y así comenzaba mi segunda jornada.
Llegar.
Trapear.
Limpiar.
Sacudir.
Acomodar.
Repetir.
No era mucho.
Pero al menos podía salir un poco del distrito Azul.
Quizás eso era lo que me había mantenido cuerdo.
Y vivo.
Había algo extraño en caminar por el Distrito Dorado después de pasar todo el día en el Azul.
Aquí todo parecía diferente.
Las calles estaban limpias.
Los edificios eran enormes.
Las personas caminaban tranquilamente.
Y, sobre todo...
Nadie parecía tener miedo.
La sede de los Cazadores de Ecos se encontraba en este distrito.
Por eso ningún Eco se atrevía a poner un pie aquí.
O al menos eso decían.
La gente podía caminar de noche sin preocuparse por desaparecer.
Podía volver a casa sin mirar constantemente por encima del hombro.
Podía vivir.
Era curioso.
En el Distrito Azul, sobrevivir era un privilegio.
Aquí parecía ser lo normal.
Después de terminar mi turno, emprendí el camino de regreso.
Pasé nuevamente frente al GUYA GARI.
No tenía intención de entrar.
Solo quería disfrutar un momento de su olor cuando la puerta se abriera.
El aroma del café recién hecho salió a la calle.
Y entonces...
-¿Qué...?
Miré hacia el suelo.
Había algo junto a mis zapatos.
Me agaché y lo recogí.
-Oh...
Tres centavos.
Quizás no era mucho.
Pero junto a 5 centavos que encontré en mi pantalón, eran suficiente para una de las famosas galletas de menta del GUYA GARI.
Y después de todo el día trabajando...
Me caería bastante bien.
Entré al café.
Y entonces escuché una discusión.
-¡NO ME IMPORTA SI PERDISTE EL DINERO EN ALGUNA MISIÓN O LO QUE SEA! ¡TE FALTAN TRES CENTAVOS PARA TU CAFÉ, NIÑO!
Miré hacia el mostrador.
Un muchacho estaba frente a la cajera.
-Oh, vamos, preciosa... ¿Podrías fiarme esta vez?
El chico sonrió.
-¿O qué tal si te invito a una cita y ahí te pago los tres centavos?
La cajera lo miró con absoluto desprecio.
-Ewww. No. ¿Acaso no eres muy joven para eso?
-¡Claro que no!
El muchacho se señaló a sí mismo.
-Aunque... ¿qué edad tienes tú?
-¿¡CÓMO!?
Me quedé observándolos.
Era una escena digna de verse.
El chico parecía bastante joven.
Era delgado y no demasiado alto.
Quizá tenía aproximadamente mi estatura.
Su cabello era rubio y completamente alborotado. Si tuviera que describir su corte, diría que estaba partido a la mitad como un libro... aunque sin ninguna forma definida.
Tenía la piel pálida, las orejas ligeramente grandes, la nariz respingada y unos ojos un poco afilados.
Daba la impresión de ser un caos con piernas.
Y el contraste era todavía más extraño porque llevaba puesto el uniforme de los Cazadores de Ecos.
No sabía quién era.
Ni qué hacía.
Pero viendo la situación, me dio un poco de lástima.
Era bastante evidente que el dinero que había encontrado en la entrada era suyo.
Me acerqué y extendí la mano.
-Emm... disculpa.
El muchacho volteó.
Le mostré las monedas.
-Creo que esto es tuyo.
Sus ojos se iluminaron.
-¡Ah! ¡Muchas gracias, amigo!
Tomó las monedas rápidamente y las dejó sobre el mostrador.
-Aquí tienes, linda. Ya no tienes que salir conmigo por el café...
Se quedó pensativo un segundo.
-Aunque... si tú quieres, podríamos...
-¡TOMA TU CAFÉ!
La cajera prácticamente le arrojó el vaso.
-¡AHORA LARGO!
El muchacho tomó su café.
