CAPÍTULO XII: Un Cambio De Aires Puede Ser Positivo.
CHOQUE DE REALIDAD
The Emerald Canopy Estate
- Jonah -
Mi despertar no es un amanecer; es una colisión. La luz que se filtra incisiva por las cortinas de la habitación se siente como agujas de hielo atravesándome las sienes. Sin embargo, el dolor físico de la resaca no es nada en comparación con la marea de recuerdos que empieza a golpear mi mente con una precisión cruel y tardía.
Punto por punto, mi memoria reconstruye el desastre de la noche anterior: los comentarios venenosos de mis compañeros en el Athenaeum, el sabor amargo de la cerveza, mi llamada telefónica desesperada y, sobre todo, ese instante de vulnerabilidad extrema en el sofá de la sala. “Muéstramelo”. La palabra resuena en mi cabeza como una sentencia condenatoria.
Recuerdo la mirada de Conrad, esa oscuridad densa y contenida que casi me hace arder, y luego... el vacío absoluto de mi humillación física. El vómito sobre el hombre que más respeto, admiro y amo en el mundo.
Me cubro el rostro con la almohada, ahogando un grito de frustración y deseando que la tierra se abra para tragarme entero.
«¿Cómo voy a ser capaz de bajar a desayunar? ¿Cómo voy a fingir que nada pasó cuando siento que profané la elegancia impecable de Conrad con mi inmadurez más patética?».
Después de lavar mi rostro con agua helada y cepillar mis dientes tres veces, bajo las escaleras con una pesadez que trasciende lo físico. Cada escalón es un recordatorio de mi derrota.
Al entrar a la cocina, el contraste es casi violento: Conrad ya está allí, rodeado por el aroma reconfortante del café recién hecho y el sol débil de la mañana. Luce un traje guinda de sastre impecable, con cada línea en su sitio, como si la noche anterior hubiera sido solamente un mal sueño de mi imaginación. Levanta la vista del periódico y me regala una sonrisa; una de verdad, suave, desprovista de cualquier rastro de juicio o reproche. Al ver su tranquilidad, el nudo en mi estómago se aprieta con más fuerza.
Me siento a la mesa, frente a un plato de huevos y hotcakes que la Sra. Schneider ha preparado, pero la comida me parece de plástico. Busco desesperadamente una salida visual en el diseño del mantel, en la textura de la servilleta, en cualquier lugar que no sean los ojos grises de Conrad.
— Disfruta tu primer día de vacaciones, Jonah — dice, rompiendo el silencio con una suavidad que me desarma por completo — Necesito que me ayudes con unos volúmenes nuevos que llegaron a la biblioteca más tarde, para organizarlos. Pero por ahora, descansa. Y toma mucha agua — la normalidad de Conrad es casi dolorosa. No hay regaños, no hay esa frialdad punitiva que yo tanto temía después de mi comportamiento desastroso. Apenas puedo probar bocado; la culpa me pesa mucho más que la resaca. Cuando veo que Conrad se pone de pie, recogiendo las llaves del auto y su maletín de cuero para marcharse a la oficina, finalmente levanto la mirada, con los ojos vidriosos por la vergüenza.
— Conrad… yo… de verdad, perdóname — susurro, con la voz rota — Por todo. Por cómo me puse, por las tonterías que dije… por el desastre sobre ti. Lo siento muchísimo.
Se detiene a mi lado. No hay un discurso largo, ni una reprimenda severa. Solo coloca una de sus manos grandes y firmes sobre mi hombro, una presencia cálida que me devuelve instantáneamente el equilibrio que creía haber perdido.
— Está bien, Jonah — me asegura, inclinándose lo suficiente para depositar un beso cálido en mi frente — Lo hablaremos más tarde, con calma. Ahora solo recupérate.
Cuando Conrad sale de la cocina, me quedo a solas con el eco de sus palabras. “Lo hablaremos más tarde”. Esa frase es un alivio y, al mismo tiempo, la promesa latente de que el tema de la “bestia” y lo que yo deseo conocer no se ha borrado del mapa; solo se ha pospuesto.
Para distraerme, saco mi celular y abro el chat del grupo:

Matt: ¡Buenos días, graduados! Espero que estén disfruten su primer día de vacaciones oficiales.☀️
Zoe: Jo, ¿cómo estás? Nos quedamos preocupados ayer.🥺
James: Jo, cuenta… ¿Qué pasó cuando llegaron a casa? ¿Sobreviviste?
Matt: 😂 Jonah, me sorprende tu nula tolerancia al alcohol, hermano. Literalmente no resististe más que un par de latas de cortesía…
Jonah: No se burlen... La verdad es que Conrad se portó increíble, pero yo hice algo terrible. Algo imperdonable.
Zoe: ¿Qué pasó? 😮
Jonah: Vomité sobre él. En medio de la sala. 😰
James: ¡Puajjj! ¿Qué hizo el hombre de acero?¿Se puso como loco? 💀
Matt: No me jodas, Jonah. ¿En serio? 😱
Jonah: No, no se molestó. Me cargó hasta la cama y me cuidó hasta que me dormí… Pero hay algo peor.
Zoe: No puede ser, Jonah… ¿Qué hiciste?
Matt: Tampoco te des de latigazos, Jonah. Conociendo lo estricto que es con su orden, que no te haya matado ya es ganancia. Pero no te asustes, seguro entiende que estabas mal.
Jonah: Es que me le insinué antes de eso… No fue algo explícito, pero intenté provocarlo, le pedí que me mostrara quién es de verdad… Y justo después el estómago me traicionó y lo arruiné todo. Antes de irse a Aura Gourmet Essence me dijo que hablaremos del tema cuando vuelva. Estoy temblando de los nervios.
Zoe: Te entiendo, Jo… Solo te pido que seas muy analítico con lo que piensas y muy claro con lo que deseas. Él siempre ha respetado tu ritmo, no lo olvides. 🥰
James: Ten calma, hermano. Tal vez no esté molesto por el desastre físico, pero Zoe tiene razón. No puedes exigirle que se abra o que actúe como si nada después del show de ayer. Dale espacio. 🙃
Zoe: Sí, ten cuidado, Jo. Conrad no es ningún niño de nuestra edad, y nada de lo que pasó ayer es una broma para un hombre como él. Sé maduro cuando hables con él.
Jonah: Esta mañana estaba muy tranquilo conmigo...Dudo que se vuelva un problema grave.

