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El Enemigo Equivocado

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Summary

Ambos nos miramos a los ojos, mis ojos verdes fijos en sus ojos dorados, esperando a que el otro diera el primer movimiento.

Genre
Fantasy
Author
Noa
Status
15h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 El olor extraño

-Lucan-

—Y entonces le dije que si quería competir conmigo, al menos debería aprender a correr antes de abrir la boca.

—Dax…

—¿Qué?

—Cállate.

—Solo estoy contando lo que pasó.

—Llevas contándolo desde que salimos de la aldea.

—Porque fue divertido.

—Fue hace tres días.

—Precisamente. Ha pasado tiempo suficiente para que lo superéis.

Apreté los dientes. No porque estuviera enfadado, aún. Aunque empezaba a estarlo. Llevaban toda la tarde sin cerrar el hocico.

Corríamos entre los árboles, siguiendo el rastro de un ciervo que habíamos encontrado unos minutos atrás. El bosque estaba tranquilo, apenas interrumpido por el sonido de nuestras patas golpeando la tierra húmeda y el crujido ocasional de alguna rama bajo nuestro peso. El viento soplaba ligeramente, moviendo nuestro pelaje.

Era una mañana perfecta para cazar. O lo habría sido si Dax hubiera decidido cerrar la boca de una maldita vez.

—Además —continuó sin hacerme caso—, si Iver no hubiera decidido ponerse de su parte...

—No me puse de parte de nadie —se defendió Iver.

—Sí que lo hiciste.

—Te dije que dejaras de provocarlo.

—Eso es ponerse de su parte.

Iver soltó un gruñido bajo, más de resignación que de enfado, con su habitual calma casi impenetrable de tantos años aguantándonos.

—Dax.

—¿Sí?

—Cállate.

—Ya me lo has dicho.

—Entonces hazlo.

Escuché el resoplido divertido de Dax detrás de mí. Seguí avanzando, ignorándolo.

El ciervo estaba cerca. Podía sentirlo. Su olor se mezclaba con el de la tierra, los árboles, la humedad de las hojas y el viento frío que bajaba desde las montañas. Mi oído captaba el sonido de sus pasos cada pocos segundos.

No corría todavía. Sabía que no lo necesitaba. Solo tenía que esperar.

Esperar, observar, escuchar y lanzarme en el momento adecuado.

—¿Crees que hoy podremos volver antes de que oscurezca? —preguntó Dax, incapaz de guardar silencio.

Cerré los ojos durante un segundo mientras seguía corriendo.

—No.

—¿No qué? —preguntó confundido.

—No creo que podamos volver antes de que oscurezca.

—¿Por qué?

Giré ligeramente la cabeza. Dax corría detrás de mí con su habitual energía, el pelaje rubio destacando entre los árboles. Iver iba a su lado, mucho más tranquilo, como siempre, y con su pelaje castaño tan impasible como su cara.

—Porque voy a matarte antes —sentencié, ya harto.

Dax soltó una carcajada. Iver dejó escapar un suspiro.

—Te lo mereces.

—¿Tú también vas a ponerte de su parte? —se quejó el rubio.

—No. Solo quiero cazar en paz.

Volví a centrarme en el ciervo. Ya casi lo tenía. Podía sentir cómo cambiaba su ritmo. Estaba empezando a ponerse nervioso. Eso era perfecto.

Aceleré.

Mis patas golpearon con fuerza el suelo y el bosque comenzó a pasar a mi alrededor como una mancha de colores oscuros. El aire frío me golpeó la cara mientras aumentaba la velocidad.

El ciervo también lo hizo.

Bien. Sonreí para mí mismo. Eso era lo que me gustaba. La persecución. El instante en el que todo lo demás desaparecía. No había manada, no había responsabilidades, no había futuro alfa, no había nada. Solo yo, mi presa y el bosque.

Hasta que algo cambió.

Frené ligeramente. El olor llegó con el viento. Me detuve. Mis orejas puntiagudas se alzaron.

Aquello no era el ciervo, ni un oso, ni un zorro, ni ningún otro animal que conociera. Era...

Extraño.

Fruncí el hocico. Volví a olfatear.

No. No reconocía ese olor.

Era demasiado tenue para identificarlo, pero había algo en él que me hizo sentir alerta. No era exactamente desagradable. Simplemente era algo que no debería estar aquí.