Yo tuve que contener una sonrisa.
Definitivamente...
era un caos con piernas.
Y, por alguna razón, algo me decía que volvería a verlo.
La noche se aproximaba y el camino a casa todavía era largo.
El Distrito Naranja era bastante grande para ser una zona de clase media, así que el trayecto hasta el Distrito Azul podía tomarme bastante tiempo.
Paso a paso, las calles iluminadas fueron quedando atrás.
Y poco a poco, el naranja de los atardeceres fue reemplazado por el azul oscuro de mi distrito.
Había aprendido a conocer estas calles.
Conocía las rutas más seguras para llegar a casa, los callejones que era mejor evitar y los lugares donde los encuentros con los Ecos eran menos frecuentes.
No significaba que estuviera completamente a salvo.
Simplemente...
Había aprendido a reducir las posibilidades de desaparecer.
Avancé entre calles y callejones cada vez más vacíos.
A esa hora, la mayoría de las personas ya estaban encerradas en sus casas.
No por comodidad.
Por miedo.
Finalmente llegué a mi hogar.
Aunque llamarlo "hogar" quizá era exagerar un poco.
Era solamente un pequeño cuarto construido sobre la azotea del edificio donde vivían varias familias.
No era grande.
No tenía muchas cosas.
Pero era mío.
Y, al menos, tenía un lugar donde dormir.
Además, podía escuchar las conversaciones de los vecinos a través de las paredes.
A veces eso era suficiente.
Había aprendido que, en un lugar como este, era importante conservar aunque fuera un poco de ánimo para seguir adelante.
Intentar encontrar algo de luz en un lugar oscuro.
Era agotador.
Pero me mantenía cuerdo.
Y, quizá...
También me mantenía vivo.
Llegué a mi cuarto bastante tarde.
Justo a tiempo para dormir.
Aunque, pensándolo bien, tampoco importaba demasiado si hubiera llegado antes.
No había nada para comer.
No había nada que hacer.
Así que simplemente me acosté.
Cerré los ojos.
Y dejé que el sueño hiciera el resto.
Quizá mañana sería diferente.
Quizá algún día las cosas mejorarían.
Por ahora...
Solo podía soñar con ello.
A la mañana siguiente, la rutina no cambió.
Los mismos problemas.
Las mismas calles.
Los mismos rostros.
Las mismas caminatas entre distritos.
Y, por supuesto...
El mismo trabajo.
Llegué a la Torre Águila intentando no llamar demasiado la atención.
No funcionó.
El señor Ywa ya estaba esperándome.
-¡Volviste a llegar tarde, Bang!
Intenté responder mientras recuperaba el aliento.
-Lo... siento... El... distrito... es... muy... grande...
-No me importa, niño.
Señaló hacia el interior del edificio.
-¡Rápido, ve a limpiar! Varios ejecutivos vienen hoy y el cuarto piso todavía no está trapeado.
Suspiré.
-Sí, señor.
-Y este retraso ahora sí saldrá de tu paga.
Mi día no podía ir peor.
O eso pensaba.
Cuando finalmente terminé mi turno, emprendí nuevamente el camino de regreso a casa.
Como siempre, pasé por el Distrito Naranja.
Y como siempre...
Pasé junto al GUYA GARI.
Esta vez, sin embargo, alguien se cruzó frente a mí.
-¡Holaaa!
Me detuve.
Reconocí aquella voz.
Era el chico del café del día anterior.
-Oye, tú eres el chico de ayer, ¿no? -dijo señalándome-. ¡El del café! Tú me regresaste el dinero que había perdido.
-Oh... sí.
Sonreí un poco.
-La verdad, ese dinero me iba a servir para comprar una galleta de menta, pero... no importa. Lo correcto era devolvértelo.
El muchacho abrió los ojos.
-¡Oye! Pues me salvaste la vida.
Levantó su vaso de café.