Después de un baño reparador a media tarde, los últimos rastros de la resaca desaparecen de mi cuerpo. Le pido a la Srta. Leila que me guíe hacia los paquetes que llegaron para la biblioteca. Me dedico a desembalar y clasificar los libros con una felicidad renovada, convenciéndome de que la tarea que Conrad me encomendó es la oportunidad perfecta para aclarar las cosas. Creo, con la audacia de mis recién estrenados dieciocho años, que será el momento de retomar lo de “Muéstrame”, a pesar de la vergüenza residual.
La biblioteca, con sus estanterías de roble que ascienden hasta el techo y su aroma perenne a papel antiguo, cuero y cera de abejas, siempre ha sido mi refugio predilecto. Pero esta tarde, el espacio se siente cargado de una solemnidad distinta. Los libros que organicé con tanto esmero parecen testigos mudos de una tensión que se podría cortar con un hilo.
[...]
Unas horas después, cuando Conrad entra y cierra la puerta detrás de sí, el cambio en el aire es instantáneo. No trae el aroma impecable a sándalo y éxito de todas las mañanas; esta vez percibo un rastro amargo a tabaco de hoja, un indicador inequívoco de que el día en las oficinas de Aura ha sido demandante y complejo.
Se quita el saco de sastre, lo deja caer sobre el respaldo de su silla de cuero y se afloja el nudo de la corbata con un movimiento lento, casi cansado.
— Siéntate, Jonah — dice, señalando el sillón confidente frente a su escritorio. Su voz es un muro infranqueable de serenidad.
Yo, que había pasado las últimas tres horas ensayando discursos de redención y planeando cómo usar mi mayoría de edad como argumento, me siento repentinamente diminuto bajo su mirada.
— Lo de anoche… — empieza Conrad, caminando hacia mí para sentarse con elegancia natural en la orilla del escritorio, cruzando las piernas — Es normal. Tienes dieciocho años, acabas de cerrar una etapa escolar importante y te sentiste profundamente herido por la ignorancia ajena. La inmadurez y la impulsividad son propias de tu edad. No me siento ofendido en lo absoluto y, en cierto modo, comprendo por qué tu mente buscó esa vía de escape de urgencia.
Intento interrumpir para disculparme como lo practiqué, pero Conrad levanta una mano, deteniéndome con una suavidad que no disminuye ni una pizca su firmeza.
— Pero que lo entienda no significa que lo justifique. Y no lo digo porque me hayas vomitado encima, sino porque me niego a aceptar que busques respuestas en el fondo de una botella cada vez que el mundo exterior se vuelva demasiado ruidoso para ti. No vuelvas a escuchar a esos chicos, Jonah. Ellos solo son capaces de ver la superficie: el traje, el dinero y la posición. El único que sabe quién soy de verdad, el único que ha sido testigo de mi paciencia, mi vulnerabilidad y mi entrega, eres tú. No les entregues a ellos el poder de definir lo que somos.
Asiento en silencio, sintiendo que el nudo de culpa en mi garganta vuelve a crecer. Pero me doy cuenta de que lo más difícil está por venir cuando Conrad se inclina hacia adelante, acortando drásticamente el espacio entre los dos.
— Y finalmente, sobre la petición que me hiciste anoche… sobre ese “Muéstrame” — su voz desciende una octava, adquiriendo una textura densa, casi peligrosa — No volveremos a tocar ese tema, Jonah. No por ahora.
El suelo bajo mis pies parece tambalearse. Las advertencias de Zoe sobre ser analítico y las palabras de James sobre las consecuencias del show de anoche se clavan en mi mente como profecías cumplidas.
— Me pediste que te mostrara quién soy cuando decido no controlarme — continúa, sosteniéndome la mirada de una forma tan fija — Y la realidad, Jonah, es que no estás preparado para dar ese paso. No estás listo para ver esa faceta de mí, ni yo estoy listo para dejar de protegerte de ella. Has crecido mucho, sí. Pero lo que ocurrió anoche demostró que todavía existe una brecha entre lo que tu cuerpo desea y lo que tu mente puede manejar.
Cada una de sus palabras cae con el peso de un bloque de mármol, sellando una puerta que yo creía haber comenzado a abrir con mi iniciativa. No hay gritos, no hay castigos infantiles, no hay la frialdad que me aterrorizaba. Solo hay una verdad cruda y un límite perfectamente delineado. Conrad me está devolviendo al terreno del “paso a paso” con una autoridad jerárquica que no admite réplica alguna.
— Acepta mi protección por un tiempo más — concluye, poniéndose de pie para dar por terminada la sesión, con una sonrisa — Ayúdame a que sigamos haciendo las cosas bien.
Me quedo completamente inmóvil en el sillón, observando cómo se aleja con calma hacia el ventanal que da a los jardines de Emerald. Toda mi estrategia de la tarde, mi deseo de redimirme a través de la audacia y mi valentía recién estrenada se han desmoronado frente a su templanza. Me siento profundamente a salvo bajo su ala, sí, pero también desesperadamente lejos del hombre que me ama y me desea, siendo obstruído por el hombre que custodia mis pasos.
UNA CALMA TORTUOSA, PERO NECESARIA.
The Emerald Canopy Estate
- Jonah -
Han pasado ya cinco días desde que el mundo se me vino abajo en la “Sala Ástrea”.
Cinco días en los que, a fuerza de voluntad y un orgullo un tanto herido, he sabido generar una paz absoluta entre nosotros, permitiendo que el polvo de nuestra relación volviera a asentarse sobre los cimientos que con tanto esmero hemos construido. Sin embargo, no todo es tan idílico como parece en la superficie. El aire dentro de Emerald ya está cargado de una contención invisible, una tensión blanda que comienza a rayar el límite de lo insoportable para mí.
Durante las jornadas, veo a Conrad lo mínimo indispensable debido a sus responsabilidades en Aura. Mi rutina se ha vuelto un ejercicio de disciplina militar: mientras él trabaja hasta tarde en su despacho, yo me limito a leer en el sillón frente a su escritorio, cuidando de no hacer el menor ruido.
Las charlas entre nosotros se han vuelto monótonas, casi coreográficas; los acercamientos son limitados a roces educados que me dejan con el corazón latiendo de frustración. A pesar de la distancia prudencial, me aferro con uñas y dientes a esos breves minutos en los que se desliga de las pantallas para estar conmigo al cien por ciento.
Básicamente, me he comportado como un modelo de prudencia absoluta. He guardado mis preguntas indiscretas bajo llave, he evitado esas miradas prolongadas que suelen desafiarlo. Me he limitado a ser el Jonah dócil y predecible que Conrad quiere y necesita proteger, aunque por dentro sienta que una parte de mi nueva adultez está siendo sofocada bajo tanta corrección.
