1. El Asesino de las ambulancias

Asesino en serie o asesino serial es aquel criminal que mata a más de tres personas. Seguramente te preguntarás qué motiva a alguien a acabar con la vida de otro ser humano sin piedad ni razón aparente. Se sabe que, en muchos casos, el origen se encuentra en traumas vividos durante las etapas de desarrollo de su personalidad.
Un asesino serial puede describirse de distintas maneras: organizado, desorganizado, esquizofrénico, controlador, hedonista, caníbal, entre otras.
Esta historia policial trata sobre algunos de esos individuos que carecían por completo de empatía hacia la humanidad. Algunos eran fríos y calculadores; otros, impulsivos y caóticos. Pero los más peligrosos siempre han sido aquellos que parecían personas comunes, como tú o como yo…
En Nueva York, durante los últimos seis meses, se habían registrado seis ataques a ambulancias. En todos ellos, los ocupantes terminaban muertos. El olor metálico de la sangre impregnaba las unidades durante días; el crujido de las camillas al ser arrastradas y el silencio posterior ese silencio espeso que solo deja el miedo se habían vuelto el único rastro que el asesino dejaba atrás. Nadie tenía idea de qué clase de persona era capaz de cometer tales crímenes. ¿Atacar una ambulancia? Un vehículo cuya única función era trasladar heridos a los centros médicos para salvarles la vida.
El alcalde de la ciudad estaba desesperado. Las ambulancias empezaban a negarse a atender emergencias por miedo a ser el próximo objetivo. Los paramédicos sentían un nudo en la garganta cada vez que la radio sonaba; algunos confesaban, en voz baja, que preferían el riesgo de un accidente a la certeza de encontrar una sombra detrás de la puerta trasera. Por eso el alcalde decidió pedir ayuda al FBI.
La agencia envió desde Washington a dos de sus mejores agentes especializados en asesinos seriales: Thomas Clark y Damon Johnson. Su misión era colaborar con la policía local, investigar los hechos y elaborar el perfil del o de los posibles responsables.
En medio del pánico mundial por el coronavirus, Nueva York enfrentaba, además, el horror de tener un asesino en serie suelto. El criminal no dejaba rastro alguno. Las víctimas de accidentes preferían llegar a los hospitales en vehículos particulares antes que subir a una ambulancia, convencidas de que el asesino podría ser alguien del propio servicio. El caos se extendía por los centros médicos: pasillos abarrotados, olores a desinfectante y miedo, y el constante murmullo de quienes preferían sangrar en un auto particular antes que confiar en una sirena.
Clark y Johnson llegaron a la delegación central de policía y se presentaron en recepción:
—Agente Clark y agente Johnson, del FBI. El alcalde y el comandante Benson nos esperan.
El oficial, sin decir una palabra, los condujo de inmediato a la sala de reuniones. El aire dentro del edificio olía a café quemado y a papel viejo; el zumbido de los fluorescentes parecía más alto de lo normal.
—Los esperan, señores.
—Gracias —respondieron antes de entrar.
Al abrir la puerta encontraron a seis personas analizando el caso. En una pizarra colgaban las fotos de los ataques: cuerpos pálidos, cuellos abiertos, manchas oscuras que aún parecían húmedas bajo la luz fría. El silencio de la sala era denso, como si todos contuvieran la respiración.
—Señores, Johnson y Clark, del FBI —se presentaron.
Un hombre de tez oscura se levantó para recibirlos. Su voz sonó firme, pero el temblor apenas perceptible en las manos delataba el peso de las últimas semanas:
—Soy el alcalde Bill de Blasio. Los estábamos esperando. Les presento a la comandante María Taveras, a cargo de este recinto, y a los agentes Diana Moon, Chin, Santos y Takeshi, quienes han llevado el caso hasta ahora. Ellos trabajarán con ustedes. Solo a ellos les compartirán información.
—Yo soy Damon Johnson, y mi compañero es Thomas Clark —dijo Johnson. Su tono era calmado, casi clínico, como si ya hubiera visto demasiadas escenas como aquellas—. Necesitamos revisar cada caso individualmente para elaborar un perfil del asesino… o asesinos, si es que son varios.