-Ese café era bastante importante. Si no lo obtenía, estaba muerto.
Lo dijo con tanta seriedad que por un instante no supe si hablaba en serio.
Después sonrió.
-Te debo un favor.
Mi estómago decidió responder por mí.
Grrrrrrr...
El sonido fue tan fuerte que incluso yo me quedé en silencio.
Miré hacia otro lado, avergonzado.
El olor del café y la comida acababa de recordarme algo que llevaba ignorando desde hacía demasiado tiempo.
Tenía hambre.
Mucha hambre.
No había comido bien en dos días.
El muchacho me miró preocupado.
-Wow... ¿te sientes bien?
-Sí, sí...
Intenté disimular.
-Estoy bien.
Me observó durante unos segundos.
Después señaló el café.
-¿Qué te parece si te invito algo?
-¿Eh?
-Para agradecerte lo de ayer.
-No, no es necesario.
-Vamos, insisto.
Sonrió.
-De verdad, ayer me salvaste.
Lo pensé unos segundos.
Mi estómago volvió a rugir.
Suspiré.
-De acuerdo.
Levanté un dedo.
-Te acepto un emparedado de mortadela, entonces.
-¡Perfecto!
Entramos al café.
Nos sentamos frente a frente en una de las mesas.
Una mesera se acercó para tomar nuestra orden.
El muchacho se acomodó inmediatamente, adoptando una pose exageradamente galante.
-Dos emparedados de mortadela y dos cafés, hermosa.
La mesera tomó nota sin siquiera mirarlo.
-Enseguida se los traigo.
Hizo una pausa.
-Y le escupiré al suyo si vuelve a hablarme así.
El muchacho llevó una mano al pecho.
-Ay, por favor...
Luego se quedó callado.
-Bueno.
Me miró.
-Ups.
Sonrió.
-¿Dónde están mis modales?
Extendió una mano hacia mí.
-Mi nombre es Benzi.
Hizo una pequeña pausa.
-Benzi Ming.
Lo miré.
-Soy Bang.
Estreché su mano.
-Bang Gribb.
Benzi abrió los ojos.
-¿Bang?
Parecía genuinamente sorprendido.
-¡Wow! Qué nombre tan peculiar. Jamás había conocido a alguien llamado así.
-Bueno...
Me encogí de hombros.
-Yo tampoco había conocido a algún Benzi.
Benzi sonrió ampliamente.
-Y ni lo conocerás.
Se señaló el pecho con una mano y levantó ligeramente la barbilla, adoptando una expresión de absoluta confianza.
-¡YO SOY ÚNICO!
Lo miré durante unos segundos.
...
Definitivamente era el mismo caos con piernas del día anterior.
-Eemm... oye.
Benzi levantó la mirada.
-¿Mmm?
No podía dejar de admirar el uniforme de Cazador de Ecos que llevaba puesto.
Era simplemente asombroso.
Estaba hecho de una especie de tela azul marino que parecía bastante resistente, además de tener una apariencia bastante llamativa.
En la espalda llevaba el emblema oficial de la sede de los Cazadores: un escudo acompañado por tres espadas entrelazadas detrás de las letras C.E.
Incluso las botas oficiales parecían diseñadas para el combate, con casquillo blindado y una pequeña plataforma.
Era una imagen bastante elegante.
Si no fuera porque Benzi llevaba el uniforme completamente abierto, como si fuera un simple chaquetón, y además tenía la camisa desfajada.
Era como si hubiera hecho todo lo posible por arruinar la estética que se suponía debía tener un Cazador de Ecos.
Finalmente me animé a preguntarle.
-¿De verdad eres un Cazador de Ecos?
Una enorme sonrisa presumida apareció en el rostro de Benzi.
-Jeje... ¿cómo te quedó el ojo, eh?
Se acomodó el uniforme con orgullo.
-Apuesto a que nunca habías visto a alguien tan joven portar este uniforme.