Hoy ya es la noche previa al viaje a Indonesia, el peso de los cinco días de contención se hace sentir con más fuerza. Estoy sentado en el gran sofá de terciopelo de la sala de estar cuando escucho el sonido de sus pasos firmes anunciando su llegada.
Conrad entra luciendo el cansancio propio de quien ha dejado la oficina lista para una ausencia prolongada, pero mantiene su porte intacto. Al verme, se acerca y me saluda con un beso en la frente que, a diferencia de los anteriores, se siente mucho más lleno de intención, más profundo. Dura apenas unos segundos, pero se convierte de inmediato en mi combustible de emergencia. Ese contacto, aunque breve y contenido, es su forma sutil de decirme: “Aún estoy aquí”. Y eso es lo único que necesito para mantener mi tranquilidad y mi claridad mental intactas.
Aprovechando esa inesperada calidez, me acomodo en el terciopelo y junto todo el valor que he acumulado en la semana. Lo miro hacia arriba, rompiendo mi propia regla de distancia.
— ¿Quieres sentarte un momento conmigo? — pregunto en un susurro, indicando el espacio a mi lado. Conrad me observa en silencio, aflojándose un poco el nudo de la corbata, y tras una breve pausa, acepta. El sofá se hunde bajo su peso y el aroma a sándalo y éxito que siempre lo acompaña me inunda las fosas nasales. Con el corazón latiéndome un poco más rápido, me atrevo a dar el siguiente paso, midiendo cada movimiento — ¿Puedo… recostarme en tus piernas? — pregunto, buscando su aprobación con la mirada.
No dice nada, pero extiende una de sus manos y asienta los dedos sobre mi hombro, invitándome a bajar. Me acomodo despacio, apoyando la cabeza sobre sus muslos firmes.
Sentir la textura de su pantalón de sastre contra mi mejilla y el peso de su mano comenzando a enredarse con una lentitud casi perezosa en mi cabello me hace soltar un suspiro de alivio que ni siquiera sabía que necesitaba con tanta urgencia.
Completamente calmado, disfrutando del compás de su respiración debajo de mí, levanto la vista para encontrarme con sus ojos.
— ¿Cómo te fue en el trabajo hoy? — le pregunto con suavidad.
Conrad se toma un instante para acomodar sus pensamientos, relajando la dureza de su mandíbula. Entonces, con esa voz grave y pausada que tiene el poder de aislarme del resto del universo, comienza a narrar cada detalle de su día en Aura. Lo escucho hablar sobre las juntas de último minuto, las llamadas con los directores de las filiales extranjeras y la burocracia que tuvo que desmantelar para poder asegurar nuestras vacaciones. No me pierdo una sola de sus palabras; me encanta la forma en que sus dedos se mueven al compás de sus explicaciones y cómo su pecho vibra contra mi oído.
Justo cuando termina su relato, rompiendo el trance de su voz, me reincorporo despacio sobre el sofá. Estiro la mano hacia la mesa ratona a mi izquierda y tomo la carpeta de cuero que he tenido guardada toda la tarde. Al abrirla, extraigo una lámina de papel grueso y se la entrego con cuidado.

Es un retrato detallado a carboncillo. Un dibujo de nosotros dos, plasmados en una de nuestras tardes compartidas.
— Espero que te guste… — murmuro, sintiendo un leve calor subir por mis mejillas.
Conrad toma el papel por los bordes, guardando un silencio sepulcral mientras sus ojos barren cada trazo, cada línea de expresión que dibujé con mis dedos. Noto un destello de genuina sorpresa y algo muy parecido a la ternura cruzando sus facciones habitualmente severas. Deja el retrato a un lado con delicadeza, se inclina hacia mí y me abraza con ese tono siempre cuidadoso.
De pronto, el recuerdo de aquel accidente en mi cumpleaños me quema la memoria: la pérdida de control, la náusea y la humillación de haber vomitado sobre él. Había sido un momento de vulnerabilidad cruda que rompió la burbuja de perfección que intenté mantener para demostrar mi madurez.
Rompo el silencio, mi voz apenas es un hilo de seda en la quietud del salón.
— Ese dibujo... es lo que siento cuando te miro — murmuro, alejándome para clavar los ojos en la mirada gris y fría frente a mí — No es solo gratitud. Es una necesidad que me está consumiendo por dentro.
Conrad se mantiene impasible, su postura erguida y su mandíbula definida proyectan esa autoridad inquebrantable que siempre lo ha mantenido a raya. Pero ya no soy un niño asustado; soy un joven que arde en un deseo que la madurez no puede sofocar.
— Conrad — digo con la voz temblando más que nunca y me acerco un poco más, invadiendo el espacio sagrado que él ha impuesto — Por favor. No quiero más abrazos distantes. No quiero más manos en mis hombros que se retiran antes de que yo pueda reaccionar. Quiero que me beses. Ahora. Rompe tu propia regla... por favor.
El silencio que sigue es asfixiante. Puedo observar la duda en los ojos de Conrad; veo cómo sus cejas gruesas se contraen y cómo su respiración se vuelve pesada, luchando contra años de autocontrol y moralidad. La duda de Conrad es un tormento, una barrera que me impide alcanzar la plenitud.
— Por favor... — suplico de nuevo, acortando la distancia final al inclinarme hacia adelante — No puedo más. Lo anhelo tanto que me duele el pecho. Déjame saber qué se siente ser tuyo de verdad. Por favor, Conrad... bésame.
La lucha interna de Conrad se rompe ante mi vulnerabilidad desesperada. Sin decir una sola palabra, sin una advertencia previa, Conrad se despoja de esos límites internos y coloca sus manos a los costados de mis caderas.
El beso no es una coreografía cinematográfica; es un choque real de dos personas que han contenido un incendio durante un tiempo.
Conrad, cuya rigidez suele ser su armadura más impenetrable, siente cómo esa coraza se resquebraja ante mi súplica. En un gesto de rendición impropio de su habitual control, sus manos abandonan mi cintura para subir hasta mi rostro. Con una delicadeza casi reverente, pero cargada de una urgencia que ya no puede ocultar, me toma las mejillas con las palmas tibias, encuadrando mi rostro como si fuera el tesoro más preciado y frágil del mundo.
Entonces, Conrad se deja llevar. No es un solo impacto, sino una tormenta de sensaciones.
Empieza obsequiándome una ráfaga de besos cortos y rápidos sobre los labios; una sucesión de besitos dulces y urgentes que buscan reclamar cada milímetro de mi boca. Son toques rítmicos, casi frenéticos pero sumamente cuidadosos, como si intentara memorizar mi textura a través de la piel. Cada vez que sus labios se separan apenas un milímetro para volver a chocar con los míos, siento que mi alma da vueltas en un torbellino de asombro.