La comandante Taveras les entregó los detalles. Mientras hablaba, sus ojos no se apartaban de las fotografías; había algo en ellas que le helaba la espalda cada vez que las miraba.
Dos días después tenían el perfil listo. Se lo presentaron a Taveras y al resto del equipo. El aire de la sala olía a tinta fresca y a tensión contenida.
—Es un solo asesino —confirmó Johnson—. Clark hará la exposición.
Clark tomó la palabra. Su voz era baja, precisa, como si cada palabra pesara:
—Como dijo Johnson, se trata de un único individuo. ¿Cómo lo sabemos? Ha atacado siempre en horas de congestión vehicular, lo que le ha permitido actuar y desaparecer sin ser atrapado. Creemos firmemente que él mismo provoca los accidentes. Hay un patrón demasiado limpio para ser casualidad.
**Perfil del asesino:**
- Género: masculino.
- Edad: entre 30 y 35 años.
- Etnia: caucásico.
- Características: extremadamente inteligente, metódico, con cada detalle calculado para que sus planes se ejecuten sin errores.
— Modus operandi: premeditado y planeado. Posiblemente actúa por venganza. Tal vez perdió a un familiar en una ambulancia. Podría padecer un trastorno psicótico o psicopatía. No parece obtener placer al matar, pero tampoco siente remordimiento.
—¿Quiere decir que perdió a alguien en una ambulancia? —preguntó Taveras. Su voz sonó más frágil de lo que pretendía.
—Exacto. Alguien muy cercano. Quizá un hijo o un pariente directo. Eso desencadenó su desequilibrio —respondió Clark.
—La mente humana, cuando se rompe de esa forma, puede convertir el dolor en una misión. Y las misiones no se detienen hasta que alguien las detiene.
—¿Por qué creen que es un hombre? —cuestionó la agente Moon. Sus dedos golpeaban suavemente la mesa, un tic nervioso que no lograba controlar.
—Por la cantidad de sangre y el número de víctimas en cada escena. Una mujer no tendría la fuerza física para someter a tantos a la vez —explicó Johnson—. Y hay algo más: la precisión de los cortes. No hay duda, no hay vacilación. Quien hace esto ha ensayado mentalmente cada movimiento mil veces.
—En algún momento una víctima escapará y lo atraparán —dijo Chin.
—No podemos esperar a que eso pase —replicó Clark. Sus ojos se endurecieron—. Cada día que pasa es un día en el que alguien más muere pensando que iba a ser salvado.
—Monitorearemos todas las emergencias de la ciudad, en contacto directo con los conductores de ambulancias a través del 911. Así detectaremos cualquier anomalía —propuso Taveras—. Santos, coordina con la jefatura de emergencias sin dar demasiados detalles. Que nos informen de cualquier irregularidad.
—De acuerdo. Será mejor que uno de nosotros esté en la central por cualquier eventualidad —sugirió Santos. Su voz era firme, pero por dentro sentía el peso de la responsabilidad como un nudo frío en el estómago.
—Haz lo necesario y quédate allí. Informa a Clark, a Johnson o a mí —confirmó Taveras.
Días después, durante el monitoreo, ocurrió lo que tanto temían: un reporte de accidente en una construcción abandonada. El conductor de la ambulancia informó que había recogido a un paciente inconsciente y a un hombre que, según él, había llamado al 911. Lo extraño era el lugar: llevaba meses desocupado, sin ninguna señal de obra. El viento silbaba entre los hierros oxidados; el olor a polvo y humedad se filtraba incluso a través de la radio.
Santos pidió a la operadora mantener comunicación constante con el conductor y alertar de cualquier irregularidad. La operadora logró que el hombre revelara la ruta que tomaban atrapados en el tráfico hacia el Hospital General de Nueva York y una descripción del acompañante: un hombre caucásico de unos 35 años. Coincidía con el perfil. En la central, el silencio se volvió casi insoportable; solo se oía el leve zumbido de los auriculares y la respiración contenida de Santos.
Taveras coordinó el operativo para arrestarlo con el menor riesgo posible:
—Moon y Chin, acompáñenme en distintas unidades. Takeshi, coordina el helicóptero para seguirlos desde el aire. Silencio en las sirenas y sin luces. Agentes Clark y Johnson, ¿pueden quedarse para el interrogatorio?
