Regla Nº1.
Nunca volver a cruzarse con un Della Rovere
Caroline
—Dime que tú sabes algo.
Levanté la vista de la agenda. Mi compañera, Sophie Bennett, estaba al otro lado de la mesa, con una mano apoyada en el respaldo de la silla de visitas y el móvil en la otra. Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, giró la pantalla hacia mí.
—Nos han comprado.
Miré el encabezado del correo. El mismo mensaje acababa de entrar en mi ordenador, pero todavía no lo había abierto.
—Buenos días a ti también.
—Caroline, en serio. ¿No te habían dicho nada?
—No.
—Pero llevas la agenda.
—Y, por lo visto, hay cosas que no necesitan un hueco en ella.
Se sentó mientras yo abría el comunicado. Había varios párrafos sobre crecimiento, continuidad y oportunidades, palabras que solían significar que alguien había tomado una decisión importante y esperaba que los demás la recibiéramos sin hacer demasiadas preguntas. Busqué el nombre del comprador.
Gruppo Della Rovere.
Mi mano se quedó quieta sobre el ratón.
—¿Quiénes son? —preguntó ella.
Tardé un instante en comprender que esperaba una respuesta.
—Un grupo italiano.
—Eso ya lo había deducido.
Volví al principio del correo. La adquisición estaba cerrada. No era una oferta ni una negociación que aún pudiera venirse abajo. Habían comprado la empresa donde llevaba años trabajando y nos informaban ahora, cuando nuestras opiniones ya no podían alterar nada.
—Caroline.
—Perdona. Estoy leyendo.
—Te has quedado blanca.
Aparté la vista de la pantalla y cogí la taza. El café estaba lo bastante frío para beberlo sin cuidado, pero solo conseguí dar un sorbo.
—No he desayunado.
Ella miró mi taza con desaprobación.
—Pues come algo antes de la reunión.
—¿Qué reunión?
Señaló el final del mensaje. Convocaban a toda la plantilla dentro de veinte minutos. Yo había leído tres veces el apellido sin llegar hasta allí.
—Ahí nos contarán algo, supongo —añadió—. Aunque si empiezan diciendo que somos una familia, actualizaré mi currículum durante la presentación.
Normalmente me habría reído. Aquella mañana tuve que acordarme de sonreír.
Cuando se levantó, abrí la agenda para comprobar la convocatoria. Mis dedos encontraron la fecha con una precisión casi ofensiva. Seguían sabiendo hacer su trabajo, aunque yo acabara de perder la capacidad de pensar en otra cosa.
Hacía cuatro años que no veía a los Della Rovere.
Cuatro años sin encontrarme con Matteo. Sin tener que decidir si lo saludaría, si me detendría a escucharlo o si sería capaz de seguir caminando.
Y cuatro años sin Emiliano.
Dejé la taza despacio. No quería pensar en él allí, con gente pasando junto a mi mesa y el teléfono a punto de sonar. Necesitaba saber si vendrían. Todo lo demás podía esperar.
Entré en el despacho de mi jefe, Richard Collins, después de llamar.
Estaba mirando el mismo comunicado, aunque su expresión no tenía nada de sorprendida. Aquello me molestó lo suficiente para devolverme algo parecido a la serenidad.
—¿Desde cuándo lo sabes?
Me indicó que cerrara la puerta.
—Siéntate, Caroline.
—Prefiero quedarme de pie.
Dejó las gafas sobre la mesa y me observó con más atención.
—Había un acuerdo de confidencialidad. No podía decírtelo.
—He organizado reuniones relacionadas con esto.
—Precisamente por eso comprenderás que había información restringida.
Comprendía las restricciones. Lo que me costaba aceptar era haber facilitado, sin saberlo, el camino por el que aquella familia acababa de entrar en mi vida.
—¿Qué va a pasar con nuestros puestos?
—Hoy no cambia nada.
—No te he preguntado por hoy.
Se recostó en la silla. Conocía aquella pausa: estaba decidiendo cuánto podía decirme y qué parte le convenía reservar para la reunión.
—Quieren revisar la estructura antes de tomar decisiones. Necesitaré que centralices las solicitudes de documentación y coordines las agendas durante la transición.
Sentí una presión desagradable bajo las costillas.