El sabor es embriagador: un matiz sutil de café y ese aroma natural de su piel, una mezcla de sándalo y limpieza que he memorizado durante años. La textura de los labios de Conrad es firme y cálida, y la ligera aspereza de su barba rozando mi piel delicada en cada pequeño beso provoca escalofríos que me recorren la columna vertebral.
La humedad compartida en esos encuentros breves y constantes, sumada al calor que emana del cuerpo fornido de Conrad mientras me sostiene por las mejillas, me envuelve en una neblina de placer puro. No es solo un beso; es la entrega de un hombre que, por primera vez en su vida, permite que su deseo dicte el ritmo de su corazón, dejándome suspendido en un estado de éxtasis absoluto.
— Es perfecto, amor. Gracias — dice contra mis labios, con un tono extrañamente suave antes de ponerse de pie — Ahora ve a descansar. Mañana nos espera un día largo.
Su despedida es dulce, una promesa implícita flotando en la penumbra de la sala mientras lo veo subir las escaleras hacia su habitación.
Me quedo solo en el sofá, pero esta vez la contención ya no se siente como una condena.
Indonesia por fin se ha convertido en un horizonte cercano; un territorio que ambos necesitamos con urgencia. Nos esperan cinco días completos de descanso absoluto, cinco días donde no habrá preocupaciones ni el peso del mundo sobre nuestros hombros.
Mañana saldremos a primera hora para tomar el vuelo privado, y sé, con una certeza que me electriza la piel, que las cosas están a punto de cambiar de rumbo.
EL INICIO DE VIAJE A INDONESIA
The Griffin Crest (Jet Privado) & The Batavia Club (Hotel de Yakarta)
- Conrad -
Noté que Jonah estuvo sumamente tranquilo estos últimos días.
Ayer, mientras alistaba su equipaje, lo observé moverse con una calma y una decisión que, en lo personal, me impactaron profundamente. Sin embargo, detrás de esa fachada de perfección, fui capaz de descifrar un leve destello de molestia en sus ojos; esa frustración silenciosa que le provocaba la repentina ausencia del contacto físico que él tanto desea. Yo no lo estuve evitando como un castigo, sino como una medida estricta para hacer cumplir el límite que dicté en la biblioteca y en el cual él mismo, desde hace tiempo insistió en manejar.
Ese famoso “paso a paso” que en su momento protegió con tanto celo y que ahora, irónicamente, parece estar tratando de lanzar lejos de sí.
Cuando nos encontramos en la entrada principal de Emerald a primera hora de la mañana, Jonah nota de inmediato que mi atuendo es considerablemente más relajado que de costumbre. Para el trayecto, he optado por una camisa ligera en tono guinda y un pantalón de vestir marrón de corte impecable; después de todo, a pesar de salir de vacaciones, me niego por completo a perder mi aura de mando y de autoridad.
— Te ves tan guapo así — dice al verme, acortando la distancia entre los dos con pasos suaves. Sus gestos corporales y la forma en que inclina la cabeza me exigen, sin necesidad de articular una sola palabra, un beso de buenos días.
— Gracias — sonrío de lado, recorriendo su figura con la mirada y notando que él también se ve extremadamente atractivo, vistiendo ropa cómoda y fresca — Ni hablar de ti. Luces completamente bello — le sujeto la barbilla con suavidad, obligándolo a alzar un poco más el rostro, y me inclino hacia él hasta cumplir ese deseo sordo que sé que le quema los labios. Nos damos un beso suave, delicado, pero cargado con la promesa del viaje — ¿Estás listo, pequeño? — pregunto al alejarme apenas unos centímetros, abriendo la puerta pesada de la residencia.
— Estoy nervioso, emocionado… — susurra, regalándome una sonrisa genuina — Pero más que listo.
Salimos y una vez que nos instalamos en el automóvil, noto que hay algo extraño en su mirada. Un destello de nostalgia tiñe sus facciones mientras observa la silueta de la mansión Emerald perderse a través de la ventanilla
— ¿Pasa algo? — pregunto, manteniendo una mano en el volante mientras lo observo de reojo.
— Sé que hice las cosas mal la semana pasada — susurra, devolviéndome la vista con un dejo de vulnerabilidad que me oprime el pecho — Pero espero de verdad poder dejar todo eso atrás y empezar de cero allá… Contigo.
— Tranquilo — respondo con voz baja y firme, estirando la mano derecha para sujetar la suya con suavidad antes de ponernos en marcha hacia la pista de despegue.
[...]
Unos 40 minutos después, llegamos al aeropuerto.Los protocolos de ingreso al jet privado son rápidos y discretos.
Una vez en el aire, la cabina del avión se transforma de inmediato en nuestro propio microcosmos privado. Solo quedamos nosotros dos, el zumbido rítmico y amortiguado de los motores y un lujo silencioso que nos aísla de la realidad. Saco mi computadora portátil para revisar las cláusulas finales de un contrato de Aura, intentando concentrarme, mientras Jonah saca su nueva libreta e intenta dibujar. Sin embargo, sus ojos no dejan de desviarse hacia mí de manera constante.
La disposición de los asientos hace que el espacio para las piernas sea reducido. Ocasionalmente, debido al movimiento natural del vuelo, nuestros pantalones se rozan. Cada vez que el lino marrón de mi pantalón roza su rodilla, noto una chispa eléctrica recorrer el cuerpo de Jonah; da un ligero respingo en el asiento, pero yo no me alejo ni un milímetro. En este punto, flotando a miles de pies de altura, ya no existe ninguna razón externa para mantener distancias obligadas.
Solo está el cielo y nosotros dos.
Llega un momento en que la fijeza de su mirada se vuelve demasiado prolongada, desafiando mi propia concentración. Cierro la pantalla de la computadora de golpe, produciendo un sonido seco en la cabina, y clavo mis ojos en él.
— Has estado muy callado estos días, Jonah. Demasiado obediente — digo con una media sonrisa, inclinándome un poco hacia adelante y apoyando los brazos en las rodillas — Sé perfectamente que el límite que puse en la biblioteca te dolió. Pero quiero que sepas que este viaje es exclusivamente para nosotros. Sin juicios externos, sin errores pasados flotando sobre la mesa. Solo tú y yo descubriendo un lugar nuevo.
Jonah detiene el carboncillo de inmediato, dejándolo caer sobre las páginas blancas. La confesión lo toma completamente por sorpresa, desarmando su postura defensiva.