—Con gusto —aceptaron. Clark notó cómo su propia mandíbula se tensaba; había algo en este caso que le recordaba a otros rostros, a otras noches sin sueño.
Una hora después el helicóptero seguía a la ambulancia, pero el tráfico impedía a las unidades terrestres acercarse. Santos alertó que el tono del conductor había cambiado. La voz del hombre ya no era profesional: temblaba, se quebraba, como si hubiera visto algo que su mente se negaba a procesar.
—¡Algo pasa! —advirtió.
—Moon, Chin, ¡vamos! —ordenó Taveras. Su corazón latía con fuerza contra las costillas; el aire del coche olía a metal y a tensión.
Minutos después llegaron cerca de la ambulancia. La puerta trasera se abrió de golpe y un hombre que coincidía con el perfil saltó a la calle. El ruido del tráfico se mezcló con el crujido de los zapatos sobre el asfalto.
—¡Síganlo! —gritó Taveras.
Mientras los agentes perseguían al sospechoso, otros ingresaron a la ambulancia. El escenario era dantesco: sangre por todas partes, el olor metálico tan denso que se pegaba a la lengua, el calor húmedo de los cuerpos aún tibios. Todos tenían la garganta cortada… excepto uno, que aún respiraba. Un gorgoteo débil, casi inaudible, era la única señal de vida.
—¡Takeshi, que el helicóptero lo lleve al hospital! —ordenó Taveras. Su voz sonó más aguda de lo normal; el estómago se le revolvió al ver el charco oscuro que se extendía bajo las camillas.
Chin y Moon corrían entre los autos tras el sospechoso. El aire les quemaba los pulmones; el ruido de cláxones y motores se volvía un rugido constante. Hasta que una puerta se abrió de golpe y lo derribó. El impacto fue seco, el cuerpo del hombre golpeó el pavimento con un sonido sordo. Fue arrestado de inmediato. No gritó. No se resistió. Solo miró al cielo con una calma que helaba la sangre.
En la comisaría, Taveras llegó agitada al interrogatorio. El olor a desinfectante y a café frío flotaba en el aire.
—¿Ya empezaron?
—No. Lo esperábamos a usted —dijo Johnson. Su expresión era impenetrable, pero por dentro calculaba cada posible reacción del detenido.
—Bueno, comencemos.
Tomaron las huellas del sospechoso. Él se negaba a hablar. Sus ojos estaban vacíos, como si la persona que había sido alguna vez se hubiera apagado hace años y solo quedara una cáscara fría.
A la mañana siguiente ya tenían su identidad: Arthur Jamieson.
—Buenos días, Jamieson —saludó Taveras. Él no mostró ninguna emoción. Ni un parpadeo. Ni un cambio en la respiración.
—Si no quieres hablar, lo haré yo.
—Tu nombre es Arthur Jamieson. Tu esposa, Emili Procter, murió en una ambulancia hace tres años, durante un parto. Ese día las calles colapsaron y ella y tu hijo fallecieron antes de llegar al hospital. Durante dos años y medio luchaste para que encarcelaran a los paramédicos, pero no lo lograste. Hace seis meses comenzaron los asesinatos.
Jamieson siguió en silencio. Pero por un instante, apenas perceptible, sus dedos se crisparon sobre la mesa. Como si el nombre de su esposa aún tuviera el poder de tocar algo que él creía muerto.
Un mes después, el único sobreviviente se recuperó y relató lo sucedido. Se descubrió que Jamieson había sido un adolescente problemático, sin empatía, criado en un hogar disfuncional. Su esposa había sido lo único bueno en su vida. Al perderla, su furia lo convirtió en un asesino. Había matado a veintisiete personas. Veintisiete vidas que, en su mente retorcida, no eran más que un pago incompleto por lo que le habían arrebatado.
Finalmente, Arthur Jamieson fue condenado a cadena perpetua. En Nueva York no existe la pena de muerte. Una semana después, los agentes Clark y Johnson partieron de regreso a Washington, despedidos por el alcalde en el aeropuerto. El ruido de los aviones no lograba ahogar del todo el eco de las ambulancias que aún resonaba en sus cabezas.
Fin.








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