—¿Qué pasa? —preguntó Iver.

No respondí. Levanté la cabeza. El viento volvió a golpearme la cara y, esta vez, lo sentí con más claridad. El olor venía de las montañas.

Giré hacia la derecha.

—Lucan —dijo Dax—. El ciervo está por allí.

Lo ignoré olímpicamente.

—¿Lucan?

Miré hacia donde había desaparecido el animal. Después, hacia las montañas. El ciervo podía esperar.

—Seguidlo.

Dax se quedó en silencio unos segundos.

—¿Qué?

—El ciervo. Seguidlo.

—¿Y tú?

Volví a olfatear. El olor seguía allí.

—Tengo algo que comprobar.

Iver se acercó a mí y olfateó. Él no detectaba nada raro.

—¿Qué has encontrado?

—No lo sé.

—Eso no es precisamente tranquilizador.

—Por eso voy a comprobarlo.

Dax miró hacia la dirección del ciervo y luego hacia mí.

—¿Y si te lo comes tú después?

Lo miré fijamente, ya harto.

—Dax.

—¿Sí?

—Cállate de una puta vez y cazad el maldito ciervo.

—Vale, vale.

Iver se rió por lo bajo.

—Ten cuidado —advirtió.

Asentí y, sin esperar más, me giré y eché a correr. La pendiente apareció pocos metros después. Era empinada, irregular y estaba cubierta de rocas y raíces, pero para mí no suponía ningún problema.

Clavé las garras en la tierra y comencé a subir. Una roca. Otra. Un salto. Seguí ascendiendo. El olor se hacía más fuerte conforme avanzaba, mucho más fuerte.

Y cuanto más me acercaba, más incómodo me sentía. Había algo raro en él, algo que no podía explicar.

Me detuve un instante sobre una roca y miré hacia atrás. Iver y Dax ya habían desaparecido entre los árboles.

Bien. No quería que me siguieran. No sabía qué estaba buscando, pero algo me decía que no era buena idea acercarme acompañado.

Volví a subir. La vegetación comenzó a hacerse menos densa hasta que, finalmente, alcancé la cima de la ladera.

Delante de mí había un pequeño prado. Era extraño, demasiado silencioso. El viento apenas movía la hierba. No había pájaros, no había insectos, ni siquiera podía escuchar animales pequeños escondidos entre los arbustos. Solo silencio. Y aquel olor. Era mucho más fuerte allí. Venía de frente.

Entrecerré los ojos. Avancé lentamente. Una pata, después otra. Mantuve el cuerpo bajo y las orejas levantadas.

Algo estaba allí. No sabía qué. Pero estaba.

Di otro paso.

Entonces escuché un ruido entre los arbustos.

Me quedé completamente inmóvil. Un movimiento, algo se acercaba. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo. Los músculos se tensaron. Mis garras se clavaron en la tierra. El gruñido comenzó a formarse en mi garganta.

Y entonces apareció.

Un hombre, alto, delgado, pálido. Vestido con demasiada elegancia para encontrarse allí. Su cabello marrón caía cuidadosamente alrededor de su rostro y sus ojos dorados se clavaron directamente en los míos.

Nos quedamos quietos. Ninguno de los dos se movió.

Durante un segundo no entendí qué estaba viendo. Después lo reconocí. Su piel pálida, sus ojos dorados y todo lo que me habían contado desde que era un niño volvieron a mi cabeza.

Las historias, los ataques, las muertes, la sangre, los vampiros.

El hombre frente a mí también parecía haber llegado a la misma conclusión. Sus ojos se endurecieron. Su cuerpo se tensó. Entonces comprendí que él también sabía exactamente lo que tenía delante.

Un hombre lobo.

Nos observamos durante unos segundos que parecieron eternos. Yo podía sentir cómo cada músculo de mi cuerpo se preparaba para saltar. Él tampoco parecía dispuesto a retroceder.

Dos especies. Dos enemigos. Dos historias que nunca habían aprendido a escucharse.

Bajé ligeramente la cabeza. Él hizo lo mismo. Un gruñido gutural escapó de mi garganta. El vampiro no apartó los ojos de los míos.

Y una sola palabra apareció en mi mente.

Asesino.

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Strong Dialog

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