— A veces siento que si soy “demasiado obediente”, como dices, me ves más como a un niño que como a tu pareja — suelta con esa honestidad descarnada que nunca lo abandona — Y en Indonesia... no quiero ser el niño que traes de vacaciones, Conrad. Quiero ser el hombre que viaja a tu lado.
Guardo un silencio denso, observando la imponente determinación que brilla en sus pupilas dilatadas. Me pongo de pie con movimientos pausados, me acerco a su asiento y me inclino sobre él, rodeándolo con mis brazos y atrapándolo firmemente contra el respaldo de piel. Mi aliento roza directamente la curva de su oreja, enviándole un escalofrío visible que le estremece toda la columna vertebral.
— En Indonesia, Jonah... las reglas de casa van a ser muy difíciles de mantener — susurro, permitiendo que mi voz recupere ese tono oscuro, profundo y espeso que tanto me esfuerzo por contener en Emerald — Si de verdad quieres ser el hombre que viaja conmigo, prepárate. Porque una vez que aterricemos, no habrá paredes donde esconderse si las cosas se ponen... intensas.
[...]
El aire de Yakarta nos recibe al abrirse las compuertas como un manto húmedo, cálido y pesado, impregnado con el perfume dulce y penetrante de las flores de frangipani mezclado con el salitre del Océano Índico.
Tras un viaje prolongado que parece suspendernos fuera del tiempo, el aterrizaje en la tarde-noche marca el inicio formal de nuestra estancia en el sudeste asiático; el comienzo de algo que, por primera vez en mi vida estructurada, temo y anhelo exactamente con la misma intensidad.
PRELUDIO DE ALGO MÁS... GRANDE.
The Batavia Club (Hotel de Yakarta)
- Jonah -
Cenamos en un pequeño rincón privado frente a la costa, en un restaurante llamado Batavia Social, donde el sonido rítmico de las olas rompiendo contra los acantilados de piedra es la única música de fondo. La luz temblorosa de las velas baila en mis pupilas; estoy tan nervioso que apenas puedo probar bocado. La elegancia magnética de Conrad, incluso vistiendo una camisa ligera de lino desabotonada en el cuello, me resulta abrumadora en este escenario exótico.
El silencio que se instala entre nosotros ya no es de incomodidad, sino de una anticipación eléctrica tan densa que cada roce accidental de nuestras manos sobre la mesa se siente como un juramento de sangre.
Al terminar, el trayecto hacia el hotel se convierte en un desfile borroso de sombras tropicales y luces de neón, hasta que finalmente la puerta de la suite se cierra tras nosotros con un clic seco, aislando por completo al resto del mundo.
El espacio es de una belleza arquitectónica abrumadora: el aroma a jazmín fresco nos golpea en cuanto damos el primer paso hacia el interior, revelando un área de techos altísimos con vigas de madera de teca expuesta. El diseño es colonial y pulcro, con suelos de baldosas hidráulicas hechas a mano en ricos tonos terracota y añil. La suite se divide de manera inteligente en dos alas completamente independientes, lo que me lleva a pensar de inmediato que Conrad buscaba una privacidad absoluta para ambos. Dentro de cada habitación hay una cama king-size con dosel tallado en madera oscura, vestida con lino blanco purísimo y cojines de batik tradicional en color ocre. La tecnología es invisible, pero el ambiente es térmicamente perfecto gracias a los ventiladores de aspa en el techo y un sistema de climatización oculto.
Sin embargo, hay un detalle arquitectónico que capta mi atención al fondo: un baño compartido ubicado exactamente entre ambos dormitorios, diseñado sin puertas de separación. Cuando entro a curiosear, descubro un enorme jacuzzi de piedra volcánica pulida, lo suficientemente amplio para alguien de la estatura e imponente anatomía de Conrad. A un costado, una cabina de ducha con paredes de cristal templado exhibe una grifería de efecto lluvia.
— ¿Quieres tomar un baño de burbujas? — pregunta. Se ha apoyado contra el marco de la entrada de su habitación, observándome con una sonrisa ligera y enigmática.
— ¿Puedo? — pregunto, acortando la distancia hacia él.
— ¿Por qué lo preguntas como si tuvieras que pedir permiso? — frunce levemente el ceño, divertido.
— ¿Te vas a bañar tú también aquí? — pregunro mientras estiro las manos para acomodarle el cuello de la camisa. No está deshecho, pero utilizo el gesto como la excusa perfecta para tocar la calidez de su piel.
— Sí, aunque yo tomaré una ducha en mi habitación…
— Aquí hay una ducha — lo interrumpo con audacia, señalando la estructura de cristal. Me acerco un paso más, reduciendo el espacio entre nuestros cuerpos a su mínima expresión — Quédate conmigo — pido en un susurro, sellando la petición con un beso suave en la comisura de sus labios.
Conrad no se niega; simplemente me sostiene la mirada con una intensidad indescifrable. Mientras el sistema llena el jacuzzi de agua caliente y espuma, ambos nos retiramos a nuestras respectivas estancias para desvestirnos.
Al regresar, me sumerjo de inmediato en el agua termal del jacuzzi. Pocos instantes después, Conrad entra al espacio portando únicamente una toalla y se mete directamente a la cabina de la ducha. Ambos nos tomamos nuestro tiempo en silencio, pero hay algo magnético dentro de mí que me impide apartar los ojos del cristal. A través del vidrio empapado, contemplo la silueta fornida y poderosa de Conrad bajo la lluvia artificial y el vapor espeso. Por primera vez en nuestra historia, no se trata de un vistazo furtivo bajo su camiseta o un roce casual. Observo con minucioso detalle su espalda: los músculos tensos, los hombros sumamente anchos que cargan el peso de un imperio financiero, y la línea perfecta de su columna vertebral que se dibuja con cada movimiento mientras se lava el cabello. El agua resbala sobre su piel bronceada, tan cerca y a la vez tan dolorosamente lejos.
Deseo con cada fibra de mi ser poder derribar esa barrera de cristal para que la distancia física que hemos impuesto termine de evaporarse dentro del baño.
Cuando cierra la llave del agua, el silencio vuelve a reinar. Conrad toma la toalla con una calma absoluta, se seca el cuerpo con movimientos lentos y se la enreda firmemente alrededor de la cintura antes de salir del habitáculo humeante.
Su calma y su rotunda belleza masculina resultan casi crueles contra mis pensamientos indecisos.
Se acerca al área común y es imposible no fijarme en su torso descubierto, que aún gotea agua bendita, con el vello oscuro de su pecho brillando bajo las luces tenues y cálidas del baño. Al notar la fijeza de mi mirada, se detiene en seco antes de salir hacia su habitación.