-Pues... no, la verdad.
Pensé un momento.
-Aunque no lo había pensado hasta ahora. Casi todos los cazadores que he visto se ven mayores que tú y que yo.
Benzi sonrió todavía más.
-¡Eso es porque soy un caso único!
Se señaló el pecho.
-Demasiado fuerte y listo para mi edad. Es OBVIO.
La mesera nos lanzó una mirada de advertencia desde el mostrador.
Benzi bajó un poco la voz.
-Solo existen dos formas de entrar a este estricto y selecto cuerpo de cazadores.
Levantó dos dedos.
-Pasar un examen bastante difícil...
Después se señaló a sí mismo.
-O ser reclutado directamente.
Mis ojos se abrieron ligeramente.
-¿En serio? ¿Y tú cómo entraste?
Benzi se recostó en la silla con una expresión orgullosa.
-Pues me reclutaron directamente después de que vieron mis habilidades en combate.
Hizo una pausa.
-Aunque, si hubiera hecho el examen...
Sonrió.
-¡TE APUESTO QUE SACABA UN CUATROCIENTOS DE CALIFICACIÓN PORQUE SOY MUY LISTO!
-¡BAJEN LA VOZ!
La voz de la mesera hizo que Benzi se encogiera ligeramente.
-Uy...
Sonrió con nerviosismo.
-Lo siento, jeje.
No sabía por qué.
Quizá era la manera en que hablaba.
Quizá era su sonrisa.
O quizá simplemente era esa extraña sensación que había tenido desde que lo vi.
Mientras escuchaba su relato -quién sabe si realmente era cierto todo aquello sobre sus habilidades- no podía dejar de pensar que ya lo había visto antes.
Mucho antes de ayer.
Mucho antes de aquel café.
No sabía dónde.
Ni cuándo.
Pero tenía la sensación de que aquella sonrisa...
Ya la había visto alguna vez.
Riiiing... Riiiing...
El teléfono de Benzi comenzó a sonar.
-Uy, jeje... disculpa.
Sacó el teléfono y contestó.
-¿Holaaa?
Su expresión cambió inmediatamente.
-¿¡GAL!?
Soltó una pequeña risa nerviosa.
-Jejeje... emm... sí, ya estoy en camino. Claro.
Hizo una pausa.
-No, no, no, no... no estoy perdiendo el tiempo.
Miró rápidamente alrededor.
-Claro que no. De hecho, creo que...
Se quedó callado.
-Ya te vi.
Parpadeó.
-¿No me ves?
Otra pausa.
-Ay, qué raro...
Miró hacia la ventana.
-Si aquí te veo. Estás en la Plaza Lotto.
Su rostro cambió de golpe.
-¿En Plaza Rega?
Silencio.
-¡Claro! ¡Claro que eso quise decir!
Se rio nerviosamente.
-Vuelve a revisar. Ahí estoy.
Colgó.
Guardó rápidamente el teléfono y comenzó a recoger sus cosas.
A pesar de no haber terminado su comida, dejó el dinero sobre la mesa.
Se veía claramente apurado.
-Lo lamento, amigo.
Se puso de pie.
-Una emergencia de Cazadores de Ecos. Tengo que irme.
Se quedó mirándome durante un segundo.
-Espero verte pronto.
Sonrió.
-De verdad.
-Sí, emm... adiós.
Benzi salió rápidamente del café.
Me quedé observando la puerta durante unos segundos.
No sabía quién era esa tal Gal.
Ni qué clase de emergencia tenía.
Pero supongo que no era asunto mío.
Al menos...
Me terminé los dos emparedados y los dos cafés.
Nunca había estado tan lleno.
Sonreí.
Mi día no podía estar mejor.
Salí del café con el estómago realmente lleno.
Demasiado lleno.
Sabía que el camino hasta el Distrito Azul sería una tortura en esas condiciones, así que decidí aprovechar que el famoso atardecer del Distrito Naranja estaba por comenzar.