—¿Con quién?
—Nos facilitarán los contactos.
—¿Vendrá alguien de la familia?
Su mirada se detuvo en mi cara.
—¿De la familia?
—Los Della Rovere. ¿La gestión la llevará su equipo o se implicarán personalmente?
Era una pregunta razonable. Me aferré a eso mientras esperaba.
—No tengo confirmado quién estará aquí. ¿Por qué?
—Porque no es lo mismo organizar una reunión de trabajo que una visita de los propietarios.
Pareció aceptar la explicación. Cogió las gafas, pero no volvió a ponérselas.
—Por eso te necesito al frente. Conoces la empresa y sabes cómo manejar estas cosas.
Durante años había querido que mi trabajo mereciera exactamente aquella confianza. Descubrí que podía resultar insoportable recibirla en el momento equivocado.
—Voy a necesitar instrucciones concretas.
—Las tendrás.
Asentí y abrí la puerta antes de que pudiera hacerme otra pregunta.
La sala de reuniones ya estaba casi llena cuando entré. Me senté junto a Sophie y dejé el teléfono boca abajo sobre las piernas. Ella se inclinó hacia mí.
—Has hablado con él.
—Sí.
—¿Y?
—Van a revisar la estructura.
—Eso suena a que van a despedirnos con palabras elegantes.
—No han anunciado despidos.
—Tampoco suelen anunciarlos antes de tener una lista.
No pude contradecirla. Miré alrededor. Algunos hablaban en voz baja; otros leían el correo con el ceño fruncido. Todos tenían motivos para estar preocupados. Me avergonzó que los míos fueran tan difíciles de explicar sin abrir una parte de mi vida que no pertenecía a aquella oficina.
La reunión empezó con las mismas palabras del comunicado. Escuché referencias a estabilidad, inversión y un proceso gradual. Cuando llegó el turno de preguntas, alguien quiso saber si cambiarían las condiciones laborales. Otra persona preguntó por los departamentos.
Yo esperé a que hubiera una pausa.
—¿Cuándo será la primera visita?
Mi jefe me miró.
—Estamos cerrando el calendario.
—¿Esta semana?
Varias cabezas se volvieron hacia mí. Mantuve la mirada al frente, consciente de que había insistido demasiado.
—Os informaremos en cuanto esté confirmado.
Bajé la vista al teléfono. No había conseguido una fecha, pero sí había llamado la atención, justo lo que necesitaba evitar.
Al salir, Sophie me sujetó suavemente por el codo.
—¿Qué pasa?
—Lo mismo que a todos.
—No. Tú estás enfadada.
Había preocupación en su voz, y por un momento estuve a punto de decirle algo. Una versión breve, manejable. Conozco a esa familia. Preferiría no trabajar para ellos. Pero cualquier explicación habría traído preguntas, y yo aún no sabía cuáles podía soportar.
—Me han encargado coordinar la transición.
Soltó mi brazo.
—Ah. Te cae el trabajo extra y encima tienes que parecer encantada.
—Algo así.
—Si necesitas ayuda, dímelo.
Le di las gracias con más sinceridad de la que probablemente esperaba.
En mi mesa me aguardaban tres llamadas pendientes y una petición de información. Las atendí por orden. Necesitaba recuperar el ritmo y demostrarme que seguía siendo capaz de terminar una conversación sin mirar de reojo el comunicado.
Funcionó hasta que abrí una carpeta y pensé que pronto tendría que compartirla con ellos.
Busqué mi contrato.
No había tomado una decisión, me dije mientras localizaba la cláusula de preaviso. Solo estaba comprobando mis opciones. Era sensato conocer las condiciones antes de hacer cualquier cosa.
Leí el párrafo dos veces y cerré el archivo.
No podía marcharme aquella misma tarde dejando una carta sobre la mesa. Podía presentar mi dimisión, sí, pero salir de allí requeriría una conversación, un plazo y explicaciones. Además, necesitaba otro empleo. Londres no iba a volverse más barata porque yo quisiera evitar a un hombre.
A dos hombres, corregí.
Abrí un documento nuevo y escribí una frase de renuncia. La borré antes de terminarla.
—¿Tienes un minuto?
Richard estaba delante de la mesa. Cerré el documento vacío con tanta rapidez que su mirada bajó a la pantalla.