— ¿Qué pasa, Jonah? — pregunta con esa voz grave que siempre arrastra una inequívoca nota de mando.
— Nada — respondo, bajando la vista hacia las burbujas, pero mi voz me traiciona con un temblor evidente de mi mirada que lo estuvo espiando todo el rato — Solo… te ves distinto.
Con una valentía salvaje que jamás imaginé poseer, me pongo de pie y salgo del jacuzzi, dejando que mi desnudez quede completamente expuesta ante él, igualmente empapado. En mis ojos no hay un solo rastro de vergüenza; hay una declaración de guerra abierta. Quiero obligar a Conrad a cruzar la línea de una vez por todas. Necesito que deje de mirarme como a alguien prohibido a quien debe proteger, y comience a poseerme como al hombre que desea.
— Jonah… — apenas doy el primer paso fuera del agua, Conrad gira el rostro hacia un lado, forzando la vista al frente.
— ¿Por qué no me miras? — me acerco por el suelo de baldosas hasta quedar a escasos centímetros de él, con el corazón golpeándome las costillas en un ruego desesperado — ¿Por qué no podemos cruzar esta línea, Conrad? — pregunto, estirando mis manos húmedas para sujetar con suavidad las líneas duras de su rostro y lo obligo a que nuestros ojos se encuentren. En sus pupilas grises soy capaz de descifrar una milésima de segundo de duda, una grieta en su armadura — Muéstrame… aunque sea un poco — le suplico cerca de los labios.
Conrad reacciona. Su mano sube firme hasta sujetar mi barbilla, y su dedo pulgar presiona con deliberación mi labio inferior, delineándolo. Puedo sentir cómo el aire a nuestro alrededor se vuelve denso, pesado, puramente carnal.
— Quieres que te muestre, ¿verdad? — susurra con una vibración tan baja que me reverbera en el pecho, acortando la distancia hasta que nuestras pieles mojadas casi se tocan — No vamos a saltar al abismo todavía, Jonah… ¿Pero de verdad quieres entender lo que eso significa?
Antes de que pueda procesar la advertencia, Conrad me sujeta firmemente por la nuca. Sus dedos grandes se hunden sin contemplaciones en mi cabello mojado, con la autoridad inapelable de un dueño que reclama su posesión más amada. No hay un solo rastro de dulzura en el inicio de ese beso; es un reclamo absoluto, una sentencia largamente dictada por una contención insoportable.
Cuando nuestras lenguas se encuentran y se enredan por primera vez, siento literalmente que mis rodillas ceden ante el peso de su boca. El sabor de Conrad es embriagante, una mezcla perfecta de autoridad indómita y un deseo profano que inunda y altera todos mis sentidos. Él guía el ritmo con una experiencia devastadora, profunda y voraz. Su otra mano baja con firmeza por mi espalda descubierta, acariciando la piel húmeda y dictando con cada presión exacta lo que significa estar bajo su absoluto control.
Completamente indefenso ante la delicia de su toque, dejo escapar un jadeo suave, un sonido de rendición absoluta contra sus labios. La “bestia” que tanto mencionaba en Emerald se asoma de golpe cuando sus dientes muerden con suavidad y advertencia mi labio inferior, reclamando el territorio, recordándome quién tiene el poder real entre los dos.
Justo cuando estoy a punto de perder el conocimiento en ese torbellino de sensaciones ardientes, cuando mis piernas tiemblan sin control y mi mente solo es capaz de gritar por más de su boca, él se aparta.
No lo hace con un movimiento brusco, sino con una serenidad aterradora que me demuestra su implacable dominio propio.
Se inclina hacia mi oído mientras mi respiración es un desastre agitado y ruidoso, y me susurra con voz pastosa.
— Quiero que aprendas que la verdadera intimidad no comienza en la cama, Jonah, sino en estos segundos exactos de silencio… donde con solo mi mirada y mis labios soy capaz de desmantelarte de cada una de tus defensas — se aparta por completo, mirándome desde arriba una última vez mientras la toalla sigue perfectamente en su sitio — Ahora, vamos a dormir. Mañana será un día ocupado.
Se da la vuelta con una elegancia soberbia y se dirige con pasos firmes hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí. Me quedo completamente solo en la penumbra del baño compartido, temblando, con los labios encendidos y perfectamente consciente, por primera vez en mi vida, de cuán profundo y oscuro puedo caer siendo la víctima voluntaria de un hombre como él.
UN JONAH PURO, SERENO Y FELIZ
Yakarta, Indonesia
- Conrad -
Lo de anoche definitivamente no fue solo nuestro encuentro más íntimo y cercano hasta la fecha. Se trató de una revelación absoluta.
Ya con el cabello seco y vistiendo mi ropa de dormir, me encuentro sentado a la orilla del colchón, repasando cada segundo en mi mente como si estuviese ocurriendo de nuevo frente a mis ojos. El modo en que salió del jacuzzi, con esa audacia indómita que solo alguien de su juventud puede convocar; la forma en que el agua templada resbalaba por la línea de sus clavículas y cómo el aire acondicionado le erizaba la piel, haciéndolo lucir expuesto, vulnerable, pero con su belleza etérea intacta. Sin embargo, lo que más me tortura en la penumbra de mi alcoba es el recuerdo nítido de sus ojos. Esa mirada me desarmó de inmediato: un brillo de atrevimiento salvaje mezclado con el nerviosismo eléctrico de su inexperiencia.
Siento una presión densa en el pecho al recordar mi propia lucha interna de ese instante. Por un lado, el instinto voraz de reclamar y poseer cada centímetro de su piel pálida; por el otro, mi necesidad casi sagrada de protegerlo de mí mismo. Incluso ahora, a metros de distancia y habiendo pasado un buen rato, me descubro apretando los puños en la oscuridad, respirando hondo para recordarme que Jonah es un tesoro que me niego a profanar antes de tiempo.
Suspiro profundo, debatiéndome entre el arrepentimiento físico y el orgullo racional de haber resistido. Me repito que mi deseo carnal no debe sobreponerse a las promesas que le hice en el pasado, a pesar de que esta contención me quema con una intensidad que jamás había experimentado en toda mi vida.
[...]
A la mañana siguiente, me reúno con Jonah en el salón de la suite. Luce tan pulcro como siempre, vistiendo un atuendo elegante pero juvenil, perfectamente adecuado para el clima tropical. Nos damos un beso de buenos días; uno suave, un roce pausado que disipa las sombras de la noche.
Cuando bajamos al restaurante del hotel, descubrimos en él un oasis de calma sofisticada. El color vibrante de las frutas locales se convierte en el protagonista de nuestra mesa: pitaya, mango maduro, piña fresca... Todo acompañado por un café de Java cuyo aroma profundo y tostado envuelve el ambiente idílico. Ya instalados, no puedo evitar observar a Jonah por encima del borde de mi taza de porcelana.