Me desvié un poco de mi ruta.
No tenía prisa.
Por una vez...
Podía permitirme disfrutar de algo.
Llegué al estacionamiento de una plaza y encontré una banca desde donde podía contemplar el cielo.
Me senté.
El sol comenzaba a descender detrás de los edificios, tiñendo todo de tonos anaranjados.
Definitivamente...
Esta sensación era la que valía la pena sentir.
Era todo lo que me gustaría vivir día tras día.
Un estómago lleno.
Estar sentado tranquilamente en una plaza.
No tener miedo.
Y simplemente...
Ver el atardecer.
Sonreí.
Si fuera a morir hoy...
Supongo que no estaría tan mal.
-...¿Eh?
Algo llamó mi atención.
Mi vista se enfocó en el nombre escrito en el edificio de la plaza.
PLAZA REGA.
Fruncí el ceño.
-¿Plaza Rega?
Entonces recordé la llamada de Benzi.
"¿En Plaza Rega?"
Abrí los ojos.
-No se supone que aquí estaría Benz...¡AHHHHH!
No me dio tiempo ni de reaccionar.
Sentí un tirón violento en la pierna.
Mi cuerpo salió disparado hacia arriba.
-¿¡QUÉ...!?
Una enorme garra me sujetaba del tobillo.
Quedé completamente de cabeza.
Frente a mí había una criatura enorme y oscura.
Tenía un cuerpo parecido al de una lagartija, aunque su tamaño no tenía absolutamente nada de normal.
Sus ojos se clavaron directamente en los míos.
Mi corazón se detuvo.
Ese era un Eco.
-Ahhh!!!
Tragué saliva.
-No... no era verdad lo de morir...
La criatura abrió lentamente su enorme boca.
-¡Por favor, no!
El Eco acercó mi cuerpo hacia sus fauces.
Yo cerré los ojos.
Entonces escuché una voz.
-¡¡¡ALÉJENSE, PLEBEYOS!!!
Abrí los ojos.
-¿Qué...?
Una figura apareció a lo lejos.
-¡¡¡AQUÍ VIENE LA GRAN WAMISALA!!!
Una chica de enorme cabello naranja saltó desde lo alto.
Llevaba el uniforme de los Cazadores de Ecos.
Era delgada y se movía con una velocidad impresionante.
En pleno salto, levantó un enorme hacha roja.
Parecía estar hecha de sangre.
-¡¡¡MUERE!!!
El hacha descendió.
¡SHNK!
El corte fue limpio.
El brazo del Eco se separó de su cuerpo.
La garra que me sujetaba desapareció.
-¡¡AAAAAH!!
Caí.
Mi cuerpo se precipitó hacia el suelo.
No tuve tiempo de hacer nada.
Pero no llegué a tocarlo.
Sentí unos brazos sosteniéndome.
Había alguien debajo de mí.
La chica.
Me había atrapado antes de que cayera.
Por un instante no pude decir nada.
La tenía demasiado cerca.
De cerca pude apreciar su rostro.
Su piel tenía un ligero tono bronceado y parecía extremadamente suave.
Sus ojos eran enormes y de color café.
Sus cejas eran delgadas, aunque ligeramente pobladas, dándole una expresión firme.
Y entonces noté sus dientes.
Todos parecían normales...
Excepto sus colmillos.
Eran ligeramente más grandes de lo habitual.
Parecía una pequeña vampiresa.
Me quedé fascinado.
No solo por su apariencia.
Había visto cómo había saltado directamente contra un Eco.
Sin miedo.
Sin dudar.
Y lo había cortado como si fuera lo más sencillo del mundo.
Ahora estaba frente a mí.
Con el atardecer iluminándole el rostro.
No pude pensar en nada más.
-Eres... un ángel.
Ella parpadeó.
-¿Qué?
