El último descendiente dela tierra
Su mirada infinita contemplaba la naturaleza, mientras sus ojos, desgastados por una era entera, se perdían a lo lejos en las colinas y en las aves que volaban.
Una canción antigua, de su época, brotaba de su garganta y se expandía hasta los rincones más recónditos de las montañas, descendiendo por los ríos y arraigándose en el corazón de la naturaleza como un legado de amor, de respeto y de un final irremediable.
Su canto se profundizaba hasta convertirse en eco entre los acantilados, mientras su voz se extendía como una brisa de vida.
Amaba su destino, amaba el mundo y, poco a poco, aceptaba el paso de los años cobrando nuevas fuerzas, renaciendo como los tambores de su niñez, como los alces ya casi extintos por la caza.
Miró hacia atrás, hacia las casas de los hombres blancos, mientras sus ojos recorrían una época distante, viendo a los pueblos originarios avanzar, reír, cantar y dar gracias a Dios.
Siguió cantando hasta que su espíritu se desprendió de su cuerpo para unirse al alma de su pueblo, a la naturaleza, a los dioses de la tierra y, por fin, al infinito.