Noto que evita deliberadamente el contacto visual directo, prefiriendo concentrar su atención en las frutas cortadas en diversas formas geométricas sobre su plato.
— ¿Estás bien? — pregunto, depositando la taza sobre la mesa con un eco suave.
— Ayer… — habla al fin, soltando el aire como si se liberara de un gran peso — Cuando salí del agua de esa manera… sentí que el corazón se me saldría por la garganta, Conrad. Tuve miedo, pero también una urgencia enorme. Tuve pánico de que, si no te demostraba lo mucho que te deseo, terminarías cansándote de esperar por mí.
Como siempre, procuro que mis facciones no delaten la profunda sorpresa que me causan sus palabras. Su honestidad me desarma a cada minuto.
— Jonah, jamás podría cansarme de ti. Jamás lo haré — respondo, estirando la mano sobre el mantel para sujetar la suya con firmeza, buscando transmitirle una seguridad absoluta.
— Lo sé, pero anoche sentí que finalmente era capaz de dejarte entrar — continúa él, alzando la vista y regálame una sonrisa tímida pero cargada de significado — Sentirme observado por ti, de esa manera tan... absoluta, me hizo sentir poderoso y pequeño al mismo tiempo. Fue lo más aterrador y hermoso que he hecho nunca.
Tras esa confesión, noto a Jonah considerablemente más suelto y confiado. Mientras tomamos el transporte privado que nos traslada hacia el centro histórico de la ciudad, Kota Tua, mi pequeño artista se transforma por completo. Sostiene una de sus libretas de dibujo entre las manos y no deja de señalar entusiasmado a través de la ventana. Lo escucho hablar con fluidez sobre la influencia histórica de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, sobre los canales de la vieja Batavia que alguna vez intentaron imitar los paisajes de Ámsterdam y sobre la asombrosa resiliencia de la cultura local.
Para mí, el paisaje urbano de Yakarta pasa a un segundo plano. El verdadero espectáculo es Jonah. Verlo tan animado, con la voz ligeramente más aguda debido a la emoción del descubrimiento, me otorga una satisfacción que ningún lujo material podría comprar. Está simplemente radiante; la sombra de la timidez nocturna se ha disipado para dar paso a un brillo intelectual deslumbrante. Es en este preciso instante donde me doy cuenta de que este viaje, planificado con tanto esmero, está logrando mi objetivo más egoísta: ver a Jonah completamente feliz, libre de las cargas del pasado, expandiéndose como una flor bajo el sol tropical.
Al entrar al Museo Fatahillah, mi jerarquía habitual se invierte de forma natural. Yo, que suelo ser el guía, el protector y el proveedor, doy un paso atrás voluntariamente para convertirme en su sombra devota. Me siento anonadado por su capacidad para desgranar la estética de los micromuseos, para explicarme el simbolismo místico detrás de las marionetas Wayang o la meticulosa técnica del batik tradicional.
Jonah camina con una seguridad renovada, señalando las molduras neoclásicas del antiguo ayuntamiento y explicando cómo los techos altos de la arquitectura colonial eran una respuesta necesaria al calor sofocante de la región.
Mientras observamos un grabado antiguo en una de las salas más apartadas, Jonah se gira hacia mí y baja la voz.
— Es increíble, de verdad. Gracias, Conrad. No solo por estar aquí, sino por traerme, por organizar todo esto... A veces me abrumaba pensar que habías hecho tanto por mí. No sé si algún día podré devolverte tanta belleza.
Mi única respuesta es estrechar su mano con más fuerza, profundamente impresionado por el joven culto, curioso y brillante en el que se transforma frente a mis ojos.
Después de una tarde inolvidable, el sol comienza a descender en el horizonte, y el aire tropical se vuelve mucho más fresco gracias a unas breves brisas que llegan desde la costa. Caminando de regreso hacia el restaurante donde cenaremos, noto que Jonah se encoge sutilmente de hombros y que la mano con la que me sujeta se ha quedado helada, como un pequeño fragmento de hielo.
Sin decir una palabra, me detengo a mitad de la acera. Me desabrocho el abrigo ligero de sastre que llevo y lo coloco con cuidado sobre sus hombros, en un gesto puramente protector e instintivo. Jonah, envuelto en la prenda que claramente le queda grande y que arrastra mi aroma a sándalo, parece desbordarse de emoción. Se detiene en seco, ignorando por completo al resto de los transeúntes que caminan a nuestro alrededor. Rodea mi cuello con sus brazos, obligándome a inclinarme un poco hacia su altura.
Este beso es completamente diferente a los de la noche anterior; no es una súplica temerosa, sino una afirmación rotunda. Hay una posesividad dulce y legítima en la forma en que sus labios presionan los míos, como si estuviera marcando su territorio ante el mundo exterior. Es el beso de alguien que ama con una devoción absoluta; una amalgama perfecta de la madurez que está adquiriendo y esa pureza intrínseca de quien aún no conoce el cinismo de la vida. Yo, procesando la calidez de su boca, no puedo evitar sonreír contra sus labios, sintiendo que en ese pequeño rincón de Yakarta, el universo entero nos pertenece.
Al llegar al restaurante, mientras esperamos junto a una fuente de piedra a que el recepcionista nos asigne la mesa reservada, noto una situación que a Jonah parece revolverle el estómago. Un grupo de muchachas jóvenes sentadas a escasos metros no paran de cuchichear entre ellas, mirándome y señalándome descaradamente. Y no son las únicas; varias personas que caminan por el vestíbulo se detienen un segundo de más para observar mi postura.
Jonah reacciona de inmediato. Toma mi mano, entrelaza sus dedos con los míos y aprieta con una ligereza firme, reclamando su lugar frente a todos los presentes.
— No me gusta cómo te miran — confiesa, y en su voz se percibe un rastro inequívoco de celos juveniles — Es como si todos se dieran cuenta de que eres perfecto. Siento que tengo que demostrar que eres mío constantemente.
Suelto una risa leve, una de esas muestras de genuina diversión que rara vez dejo escapar en público, y me aferro a su mano devolviéndole el gesto de forma cálida.
— Tengo años lidiando con ese tipo de miradas, Jonah. Para mí es solo ruido de fondo. La única mirada que realmente tiene peso y valor en mi vida es la tuya. Esas personas solo ven el traje, el dinero o la fachada corporativa; tú eres el único que ve al hombre que está debajo. Eso es lo único que me importa — me acerco más a él, rodeando su cintura con mi brazo.