Me di cuenta de lo que acababa de decir.
-Emm...
Aparté la mirada.
-No, nada. Que... muchas gracias por salvarme.
Antes de que pudiera decir algo más, un rugido estremeció el lugar.
El Eco seguía vivo.
Levantó su cuerpo y se preparó para atacar.
-¡Cuidado!
Pero alguien apareció desde arriba.
Otro Cazador.
Este era completamente diferente.
Llevaba dos grandes cuchillas que salían de sus brazos y un enorme casco de hierro cubriéndole la cabeza.
Saltó directamente hacia el Eco.
¡SHRAK!
Un corte limpio atravesó su cuello.
El cuerpo de la criatura cayó al suelo.
Silencio.
El cazador aterrizó tranquilamente.
-Jajaja.
Las cuchillas comenzaron a retraerse.
-¿Lo ves, Gal? Siempre hay que apuntar a la cabeza primero.
El casco desapareció.
Revelando el rostro que ya conocía.
Benzi.
-Por eso soy mejor cazador que tú.
La chica todavía me sostenía entre sus brazos.
-¡¡¡SOY MEJOR CAZANDO ECOS QUE TÚ, BENZI!!!
Benzi se encogió de hombros.
-Claro, claro...
Gal señaló el lugar donde había caído el Eco.
-¡¡¡LO QUE PASA ES QUE ME DESVIÉ PARA SALVAR A ESTE HUMANO QUE SOLO SABÍA GRITAR POR SU VIDA!!!
Entonces Benzi me reconoció.
Sus ojos se abrieron.
-¿¡Bang!?
Me señaló.
-¿Qué haces aquí?
Se acercó.
-¡Debes tener cuidado al encontrarte con los Ecos! Tienes suerte de que yo estuviera aquí.
Sonrió de manera presumida.
Gal abrió los ojos.
-¡¡¡PERO SI YO SALVÉ AL DÉBIL HUMANO!!!
Benzi señaló el cadáver del Eco.
-Pero yo maté al eco.
-¡¡¡ESO NO TE DA NINGÚN MÉRITO!!!
Gal finalmente me dejó en el suelo y comenzó a discutir con Benzi.
Yo apenas podía seguirles el ritmo.
-Emm... lo siento...
Ambos voltearon.
-Muchas gracias por salvarme.
Hice una pequeña reverencia.
-A los dos, claro.
Sonreí nerviosamente.
-Nunca había pasado por aquí. No sabía que había un Eco rondando.
Gal me observó.
Su expresión se volvió un poco más seria.
-Debes tener más cuidado, humano.
Hizo una pequeña pausa.
-No quisiera que te maten.
Sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse.
Probablemente solo estaba siendo amable.
Pero no podía evitarlo.
-Sí...
Bajé ligeramente la mirada.
-Gracias.
Me levanté.
-Bueno... emm... nos vemos. Tengo que irme o llegaré tarde a casa.
Comencé a caminar.
-Adiós.
-¡¡¡ADIÓS, BANG!!!
La voz de Benzi se escuchó detrás de mí.
Seguí caminando.
Gal lo miró.
-Qué raro humano.
Yo aceleré un poco el paso.
No quería correr.
Pero moría de vergüenza.
Además, mi pierna comenzaba a doler muchísimo por el encuentro con el Eco.
Aun así...
No podía dejar de sonreír.
Esperaba volver a ver a Benzi.
Y quizá...
Preguntarle por aquella chica.
Apuesto a que era su compañera.
Seguí caminando hacia el Distrito Azul.
A pesar de que casi había muerto.
Y a pesar del dolor en mi pierna.
No podía dejar de sonreír.
Mucho.
¿Sería por la imagen de aquella chica?
Qué extraño se sentía.
¿Me había enamorado de ella?
No lo sabía.
Solo sabía una cosa.
Aquel día...
el Distrito Azul tenía un ligero toque anaranjado.