—Claro.
—Han pedido una relación de reuniones pendientes, compromisos de dirección y documentación prioritaria. Necesito que prepares un resumen.
—¿Para cuándo?
—Esta tarde.
Consulté la hora.
—Tendré que aplazar otras cosas.
—Hazlo.
Seguía allí. Levanté la cabeza.
—¿Algo más?
—Sí. Quieren una persona de enlace con capacidad para organizar la visita sin que cada consulta pase por cinco manos. Les he dado tu nombre.
No contesté enseguida. Él interpretó mi silencio de una manera que me habría resultado cómica en cualquier otro momento.
—Es una buena oportunidad, Caroline.
—Podrías habérmelo consultado.
Su expresión cambió.
—Está dentro de tus funciones.
—Coordinar agendas, sí. Asumir toda la interlocución durante una adquisición…
—No toda. La parte ejecutiva y organizativa. La que ya haces conmigo.
Tenía razón, y eso complicaba las cosas. Negarme requería un motivo que no podía presentar como una objeción profesional.
—Necesito saber a quién voy a responder.
—Te pondrán en copia esta mañana.
Miré las tareas abiertas en mi pantalla.
—Prepararé el resumen.
Volvió a su despacho y yo me quedé con la sensación de haber consentido algo mucho mayor que un trabajo.
A mediodía había conseguido ordenar la información. Separé lo urgente de lo que podía esperar, comprobé fechas y eliminé duplicados. Me sorprendió encontrar alivio en aquella tarea. Los documentos no exigían que yo interpretara silencios. Si faltaba una cifra, la buscaba. Si dos reuniones coincidían, movía una.
Sophie regresó con algo de comer y dejó una parte junto a mi teclado.
—Antes de que vuelvas a decirme que no has desayunado.
—Te lo pago luego.
—Me pagas contándome si has averiguado algo.
Aparté las manos del ordenador.
—Todavía no sé quién viene.
—¿Eso es lo que te preocupa?
Levanté la vista.
—Me preocupa tener que organizarlo sin información.
Ella desenvolvió su comida, pensativa.
—Pues pide la información. A veces te adelantas tanto a lo que necesitan los demás que se les olvida decírtelo.
La observé un momento. No sabía hasta qué punto acababa de describir mi problema, aunque por motivos distintos.
—Voy a hacerlo.
Redacté una consulta breve. Pedí la fecha prevista, el número de asistentes y los nombres necesarios para gestionar el acceso. Revisé el mensaje para quitarle cualquier rastro de urgencia personal y lo envié al contacto que acababan de incluir en la cadena.
Después comí, aunque apenas noté el sabor.
La respuesta llegó mientras repasaba el resumen con mi jefe.
El aviso apareció en una esquina de su pantalla. Él abrió el correo sin interrumpir lo que estaba diciendo y luego se quedó callado.
—Bien. Ya tenemos fecha.
Apoyé el bolígrafo en el cuaderno.
—¿Cuándo?
—Mañana, a las nueve.
La oficina pareció alejarse un poco. Oí el ruido de una conversación detrás de la puerta y el zumbido del ordenador. Me concentré en mantener la espalda recta.
—Es muy poco margen.
—Por eso hemos adelantado esto.
Giró la pantalla hacia mí para que pudiera leerlo.
No tuve que buscar mucho.
Emiliano Della Rovere.
Debajo figuraban la hora de llegada y las indicaciones para la primera reunión. Leí cada línea con un cuidado absurdo, como si el problema pudiera estar en algún detalle secundario.
Matteo no aparecía.
Debería haber sentido alivio. Lo busqué y no lo encontré.
—¿Caroline?
Levanté la vista.
—Reservaré la sala.
—Y reorganiza mi mañana. Que lo no imprescindible pase al jueves.
Anoté la instrucción.
—¿Recibirá primero a dirección?
—Sí. Tú estarás en la reunión para llevar el seguimiento y coordinar lo que se acuerde.
El bolígrafo se detuvo.
—Puedo preparar todo y dejar el seguimiento a otra persona.
Mi jefe frunció el ceño.
—¿Por qué?