De inmediato noto que cierra los ojos por un instante, como si mi contacto físico fuera algo inalcanzable, finito, o como si lo embargara la nostalgia de quien teme perder lo que posee. Lo pego a mi costado con firmeza.
— No quiero que sientas, creas ni pienses que esto puede terminarse jamás, Jonah. No a menos que tú mismo así lo decidas.
— No, definitivamente no quiero eso — susurra.
Alza la vista de inmediato mientras se incorpora. Sus ojos ruegan por un beso; lo sé antes de que pronuncie una sola palabra. Conozco de memoria la forma en que sus pupilas recorren mis facciones y cómo su mirada desciende con fijeza hacia mis labios.
Lo abrazo de vuelta, eliminando cualquier distancia residual entre nosotros. Sin dudarlo, inclino mi rostro lo suficiente y lo beso en mitad del vestíbulo. Es un beso plenamente consciente, lejos de la torpeza o el apresuramiento del pasado; es una decisión absoluta. Los dedos de Jonah se aprietan con fuerza contra los míos, anclándose a mí como si yo fuera la única realidad tangible en todo el sudeste asiático.
UNA PREGUNTA DEFINITIVA
Yakarta, Indonesia
- Jonah -
Más tarde, al terminar de cenar, nos dirigimos a un pequeño cine boutique de la zona que proyecta producciones de Cinema Indonesia contemporáneo. Al ingresar al ascensor del complejo, un espacio reducido de espejos pulidos y luz cálida, el ambiente a nuestro alrededor se vuelve denso en cuestión de segundos. Siento el impulso repentino de emular la intensidad del beso de la noche anterior; quiero ser yo quien tome el control por una vez, quien acorrale a Conrad contra el espejo y le demuestre que he crecido.
Aprovechando el estrecho espacio, me acerco un paso, mi respiración se acelera y busco fijamente sus ojos grises. Sin embargo, al toparme con la seguridad absoluta y la templanza de su mirada, los nervios me juegan una mala pasada. El corazón me late con tanta fuerza contra las costillas que temo que Conrad pueda escucharlo en el silencio del cubo de metal. La puerta se abre con un siseo electrónico antes de que sea capaz de reunir el valor necesario, y lo único que me queda es salir del ascensor con las mejillas encendidas, sintiéndome frustrado por mi propia falta de audacia.
A pesar del pequeño contratiempo, disfrutamos muchísimo de la función. Al salir, la noche ya ha caído por completo sobre la costa, tiñendo el paisaje de un azul profundo. Por idea de Conrad, decidimos caminar por la arena húmeda, alejándonos de las luces estridentes y el bullicio de la ciudad. Nos recostamos sobre unas mantas que el personal del hotel dispuso frente al mar. Con el sonido compasivo de las olas rompiendo a lo lejos como nuestro único testigo, me giro sobre un costado para verlo, apoyando el peso de mi cuerpo sobre una mano. Conrad observa el cielo estrellado con una serenidad tan perfecta que resulta casi envidiable.
— Conrad… — susurro, rompiendo el concierto del océano.
— ¿Mhm? — se gira despacio para mirarme.
— ¿Siempre serás solo mío? — la pregunta queda flotando en el aire tropical, cargada con el miedo innato de quien sabe que tiene entre manos un tesoro que el mundo entero desearía arrebatarle. Yo no busco una respuesta lógica, un argumento corporativo o un contrato firmado; busco la certeza absoluta de que, sin importar cuántas “bestias” o pasados oscuros existan en su historia, el lugar de Conrad siempre estará a mi lado.
— Mientras me ames y desees que yo sea solo tuyo, así será, Jonah — susurra con su voz firme, grave e imperturbable — ¿Es eso lo que deseas?
Se produce un silencio prolongado, pero no es incómodo ni tenso. Había olvidado por un segundo que Conrad jamás me concede una respuesta fácil sin antes obligarme a mirar dentro de mí mismo, a hacerme responsable de mis propias palabras.
— Sí — guardo silencio un instante, sintiendo la voz al filo de quebrarse ante la magnitud de todo lo que estoy experimentando — Es lo que más deseo en el mundo — me incorporo y me siento a su lado, abrazando las rodillas contra mi pecho y sintiéndome repentinamente pequeño y expuesto bajo la inmensidad del cielo nocturno — Hoy estoy algo sentimental — admito en voz baja, evitando su mirada — Porque a veces me da miedo, Conrad. Me da miedo que un día te despiertes, me mires bien y te des cuenta de que yo soy solo… un chico. Un chico que ama dibujar, que lee, que se apasiona por cosas simples… pero que se emborracha en cuanto alguien lo hiere y que no sabe nada del mundo real. Tengo miedo de que te canses de ser solo mío porque el resto del mundo tiene muchísimo más que ofrecerte de lo que yo podría darte.
Conrad se incorpora a mi lado con una lentitud calculada. No se aleja; al contrario, se acerca hasta que nuestros hombros quedan unidos. El calor limpio de su cuerpo se convierte en mi única ancla para no perderme en la inmensidad oscura de la playa.
— El mundo no tiene absolutamente nada que ofrecerme, Jonah — esta vez, su voz recupera los matices del hombre que la noche anterior me había desmantelado con un solo beso — El mundo exterior es solo ruido, contratos y personas interesadas que quieren obtener algo de mí. Tú eres el único que me entrega su amor sin pedir nada a cambio, más que mi sola presencia.
Su mano sube y sujeta mi barbilla con firmeza, obligándome a mirarlo directamente. Sus ojos grises brillan en la penumbra con una intensidad peligrosa, casi felina.
— Pero si decides que soy tuyo, tienes que entender perfectamente lo que eso significa — advierte, y su tono me eriza los vellos de la nuca — Significa que no habrá vuelta atrás. Significa que mi protección hacia ti será total, pero mi reclamo sobre ti también lo será. Yo no acepto ser “tuyo” a medias, Jonah. Si soy tuyo, lo soy con todo lo que eso implica: mis sombras, mi pasado y esa misma intensidad que anoche te hizo temblar en el baño.
Trago saliva con dificultad, sintiendo el pulso martillearme con fuerza en la garganta. La declaración es cristalina. Conrad finalmente está abriéndome la puerta, dándome acceso a aquello que he deseado comprender desde el primer día en que lo vi con la camisa abierta en su alcoba.
— Quiero verlo… — respondo, sosteniéndole la mirada con toda la madurez que soy capaz de invocar — Quiero sentirlo. Quiero saber exactamente lo que significa que seas mío, Conrad. Y lo que significa ser tuyo.




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