Tenía una oportunidad para decirlo. No necesitaba contar la historia completa. Bastaba con admitir que existía una relación previa, que quizá convenía evitar una situación incómoda, pero él habría querido saber qué clase de relación. Y, después, quizá habría considerado necesario comunicarla.
—Por la carga de trabajo —respondí.
—Lo demás puede esperar.
Asentí una vez. No confiaba en mi voz para más.
Regresé a mi mesa con el cuaderno apretado contra el cuerpo. Había pasado la mañana calculando una salida y acababan de reducir mi margen a menos de un día.
No podía encontrar otro empleo en una tarde. Tampoco presentar una dimisión y esperar que nadie reparara en que coincidía con la llegada del nuevo propietario.
Podía faltar.
La idea me avergonzó en cuanto apareció. Pedir un día, fingir una indisposición, dejar que alguien ocupara mi silla durante unas horas. Ganaría tiempo, pero Emiliano seguiría siendo dueño de la empresa al día siguiente.
Abrí la agenda y empecé a mover reuniones.
Cada confirmación enviada me acercaba a las nueve de la mañana. Reservé la sala, comprobé que estuviera disponible el material necesario y preparé la documentación. No había nada difícil en aquello. Lo había hecho muchas veces.
La diferencia era que conocía al hombre que iba a sentarse al otro lado de la mesa.
Treinta y ocho años. Duca di Montefalco.
Emiliano no necesitaba el título para resultar difícil de ignorar.
Me sorprendí recordando eso y cerré un instante los ojos. Cuando volví a abrirlos, Sophie me observaba desde el pasillo.
—Ya sabes quién viene.
No era una pregunta.
—Emiliano Della Rovere.
—¿El dueño?
—Uno de los Della Rovere.
—¿Y es tan terrible como parece por tu cara?
Acomodé unos papeles que ya estaban perfectamente alineados.
—No sé cómo será trabajar con él.
Ella se apoyó en el borde de la mesa.
—Eso no es lo que te he preguntado.
La miré. Podía seguir esquivándola hasta que dejara de insistir, pero empezaba a cansarme de oír mis propias respuestas incompletas.
—Lo conozco de antes.
Su expresión perdió la ligereza.
—¿De otro trabajo?
—De hace años.
Esperó. Agradecí que no llenara el silencio por mí.
—Preferiría no reencontrarme con él aquí —añadí.
—¿Lo sabe tu jefe?
Negué con la cabeza.
—Quizá deberías decírselo.
—Todavía no.
No pareció convencida, pero se incorporó.
—Si mañana necesitas que reciba yo a los visitantes, puedo hacerlo.
La facilidad con la que me ofreció aquella ayuda estuvo a punto de desarmarme.
—Gracias. Te diré algo.
Cuando se marchó, abrí el correo de confirmación. Tenía que acusar recibo y facilitar los detalles de acceso. Era el siguiente paso, uno sencillo. Dejé los dedos sobre el teclado y no escribí.
Emiliano podía no saber que yo trabajaba allí. Mi jefe había facilitado mi nombre, pero aquello no significaba que él lo hubiera leído. Quizá toda la organización pasaba por otras personas. Quizá llegaría al día siguiente y se sorprendería tanto como yo al verlo en el comunicado.
Pensé en presentarme ante él sin aviso y en tener que controlar mi reacción delante de mi jefe. Pensé también en pasar la noche preguntándome si ya lo sabía.
Escribí el mensaje.
Confirmé la sala, el horario y la documentación. No añadí ninguna frase de bienvenida que no pudiera sostener después en voz alta. Al llegar a la firma, dudé apenas un segundo.
Caroline Fraser. Secretaria ejecutiva.
Mi nombre completo quedó al pie, claro y visible.
Revisé los destinatarios. Respondía a una cadena de trabajo; no había nada personal en aquellas líneas. Aun así, pulsar «Enviar» me exigió más valor del que quería reconocer.
Recogí la taza y la llevé a lavar. Al volver, había una respuesta nueva.
La abrí de pie.
El remitente era Emiliano.
«Gracias, Caroline. Nos vemos mañana».
Leí el mensaje una sola vez. Después me senté, abrí la carpeta de la reunión y coloqué su nombre en la primera página. Ya sabía que estaba allí. A las nueve tendría que mirarlo a la cara.


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